lunes, 25 de noviembre de 2013

El chileno en Berlín



 
Alberto Rojas Giménez (1900-1934)


A Joaquín Edwards Bello


En París causaba el asombro de algunos compatriotas conocedores de mi brillante pobreza, invitándolos cada domingo a mis tés de la rue Vaugirar.

A mediados de semana, bien podía yo carecer de domicilio, pero al llegar la tarde del Domingo, a costa de un poco de ingenio, podía darme el honesto placer de reunir en una pieza, ofrecerles una taza de té, cigarrillos y hasta una copa de champagne a las personas que distinguía mi aprecio.

La historia era sencilla. El apartamento, situado en un sexto piso, con balcones sobre el Luxembourg y pesados cortinajes, pertenecía a la marquesa de Epardaillant. Ella suministraba además, un anafe, tazas y un gramófono. Tristán Tzara, el poeta dadaísta y Mohgadam, príncipe y pintor persa, que paseaba sin sombrero por el boulevard, contribuían con los cigarrillos. Los pasteles quedaban a cargo de Sonia, “la rusa más hermosa de las rusas viajeras”, y se servía el champagne cuando mi destreza en el juego de lanzar las argollas ganaba algunas botellas en la feria de Lyon Denfert.

Montparnasse, c. 1920


Los personajes más pintorescos del Principado de Montparnasse presidían aquellas reuniones.

Gilbertte, una modelo que hizo la gloria del malogrado Modigliani, aparecía envuelta en sus velos de viuda eterna y tocada con su eterno turbante plateado. Karis, el holandés-islamita, una de las atracciones del café “La Rotonde”, vendía entre los asistentes su autorretrato con el honesto fin de reunir fondos para la adquisición de una nueva levita, que diera a su figura un tono menos verdoso e invernal, y Dena Munroe amenizaba la hora con sus canciones de la vieja Francia.

El comentario de estas reuniones se esparció luego en la colonia de mis compatriotas y se formó la leyenda inevitable. Aquello costaba dinero y era reconocido el corto alcance de mi fortuna. En mi conversación se escuchaba con frecuencia el uso de palabras germánicas, y era bien posible que estuviera en relaciones con los espías.

O más bien con el Soviet. Muchos aseguraban haberme visto en un cabaré ruso de Montmartre, hablando con hombres de largas y erizadas barbas y yo aparecía envuelto en amplio gabán de pieles cuya procedencia de la estepa era indudable.

Mi viaje a Alemania debe haber favorecido la primera hipótesis. Y aquí en Alemania, en este Berlín de calles rectas y flamantes, yo he venido, a mi vez a caer en el asombro que produce la vida inexplicable y misteriosa de ciertos hombres. Y esta vez el hombre se llama Rafael Silva de la Cuadra.

* * *


Statdschloss de Berlín en los años 20's


Hace cuatro o cinco años, Rafael Silva paseaba por las calles de Santiago su figura flacuchenta, pálida, encorvada, de grandes ojos oscuros y de pantalones demasiado anchos, colgantes, que le daban el aspecto de vivir como suspendido de una percha.

En aquel entonces, estudiaba el piano. Un día desapareció de Santiago. Alguien habló de un viaje. Muchos creímos en su muerte. Era tan delgado, tan agachado, tan pálido…

Y he aquí que, después de varios años, paseando una tarde por las avenidas del Tiergarten, un hombre de luenga barba rubia y estirada figura rematada por el monóculo, se detiene frente a mí, abre los brazos con estupefacción y exclama:
–¡Menschenkind! ¿Sind sie Roas Giménez?
–Ja whol, mein Herr. ¿Und ihnen?
–¡Hombre, qué alegría! ¿No me reconoces?

En verdad, no lo reconocía. Aquella barba, aquel monóculo…

–¡Rafael, hombre, Rafael Silva!

Le di un abrazo, como el abrazo que debe darse a un resucitado. Hilvanamos la conversación, llena de preguntas atropelladas que hilvanan siempre dos hombres a quienes el tiempo y la distancia han mantenido largamente separados.

