martes, 17 de febrero de 2026

Reino de los Andes

David Peralta Valdés 

 


 

Prólogo


Esta historia comienza con un recuerdo.

Tenía cinco años, tres meses y siete días. Lo sé porque todos sabemos la fecha de nuestro cumpleaños y, en el Reino de los Andes, todos recordamos el día del gran terremoto del 85.

El auto del Peter era un Chevrolet 52’. Era verde petróleo y tenía las manillas de las puertas pintadas de plata. Las ruedas eran de sintecaucho negrirojizo, opaco y ultra flexible. A mí me gustaba darles pataditas con la punta del pie y sentir cómo me lo hacían rebotar.

Por dentro el auto tenía dos asientos que eran dos sofás. Eran anchos y estaban forrados por una especie de sintecuero crema brillante, bien antiguo, pero elegantoso. Eran nada que ver con los asientos de los coches más modernos, que son butacas unipersonales y ultraestrechas. Acá uno se podía sentar como quisiera, con las patas abiertas, de lado, recostado, ideal cuando uno es chico.

Como mi papá estaba tan entusiasmado con el viaje, invitó a mi abuelo, a mi abuela, a mi tía e incluso a mi bisabuela, que todavía estaba viva. Con noventa y dos años, la matriarca caminaba apenas y no se le entendía cuando hablaba, pero no se le iba una. La recuerdo con su pañuelito en la cabeza andando, tomada del brazo de mi mamá, pasito a pasito.

Según me contaron en algunas onces familiares, ese viaje lo tenían planeando desde hacía tiempo. Mi vieja se había encargado de guardar comida durante semanas, para el desayuno, la cena, los almuerzos. Serían tres días solamente, tres días en Almirante Cordero, un pequeño balneario en el Marquesado de Valparaíso. Tres días, que mis padres veían como el primer gran paseo de nuestras vidas. Serían las primeras vacaciones.

Cada vez que recordábamos ese viaje, mi papá sonreía. A él le tocó manejar, pese a que tenía cero práctica. Nos contó que le aterraba equivocarse, confundirse con los teraciclos al activar los saltos de marcha y terminar dañando la bobina. Obviamente eso era imposible, si el coche era de los de tecnología antigua y estaba hecho para maltratarlo. Pero qué iba a saber mi viejo de autos si nunca había tenido uno.

Mi papá iba tan asustado que nos fuimos a ciento y treinta por hora, todo el viaje. Los otros vehículos nos pasaban por el costado como manchas, como fogonazos o como destellos de electroarmas. En todo caso, como ninguno de nosotros tenía idea de coches, nos pareció que ciento treinta era una velocidad alucinante, una locura. Todavía recuerdo la alegría, todos gritando en la cabina, palmoteando sobre los asientos, saltando, y mi viejo aferrando el volante medio tratando de reír, pero apretado entero.

Eso es casi lo único que recuerdo de ese trayecto. Mis viejos me contaron que me fui todo el viaje jugando con mi protector de plasticristal. Seguramente lo hice combatir contra otras figuritas, enemigos del Reino. Seguramente lo paré detrás de la ventana y lo hice mirar hacia fuera, hacia el país del pueblo que había jurado proteger.

De Almirante Cordero recuerdo la casa. Recuerdo un pasillo con baldosas negras separadas por rayas blancas. Recuerdo sus paredes de plastimadera, tres bujías amarillentas arriba, como tres llamas de vela, que emitían un fulgor suave y pobre. Recuerdo una alacena café clara cargada de copas de vidrio, vidrio real, y de platos decorados y escritos. Había uno grande en el centro, con un árbol hecho de cables, dibujado en azul y con una caligrafía que remontaba y descendía enmarcándolo entero. Debe haber sido un recuerdo, un souvenir. De todas maneras, era algo que yo nunca había visto. Un adorno, algo prescindible.

Ahí mi memoria se va, se borra, se hunde en el fondo o se estira por el aire hasta fundirse con el cielo. La siguiente imagen nítida la componen tres conchitas azulinas sobre tierra negra, un coche naranja de juguete, cuatro soldaditos de plastimadera rojiza y los pedazos de baldosa gris que para mí eran edificios en un campo de batalla urbano. Veo mi mano, haciendo volar a mi protector de plasticristal, haciéndolo lanzar andanadas de rayos imaginarios, tirar sablazos, destellos, misiles infalibles. Todo esto apoyado por onomatopeyas de disparos, despegues, detonaciones y gotas de saliva.

Estaba tan secuestrado por el juego que no recuerdo cuando empezó. Solo sé que escuché el estallido múltiple de la vajilla a la distancia, una verdadera cascada de vidrio que nacía de golpe. Adelante, vi un macetero con un helecho bambolear y caer terraza afuera.

Recuerdo que mis soldados se fueron a tierra uno a uno, que todo se sacudía, que un árbol se balanceaba del otro lado de la terraza, que ni yo mismo me podía parar. Recuerdo que no sabía qué pasaba, que estaba asustado y sorprendido. Una grieta trepó la pared dibujando un rayo de tormenta.

Me vi después dentro de una nube de polvo. Recuerdo el sabor reseco, intruso y terroso. Recuerdo el dolor en la pierna, el peso en la cintura. Debo haber gritado, debo haberme puesto a llorar. Debo haber manoteado, pataleado y tironeado para intentar salir.

Entonces, un brillo inesperado. Vi las estilizadas botas de altacerámica blanca descender sostenidas por chorros de chispas azules. Vi las alas, cintas de plata que se agitaban y despedían destellos verdes junto a las grebas y el cinturón. Vi la pechera de iridio con el emblema de Su Majestad en el centro, las hombreras con el diseño curvo suave descendiendo hacia los costados. Vi la cimera de flexiacero reluciente y, adentro, el rostro seguro, claro e irreductible. Recuerdo la piel blanca, los ojos de miel transparente, la tranquilidad infinita allá al fondo. Recuerdo que mi pecho vibró, la alegría inundó mis ojos. Recuerdo mis manos alzadas hacia el protector que descendía para rescatarme.

Era verano y fue la primera y única vez que fuimos de vacaciones. Mi papá consiguió que el Peter, el chistosito en la refinería, le arrendara su coche por un puñado de ciclos. Tienen que haber sido cuatro, cinco, siete ciclos, a todo reventar. Recuerden que antes la plata valía más, eso sí, y que a mis viejos nunca les ha sobrado por lo que tampoco debe haber sido fácil.

 

Fueron las únicas.

 

 





 

Primera parte
El Distrito Metropolitano

 

I

Como la clase me la sabía de memoria, decidí escuchar el Códice.


Abrí mi mochila debajo de la mesa y metí la mano mientras seguía a la profe con la vista. La vieja se paseaba, hablaba y se atragantaba con el Asalto a Valparaíso. Que las Fuerzas de Restauración eran mínimas, solo un puñado de valientes. Que habían lanzado el desembarco por la noche en medio de la niebla, en una operación ultrasecreta, porque la sorpresa era lo único que podían tener a su favor. Que, para mala suerte, los vigías de la República los habían detectado. Que habían activado las sirenas, que el plan se había ido hacia ya saben dónde, pero que los valientes habían continuado porque eran leales a la reina y porque eran valientes. Así, dos mil electrofusileros reales avanzaron entre destellos y detonaciones, y se fueron tomando los cerros uno a uno, metro a metro. El Asalto a Valparaíso había sido la maniobra más audaz de la historia militar del Reino de los Andes. Había sido una victoria sonora en la que los cobardes de la República habían terminado huyendo en desbandada.


Cuando la profe se dio vuelta para dibujar las líneas defensivas, apreté play.


Nada hay más sagrado que su majestad Catalina de los Andes.
Un plebeyo es leal a Su Majestad y, por ello, Su Majestad es leal a él.
Un plebeyo es digno y honesto, un ejemplo en todo momento.


