lunes, 30 de marzo de 2026

Soledad Primera (fragmento)

Luis de Góngora 

 

 



Era del año la estación florida

en que el mentido robador de Europa

(media luna las armas de su frente,

Y el Sol todo los rayos de su pelo),

               luciente honor del cielo,

en campos de zafiro pace estrellas,

cuando el que ministrar podía la copa

a Júpiter mejor que el garzón de Ida,

náufrago, y desdeñado sobre ausente,

lagrimosas de amor dulces querellas

               da al mar; que condolido,

               fué a las ondas, fué al viento

               el misero gemido,

segundo de Arión dulce instrumento.

Del siempre en la montaña opuesto pino

               al enemigo Noto,

               piadoso miembro roto,

breve tabla Delfín no fué pequeño

al inconsiderado peregrino,

que a una Libia de ondas su camino

               fió, y su vida a un leño.

Del Océano pues antes sorbido,

               y luego vomitado

no lejos de un escollo coronado

de secos juncos, de calientes plumas,

               alga todo y espumas,

halló hospitalidad donde halló nido

               de Júpiter el ave.

Besa la arena, y de la rota nave

               aquella parte poca

que le expuso en la playa dió a la roca;

               que aun se dejan las peñas

lisonjear de agradecidas señas.

 

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido

               Océano ha bebido,

Restituir le hace a las arenas;

               y al Sol lo extiende luego,

               que lamiéndolo apenas

su dulce lengua de templado fuego,

lento lo embiste, y con süave estilo

la menor onda chupa al menor hilo.

 

No bien pues de su luz los horizontes,

que hacían desigual, confusamente,

montes de agua y piélagos de montes,

               desdorados los siente,

cuando entregado el mísero extranjero

en lo que ya del mar redimió fiero,

entre espinas crepúsculos pisando,

riscos que aun igualara mal volando

               veloz, intrépida ala,

menos cansado que confuso, escala.

               Vencida al fin la cumbre

               del mar siempre sonante,

               de la muda campaña,

árbitro igual e inexpugnable muro,

               con pie ya más seguro

               declina al vacilante

breve esplendor del mal distinta lumbre,

               farol de una cabaña

que sobre el ferro está en aquel incierto

golfo de sombras anunciando el puerto.

«Rayos, les dice, ya que no de Leda

trémulos hijos, sed de mi fortuna

término luminoso.» Y recelando

de invidïosa bárbara arboleda

               interposición, cuando

de vientos no conjuración alguna,

               cual haciendo el villano

la fragosa montaña fácil llano,

               atento sigue aquella

(aun a pesar de las tinieblas bella,

aun a pesar de las estrellas clara)

               Piedra, indigna Tiara,

si tradición apócrifa no miente,

de animal tenebroso, cuya frente

carro es brillante de nocturno día:

               tal diligente el paso

               el joven apresura,

               midiendo la espesura

               con igual pie que el raso,

fijo, a despecho de la niebla fría,

en el carbunclo, Norte de su aguja,

o el Austro brame, o la arboleda cruja.

               El can ya vigilante

convoca, despidiendo al caminante,

               y la que desviada

luz poca pareció, tanta es vecina,

que yace en ella robusta encina,

mariposa en cenizas desatada.

 

 

 

 

La versión que entregamos de este fragmento de la "Soledad Primera" de Luis de Góngora se basa en la preparada por John Beverly para la editorial Cátedra (2024). 

Créditos:
Imagen 1: (cc) Portada de Las Soledades de la edición de 1636.
Imagen 2: (c) Editorial Cátedra. 

 

martes, 17 de febrero de 2026

Reino de los Andes

David Peralta Valdés 

 


 

Prólogo


Esta historia comienza con un recuerdo.

Tenía cinco años, tres meses y siete días. Lo sé porque todos sabemos la fecha de nuestro cumpleaños y, en el Reino de los Andes, todos recordamos el día del gran terremoto del 85.

El auto del Peter era un Chevrolet 52’. Era verde petróleo y tenía las manillas de las puertas pintadas de plata. Las ruedas eran de sintecaucho negrirojizo, opaco y ultra flexible. A mí me gustaba darles pataditas con la punta del pie y sentir cómo me lo hacían rebotar.

Por dentro el auto tenía dos asientos que eran dos sofás. Eran anchos y estaban forrados por una especie de sintecuero crema brillante, bien antiguo, pero elegantoso. Eran nada que ver con los asientos de los coches más modernos, que son butacas unipersonales y ultraestrechas. Acá uno se podía sentar como quisiera, con las patas abiertas, de lado, recostado, ideal cuando uno es chico.