–Y bien, dime qué haces en Berlín.
–Hombre es historia larga. No me preguntes. Vivo, estudio el piano… Llevo aquí cuatro años sin ganar un pfennig. Hago gimnasia…

Yo lo observaba. ¡Cuánto había cambiado en cuatro años! Ya no era el débil adolescente de las calles de Santiago. Ahora andaba erguido, con paso seguro y firme. Y la barba, rubia, rizada, le daba un aspecto de Juan Bautista, que no le estaba mal.

De pronto se detuvo y se despidió.

–Perdóname. Un asunto urgente. Te dejo. Ven a verme mañana temprano; seguiremos charlando.

Me anotó su dirección y se fue. A la mañana siguiente fui a verle. La dirección, según mis pensamientos, debía corresponder a alguna elevada buhardilla en la que el piano y la cama no dejarían espacio para más de un visitante. Por una ventana alta y pequeñísima entraría el aire estrictamente necesario para los pulmones del morador. Y alguna mesa, de dudoso equilibrio, haría las veces de comedor y despacho. La vida difícil de los artistas en las grandes capitales me ha mostrado con frecuencia habitaciones de esta traza: el cuarto de Acario Cotapos en New York; el taller de Lipschitz y la vivienda de Marius André en París.

Friedrichstrasse con Unter den Linden, Berlín, 1925.


Pero esta vez debía equivocarme. Rafael Silva vivía en un primer piso, en una de las calles más céntricas de Berlín. Él mismo acudió a recibirme.

–Qué bien que hayas venido. Pasa…

Me introdujo en un salón. Era el estudio. Divanes, estantes colmados de libros, cuadros, lámparas de enormes pantallas, bibelots, retratos de indescifrable dedicatoria. Preparó té, encendimos cigarrillos y conversamos.

Del muchacho débil de Chile no queda en él sino el idioma. Y hasta el idioma va transformándose, llenándose de vocablos extranjeros, haciéndose más objetivo y preciso. En cuatro años en Berlín han variado sus fisonomías espirituales y físicas. Como todos los latinos que se radican en tierra sajona, ha pagado, primero, el tributo del choque de la raza. Luego, en la lucha por la vida, entre estos hombres de vida fuerte, ha encontrado el provecho de una escuela.

“¿Y quieres que te diga algo de mi vida?, dice. Como tú sabes, salí de Chile hace cuatro años. Llegué a Alemania en plena inflación. Entonces, tener un dólar en el bolsillo equivalía a poseer una fortuna. La existencia era atrozmente difícil para os alemanes. En cambio los extranjeros se daban vida de grandes duques. Con un peso chileno se podía pagar el arriendo de un mes en un lujoso apartamento. Mis primeros quince días de Berlín los viví en un palacio. Escalera de mármol, lacayos de librea buena mesa… todo, todo lo que la holgura económica pueda proporcionarnos. Era el tiempo en que las vírgenes se ofrecían al transeúnte por un puñado de monedas o por una invitación a comer…

“Una noche en un café de Unter den Linden, puse un dólar en las manos de una niña de sorprendente belleza. ¡Si tú la hubieras visto! Se me echó al cuello y me besaba las manos de alegría, loca de felicidad. Se llamaba Lenchen, y hemos continuado siendo amigos.

“Las cosas cambiaron de la noche a la mañana; las finanzas germanas se enderezaron, pero aquel dólar oportuno selló entre nosotros la amistad de una vida.

“La inflación, la miseria, el hambre… Tú no podrías imaginarte el aspecto de Berlín por aquellos días. Se especulaba con el cambio hasta en las letrinas. Pero ya te digo, de la noche a la mañana todo varió de golpe. Gentes que habían acumulado marcos papel en la esperanza de una alza repentina, y que se creían multimillonarias, se encontraron de pronto con que no tenían un solo pfennig.