A los pocos segundos, yo ya estaba en otra. Estaba alucinando, embebido escuchando el Códice. Disfrutaba la voz de la relatora, como pronunciaba cada palabra, cada sílaba, como hacía brillar cada verso de la ley del Reino. Arriba, en el cielo de nuestra sala, estaba el bajorrelieve con Su Majestad. Tenía el yelmo de ultracero blanco, con los penachos que crecían hasta bien arriba. En los costados, el cabello le caía en dos torrentes cubriendo las hombreras. En su brazo derecho, la reina llevaba un brazal con dibujos de araucarias, y en su mano sostenía una electrolanza que superaba largamente su altura. En la otra, la soberana cargaba una rodela pequeña con espinas y colmillos. Aquel era un mensaje claro:
incluso defendiéndose, Su Alteza era peligrosa.

Nada hay más sagrado que su majestad Catalina de los Andes —murmuré.

La clase ya había terminado hacía rato, cuando la voz que declamaba el Códice se apagó con un tirón de los audífonos en mis orejas. Vi los cables estirarse y enroscarse en el aire, y luego dar un latigazo hacia atrás. Recién ahí caché al Colorado con mi reproductor en las manos. Me levanté más que rápido. 

—¿Qué estabas escuchando, polvoriento? —me dijo. Disparé mi mano para tratar de quitarle el aparato, pero alcanzó a esquivarla. Problemas.

—El Códice de Su Majestad, obvio. Dale, escuchemos juntos. Podemos compartir los audífonos.
 
Mientras había hablado, había analizado la situación. No solo tenía al Colorado al frente, sino que estaba rodeado por su grupo. Miré de nuevo al compadre que ahora apretaba una ceja y examinaba más de cerca mi reproductor.
 
—Ni una banca de estadio compartiría contigo, polvoriento de mierda. ¿Sabes cuánto me darán por esto en la feria?
 
—Un ciclo, con cuea.
 
El Colorado sonrió en una mueca de desprecio. Luego se puso a analizar mi dispositivo mirándolo por arriba, por abajo, volteándolo. Era obvio que no tenía cresta idea de cómo funcionaba. Menos iba a
saber cuánto valía.
 
—Bueno, lo que sea que me den…
 
Antes de que el tipo alcanzara a hacer otra cosa, me abalancé contra él. Lo pillé por sorpresa y alcancé a agarrar el reproductor con la mano izquierda. El Colorado respondió girando sobre sí mismo, bloqueándome con la espalda, por lo que el aparato se me soltó. Supe que esa había sido mi última oportunidad para conservarlo y que la había perdido. En cualquier momento me caerían sus amigotes.
 
Entonces me piqué, reconozco que me piqué. Tiré mis manos un par de veces haciendo como que quería agarrar el reproductor hasta que el Colorado cometió el error que yo esperaba. Bajó la guardia.
 
Ahí le crucé la nariz de un mangazo.
 
Le pegué con todo. Lancé el brazo, agaché la cabeza, metí el hombro y giré la cadera poniéndole toda la fuerza y toda el alma, les juro. Sentí la nariz del Colorado aplastarse debajo de mis nudillos como si fuera masa de sopaipillas. Sin mentirles, yo creo que ese fue lejos el mejor derechazo que puse en mi vida, en serio. El problema es que se lo pegué al Colorado, tipo duro como él solo.
 
Después alcancé a parar unos golpes que vinieron de vuelta, pero, entre medio, me llegó un combo en la pera que me movió todo. Luego de eso, solo atiné a levantar las manos para tratar de cubrirme. Ya no cachaba nada.
 
—¡Te estaba weando, conchetumadre!
 
Entonces sentí que me agarraban de los brazos. Luego, tres golpes como tres mazazos que me vaciaron de aire. De reojo, alcancé a ver los nudillos del Colorado acercándose, creciendo, agigantándose. Entonces, el milagro.
 
El golpe me llegó deforme, sin fuerzas, y el cuerpo del Colorado chocó contra el mío. Ambos caímos al suelo en una maraña de brazos y piernas que desarmamos en dos tiempos. Ahí caché que se había metido Dante, el norteño. Se levantaba entre nosotros tan grande como el Aconcagua. Le había dado al Colorado el tremendo empujón.
 
—¡Déjenlo, los mierdas! —tronó. Hay que reconocer que mi compadre desde chico que tenía voz de PDR.

Cuando el norteño llegó al instituto, cayó parado. Era lento de movimientos, seguro, siempre respetuoso. Era como un adulto ultraeducado y maduro, un caballero chico. Caminaba derechito y era el único del curso que usaba corbata. Su sueño era entrar a la PDR, la Policía de la Reina, y se preparaba con el alma para ello.

Al principio, mi compadre trataba de llevarse bien con los chiquillos. Prestaba los termotalladores cuando alguien lo necesitaba, compartía la bahía de carga de su banco e incluso, a veces, su comida. Cuando lo weviaban, sonreía y asentía, sumándose a la talla, bajándole el perfil. Pero las tallas aumentaron, se hicieron más comunes y más odiosas. Dante continuaba sonriendo y asintiendo, seguramente confiado en que en algún momento pararían, como quizás ocurría en Puerta Norte, su tierra natal, pero en el Distrito Metropolitano era distinto. En la capital, los chicos eran perversos.

Bueno, no solo los chicos.

Fue así hasta que un día Carrillo, que también quería entrar a la PDR, le sacó la madre.

Fue un insulto común, casi al paso. Una cosa medio entre comentario e insulto “el conchesumadre del Dante” o “puta que es weón este conchesumadre”, una frase que cualquiera habría dejado pasar. El punto es que ese insulto en el norteño tuvo un efecto distinto.

Diametralmente distinto.

Dante le dijo a Carrillo que “se había excedido”, que le exigía “una disculpa inmediata”. Carrillo apretó el ceño y lo miró de arriba abajo, mucho más sorprendido que intimidado. Dante, imperturbable, repitió su solicitud. “Este, además de conchesumadre, es aweonao”, fue la respuesta de Carrillo. “Arreglaremos este asunto a la salida”, sentenció mi compadre.

Supongo que saben a qué se refería, ¿no? Apenas levantaron el portalón que anunciaba el fin de la jornada, nos desbordamos fuera del instituto. Todo el curso se fue con Carrillo, y Dante se fue solo por el otro lado de la vereda. Nos encontramos en la antigua estación del ferrocarril subterráneo: esa era nuestra arena.

Recuerdo que saltamos la verja, que los que llegaron primero al edificio removieron las dos planchas amarillas de plastifort y que reptamos bajo los fierros de la reja uno a uno. Después, bajamos al trote por la escalera de concreto y saltamos los torniquetes. Cuando llegamos al andén, formamos un círculo y esperamos. En las vías, estaban los cascarones oxidados y decrépitos de dos vagones que ya no funcionaban.

Dante se demoró en llegar. Lo vimos bajar la escalera del andén por el centro, con la mochila al hombro, como si nadie lo estuviera mirando, como si no existiéramos. Recuerdo que me llamó la atención verlo con la corbata ordenada y bien puesta después de un largo día de clases.

Bueno, cuento corto. Decir que Dante le sacó la conchesumadre es poco. Al principio, Carrillo movió las manos, levantó las piernas y acosó a Dante por derecha, por izquierda, pero el norteño esquivó y bloqueó
dando pasos precisos, dibujando un círculo, analizando. De pronto, Carrillo saca una combinación furiosa que termina con un combo ancho como una volea. Dante, medio segundo antes de que lo impactara, pasó por abajo como haciendo magia. Hasta yo alcancé a ver a Carrillo regalado.

Lo de Dante ahí fue un estallido. Metió uno, dos, tres combos abajo que sacudieron a Carrillo como si fuera un monigote. El tipo se fue hacia atrás, intentando recuperarse, pero el norteño dio unos pasos, como que amagó y sacó un gancho hacia arriba que, les juro, levantó al pobre Carrillo un metro del suelo. El tipo cayó seco. Dos veces intentó levantarse, dos veces se desmoronó. Para cuando alguien fue a ayudarle,
Dante ya subía las escaleras de vuelta con las manos en los bolsillos silbando “Y Alondra era guerrera”, el himno de la PDR.