Como mi papá estaba tan entusiasmado con el viaje, invitó a mi abuelo, a mi abuela, a mi tía e incluso a mi bisabuela, que todavía estaba viva. Con noventa y dos años, la matriarca caminaba apenas y no se le entendía cuando hablaba, pero no se le iba una. La recuerdo con su pañuelito en la cabeza andando, tomada del brazo de mi mamá, pasito a pasito.

Según me contaron en algunas onces familiares, ese viaje lo tenían planeando desde hacía tiempo. Mi vieja se había encargado de guardar comida durante semanas, para el desayuno, la cena, los almuerzos. Serían tres días solamente, tres días en Almirante Cordero, un pequeño balneario en el Marquesado de Valparaíso. Tres días, que mis padres veían como el primer gran paseo de nuestras vidas. Serían las primeras vacaciones.

Cada vez que recordábamos ese viaje, mi papá sonreía. A él le tocó manejar, pese a que tenía cero práctica. Nos contó que le aterraba equivocarse, confundirse con los teraciclos al activar los saltos de marcha y terminar dañando la bobina. Obviamente eso era imposible, si el coche era de los de tecnología antigua y estaba hecho para maltratarlo. Pero qué iba a saber mi viejo de autos si nunca había tenido uno.

Mi papá iba tan asustado que nos fuimos a ciento y treinta por hora, todo el viaje. Los otros vehículos nos pasaban por el costado como manchas, como fogonazos o como destellos de electroarmas. En todo caso, como ninguno de nosotros tenía idea de coches, nos pareció que ciento treinta era una velocidad alucinante, una locura. Todavía recuerdo la alegría, todos gritando en la cabina, palmoteando sobre los asientos, saltando, y mi viejo aferrando el volante medio tratando de reír, pero apretado entero.

Eso es casi lo único que recuerdo de ese trayecto. Mis viejos me contaron que me fui todo el viaje jugando con mi protector de plasticristal. Seguramente lo hice combatir contra otras figuritas, enemigos del Reino. Seguramente lo paré detrás de la ventana y lo hice mirar hacia fuera, hacia el país del pueblo que había jurado proteger.

De Almirante Cordero recuerdo la casa. Recuerdo un pasillo con baldosas negras separadas por rayas blancas. Recuerdo sus paredes de plastimadera, tres bujías amarillentas arriba, como tres llamas de vela, que emitían un fulgor suave y pobre. Recuerdo una alacena café clara cargada de copas de vidrio, vidrio real, y de platos decorados y escritos. Había uno grande en el centro, con un árbol hecho de cables, dibujado en azul y con una caligrafía que remontaba y descendía enmarcándolo entero. Debe haber sido un recuerdo, un souvenir. De todas maneras, era algo que yo nunca había visto. Un adorno, algo prescindible.

Ahí mi memoria se va, se borra, se hunde en el fondo o se estira por el aire hasta fundirse con el cielo. La siguiente imagen nítida la componen tres conchitas azulinas sobre tierra negra, un coche naranja de juguete, cuatro soldaditos de plastimadera rojiza y los pedazos de baldosa gris que para mí eran edificios en un campo de batalla urbano. Veo mi mano, haciendo volar a mi protector de plasticristal, haciéndolo lanzar andanadas de rayos imaginarios, tirar sablazos, destellos, misiles infalibles. Todo esto apoyado por onomatopeyas de disparos, despegues, detonaciones y gotas de saliva.

Estaba tan secuestrado por el juego que no recuerdo cuando empezó. Solo sé que escuché el estallido múltiple de la vajilla a la distancia, una verdadera cascada de vidrio que nacía de golpe. Adelante, vi un macetero con un helecho bambolear y caer terraza afuera.

Recuerdo que mis soldados se fueron a tierra uno a uno, que todo se sacudía, que un árbol se balanceaba del otro lado de la terraza, que ni yo mismo me podía parar. Recuerdo que no sabía qué pasaba, que estaba asustado y sorprendido. Una grieta trepó la pared dibujando un rayo de tormenta.

Me vi después dentro de una nube de polvo. Recuerdo el sabor reseco, intruso y terroso. Recuerdo el dolor en la pierna, el peso en la cintura. Debo haber gritado, debo haberme puesto a llorar. Debo haber manoteado, pataleado y tironeado para intentar salir.

Entonces, un brillo inesperado. Vi las estilizadas botas de altacerámica blanca descender sostenidas por chorros de chispas azules. Vi las alas, cintas de plata que se agitaban y despedían destellos verdes junto a las grebas y el cinturón. Vi la pechera de iridio con el emblema de Su Majestad en el centro, las hombreras con el diseño curvo suave descendiendo hacia los costados. Vi la cimera de flexiacero reluciente y, adentro, el rostro seguro, claro e irreductible. Recuerdo la piel blanca, los ojos de miel transparente, la tranquilidad infinita allá al fondo. Recuerdo que mi pecho vibró, la alegría inundó mis ojos. Recuerdo mis manos alzadas hacia el protector que descendía para rescatarme.