“Mis economías habían desaparecido y la vida empezó a serme difícil. Recuerdo haber pasado todo un invierno junto a las estufas del “Romanische Café”, con el estómago vacío y mordiéndome las uñas. Tú sabes, la necesidad aguza el ingenio y ms actividades se multiplicaron. Vendí gramófonos, por cuenta de una casa mayorista. Vendí máquinas de escribir, cuadros antiguos, cintas para sombreros, calcetines. Hice el intérprete para turistas españoles en un hotel central. Por las noches leía las líneas de la mano entre los clientes de los primeros cabarés que reabrían sus puertas pasada la tormenta de la guerra. Y así, haciendo el vendedor ambulante, el comisionista, el mago… me sostuve dos años. Ya en posesión del idioma, logré que me aceptaran como comparsa en los talleres cinematográficos. ¡Cuántas veces, vestido de frac, con el estómago vacío, tuve que sentarme frente a una mesa en la que humeaban viandas de utilería! ¡Cuántas noches de inverno, después de haber posado ante el objetivo, envuelto en suntuosos gabanes, salía del estudio sin tener un sobretodo o una bufanda que me protegiera del hielo cortante de las calles, camino de mi cuarto!

“¿Pensar en Chile? Sí, pensaba en Chile, pero no en el regreso. Para mí la cosa es sencilla. O se queda uno en América bien alimentado el estómago y el cerebro muriendo de inanición, o se templa el espíritu para correr todos los riesgos en Europa a cambio de una vida intensa y verdadera. Yo he preferido esto último, y tú también…

“Yo no volveré jamás a Chile, si no es por paseo. Chile es un país hermosísimo. Pero los chilenos… Los chilenos tenemos dos características bien definidas: el modito de andar “a lo pato” y la mala lengua, la intriga, la maledicencia. Hace dos años reuní gente en mi casa para pasar la Noche de Navidad. Cada uno trajo lo que pudo para presentar el inevitable árbol de Pascua. Tuve que robar algunas ramas de pino en el Tiergarten. La noche se pasó alegremente. Tótila Albert había traído su cítara y nos ofreció un concierto estupendo. Entre los invitados había un solo chileno, un profesor que había venido aquí en comisión gubernativa. Toda la noche se la pasó averiguándome cómo hacía yo para vivir en un apartamento tan bien puesto. Tuve que confesarle el secreto: el apartamento pertenecía a un amigo que andaba de viaje y yo cuidaba la casa durante su ausencia. ¡Dos meses más tarde se decía en Chile que yo me daba vida de príncipe, gracias a que mantenía un garito clandestino!”.

En el estudio de Rafael Silva he conocido a interesantes personalidades del mundo artístico berlinés. Y en Chile a Rafael Silva nadie lo conocía, nadie lo estimulaba, y para salir tuvo que reunir el dinero de su pasaje a costa de grandes esfuerzos.

En los últimos dos años, ya asimilado a la vida de actividades incesante que le rodea, ha podido dedicarse plenamente a sus estudios musicales. Ha dado conciertos, en los que se le ha aplaudido y se le ha atacado. Es uno de tantos, en fin, que estuvo a punto de ahogarse en nuestro ambiente rarificado, en el que se pide a gritos a los concertistas que toquen el Danubio Azul, en el que se silba a Eric Satie, se desconoce a Acario Cotapos, y se escucha con placer la verborrea de conferencistas más o menos árabes o de poetas ramplones que recorren América dedicando sonetos a las sociedades de beneficencia. Saliendo de Chile, Rafael Silva ha ganado un ciento por ciento. Es el fenómeno constante. Hay otros que salen y pierden la travesía, la aureola de latón que lleva grabadas estas palabras: GRANDE HOMBRE, MUY PREPARADO. Frasecita que les hizo fácil la existencia en la patria.

He conocido a muchos de estos últimos que pasean por Europa, de capital en capital, de hotel en hotel, su aburrimiento y su vaciedad.

A los primeros, a los del viaje heroico, a los que han tenido largos paseos desesperados a orillas del Sena, del Támesis o del Spree, les está asegurado, cuando menos, el cielo ilimitado de la inteligencia. Y a los otros, vueltos al marco dorado que aquí no encontraron, sólo les queda el comienzo del cuento, a la hora del humo y de la digestión.

–“Una vez en Europa…” y no tienen qué contar.

Berlín, 1925




Esta crónica fue publicada en Chilenos en París en 1930. Esta versión está tomada de la reedición hecha en 2001 con prólogo de Jorge Teillier y que editara la Editorial Universitaria.