Ese show de boxeo, en todo caso, le costó al norteño dos semanas de suspensión.

Pero la cosa no terminó ahí, no crean.

Cuando Dante regresó de su castigo, lo primero que hizo en el recreo fue buscar a Carrillo. Lo encontró con sus compinches, en el kiosco, bolseando, como siempre. Dante se le acercó, lo saludó con un movimiento de cabeza y le cruzó la cara de un zurdazo que te lo encargo. Carrillo nuevamente se fue a tierra ¡y ahora dentro del colegio!

Entonces Dante se puso a hablar. Dijo que él iba ser un oficial de la PDR para enderezar a gente como Carrillo: gente sin honor, que no respetaba al Orden ni al Códice, y ni siquiera el honor de una madre.
Dijo que los peores enemigos del Reino no estaban en el Exterior, sino dentro, y eran los que despreciaban las tradiciones, el respeto y la ley. “¡Yo me encargaré de ellos!”, remató furioso.

Así era Dante. Ahora volvamos a mi historia.

—¿Y qué te metes tú, norteño de mierda? —dijo el Colorado poniéndose de pie de un salto. Yo me levanté más que rápido.

—Déjalo en paz y ándate —le dijo Dante—. ¿Te estaban robando algo?

—Mi reproductor de microdiscos.

—Ok. Cambio de planes. Le devuelves su reproductor ahora y me acompañas a la dirección a autodenunciarte.

—¿¡Qué te pasa, loco de mierda!?

—Harás lo que te digo.

—¡Bájate de la nube, pobre weón! Todavía no estás en la PDR.

—Por segunda vez: entrégale su reproductor ahora.

—¿Porque tú lo dices?

—No, porque le pertenece.

Los amigos del Colorado comenzaron a rodearlo.

—¿También querís una sacá de cresta, norteño mermelá de wea?

En eso yo ya estaba al lado de Dante, listo para repartir aletazos.

—Si no le devuelves su reproductor ahora —dijo Dante con lentitud—, te voy a trasmutar la cara a charchazos a ti y a todos estos payasos.

El Colorado sonrió y balanceó la cabeza negando incrédulo. Luego, dio un paso atrás y comenzó a arremangarse la camisa. Dos de sus compadres se sacaron el chaleco, otro también se arremangó. La suerte estaba echada.

Dante se quitó el chaleco. Se ajustó los suspensores y también se arremangó la camisa. Yo estaba más nervioso que perro en bote, debo reconocerlo, pero no me iba a achunchar. Estaba al lado de Dante, el gran Dante.

—Vigílame la espalda —me dijo el norteño entre dientes—. Cuida que nadie me gane la espalda, ¡nada más! Pega empujones, arañazos, patadas, mete la cabeza, lo que sea, pero que no me ganen la espalda—. Dante ya tenía voz de PDR, ya les dije. Solo le faltaba la armadura, el casco y el electrofusil.

Me gustaría contarles que con Dante fuimos un muro, que nos paramos en nuestros pies y que aguantamos las oleadas del grupo del Colorado como la Fuerza de Defensa aguantando al Exterior. Lamentablemente no fue así. Ni siquiera sé cómo fue en realidad. El cuento es que todo se hizo borroso de repente, que sentí que me faltaba el aire y ahí, en medio de todos, me desmayé.




 


David Peralta Valdés (1980) es escritor, profesor, editor e investigador. Combina la escritura con la docencia universitaria y sus estudios de doctorado, en los que investiga la creación literaria desde una perspectiva interdisciplinaria. Ha ganado en dos ocasiones el Fondo del Libro y la Lectura, en la Línea de Creación. Reino de los Andes es su primera novela.

 

 

Créditos

Portada del libro: (c) Loba Ediciones Ltda.
Imagen de Santiago: (cc) Wikipedia (imagen intervenida desde el original). 
Foto del autor: (c) David Peralta Valdés 

 

 

 

 

lunes, 29 de septiembre de 2025

Los asesinos

 Antonio Machado

 

 


 

 

                        I 

Juan y Martín, los mayores
de Alvargonzález, un día
pesada marcha emprendieron
con el alba, Duero arriba.
 
La estrella de la mañana
en el alto azúl ardía.
Se iba tiñendo de rosa
la espesa y blanca neblina
de los valles y barrancos,
y algunas nubes plomizas
a Urbión, donde el Duero nace,
como un turbante ponían. 
 
Se acercaban a la fuente.
El agua clara corría,
sonando cual si contara
una vieja historia, dicha 
mil veces y que tuviera
mil veces que repetirla.
 
Agua que corre en el campo
dice en su monotonía:
Yo sé el crimen, ¿no es un crimen
cerca del agua, la vida?
 
Al pasar los dos hermanos
relataba el agua limpia:
"A la vera de la fuente
Alvargonzález dormía." 
 
 
 
                    II 
 
-Anoche, cuando volvía
a casa -Juan a su hermano
dijo- a la luz de la luna
era la huerta un milagro. 
 
Lejos, entre los rosales,
divisé un hombre inclinado
hacia la tierra, brillaba
una hoz de plata en su mano.
 
Después irguióse y, volviendo
el rostro, dio algunos pasos
por el huerto, sin mirarme,
y a poco lo vi encorvado
otra vez sobre la tierra.
Tenía el cabello blanco.
La luna llena brillaba,
y era la huerta un milagro.
 
 
 
                    III
 
Pasado habían el puerto
de Santa Inés, ya amediada
la tarde, una tarde triste
de noviembre, fría y parda.
Hacia la Laguna Negra
silenciosos caminaban.
 
 
 
                    IV
 
Cuando la tarde caía
entre las vetustas hayas
y pinos centenarios,
un rojo sol se filtraba.
 
Era un paraje de bosque
y penas aborrascadas;
aquí bocas que bostezan 
o monstruos de fieras garras;
allí una informe joroba,
allá una grotesca panza,
torvos hocicos de fieras
y dentaduras melladas,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondón del barranco
la noche, el miedo y el agua.
 
 
 
                    V
 
Un lobo surgió, sus ojos
lucían como dos ascuas.
Era la noche, una noche
húmeda, obscura y cerrada.
 
Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardían
en la selva, a sus espaldas.
 
 
 
                    VI
 
Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda 
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas,
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
¡Padre!, gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco ¡padre!
repitió de peña en peña.
 
 
 
 

 
 
"Los asesinos" es una sección del poema "CXIV (La tierra de Alvargonzález)" dedicado al poeta Juan Ramón Jiménes y que aparece en el libro Campos de Castilla (1912).
 
 

Créditos de las imágenes

Retrato de Antonio Machado: Joaquín Sorolla (1918), (cc) Wikipedia.
Portada de Campos de Castilla: (cc) Wikipedia. 
 
 
 
 
 

lunes, 15 de septiembre de 2025

Carta - Océano

 Alberto Rojas Giménez

 



Hombre del mundo,
ancló en mis ojos la tristeza,
tarde de las tardes, en la tarde de América.
 
Soledad de la infancia
ardida al fondo amarillo de los pueblos.
En aquel tiempo morían mis parientes.
Eran negras las persianas que atraían el día
y opaca la voz de mi madre recordando las cosas.
 
Yo era el poeta vestido de niño,
en el año triste en que los niños rompen las flores.
Ningún hombre me dijo nunca que debía cantar.
Corría la luna por detrás de las nubes.
El sol quemaba los frutos y el lomo de los cerros.
Mis manos buscaban luciérnagas
en la sombría humedad del invierno.
 
Primera canción de las palabras torpes,
simple como el agua, yo no sabía jugar.

Miedoso de la lluvia, orador silencioso,
allé mi primer amigo al fondo de un espejo.

Una mano invisible apagaba los veranos.
Ellos, los hombres tímidos, elegancia del pueblo,
esperaban la novia a la puerta de la iglesia.
Todo cayó de golpe.
Varió el nombre de los periódicos.
Alguien decía que había nuevos edificios.
Aprendió mi memoria el curso de los trenes
y supe que las viejas mujeres de mi país
guardaban sus monedas en la esquina de un pañuelo.