Era verano y fue la primera y única vez que fuimos de vacaciones. Mi papá consiguió que el Peter, el chistosito en la refinería, le arrendara su coche por un puñado de ciclos. Tienen que haber sido cuatro, cinco, siete ciclos, a todo reventar. Recuerden que antes la plata valía más, eso sí, y que a mis viejos nunca les ha sobrado por lo que tampoco debe haber sido fácil.

 

Fueron las únicas.

 

 





 

Primera parte
El Distrito Metropolitano

 

I

Como la clase me la sabía de memoria, decidí escuchar el Códice.


Abrí mi mochila debajo de la mesa y metí la mano mientras seguía a la profe con la vista. La vieja se paseaba, hablaba y se atragantaba con el Asalto a Valparaíso. Que las Fuerzas de Restauración eran mínimas, solo un puñado de valientes. Que habían lanzado el desembarco por la noche en medio de la niebla, en una operación ultrasecreta, porque la sorpresa era lo único que podían tener a su favor. Que, para mala suerte, los vigías de la República los habían detectado. Que habían activado las sirenas, que el plan se había ido hacia ya saben dónde, pero que los valientes habían continuado porque eran leales a la reina y porque eran valientes. Así, dos mil electrofusileros reales avanzaron entre destellos y detonaciones, y se fueron tomando los cerros uno a uno, metro a metro. El Asalto a Valparaíso había sido la maniobra más audaz de la historia militar del Reino de los Andes. Había sido una victoria sonora en la que los cobardes de la República habían terminado huyendo en desbandada.


Cuando la profe se dio vuelta para dibujar las líneas defensivas, apreté play.


Nada hay más sagrado que su majestad Catalina de los Andes.
Un plebeyo es leal a Su Majestad y, por ello, Su Majestad es leal a él.
Un plebeyo es digno y honesto, un ejemplo en todo momento.


A los pocos segundos, yo ya estaba en otra. Estaba alucinando, embebido escuchando el Códice. Disfrutaba la voz de la relatora, como pronunciaba cada palabra, cada sílaba, como hacía brillar cada verso de la ley del Reino. Arriba, en el cielo de nuestra sala, estaba el bajorrelieve con Su Majestad. Tenía el yelmo de ultracero blanco, con los penachos que crecían hasta bien arriba. En los costados, el cabello le caía en dos torrentes cubriendo las hombreras. En su brazo derecho, la reina llevaba un brazal con dibujos de araucarias, y en su mano sostenía una electrolanza que superaba largamente su altura. En la otra, la soberana cargaba una rodela pequeña con espinas y colmillos. Aquel era un mensaje claro:
incluso defendiéndose, Su Alteza era peligrosa.

Nada hay más sagrado que su majestad Catalina de los Andes —murmuré.

La clase ya había terminado hacía rato, cuando la voz que declamaba el Códice se apagó con un tirón de los audífonos en mis orejas. Vi los cables estirarse y enroscarse en el aire, y luego dar un latigazo hacia atrás. Recién ahí caché al Colorado con mi reproductor en las manos. Me levanté más que rápido. 

—¿Qué estabas escuchando, polvoriento? —me dijo. Disparé mi mano para tratar de quitarle el aparato, pero alcanzó a esquivarla. Problemas.

—El Códice de Su Majestad, obvio. Dale, escuchemos juntos. Podemos compartir los audífonos.
 
Mientras había hablado, había analizado la situación. No solo tenía al Colorado al frente, sino que estaba rodeado por su grupo. Miré de nuevo al compadre que ahora apretaba una ceja y examinaba más de cerca mi reproductor.
 
—Ni una banca de estadio compartiría contigo, polvoriento de mierda. ¿Sabes cuánto me darán por esto en la feria?
 
—Un ciclo, con cuea.
 
El Colorado sonrió en una mueca de desprecio. Luego se puso a analizar mi dispositivo mirándolo por arriba, por abajo, volteándolo. Era obvio que no tenía cresta idea de cómo funcionaba. Menos iba a
saber cuánto valía.
 
—Bueno, lo que sea que me den…
 
Antes de que el tipo alcanzara a hacer otra cosa, me abalancé contra él. Lo pillé por sorpresa y alcancé a agarrar el reproductor con la mano izquierda. El Colorado respondió girando sobre sí mismo, bloqueándome con la espalda, por lo que el aparato se me soltó. Supe que esa había sido mi última oportunidad para conservarlo y que la había perdido. En cualquier momento me caerían sus amigotes.
 