Las ilustraciones corresponden a: 
- Retrato del autor: Memoria Chilena
- Stadtschloss de Berlín: Wikipedia
- Friedrichstrasse con Unter den Linden: www.croniknet.de

lunes, 18 de noviembre de 2013

La fiesta de la democracia


 
Esta es una frase que se suele escuchar hasta el asco en cada elección. Los candidatos lo dicen como un mantra, los periodistas lo repiten y lo repiten tanto en cada despacho, que hasta incluso alguno de los ciudadanos de la fila, apurado por los estudios centrales, también lo expresa y así lo cree también la señora en la casa. “Fiesta de la democracia”, aunque la única música sea la de esta frase  reiterada de boca en boca, aunque nadie baile, aunque los tragos estén guardados hasta el siguiente día.

No se me malentienda. Yo creo que votar es importante. Es un elemento fundamental para la conformación de una sociedad que pretende cierta sanidad. Pero estoy en contra del cliché que iguala en el discurso a la votación con el “vital elemento” y el “mudo testigo”, porque más allá de reflejar una falta de imaginación, enclaustran a la democracia tan solo en el ejercicio del voto. Como lo menciona por ahí Rubén Darío, el cliché literario tiene una correlación con el cliché mental (no son sus palabras exactas, pero es su idea). Toda la concepción ético-filosófica detrás de un sistema de organización social que intenta balancear la libertad y la responsabilidad civil se ve reducida a una “forma de elección”. Es decir, todo se ve limitado a poner una raya en un papel. Si fuera así, le daríamos la razón a algunos que relativizan la democracia como “un sistema más de gobierno” entre todos los posibles, abriendo con ello la puerta al autoritarismo. Esa es la frase que usted puede escuchar de boca de Hermógenes Pérez de Arce en el documental El diario de Agustín.

La zamacueca de Manuel Antonio Caro


Al mismo tiempo, esta reducción de la democracia al voto, a esta “fiesta” que tenemos de vez en cuando, se cae en un ritmo social lento y tedioso, que quita muchas veces las esperanzas respecto a una mejoría de las condiciones de la población. Así, una gran cantidad de quienes tienen ganas e ideas dejan de participar, pues si todo se reduce al voto, entonces todo se queda en tener que elegir “a los mismos de siempre”. La decepción da paso a la apatía y la animadversión al “sistema”. El resultado es que estas personas dan un paso al lado, pero con ello también, se deja la puerta abierta a quienes sí están interesados a que todo siga igual.

Por otro lado, la “fiesta de la democracia”, en su vistosidad teatral, congrega también a sus personajes, a los famosillos de turno que entran y salen de las urnas moviendo las manos en un gesto vacío de toda significación, transformado todo en un espectáculo que se instala para que en los siguientes años todo siga igual. Un carnaval en que el poder se celebra a sí mismo dando paso a la abulia y la decepción. La televisión es la nueva ideología política.

Dejémonos de clichés. La democracia no es sólo un sistema de elección. O por lo menos no debería reducirse a eso, sino que es una forma de convivencia social en la que se aprecia al otro aunque sea distinto, aunque no piense como uno. Por eso es que pese a las diferencias sociales, las personas son reconocidas como teniendo los mismos derechos. Lamentablemente, esto está todavía en el plano de los deseos. Es incuestionable que vivimos en una sociedad desigual, donde la dirección en la que se vive es la dirección hacia donde se va en la vida. La educación, los contactos, los empleos, las herramientas sociales para surgir, la discriminación o la promoción. Es por eso que no hay que sólo votar. Hay que ejercer la democracia. Hay que seguir en la vía de la organización social. Los estudiantes deben tener sus agrupaciones. Los trabajadores, sus sindicatos. Debe haber juntas de vecinos y asociaciones de consumidores. Por eso es importante iniciativas que vienen de los ciudadanos como "Haz tu voto volar", por el derecho a voto de los chilenos en el extranjero. Debe haber y fortalecerse todos aquellos grupos en donde las personas puedan ejercer sus derechos y asegurárseles un trato digno. Debe haber eso y voto. Si debe haber fiesta de la democracia, que sea todo el año. Hay que acabar con el cliché para repensar la sociedad e imaginársela de otra manera y mejor.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Chronicae Germaniae 13