Todo cayó de golpe, comenzaba la edad doliente.
En el viento múltiple,
en el viento que pierde la voz de los náufragos,
esparcí la hoguera rosada de los sueños.
Ahora, junto al Elba y es en Hamburgo,
animo en las palabras el collar de mis años.
Otoño del norte. Anclados en la bruma
son los edificios negros barcos sonámbulos.
 
Distante tierra mía, país de bosques en incendio!
En la noche extranjera que retiene mis pasos,
hombre del jersey, tiendo hacia ti las manos.

En aquel tiempo morían mis parientes.
Infancia de luto a la sombra de las lilas.
Jugaba mi hermana a la luz de las lámparas.
Siempre estaba a mi espalda
el retrato del padre asesinado.
Había un cerro, me acuerdo, sosteniendo una cruz.
Era el mes de mayo y hombres de rostro pintado
bailaban en torno castigando la tierra.
Un río corta el pueblo. Cada mañana traía
el cadáver de una doncella.
Infancia triste rayada de oraciones.
En la noche el galope de los caballos
amedrentaba mi sueño y el sol tardaba en llegar.
Hubo una vez un circo.
Una mujer verde se balancea en mi memoria
colgada de un trapecio.
Admiré los peces dorados en el agua de plata.
Lloraban los campanarios al caer de las tardes
Hay un volantín dormido en el cielo de mi infancia.
Adolescencia acodada al marco de las ventanas,
comenzó por entonces la canción que hoy continúo.
Era la vieja historia del arcoiris y la palabra amor.
Vi cruzar sin asombro el primer aeroplano
y subí sobre mi casa para tomarlo en las manos.
Era la edad doliente del deseo y la espera.
Vestido de negro acompañé el primer funeral.
Entonces vieron mis ojos el retrato de los héroes
adornando las vidrieras de todas las farmacias.
La casa se llenó de convidados.
Escribí la primera carta.
Me llevaron hasta un puerto para mostrarme el mar.

Alumno sin talento, desgracia de las madres,
caían a mis pies pájaros de papel marchito.
Era la fuga del tiempo y yo tenía quince años.
Fui el adolescente de los cinematógrafos;
Lector incansable de las novelas tristes.
Decía a menudo: “Cansado ... quiero irme...”.
Guardaba en mi cartera el retrato de una niña.
Digo todo esto como si estuviera
sentado a mi mesa con un naipe en las manos.
Soy el mismo y entre tu sonrisa
y la sonrisa de aquélla levanto mis años.
Perdido, sediento, insatisfecho.
Extranjero enamorado de las cosas y su canto.

Te sumerjes en el día, mi recuerdo te alcanza.
Un cisne de nieve se ahoga
en el remanso de tu alma.

Aquí estamos. Donde el sol no levanta.
Desvanece la sombra tu clara presencia.
Alta ciudad, vasta ciudad de la vida multánime.
Largas barcas de plata duermen sobre el Sena.
La mala estación acongoja los parques.
Sobre este muro en ruinas, alguien escribe la palabra desamparo.
Asoma la lluvia en la noche profunda
y un pájaro de hielo desciende hasta mis manos.

La multitud enreda tu nombre.
Es nuestra la calle más triste.
Hotel pobre. Vida tan pobre.
Delante de nosotros caen hojas amarillas.

Ah, mujer de pena, dulce mujer mía.
Aviones taciturnos nacen con el día,
y cada día nos trae una flor ya marchita. 

Yo hice los viajes más alegres y los más tristes viajes.
Detrás de mis sueños está la América en flor.
Los marineros danzaban sobre el Mar Caribe.
Tocador solitario
era tu pena y no el viento inflando tu acordeón.

Hangar nocturno. Es entre tus paredes sombrías que mi corazón despierta
Rayo, quemo las horas en la lumbre de mi cigarro. 
Un vaso de vino ahoga toda explicación.
 
Tú mismo, el de entonces, ahora cruzas los bulevares
y el antiguo desaliento te amarra toda acción.

De allá abajo llegan las voces. Las cartas. El periódico de las noticias.
Pablo y Tomás robando a los nativos.
Una casa en abandono. También la revolución.
 
Aquí los hombres tienen un semblante de tiza.
El alma del invierno oculta los infantes.
Automóviles en delirio empujan el crepúsculo.
Y una luna cautiva blanquea las terrazas.
 
Es a la claridad de las lámparas que yo te amo, compañera de esta hora.
 
De nosotros huye la tarde.
Una palabra de pena baja de tus labios
al recordar las guitarras del país de Tarzán.

Ésta es nuestra calle. Hotel Nantes. Aquí te amo.
Eres alta. Hueles a manzanas.
Hay un cigarro muerto junto a la chimenea.
Encierras dentro de ti campanas de Stuttgart.
 
Todo lo he visto y los cementerios.
Voz desconsolada de las fotografías.
Cuantas veces solo frente a los andenes.
Cartas amarillas, abanico de tedio.
Desplegaba en la noche una mala noticia.
Era el insomnio y exprimía en mis versos
la vieja tristeza del poeta romántico.
Siempre estás conmigo y yo todo lo he visto.
Viejos árboles marcaban el límite.
Camino de palabras, hilo del telégrafo,
hilvanando los nombres de las capitales.
Viaje que el olvido conserva.
Trasmundo del espejo a su orilla me inclino.
Más abajo la calle y aquí en el aposento,
pálido, despeinado, escribo y me acompañas.
Es la hora del abandono y vigilas el beso.
Te he llamado en los bosques y a mi lado sonríes.
No recuerdes. Eran rojos los techos.
Árboles de humo. País que me ofrecías
tan sola y tan pobre entre tus hermanas.
Guardo del olvido, aparece en el sueño,
mi mujer pensativa sobre un puente de hierro.
 
Las revistas, el periódico, en el café lo he visto.
Todo estaba, aniversario y los negros caracteres.
Tu nombre mismo al pie de tu retrato,
mariposa dormida al borde de mi vaso.
Se iban las mandolinas y las estrellas estaban.
El bosque se apartaba en la fecha dichosa.
La mano doméstica extinguía la lámpara.
Noche de Walpurgis, Alemania del alma!
 
Entre tus senos el lagarto verde.
No puedo explicar tus pies crepusculares,
amor inconcluso, alcancía de esperanzas,
mujer, vaso conteniendo el día,
vamos en el viaje sin objeto, inmóviles sin embargo.
Corren las diligencias y el humo de los trenes
envejece tu perfil, cae la frente entre mis manos.
 
Aprendiendo a contar, no es esto lo que quiero.
Aprendiendo a escribir, tampoco, es lo mismo.
Lengua extranjera, lago, poesía.
La montaña rosada que mi voz acaricia.
Siempre vuelvo hacia ti, razón de mi silencio.
En la larga velada el relato sin tregua.
Un nombre, una fecha y el cabello blanco,
al fin de los días deletreando mi canto.
Dame ese cuaderno, es la ebriedad sin límite.
Caminando encontrarás la geografia cerrada.
Después, el sombrero en el suelo, los vestidos marchitos,
entre el vino y el tabaco los amigos te esperan.
Olvido las historias, canción de las islas.
Todo estaba a tu lado, hechicera nocturna.
Levantabas la mano para detener el curso
de los astros fragantes como frutos maduros.
Aquella noche tu padre cantaba en la taberna.
Si hubiera que decir cómo te quise entonces!
Ibas por el bosque y en tu cabellera,
regalo del bosque, aprisionabas luciérnagas.
Guardaban tus ojos el secreto dichoso
y una palabra tuya libertaba los barcos.
Destruías el maleficio, cambiabas el rumbo del viento,
todo lo podías y te perdí por entonces.
Apoyado en mi fusil, centinela del alba,
atraía el silencio mientras tú te alejabas.
He visto después en los trenes que parten,
agitar el adiós que agitaban tus manos.
 
Si sólo tú volvieras de aquel tiempo disperso
trayéndome el nuevo rostro que has sacado del tiempo!
Se cruzan sobre este lado del mundo las altas oscuras palmeras nocturnas.
Lago sombrío, allí se sumerge un barco cargado de rumores.
Lejos de ayer, lejos aún del día nuevo y repetido
todavía la esperanza, el deseo persistente.
 