Entonces me piqué, reconozco que me piqué. Tiré mis manos un par de veces haciendo como que quería agarrar el reproductor hasta que el Colorado cometió el error que yo esperaba. Bajó la guardia.
 
Ahí le crucé la nariz de un mangazo.
 
Le pegué con todo. Lancé el brazo, agaché la cabeza, metí el hombro y giré la cadera poniéndole toda la fuerza y toda el alma, les juro. Sentí la nariz del Colorado aplastarse debajo de mis nudillos como si fuera masa de sopaipillas. Sin mentirles, yo creo que ese fue lejos el mejor derechazo que puse en mi vida, en serio. El problema es que se lo pegué al Colorado, tipo duro como él solo.
 
Después alcancé a parar unos golpes que vinieron de vuelta, pero, entre medio, me llegó un combo en la pera que me movió todo. Luego de eso, solo atiné a levantar las manos para tratar de cubrirme. Ya no cachaba nada.
 
—¡Te estaba weando, conchetumadre!
 
Entonces sentí que me agarraban de los brazos. Luego, tres golpes como tres mazazos que me vaciaron de aire. De reojo, alcancé a ver los nudillos del Colorado acercándose, creciendo, agigantándose. Entonces, el milagro.
 
El golpe me llegó deforme, sin fuerzas, y el cuerpo del Colorado chocó contra el mío. Ambos caímos al suelo en una maraña de brazos y piernas que desarmamos en dos tiempos. Ahí caché que se había metido Dante, el norteño. Se levantaba entre nosotros tan grande como el Aconcagua. Le había dado al Colorado el tremendo empujón.
 
—¡Déjenlo, los mierdas! —tronó. Hay que reconocer que mi compadre desde chico que tenía voz de PDR.

Cuando el norteño llegó al instituto, cayó parado. Era lento de movimientos, seguro, siempre respetuoso. Era como un adulto ultraeducado y maduro, un caballero chico. Caminaba derechito y era el único del curso que usaba corbata. Su sueño era entrar a la PDR, la Policía de la Reina, y se preparaba con el alma para ello.

Al principio, mi compadre trataba de llevarse bien con los chiquillos. Prestaba los termotalladores cuando alguien lo necesitaba, compartía la bahía de carga de su banco e incluso, a veces, su comida. Cuando lo weviaban, sonreía y asentía, sumándose a la talla, bajándole el perfil. Pero las tallas aumentaron, se hicieron más comunes y más odiosas. Dante continuaba sonriendo y asintiendo, seguramente confiado en que en algún momento pararían, como quizás ocurría en Puerta Norte, su tierra natal, pero en el Distrito Metropolitano era distinto. En la capital, los chicos eran perversos.

Bueno, no solo los chicos.

Fue así hasta que un día Carrillo, que también quería entrar a la PDR, le sacó la madre.

Fue un insulto común, casi al paso. Una cosa medio entre comentario e insulto “el conchesumadre del Dante” o “puta que es weón este conchesumadre”, una frase que cualquiera habría dejado pasar. El punto es que ese insulto en el norteño tuvo un efecto distinto.

Diametralmente distinto.

Dante le dijo a Carrillo que “se había excedido”, que le exigía “una disculpa inmediata”. Carrillo apretó el ceño y lo miró de arriba abajo, mucho más sorprendido que intimidado. Dante, imperturbable, repitió su solicitud. “Este, además de conchesumadre, es aweonao”, fue la respuesta de Carrillo. “Arreglaremos este asunto a la salida”, sentenció mi compadre.

Supongo que saben a qué se refería, ¿no? Apenas levantaron el portalón que anunciaba el fin de la jornada, nos desbordamos fuera del instituto. Todo el curso se fue con Carrillo, y Dante se fue solo por el otro lado de la vereda. Nos encontramos en la antigua estación del ferrocarril subterráneo: esa era nuestra arena.

Recuerdo que saltamos la verja, que los que llegaron primero al edificio removieron las dos planchas amarillas de plastifort y que reptamos bajo los fierros de la reja uno a uno. Después, bajamos al trote por la escalera de concreto y saltamos los torniquetes. Cuando llegamos al andén, formamos un círculo y esperamos. En las vías, estaban los cascarones oxidados y decrépitos de dos vagones que ya no funcionaban.

Dante se demoró en llegar. Lo vimos bajar la escalera del andén por el centro, con la mochila al hombro, como si nadie lo estuviera mirando, como si no existiéramos. Recuerdo que me llamó la atención verlo con la corbata ordenada y bien puesta después de un largo día de clases.