Desde el país de la confusión (II)



El primer piso es el segundo

Se puede estudiar alemán por mucho tiempo, buscar palabras en el diccionario o aprenderse frases de memoria sacadas de libros de estudio. Se puede ser muy aplicado y pegar los ojos a la página por horas. Todo te prepara para diferenciar el nominativo, del acusativo y éste del dativo. Incluso puedes aprender a utilizar el genitivo (que los alemanes usan escasamente), pero nada te prepara para esto:

Preguntar en la recepción de un edificio (un centro comercial, por ejemplo) dónde puedes hallar algo y que te digan que lo que buscas está en el segundo piso. Subir una escalera y encontrarse con que has llegado al “primer piso”. ¿Cómo pude llegar al primer piso si vengo de allá?

 
Letrero de la Embajada de Chile en Berlín en donde se puede ver la diferencia entre los pisos chilenos y su "traducción" al alemán: 2º piso / 1er. "Piso de arriba" (OberGeschoss)

La primera vez que esto me ocurrió estuve perdido por un momento. Después me quedé pensando en esta “excentricidad” alemana. Comenté mi “descubrimiento” a unos amigos brasileños, que por entonces estaban conmigo en un curso. “Raro que los alemanes tengan el primer piso en el segundo”, les dije. Pusieron una cara como si les hubiera hablado en marciano. Les expliqué nuevamente lo que quería decir y, después de un rato, comprendí que ellos no me entendían, porque en Brasil también el primer piso es el segundo.

Con el tiempo, al conocer personas de otros lugares, me di cuenta de que la cosa en general era “al revés” de lo que suponía: en Chile el primer piso es el segundo (aunque la frase es igual, es totalmente diferente). Lo que a mí me parecía una rareza alemana resultó ser lo regular y común en gran parte del mundo. “Nosotros” éramos los raros y no lo supe hasta que llegué aquí.

Aprender un idioma o meternos de cabeza en libros que nos hablan de él, no nos salva de la confusión que a menudo se siente al vivir en la cultura cotidiana del país en donde se habla. Se nos olvida que un idioma no es sólo una herramienta para intercambiar ideas, sino que es el reflejo y fuente del mundo de una comunidad que no siempre se expresa de forma transparente. Es por eso que tarde o temprano uno termina perdiéndose aunque sea por un momento en ese mundo ajeno y se busca en ese instante de confusión las marcas de lo propio, de lo conocido. Lo cotidiano puede ser perturbador.

Al mismo tiempo, estamos acostumbrados a la idea de que lo que nos rodea se despliega en todas partes de manera homogénea. Creemos que podemos estar en cualquier lugar como en casa. Lo comunicación global, la televisión, internet, han contribuido a esa ilusión de lo homogéneo. Pero basta un tiempo en otro lugar para entender la profundidad de esa ilusión.

Desde entonces he notado la naturalidad con la que nosotros creemos que en todos lados las cosas son similares. Como si el mundo fuera igual en cada esquina, creemos que el reloj va en la misma dirección, que los niños tienen los mismos juegos, que los rituales diarios son por lo menos parecidos, que la justicia se mueve en los mismos términos morales. El viajero a veces cree que pese a la diferencia de paisajes, llega a la misma cultura que ha dejado. Pero es cosa que camine un poco por las calles nuevas y hable con los habitantes de este “nuevo país” en idioma que ha aprendido en los libros para entender que las cosas pueden ser de otra manera.


Halb neun

La  mayoría de los relojes tienen los mismos números en casi todo el mundo. Algunos son mecánicos con agujas y otros son digitales. Uno asume que el tiempo se mueve hacia el mismo lado. Por eso fue para mí una sorpresa cuando visité Israel y conocí los relojes que iban “al revés”. Como en “El viaje a la semilla” de Carpentier, el tiempo parecía ir hacia atrás. Pero el tiempo seguía ahí escurriéndose mientras me imaginaba que rejuvenecía aunque fuera por un momento.