En medio de la noche en que toda forma se ahoga,
lluvia impalpable y negra comparable sólo al olvido,
en mitad de la noche, lejos, tierra que sostiene tus pasos,
no te alcanza mi voz, tus lágrimas son distantes.
Imágenes del cine, todo me viene, libro de estampas vivientes.
El río, sus árboles negros, tu palabra, su pasajero asilo.
La multitud que invade el crepúsculo, los trenes,
donde tú vas, presencia mía inapartable,
donde tú vas, silenciosa, ensimismada,
encima del tiempo que la distancia altera.
 
Mi recuerdo te alcanza frente a los días festivos
y en el alba que yergue sus puñales de ceniza.
Apareces en la hora de pobres esperanzas
o levanto tu imagen en la voz de los niños.
Lejos de ti, aún resido en tus ojos.
Agrupo allí la sombra que tu fatiga reclama.
Vigilo el silencio que ahuyentas con mi nombre
y es cierto que mis manos distantes e invisibles
crean, cada noche, un sol bajo tu lámpara.

 

Alberto Rojas Giménez (c. 1920)

 

 

Poema Publicado originalmente en La Opinión, Santiago, 10 de junio de 1934, pág. 3. 

 

Créditos de las imágenes.

Valparaíso de Ladislao Cheney: (c) pinturachilena.cl
Fotografía del poeta: (cc) Memoria Chilena 

lunes, 25 de agosto de 2025

Horas de Sol (Selección)

 Juana Inés de la Cruz

(Winétt de Rokha) 

 


 

 

 

La Frivolidad de las Palabras
 
    Se ha levantado una bruma, fria como la inconmovible monotonia del vivir, triste como mi pensamiento.
    Llega a mí en ecos dolorosos la frivolidad de las palabras. Ha cesado todo murmullo y me pregunto si tocarán a muerto. Cuando la lengua enmudece es porque el pensar se abisma sin comprender.
    Gritar para hacer prevalecer una idea no conduce a nada. ¡Es tan necio aquello de querer parecer comprensivos ante los que no nos comprenden!
 
*     *     * 
 
    Van las horas cayendo sobre el recuerdo como plumilla de nieve.
    Las alas del sentimiento, cargadas de ironía, no pueden tender el vuelo a las exploradas regiones del pasado.
    El fuego ha vuelto cenizas sus últimas palabras de amor y los últimos ecos de mi pensar cristalizado en el papel.
    Tiembla la llama aún viva del posible canto que llegará hasta él.
    Mis anhelos se me figuran pájaros embalsamados. Ojos sin luz, alas sin movimiento. ¡Oh, esos anhelos nunca llegarán hasta él!
    —«Se operará el milagro de las rosas, dice una voz en la bruma; tu alma alcanzará la gloriosa resurrección del Ideal que ha muerto».
    No, voz extrahumana. El milagro de las rosas se ha operado ya y el que yo espero es otro; acaso sea el Amor creado por mi espíritu entristecido; suave como un corazón que lo acojió y fuerte como los brazos que lo levantaron.
    Un milagro de Amor, un sentimiento que no usurpe el gran nombre comprendido tan solo por aquellos que saben sentirlo bajar desde la cima del Calvario hasta el rincón secreto que llevamos en el fondo de nuestro corazón.
    No responde la voz y la bruma, hada buena, humedece mis mejillas ardientes. ¡Cómo evoco lágrimas de las que hace tanto tiempo no puedo derramar!
    Mi perenne dolor seco y tranquilo, nació de un choque rudo con la vida, se nutrió con convicciones fatalistas y con vulgaridades ineludibles. Antes de formarse y ser un completo dolor fué una forma imprecisa de idealidad. ¡Tantas circunstancias, tantas vagas influencias que descomponen los sentimientos en vulgares estados de alma!
    Si yo pudiera desentenderme de las pequeñeces que me rodean y ellas no me hicieran sufrir, mi dolor inicial seria más bello de lo que es, porque dependería sólo del principio que lo formó.
    Estamos tristes porque el sol no ha brillado y nos inducen a que debemos olvidar esta tristeza para pensar en una más vulgar.
    La frivolidad de las palabras deja incompleto el razonamiento de mi meditación.
    Cuando nuestras almas se comprendieron enmudecimos; nos bastaba el solo pensamiento que nos unía, por razón.
    No recuerdo largas frases de sus labios ni de los míos y aún en aquella tarde trágica en que nos despedimos para siempre, muy poco nos dijimos con la palabra.
    La tierra pareció florecer bajo los pantanos, los árboles sin hojas se cubrían de un follaje de ilusión y nosotros, como pájaros asustados, nos cobijamos bajo él.
    Las enredaderas de invierno, las piedrecillas humedecidas por la última lluvia, oyeron el final de una historia que no habré de contarfce a tí, lector curioso, porque la frivolidad de las palabras le quitaría su belleza.
 
 
 
 
Sed de Ideal
 
    He buscado mi Ideal, fantasma que se transforma a cada instante, como las horas del dia.
    He buscado en los ojos de los humanos, como una obsedida, algo que pudiera fijar mi atención por algún tiempo. He tratado de interpretar la impasible serenidad de algunos y la febril ansiedad de otros. Ojos ha habido que por su verde color no sólo han sido para mí mar, esperanza, sino locura de belleza; ojos negros como la noche que no sólo han sido abismos, sepulcro de ambiciones, sino desesperación de anhelos, cielos infinitos de sin igual pureza, que me han desdoblado trájicamente al obtener en ellos la paz de los sacrificios consumados. En todos ellos ha vagado mi espíritu, brizna pasajera que tiembla al menor soplo, para irse léjos en busca de algo nuevo que lo haga extremecer de placer o de dolor.
    El desasosiego de lo incomprendido, la curiosidad de lo que no se ha vivido: he ahi la vida.
    Cuando pienso que puede llegar un día en que habré de saborear la Belleza encarnada en las humanas pasiones, siento una angustiosa y torturante inquietud.
    Barco sin rumbo es mi existencia que no deja caer el ancla que la fije por un instante. Mañana, me digo, y espero... ¿Llegará un dia en que cruzaré los mares, veré otros ojos y beberé vida?
    Amado mio, ante mis ideales, desapareces, te confundes, eres una cosa tan pequeñita y apénas necesaria, que te comparo a un maletin de viaje que quedara olvidado en un wagon. Me harías falta un instante, pero podría comprar otro mas nuevo y acaso que encerrara muchas cosas que tú no tienes.
    Anoche te miré fijamente y te expresé mi pensamiento. Me llamaste loca, ¡loca! Tienes razon, loca soy porque no puedo seguir viviendo la monotonía del vivir; loca, porque pienso que si me amaras, satisfarías mi capricho, muriendo, para que yo viera tus ojos a través de la inmovilidad trájica de la muerte. Acaso ellos, así como reflejaban anoche las lamparillas eléctricas del salón, reflejarian el mas allá... mejor que aquellos ojos azules que no miran el sol.
    Ya no soy, amor mío, la muñeca que creiste contentar con unos cuantos besos a la caída de la tarde; ya no soi la pequeña mignon que comía bombones en tus rodillas, mientras con sus manecitas ensortijadas te cerraba los ojos; ya no creo en los duendes ni en los espíritus que se empeñan en contarnos cosas de ultra-tumba; pero sí creo en mi fantasía, creo en mi alma que, siempre fiel a esta cabeza de rizos negros con ojos soñadores, tan pronto vaga en las arenas vírgenes de un desierto como en jardines floridos de flores y de fulgores de luna.
 
 
 
 
La Muerte de las Rosas
A Julia Sateler C.
 