Bueno, cuento corto. Decir que Dante le sacó la conchesumadre es poco. Al principio, Carrillo movió las manos, levantó las piernas y acosó a Dante por derecha, por izquierda, pero el norteño esquivó y bloqueó
dando pasos precisos, dibujando un círculo, analizando. De pronto, Carrillo saca una combinación furiosa que termina con un combo ancho como una volea. Dante, medio segundo antes de que lo impactara, pasó por abajo como haciendo magia. Hasta yo alcancé a ver a Carrillo regalado.

Lo de Dante ahí fue un estallido. Metió uno, dos, tres combos abajo que sacudieron a Carrillo como si fuera un monigote. El tipo se fue hacia atrás, intentando recuperarse, pero el norteño dio unos pasos, como que amagó y sacó un gancho hacia arriba que, les juro, levantó al pobre Carrillo un metro del suelo. El tipo cayó seco. Dos veces intentó levantarse, dos veces se desmoronó. Para cuando alguien fue a ayudarle,
Dante ya subía las escaleras de vuelta con las manos en los bolsillos silbando “Y Alondra era guerrera”, el himno de la PDR.

Ese show de boxeo, en todo caso, le costó al norteño dos semanas de suspensión.

Pero la cosa no terminó ahí, no crean.

Cuando Dante regresó de su castigo, lo primero que hizo en el recreo fue buscar a Carrillo. Lo encontró con sus compinches, en el kiosco, bolseando, como siempre. Dante se le acercó, lo saludó con un movimiento de cabeza y le cruzó la cara de un zurdazo que te lo encargo. Carrillo nuevamente se fue a tierra ¡y ahora dentro del colegio!

Entonces Dante se puso a hablar. Dijo que él iba ser un oficial de la PDR para enderezar a gente como Carrillo: gente sin honor, que no respetaba al Orden ni al Códice, y ni siquiera el honor de una madre.
Dijo que los peores enemigos del Reino no estaban en el Exterior, sino dentro, y eran los que despreciaban las tradiciones, el respeto y la ley. “¡Yo me encargaré de ellos!”, remató furioso.

Así era Dante. Ahora volvamos a mi historia.

—¿Y qué te metes tú, norteño de mierda? —dijo el Colorado poniéndose de pie de un salto. Yo me levanté más que rápido.

—Déjalo en paz y ándate —le dijo Dante—. ¿Te estaban robando algo?

—Mi reproductor de microdiscos.

—Ok. Cambio de planes. Le devuelves su reproductor ahora y me acompañas a la dirección a autodenunciarte.

—¿¡Qué te pasa, loco de mierda!?

—Harás lo que te digo.

—¡Bájate de la nube, pobre weón! Todavía no estás en la PDR.

—Por segunda vez: entrégale su reproductor ahora.

—¿Porque tú lo dices?

—No, porque le pertenece.

Los amigos del Colorado comenzaron a rodearlo.

—¿También querís una sacá de cresta, norteño mermelá de wea?

En eso yo ya estaba al lado de Dante, listo para repartir aletazos.

—Si no le devuelves su reproductor ahora —dijo Dante con lentitud—, te voy a trasmutar la cara a charchazos a ti y a todos estos payasos.

El Colorado sonrió y balanceó la cabeza negando incrédulo. Luego, dio un paso atrás y comenzó a arremangarse la camisa. Dos de sus compadres se sacaron el chaleco, otro también se arremangó. La suerte estaba echada.

Dante se quitó el chaleco. Se ajustó los suspensores y también se arremangó la camisa. Yo estaba más nervioso que perro en bote, debo reconocerlo, pero no me iba a achunchar. Estaba al lado de Dante, el gran Dante.

—Vigílame la espalda —me dijo el norteño entre dientes—. Cuida que nadie me gane la espalda, ¡nada más! Pega empujones, arañazos, patadas, mete la cabeza, lo que sea, pero que no me ganen la espalda—. Dante ya tenía voz de PDR, ya les dije. Solo le faltaba la armadura, el casco y el electrofusil.

Me gustaría contarles que con Dante fuimos un muro, que nos paramos en nuestros pies y que aguantamos las oleadas del grupo del Colorado como la Fuerza de Defensa aguantando al Exterior. Lamentablemente no fue así. Ni siquiera sé cómo fue en realidad. El cuento es que todo se hizo borroso de repente, que sentí que me faltaba el aire y ahí, en medio de todos, me desmayé.




 


David Peralta Valdés (1980) es escritor, profesor, editor e investigador. Combina la escritura con la docencia universitaria y sus estudios de doctorado, en los que investiga la creación literaria desde una perspectiva interdisciplinaria. Ha ganado en dos ocasiones el Fondo del Libro y la Lectura, en la Línea de Creación. Reino de los Andes es su primera novela.