Concordemos que los números en alemán son difíciles. A la pronunciación tan extraña para nosotros, hay que añadir la posición de las palabras que cambia a partir del “21” (“uno y veinte”, dicen los alemanes). Si no se está atento, un número dado en voz alta puede convertirse en un llamado equivocado, en una edad inverosímil, en unas horas perdido por en una ciudad extraña buscando una dirección que no existe. Pero cuando a veces me decían la hora o tenía que hacer una cita con alguna secretaria, la cosa se ponía todavía más compleja. Cuando escuchaba de su boca “halb neun”, asumía perfectamente que tenía que estar a las “nueve y media”. Sólo la decepción de llegar una hora atrasado me hizo comprender que el reloj se muestra igual a todos, pero el tiempo se interpreta de distintas maneras. Porque acá “halb neuen” son las “ocho y media”, aunque el “ocho” nunca fuera pronunciado.



Problemas de identidad

Una vez superado el problema de la hora, está el de los apellidos. En Alemania son una cosa muy simple. Una vez que en los cursos de idioma te han preparado con que Name no es “nombre”, sino “apellido” y que Vorname es realmente lo que entendemos por “nuestro nombre”, se está listo para dar la información personal a quien lo solicite. Pero cuando se llega al escritorio de la secretaria o del funcionario estatal comienzan las dificultades. Por un lado, si se es latino, no se entiende dónde termina el nombre y cuándo comienza el apellido. Pero si se es casado, los problemas de identidad se complejizan.

Cuando los alemanes ven los pasaportes en los que el nombre tiene ¡cuatro palabras! (por  lo menos), se quedan con una cara de estupefacción. “¿Qué hago con esto?”, parecen decir con una expresión de desconfianza. “¿Será falsificado?” “¿Cuál de todas estas cosas es el apellido?” Tuve una charla muy extensa una vez intentando explicar que en Chile usábamos un segundo nombre (¿para qué dos nombres para una sola persona?), que después venía el apellido del padre y luego el de la madre. Ellos, más simples en la cosa de los nombres, tienen su identidad sintetizada en dos palabras. Nosotros, en cambio, llevamos inscrita toda nuestra historia familiar.

Y una vez que queda más o menos claro cuál es mi apellido, viene la explicación de que mi esposa está legalmente casada conmigo, aunque no tenemos el mismo Familienname. En Alemania, las personas que se casan adoptan el “nombre” de alguna de las dos familias. Un investigador dominicano, que conocí hace poco,  me contó que en Berlín vio a un trabajador que en su ropa de trabajo tenía escrito su apellido latino. Muy contento de encontrarse con uno de “nosotros”, se le acercó y le habló en español. El hombre, sorprendido que un desconocido lo saludara como amigos de toda la vida, le dijo en alemán, que lo sentía, pero que no entendía nada de español. Este amigo dominicano tuvo que hacer uso de su alemán para preguntar la causa de tanta extrañeza. Ahí le explicó el otro sujeto que el apellido cosido a la ropa era en realidad el de su esposa.

Si bien lo anterior es posible actualmente en Alemania, por tradición es la mujer quien adopta el apellido del marido. Es así como puede leerse en los documentos de identidad y en las lápidas de los cementerios “Maria Schultz (geb. Schwabe)” (Maria Schulz, nacida Schwabe, su nombre de soltera). La misma Angela Merkel toma el apellido de su primer esposo y de soltera se llamaba Angela Kasner. Como todavía es la costumbre en Alemania que la mujer sea la que cambia de apellido, los habitantes de este país asumen que es así en otros lados del mundo. Es por eso que cuando una mujer casada le da sus datos a alguien, se asume que ese apellido no es el original, sino el de su marido. El que ambos compartan el mismo nombre familiar, en Chile y en otros lugares de Latinoamérica es algo que hacen los hermanos. Pero en Alemania es lo normal. Por eso, a pesar de que soy René Olivares, cuando acompaño a mi esposa a algún trámite, se refieren a mí como Herr Lizama. Después de tres años en este mundo ajeno, ese nombre es casi mi nueva identidad.


Para ver la crónica sobre la Confusión (I), haz click aquí.

Fotografía: (c) René Olivares Jara