    Fué una mañana de Verano. El sol bañaba la carretera y el azul del cielo era tan intenso que atraía como un abismo.
    —Quiero saber lo que encierran en el cáliz las rosas que me has traído, dijo Ivette al poeta que no sabía llorar, al poeta que reia de las doloras de Campoamor, de los pesares del niño y de la juventud, porque no pensaba que el niño siente el mismo pesar cuando rompe un soldadito de plomo, que el que siente un hombre ante su felieidad perdida; porque no pensaba que una mujer de dieziseis años sufre tanto no amando, como sufre un hombre de talento que no encuentra a la vida una razon de ser, despues de haberla mirado intensamente bajo su analítica percepción. El poeta que no tuvo lágrimas cuando su madre cerró los ojos a la luz del día, deshojó las rosas que Ivette amaba y ante el cáliz sin pétalos rió con una risa salvaje. 
    —He ahí lo que encierran las rosas, dijo, polvillo que al menor soplo se esfuma Y rió de la sorpresa trájica de Ivette, ante las rosas deshojadas.
    —Poeta, dijo Ivette, tú que todolo sabes, dime, ¿por qué no te conmueves?
    —Ivette, contestó el poeta, no te preguntes nunca el por qué de las cosas y así te conmoverá la gota de rocío resbalando desde la hoja que la ostenta brillante y frájil a la tierra que la consume.
    —No lo creo, murmuró Ivette, tu sentir no es igual al mio y si tú solo amas los misterios que no puedes descifrar, yo, en cambio, amo en tí la descifración del misterio. Llévame a la cumbre del alto monte del saber y desde allí muéstrame lo que ocultas por temor de que ya no te ame. Quiero vivir la vida que tú vives, aprender lo que aprendes y no temas por esto que me muestre altiva. Mi corazón será siempre el mismo ignorante o sabio.
    —Eres muy niña, dijo el poeta, espera...
    Y rio de la cándida Ivette dejándole en el alma un dejo amargo de ironía... 
 
 
*     *     * 
 
    —Ivette, decia el poeta, muchos años despues de la muerte de las rosas, tu que me has consagrado la vida entera no sabes comprenderme, estoy junto a tí y me encuentro solo. Estos versos míos que han sido el fuego sagrado de mi vida, no me alimentan ya. Tú que has reído conmigo ¿por qué no llenas el vacío que se hace a mi alrededor? ¿por qué no has sabido conservarme una ilusión? ¿por qué no has sido arcano ayer, hoy y siempre? ¡Pobre mujer! acaso me has amado demasiado...
    —Tú has tenido la culpa, jimió Ivette, tú que enmudeciste cuando te interrogué.
    —Acaso tengas razon, pero creí cumplir con mi deber. Ni tú ni yo hemos tenido la culpa, la tuvo...
    —Tu egoismo, dijo Ivette débilmente. Y el poeta que no sabía llorar, por la primera vez lloró arrepentido en brazos de la mujer que no pudo llenar su vida porque él no había sabido crearla para comprenderlo....
 
 
 
Los Hjos del Dolor
 
    Después de recibir la bendicidn paterna, una noche de horrible tempestad salieron del hogar con rumbo hacia la vida, tres hijos del Dolor.
    La Pobreza, una muchacha flaca y enfermiza, apenas cubría sus desnudeces con un manto hecho jirones. Era la mayor de todos y sin embargo, hubiera podido tomársele por la más pequeña. Iba de prisa... El viento helado de la noche dejaba adivinar sus piernas flácidas, pegando a ellas sus raídos andrajos.
    La seguia el Deshonor, muchacho huraño y raro. En sus ojos brillaba una reconcentrada crueldad. Iba dispuesto a introducirse en todas partes no encontrando barrera capaz de atajar su paso.
    El último, el más pequeño de todos, era hermoso: su cabecita rubia era un primor; sus manecitas, que el frío no habfa conseguido entumecer, parecían dos azucenas destinadas a calmar mudas heridas profundas. Era este el Amor.
    Veinte siglos hacía a que los tres habían abandonado su hogar y una noche, muy parecida a aquella en que salieron, regresaron a la mísera cabaña del Dolor. Blancos cabellos circundaban la frente del anciano y una sonrisa fría y extraña acariciaba sus labios.
    Uno a uno los hijos relataron a su padre las aventuras que durante tanto tiempo habían corrido en el mundo.
    —Yo, dijo la Pobreza, he sido causa de múltiples sacrificios: he visitado innumerables hogares y en todas partes he dejado huellas indelebles.
    —Sin embargo, es preciso que vuelvas aun al mundo, le aconsejó el Dolor. Tu obra debe ser intensa y hay mucho que hacer todavía. Yo te bendigo nuevamente. Vete.
    Le tocó hablar al Deshonor.
    —Yo, dijo, llevé la desesperación a muchos padres de familia, doblegué el orgullo de las naciones más poderosas e infundí en los espíritus ese algo que amarga y que no hay tranquilidad capaz de ahuyentar.
    —Está bien, dijo el Dolor. Has trabajado con ahinco; más, es preciso que sigas a tu hermana. Vuelve a tu azarosa existencia y, una vez más, lleva mi bendición.
    En la triste cabaña solo quedó el Amor, sentado humildemente a los pies de su padre.
    —Yo, dijo, durante los primeros siglos fuí el predilecto. Por mí las mujeres más hermosas bajaban de sus tronos; los más gallardos mancebos abdicaban en mi favor riquezas y honores. Me paseé con orgullosa
altivez en los palacios de los reyes y en las humildes cabañas. De pronto, un enemigo formidable salió a mi encuentro y me arrojó el guante. A los rayos del sol brilla y deslumbra y, cuando las sombras de la noche caen sobre el mundo, enciende multiples luminarias para que su brillo no se extinga. Ese es el Oro. El ha ocupado mi lugar. Yo soy el último sentimiento; por lo tanto, mi trabajo ha concluido. Dejad, padre mío, que me refujie al calor de tu hogar; que los que quieran buscarme vendrán aquí y tu responderás por mí.
    —Sea, dijo el Dolor y su gran manto envolvió la rubia cabecita del Amor.
    Más de alguno ha llamado a las puertas de la cabaña misteriosa: la puerta se ha abierto para darles paso, pero el Dolor los abraza y los despide, dejándolos vagar a través de la vida como entes fúnebres que llevaran el camino de la Nada...
 
 
 
En el Saloncito Azul
 
    La risa atiplada de Miori se desgrana en notas desafinadas en el saloncito azul de la romántica Ivette.
    Ivette es como una figulina de Tanagra y Mimí como un bibelot de porcelana.
    Ambas se rien mucho: ¿de qué? Talvez del poeta de luenga melena que las miró doliente... desde una butaca de teatro; talvez de la carta en serio del enamorado militar de bigotes rubios y de ojos con pestañas verdes... (según Ivette, la irónica por excelencia.)
    El mundo contempla desde léjos a estas muñequitas de carne sonrosada y las admira.
    Ellas son felices, piensa el vulgo, y yo no sé si tiene razón.
    Ha llegado el momento de las confidencias. Sentadas en un diván a semejanza de las exóticas hijas del pais del Sol, se cuentan sus secretos...
    Y empiezan a caer, primero como gotas de rocío las confidencias blancas y luego como un nubarrón de granizo las confidencias rojas... (aquellas que el confesor de la parroquia cercana habrá de oir horrorizado.)
    —¿Sí?... ¿Y después?
    —Después... ya ves: lo dejé ir porque hube de engañarme a mí misma, porque yo era una señorita y no estaba bien todo aquello...
    —¿Y cómo te has conformado?
    —No sé. Acaso la esperanza de encontrar otro como él...
    —Y lo encontrarás...
    Y dá Mimí una mirada que envuelve a Ivette y acaso en su interior la encuentra bella porque sus ojos parecen reflejar una confirmación a su respuesta.
    Ivette entre tanto baja el cuadrito de la madona de Rafael, quita el carton y de entre este y la cartulina saca un retrato.
    —Vaya que es hermoso, dice con orgullo.
    —Sí, ya lo creo. Y al fin de cuentas ¿cómo es en la intimidad un poeta? ¿cómo habla? ¿qué dice?
    —No seas simple. Un poeta, es un hombre como todos, habla como todos y acaso sea un poquito más falso que el resto de la humanidad...
    — Y así le quieres tú...
    —Es que él no pertenece al rebaño, él es un poeta porque nació poeta así es que en la vida real es tan normal como yo que sueño solo para mí y que para los demás soy tan vulgar como cualquiera. El arte verdadero no necesita de vana exteriorización para surgir de entre la turba que pretende hacer de él un ridículo baluarte.
    —Sin embargo, esas melenas, esos chambergos y esas corbatas que ondulan son sujestivas. Un hombre sin esas cosas no me hace la ilusión de un poeta.
    —Acaso tengas razón, acabo de quitarle en mi imaginación a un amigo mío todas esas bagatelas y ha quedado un simple figurón de teatro.
    —Y ¿cómo distinguiste a tu poeta si no usa tales bagatelas, como tú les llamas?
    —Presintiéndolo y familiarizándome con él, leyendo las hermosas estrofas que ha escrito y que son precisamente las que me han hecho penetrar de lleno en su alma.
    —¡Cómo me gustaría conocerlo! Lo que me has contado se me figura algo así como un encantamiento...
    —Desencantado ¿verdad?
    Y se ríe de nuevo Mimí con la ocurrencia de Ivette que sin querer se ha entristecido... 
 