 

 

Créditos

Portada del libro: (c) Loba Ediciones Ltda.
Imagen de Santiago: (cc) Wikipedia (imagen intervenida desde el original). 
Foto del autor: (c) David Peralta Valdés 

 

 

 

 

lunes, 29 de septiembre de 2025

Los asesinos

 Antonio Machado

 

 


 

 

                        I 

Juan y Martín, los mayores
de Alvargonzález, un día
pesada marcha emprendieron
con el alba, Duero arriba.
 
La estrella de la mañana
en el alto azúl ardía.
Se iba tiñendo de rosa
la espesa y blanca neblina
de los valles y barrancos,
y algunas nubes plomizas
a Urbión, donde el Duero nace,
como un turbante ponían. 
 
Se acercaban a la fuente.
El agua clara corría,
sonando cual si contara
una vieja historia, dicha 
mil veces y que tuviera
mil veces que repetirla.
 
Agua que corre en el campo
dice en su monotonía:
Yo sé el crimen, ¿no es un crimen
cerca del agua, la vida?
 
Al pasar los dos hermanos
relataba el agua limpia:
"A la vera de la fuente
Alvargonzález dormía." 
 
 
 
                    II 
 
-Anoche, cuando volvía
a casa -Juan a su hermano
dijo- a la luz de la luna
era la huerta un milagro. 
 
Lejos, entre los rosales,
divisé un hombre inclinado
hacia la tierra, brillaba
una hoz de plata en su mano.
 
Después irguióse y, volviendo
el rostro, dio algunos pasos
por el huerto, sin mirarme,
y a poco lo vi encorvado
otra vez sobre la tierra.
Tenía el cabello blanco.
La luna llena brillaba,
y era la huerta un milagro.
 
 
 
                    III
 
Pasado habían el puerto
de Santa Inés, ya amediada
la tarde, una tarde triste
de noviembre, fría y parda.
Hacia la Laguna Negra
silenciosos caminaban.
 
 
 
                    IV
 
Cuando la tarde caía
entre las vetustas hayas
y pinos centenarios,
un rojo sol se filtraba.
 
Era un paraje de bosque
y penas aborrascadas;
aquí bocas que bostezan 
o monstruos de fieras garras;
allí una informe joroba,
allá una grotesca panza,
torvos hocicos de fieras
y dentaduras melladas,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondón del barranco
la noche, el miedo y el agua.
 
 
 
                    V
 
Un lobo surgió, sus ojos
lucían como dos ascuas.
Era la noche, una noche
húmeda, obscura y cerrada.
 
Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardían
en la selva, a sus espaldas.
 
 
 
                    VI
 
Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda 
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas,
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
¡Padre!, gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco ¡padre!
repitió de peña en peña.
 
 
 
 

 
 
"Los asesinos" es una sección del poema "CXIV (La tierra de Alvargonzález)" dedicado al poeta Juan Ramón Jiménes y que aparece en el libro Campos de Castilla (1912).
 
 

Créditos de las imágenes

Retrato de Antonio Machado: Joaquín Sorolla (1918), (cc) Wikipedia.
Portada de Campos de Castilla: (cc) Wikipedia. 
 
 
 
 
 

lunes, 15 de septiembre de 2025

Carta - Océano

 Alberto Rojas Giménez

 



Hombre del mundo,
ancló en mis ojos la tristeza,
tarde de las tardes, en la tarde de América.
 
Soledad de la infancia
ardida al fondo amarillo de los pueblos.
En aquel tiempo morían mis parientes.
Eran negras las persianas que atraían el día
y opaca la voz de mi madre recordando las cosas.
 
Yo era el poeta vestido de niño,
en el año triste en que los niños rompen las flores.
Ningún hombre me dijo nunca que debía cantar.
Corría la luna por detrás de las nubes.
El sol quemaba los frutos y el lomo de los cerros.
Mis manos buscaban luciérnagas
en la sombría humedad del invierno.
 
Primera canción de las palabras torpes,
simple como el agua, yo no sabía jugar.

Miedoso de la lluvia, orador silencioso,
allé mi primer amigo al fondo de un espejo.

Una mano invisible apagaba los veranos.
Ellos, los hombres tímidos, elegancia del pueblo,
esperaban la novia a la puerta de la iglesia.
Todo cayó de golpe.
Varió el nombre de los periódicos.
Alguien decía que había nuevos edificios.
Aprendió mi memoria el curso de los trenes
y supe que las viejas mujeres de mi país
guardaban sus monedas en la esquina de un pañuelo.

Todo cayó de golpe, comenzaba la edad doliente.
En el viento múltiple,
en el viento que pierde la voz de los náufragos,
esparcí la hoguera rosada de los sueños.
Ahora, junto al Elba y es en Hamburgo,
animo en las palabras el collar de mis años.
Otoño del norte. Anclados en la bruma
son los edificios negros barcos sonámbulos.
 