 
 
Dos Cerebros
 
    El estanque tranquilo y apacible hacía que la superficie de sus aguas reflejaran los nenúfares que crecían a sus orillas.
    Con paso lento, la mirada vaga, con un libro de filosofía bajo el brazo, el sabio marqués caminaba dejando en libertad su pensamiento que, como en espirales de humo, traspasaba quizás los umbrales del misterioso país de los Ensueños.
    Entonando la eterna canción de los bosques la pastora María sueña con castillos encantados y príncipes de réjias vestiduras. Nada sabe del mundo cuando impregnada de místicas ensoñaciones se apodera de ella el éxtasis que embarga a las almas que saben de la contemplación.
    Se encontraron, se acercaron, sus miradas se confundieron, sus espíritus en una muda comunión se elevaron y, sumidos en una idealidad sin límites pasaron algunas horas dignas de ser eternales.
    Las sombras del atardecer caían.
    El adios que separa a la vulgaridad los separó con ironía cruel.
    —¡Si hubiera sido marquesa!
    —¡Si hubiera sido pastor!
    Ni una mirada hacia atrás, ni una lágrima...
    ¡Oh cerebros que aún pensais en las distinciones de cuna! 
    ¡Cuántas veces el alma que nació para comprenderos pasó junto a vosotros y la arrojasteis con desden!...
 
 
 
El Amor y el Olvido 
 
    Fué al morir el verano que daba paso a la estación que desprende la hojarasca marchita, la estación melancólica, la estación del silencio que ahuyenta las avecillas parleras, la que no trae retoños sino nieblas azuladas que como un manto de honda meditación nos envuelve.
    Cierta tarde se encontraron el Amor y el Olvido; ambos iban con distinto rumbo: el uno, iba a dar calor a un corazón que se consumía en una playa lejana; el otro, iba a calmar el ardor de otro corazón que amaba demasiado. Se miraron recelosos. El Amor, por la primera vez le echó en cara su traición y la obra de destrucción con que perseguía su causa. Discutieron acaloradamente. En la lucha, el Amor perdió los ojos y el Olvido las alas.
    Intercedió la Mente Infinita:—Todo sentimiento debe existir, ninguno vale más que otro y sobre todo, todos se necesitan entre sí. Y ahora, en castigo de esta discución, os obligaré a que no podais vivir uno sin el otro. El Amor, que ha quedado ciego, trasportará en sus alas al Olvido, que perdió las suyas.
    Hoy son hermanos, se comprenden y se buscan. El Amor va de aquí para allá: el Olvido lo sigue sin decir una palabra y eternamente se posa donde cae el Amor, que dulcemente le sonríe...  



Juana Inés de la Cruz (1915)



Juana Inés de la Cruz es el pseudónimo que Luisa Anabalón Sanderson (1892-1951) utilizó en sus primeros dos libros (Lo que me dijo el Silencio y Horas de Sol) y que posteriormente será conocida como Winétt de Rokha. Los fragmentos que publicamos aquí pertenecen a su libro Horas de Sol (1915), el que en cierta medida, con su mezcla de narraciones simbólicas y prosa poética, viene a complementar su volumen de poemas publicado el mismo año.

La versión que presentamos aquí respeta la ortografía original de la época.

Para leer el texto completo en una versión pdf: Horas de Sol

 

Créditos:
Portada del libro: Horas de Sol. Santiago: Imprenta y encuadernación New York, 1915.
Fotografía de la autora. Lo que me dijo el Silencio. Imprenta y encuadernación New York, 1915.



lunes, 18 de agosto de 2025

Lo que me dijo el Silencio (selección)

 Juana Inés de la Cruz
(Winétt de Rokha) 

 

 


 

 

Amor, que vas por la vida
calladamente amargando
i las rosas del ensuefio
deshojando...

Ya no llegaras a donde
me he quedado analizando
la vida, donde vivla
sonando...

Amor, que vas por la vida,
te he quedado contemplando..
 
 
*     *     *
 
Yo no escribo mis versos
para el vulgo que escruta,
ni para los que quieren
buscar literatura:

yo escribo para aquellos
que han leído en mi alma
i para los que handado
plumajes de sus alas;
 
para aquellos que acierten
comprender mi alma enferma
de belleza, de hastío
al vivir la existencia

y, por fin, para aquellos
que han vivido un momento
la vida de mi vida
con sus remordimientos... 
 
 
 
*     *     *
 
 
Ha podido juzgarme
su cerebro glacial
ha podido decirme
que soi artificial.

Mi obra habrá de salvarme
la sinceridad flota
aquella que él no tiene
ni aun con él a solas.
 
Trató a mi alma vilmente
por el motivo único
de haber por él!.. sentido
un cariño profundo.

Puedo arrojarle el guante:
mi frente esta elevada;
la suya, hacia el Supremo
Tribunal, va inclinada.
 
 
*     *     *
 
 
Para que él la comprenda
mi alma es muy infinita;
la suya le ha legado
al cerebro sus fibras,

i este cerebro solo
sabe de la analítica
i en la vara que él mide
no se mide la mía.
 
Yo sé que en el Invierno
el vendaval se enfría
yo sé que el sol sus rayos
los despide de día.

Pero eso... ¿quién lo ignora?
mas, leer en las almas,
lo que nunca han escrito,
es la gloria más alta.
 
 
*     *     *
 
 
Ante los blancos ídolos,
esculturas de carne,
en donde nuestras fuerzas
desorientadas caen,

nos hacemos artistas
para admirar la estatua
que el molde caprichoso
del pensamiento acaba.
 
Y ciegos... siempre ciegos,
nos inclinamos mudos
ante los blancos idolos
de carne de este mundo.
 
 
 
*     *     *
 
 
 
Te he visto de mi mente
salir en raudo vuelo
i he querido seguirte
pero ya no te veo.

En vano te he llamado,
cerrando los resquicios
donde podía entrarse
la razon del olvido.
 
Te has ido... no se cómo, 
talvez a, donde anidan
los que no son ni buenos
ni malos en la vida;

a la fosa comun
de las vulgaridades
i te has mezclado tanto
que ya no puedo hallarte... 
 
 
 
*     *     *

 
Impregnada de efluvios
de un desaliento; irónica,
lloraba, revolcándome
en mi dolor a solas...

Revivían sus mofas
i (extraño sentimiento)
el sufrir era grato
a mi cerebro enfermo.
 
Me sentía mas grande
i el alma arrodillacla
media el pensamiento
en su estension mas cara.

Creí de la conquista
libar el vaso de oro
que me ofreció el análisis
de su mezquino encono.

Vanamente... hoi sus ojos
me miraron sin ira...
i me sentí pequeña
juzgándome yo misma!... 
 

 
*     *     *
 
 
Siento un santo respeto
hacia aquellos pesares
que una pura inconsciencia
fué magnánima en darme.

Hoi día, que un desprecio
por todo siento en mi alma
solo mi fé primera
logra ser apreciada.
 
Esa fé que arrastraron
con crueldad por el suelo
i que ha dado, amargándome,
vuelo a mi pensamiento.

Era tan buena ¡tanto!
i así fuí iucomprendida
acaso hoi que he cambiado
me imploren de rodillas. 
 
 
 
 
 
*     *     *
 
 
Desconocida fuiste
porque has hecho de tu alma
un altar i no dejas
que profanen la entrada.

Alimentan el fuego
de tus hondos sentires
virtudes que no se hacen
cenizas i las vives.
 
Eres grande en tu espíritu
porque sabes sentirte
pequeña ante los grandes
arcanos que entreabriste.
 
Has abierto tu alma
a los hondos pasados
el presente te espera
para enclavarte acaso.
 
Mas veo hacia lo léjos
tu porvenir florido.
Celebraré en tu altar
extrahumanos ritos. 

 
 
 
*     *     *
 
 
Ha volado mi espíritu
a su mansión de nubes;
juega con las estrellas
y de brumas se cubre...

Lo empuja una corriente
de aire viciado. Busca
pureza e ideales
en los claros de luna...
 
Irradia en los confines
de su esperanza trunca
falsas resignaciones
al renacer las dudas.
 
Morir, siempre callando...
sin decir... he vivido
la vida intensamente...
cansada me retiro,
 
es una vuelta amarga
al país de los soles...
Conocer, es vivir
aunque el hastio llore. 
 

 
 
*     *     *
 
 
Estas páginas hondas
surcada de pesares
que destilan de un alma
un sombrío desastre

pudieron ser un día,
por el sol inundadas
tejidas en los aires
silbadas en las cañas
 
por todos los pastores
que saben de románticos
ensueños, que se mecen
al paso del remanso...
 
Pero se cortó el hilo
que encadenó mi vida
a la de quien ha muerto...
i con é1 mi alegría.

Por eso es que son frías
estas pájinas hondas
i destilan, por eso,
tanta hiel mis estrofas. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Se levanta un altar
lo derrumba un ateo,
las cenizas calientes
lo levantan de nuevo.

El amor en mi alma
santo fuego encendía,
de un soplo lo apagaron
sus desdenes un día.
 
Hoi un alma ha vertido
nuevo aceite en la lámpara
i con una sonrisa
se ha encendido la llama. 
 

 
 
 
*     *     *
 
 
 
 
Vamos aparejados
con los lazos azules,
con los que se sostienen
los astros i las nubes.

Somos dos vagabundos
sobre un mismo camino
dos almas que nacieron
para unir sus destinos.
 
Vamos hacia el Calvario
de nuestras desventuras,
con una cruz a cuestas
saturada de brumas

no sentimos el peso
porque en nuestras cabezas
el amor se ha posado
como una recompensa. 
 
 
 

 
*     *     *
 
 
Espirando va el plazo
que tracé aquella tarde
para volver al mismo
placer que anoto al marjen

de inútiles esperas...
¿Encontraré su alma
vencida como entonces
i a mi amor desplegada?
 
Me ha cegado la noche;
se paraliza el viento;
el silencio ensordece
i voi emnudeciendo...

Solo el mutismo mio
encuentra eco en todo...
Se interpuso la vida,
cruelmente, entre nosotros. 
 

 
 
*     *     *
 
Ante la mar sin límites
a la que, tantas veces,
cruzó en peregrinaje
mi soñadora mente

me entrego sin reserva
para decirle: hermana,
eres tú de mi pena
que como tú es amarga.
 
Eres fría, he palpado
tu frialdad que comparo
a aquellas sensaciones
que en mi vida dejaron,

aquella tarde, su alma...
i la mañana aquella
que palpe las mejillas
de mi amiguita muerta.

¡Oh mar!, abre tus ondas
deja que el alma mia
se recueste en tu seno
i se quede tranquila
 
i que, tambien, se enfrie
como tus aguas buenas
i como las mejillas
de mi amiguita muerta. 
 
 

 
 

 
 
 
Sin rumbo voi siguiendo
por un ancho camino,
sobre las candideces
de las horas que han sido...

Sentí batir de alas
cuando emprendí la fuga;
la explicación ansiaba
de una hipótesis única.
 
Cánticos plañideros
me traia la brisa;
perfumes, versos suaves
que nunca se recitan.

Palpé el amor inmenso
que tenía a la vida,
con sus llantos sus quejas
i bellezas perdidas.

Conocí que es mui grande
el alma en el silencio,
que sabe mas que todos
los librajos de peso;

i me lancé al estudio
de la psicolojía,
clarobscuro misterio
traducido en mi misma. 
 
 
 

 
*     *     *
 
 
 
Se posó el desencanto
sobre mis ilusiones,
una noche en que mi alma
hilvanaba rencores.

Me habló mal de la luna,
me dijo que mis versos
eran palabras huecas,
que el soñar era feo...
 
que el amor era un mito,
estúpida la vida,
i que en su vasta frente
no había sello artístico.

Sonreía en la mesa,
con sarcasmo oportuno,
la calavera exótica
que me habla de otro mundo. 


 
 
*     *     *
 
 
Llevas en el sereno
mirar de tus pupilas
un pasado tranquilo,
que mi älma adivina.

Tu frente, quebrajada
por el pensar, ostenta
surcos que envidiarían
mis hermanos poetas.
 
Tú, nunca en una rima
lo que sientes has dicho;
no conoces los versos
de Verlaine ni Dario

Pero, en cambio, es tan puro
tu corazon de niño
que sabe del lenguaje
acariciante i rico

de Romeo i Julieta...
No lo aprendiste en libros
i por eso te canto
i te amo así, sencillo... 
 

 
*     *     *
 
 
Una ilusión cruelmente
desorientada, triste,
me arrojó bajo el ala
de un amor imposible.
 
I hoi que ante ti florece
el porvenir me encuentro
mui vieja a los veinte años
i seguirte no puedo 
 
Es la vida, la eterna
victimaria que lanza
mi alma sobre el pasado
sola i desencantada... 
 
 
 
 
*     *     *
 
 
Quise bordar con rosas
mis estériles rimas,
olvidando que mueren...
Junto a la losa fria

donde cayó su sombra
sólo altos cipreses
melancólicos, mudos,
me dicen que lo espere...
 
Mis rosas... ya no alegran
su pensativa frente!...
¿Duerme?... Entonces, silencio!...
no quiero que despierte...
 
¡Oh el silencio absoluto
en que esta sumerjido!...
He llorado en la tumba
de lo desconocido... 
 
 

 
 
*     *     *
 
 
Todas mis inquietudes
audazmente sinceras
en estos versos, hijos
de mis buenas quimeras,

dirán como he cambiado
de aquel ayer... a hoi
amé, lloré, reí,
canté a un justo dolor,
 
i hoi voi a la conquista
de un nuevo Vellocino.
Te espero en el cercano
recodo del camino... 


 

 

  

Juana Inés de la Cruz (1915)

 

Juana Inés de la Cruz es el pseudónimo que Luisa Anabalón Sanderson (1892-1951) utilizó en sus primeros dos libros (Lo que me dijo el Silencio y Horas de Sol) y que posteriormente será conocida como Winétt de Rokha. Los versos que aquí publicamos pertenecen al libro Lo que me dijo el Silencio, que comprende 3 secciones: "Lo que me dijo el Silencio", "El jardín en la sombra" y "Psicolojía pesimista". Los textos se encuentran todavía dentro de lo que podría llamarse un "modernismo tardío", pero adelantan en parte las preocupaciones que desarrollará posteriormente en su obra y le permitieron ser considerada dentro de la gran compilación de autores "de calidad" de la literatura chilena dentro de la perspectiva modernista: Selva Lírica (1916).

La versión que presentamos aquí respeta la ortografía original de la época.

Para leer el texto completo en una versión pdf: Lo que me dijo el Silencio

 

Créditos:
Todas las imágenes pertenecen a la edición de 1915 de Lo que me dijo el Silencio