Distante tierra mía, país de bosques en incendio!
En la noche extranjera que retiene mis pasos,
hombre del jersey, tiendo hacia ti las manos.

En aquel tiempo morían mis parientes.
Infancia de luto a la sombra de las lilas.
Jugaba mi hermana a la luz de las lámparas.
Siempre estaba a mi espalda
el retrato del padre asesinado.
Había un cerro, me acuerdo, sosteniendo una cruz.
Era el mes de mayo y hombres de rostro pintado
bailaban en torno castigando la tierra.
Un río corta el pueblo. Cada mañana traía
el cadáver de una doncella.
Infancia triste rayada de oraciones.
En la noche el galope de los caballos
amedrentaba mi sueño y el sol tardaba en llegar.
Hubo una vez un circo.
Una mujer verde se balancea en mi memoria
colgada de un trapecio.
Admiré los peces dorados en el agua de plata.
Lloraban los campanarios al caer de las tardes
Hay un volantín dormido en el cielo de mi infancia.
Adolescencia acodada al marco de las ventanas,
comenzó por entonces la canción que hoy continúo.
Era la vieja historia del arcoiris y la palabra amor.
Vi cruzar sin asombro el primer aeroplano
y subí sobre mi casa para tomarlo en las manos.
Era la edad doliente del deseo y la espera.
Vestido de negro acompañé el primer funeral.
Entonces vieron mis ojos el retrato de los héroes
adornando las vidrieras de todas las farmacias.
La casa se llenó de convidados.
Escribí la primera carta.
Me llevaron hasta un puerto para mostrarme el mar.

Alumno sin talento, desgracia de las madres,
caían a mis pies pájaros de papel marchito.
Era la fuga del tiempo y yo tenía quince años.
Fui el adolescente de los cinematógrafos;
Lector incansable de las novelas tristes.
Decía a menudo: “Cansado ... quiero irme...”.
Guardaba en mi cartera el retrato de una niña.
Digo todo esto como si estuviera
sentado a mi mesa con un naipe en las manos.
Soy el mismo y entre tu sonrisa
y la sonrisa de aquélla levanto mis años.
Perdido, sediento, insatisfecho.
Extranjero enamorado de las cosas y su canto.

Te sumerjes en el día, mi recuerdo te alcanza.
Un cisne de nieve se ahoga
en el remanso de tu alma.

Aquí estamos. Donde el sol no levanta.
Desvanece la sombra tu clara presencia.
Alta ciudad, vasta ciudad de la vida multánime.
Largas barcas de plata duermen sobre el Sena.
La mala estación acongoja los parques.
Sobre este muro en ruinas, alguien escribe la palabra desamparo.
Asoma la lluvia en la noche profunda
y un pájaro de hielo desciende hasta mis manos.

La multitud enreda tu nombre.
Es nuestra la calle más triste.
Hotel pobre. Vida tan pobre.
Delante de nosotros caen hojas amarillas.

Ah, mujer de pena, dulce mujer mía.
Aviones taciturnos nacen con el día,
y cada día nos trae una flor ya marchita. 

Yo hice los viajes más alegres y los más tristes viajes.
Detrás de mis sueños está la América en flor.
Los marineros danzaban sobre el Mar Caribe.
Tocador solitario
era tu pena y no el viento inflando tu acordeón.

Hangar nocturno. Es entre tus paredes sombrías que mi corazón despierta
Rayo, quemo las horas en la lumbre de mi cigarro. 
Un vaso de vino ahoga toda explicación.
 
Tú mismo, el de entonces, ahora cruzas los bulevares
y el antiguo desaliento te amarra toda acción.

De allá abajo llegan las voces. Las cartas. El periódico de las noticias.
Pablo y Tomás robando a los nativos.
Una casa en abandono. También la revolución.
 
Aquí los hombres tienen un semblante de tiza.
El alma del invierno oculta los infantes.
Automóviles en delirio empujan el crepúsculo.
Y una luna cautiva blanquea las terrazas.
 
Es a la claridad de las lámparas que yo te amo, compañera de esta hora.
 
De nosotros huye la tarde.
Una palabra de pena baja de tus labios
al recordar las guitarras del país de Tarzán.

Ésta es nuestra calle. Hotel Nantes. Aquí te amo.
Eres alta. Hueles a manzanas.
Hay un cigarro muerto junto a la chimenea.
Encierras dentro de ti campanas de Stuttgart.
 
Todo lo he visto y los cementerios.
Voz desconsolada de las fotografías.
Cuantas veces solo frente a los andenes.
Cartas amarillas, abanico de tedio.
Desplegaba en la noche una mala noticia.
Era el insomnio y exprimía en mis versos
la vieja tristeza del poeta romántico.
Siempre estás conmigo y yo todo lo he visto.
Viejos árboles marcaban el límite.
Camino de palabras, hilo del telégrafo,
hilvanando los nombres de las capitales.
Viaje que el olvido conserva.
Trasmundo del espejo a su orilla me inclino.
Más abajo la calle y aquí en el aposento,
pálido, despeinado, escribo y me acompañas.
Es la hora del abandono y vigilas el beso.
Te he llamado en los bosques y a mi lado sonríes.
No recuerdes. Eran rojos los techos.
Árboles de humo. País que me ofrecías
tan sola y tan pobre entre tus hermanas.
Guardo del olvido, aparece en el sueño,
mi mujer pensativa sobre un puente de hierro.
 
Las revistas, el periódico, en el café lo he visto.
Todo estaba, aniversario y los negros caracteres.
Tu nombre mismo al pie de tu retrato,
mariposa dormida al borde de mi vaso.
Se iban las mandolinas y las estrellas estaban.
El bosque se apartaba en la fecha dichosa.
La mano doméstica extinguía la lámpara.
Noche de Walpurgis, Alemania del alma!
 
Entre tus senos el lagarto verde.
No puedo explicar tus pies crepusculares,
amor inconcluso, alcancía de esperanzas,
mujer, vaso conteniendo el día,
vamos en el viaje sin objeto, inmóviles sin embargo.
Corren las diligencias y el humo de los trenes
envejece tu perfil, cae la frente entre mis manos.
 
Aprendiendo a contar, no es esto lo que quiero.
Aprendiendo a escribir, tampoco, es lo mismo.
Lengua extranjera, lago, poesía.
La montaña rosada que mi voz acaricia.
Siempre vuelvo hacia ti, razón de mi silencio.
En la larga velada el relato sin tregua.
Un nombre, una fecha y el cabello blanco,
al fin de los días deletreando mi canto.
Dame ese cuaderno, es la ebriedad sin límite.
Caminando encontrarás la geografia cerrada.
Después, el sombrero en el suelo, los vestidos marchitos,
entre el vino y el tabaco los amigos te esperan.
Olvido las historias, canción de las islas.
Todo estaba a tu lado, hechicera nocturna.
Levantabas la mano para detener el curso
de los astros fragantes como frutos maduros.
Aquella noche tu padre cantaba en la taberna.
Si hubiera que decir cómo te quise entonces!
Ibas por el bosque y en tu cabellera,
regalo del bosque, aprisionabas luciérnagas.
Guardaban tus ojos el secreto dichoso
y una palabra tuya libertaba los barcos.
Destruías el maleficio, cambiabas el rumbo del viento,
todo lo podías y te perdí por entonces.
Apoyado en mi fusil, centinela del alba,
atraía el silencio mientras tú te alejabas.
He visto después en los trenes que parten,
agitar el adiós que agitaban tus manos.
 
Si sólo tú volvieras de aquel tiempo disperso
trayéndome el nuevo rostro que has sacado del tiempo!
Se cruzan sobre este lado del mundo las altas oscuras palmeras nocturnas.
Lago sombrío, allí se sumerge un barco cargado de rumores.
Lejos de ayer, lejos aún del día nuevo y repetido
todavía la esperanza, el deseo persistente.
 
En medio de la noche en que toda forma se ahoga,
lluvia impalpable y negra comparable sólo al olvido,
en mitad de la noche, lejos, tierra que sostiene tus pasos,
no te alcanza mi voz, tus lágrimas son distantes.
Imágenes del cine, todo me viene, libro de estampas vivientes.
El río, sus árboles negros, tu palabra, su pasajero asilo.
La multitud que invade el crepúsculo, los trenes,
donde tú vas, presencia mía inapartable,
donde tú vas, silenciosa, ensimismada,
encima del tiempo que la distancia altera.
 
Mi recuerdo te alcanza frente a los días festivos
y en el alba que yergue sus puñales de ceniza.
Apareces en la hora de pobres esperanzas
o levanto tu imagen en la voz de los niños.
Lejos de ti, aún resido en tus ojos.
Agrupo allí la sombra que tu fatiga reclama.
Vigilo el silencio que ahuyentas con mi nombre
y es cierto que mis manos distantes e invisibles
crean, cada noche, un sol bajo tu lámpara.

 

Alberto Rojas Giménez (c. 1920)

 

 

Poema Publicado originalmente en La Opinión, Santiago, 10 de junio de 1934, pág. 3. 

 

Créditos de las imágenes.

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Fotografía del poeta: (cc) Memoria Chilena