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lunes, 30 de marzo de 2026

Soledad Primera (fragmento)

Luis de Góngora 

 

 



Era del año la estación florida

en que el mentido robador de Europa

(media luna las armas de su frente,

Y el Sol todo los rayos de su pelo),

               luciente honor del cielo,

en campos de zafiro pace estrellas,

cuando el que ministrar podía la copa

a Júpiter mejor que el garzón de Ida,

náufrago, y desdeñado sobre ausente,

lagrimosas de amor dulces querellas

               da al mar; que condolido,

               fué a las ondas, fué al viento

               el misero gemido,

segundo de Arión dulce instrumento.

Del siempre en la montaña opuesto pino

               al enemigo Noto,

               piadoso miembro roto,

breve tabla Delfín no fué pequeño

al inconsiderado peregrino,

que a una Libia de ondas su camino

               fió, y su vida a un leño.

Del Océano pues antes sorbido,

               y luego vomitado

no lejos de un escollo coronado

de secos juncos, de calientes plumas,

               alga todo y espumas,

halló hospitalidad donde halló nido

               de Júpiter el ave.

Besa la arena, y de la rota nave

               aquella parte poca

que le expuso en la playa dió a la roca;

               que aun se dejan las peñas

lisonjear de agradecidas señas.

 

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido

               Océano ha bebido,

Restituir le hace a las arenas;

               y al Sol lo extiende luego,

               que lamiéndolo apenas

su dulce lengua de templado fuego,

lento lo embiste, y con süave estilo

la menor onda chupa al menor hilo.

 

No bien pues de su luz los horizontes,

que hacían desigual, confusamente,

montes de agua y piélagos de montes,

               desdorados los siente,

cuando entregado el mísero extranjero

en lo que ya del mar redimió fiero,

entre espinas crepúsculos pisando,

riscos que aun igualara mal volando

               veloz, intrépida ala,

menos cansado que confuso, escala.

               Vencida al fin la cumbre

               del mar siempre sonante,

               de la muda campaña,

árbitro igual e inexpugnable muro,

               con pie ya más seguro

               declina al vacilante

breve esplendor del mal distinta lumbre,

               farol de una cabaña

que sobre el ferro está en aquel incierto

golfo de sombras anunciando el puerto.

«Rayos, les dice, ya que no de Leda

trémulos hijos, sed de mi fortuna

término luminoso.» Y recelando

de invidïosa bárbara arboleda

               interposición, cuando

de vientos no conjuración alguna,

               cual haciendo el villano

la fragosa montaña fácil llano,

               atento sigue aquella

(aun a pesar de las tinieblas bella,

aun a pesar de las estrellas clara)

               Piedra, indigna Tiara,

si tradición apócrifa no miente,

de animal tenebroso, cuya frente

carro es brillante de nocturno día:

               tal diligente el paso

               el joven apresura,

               midiendo la espesura

               con igual pie que el raso,

fijo, a despecho de la niebla fría,

en el carbunclo, Norte de su aguja,

o el Austro brame, o la arboleda cruja.

               El can ya vigilante

convoca, despidiendo al caminante,

               y la que desviada

luz poca pareció, tanta es vecina,

que yace en ella robusta encina,

mariposa en cenizas desatada.

 

 

 

 

La versión que entregamos de este fragmento de la "Soledad Primera" de Luis de Góngora se basa en la preparada por John Beverly para la editorial Cátedra (2024). 

Créditos:
Imagen 1: (cc) Portada de Las Soledades de la edición de 1636.
Imagen 2: (c) Editorial Cátedra. 

 

lunes, 29 de septiembre de 2025

Los asesinos

 Antonio Machado

 

 


 

 

                        I 

Juan y Martín, los mayores
de Alvargonzález, un día
pesada marcha emprendieron
con el alba, Duero arriba.
 
La estrella de la mañana
en el alto azúl ardía.
Se iba tiñendo de rosa
la espesa y blanca neblina
de los valles y barrancos,
y algunas nubes plomizas
a Urbión, donde el Duero nace,
como un turbante ponían. 
 
Se acercaban a la fuente.
El agua clara corría,
sonando cual si contara
una vieja historia, dicha 
mil veces y que tuviera
mil veces que repetirla.
 
Agua que corre en el campo
dice en su monotonía:
Yo sé el crimen, ¿no es un crimen
cerca del agua, la vida?
 
Al pasar los dos hermanos
relataba el agua limpia:
"A la vera de la fuente
Alvargonzález dormía." 
 
 
 
                    II 
 
-Anoche, cuando volvía
a casa -Juan a su hermano
dijo- a la luz de la luna
era la huerta un milagro. 
 
Lejos, entre los rosales,
divisé un hombre inclinado
hacia la tierra, brillaba
una hoz de plata en su mano.
 
Después irguióse y, volviendo
el rostro, dio algunos pasos
por el huerto, sin mirarme,
y a poco lo vi encorvado
otra vez sobre la tierra.
Tenía el cabello blanco.
La luna llena brillaba,
y era la huerta un milagro.
 
 
 
                    III
 
Pasado habían el puerto
de Santa Inés, ya amediada
la tarde, una tarde triste
de noviembre, fría y parda.
Hacia la Laguna Negra
silenciosos caminaban.
 
 
 
                    IV
 
Cuando la tarde caía
entre las vetustas hayas
y pinos centenarios,
un rojo sol se filtraba.
 
Era un paraje de bosque
y penas aborrascadas;
aquí bocas que bostezan 
o monstruos de fieras garras;
allí una informe joroba,
allá una grotesca panza,
torvos hocicos de fieras
y dentaduras melladas,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondón del barranco
la noche, el miedo y el agua.
 
 
 
                    V
 
Un lobo surgió, sus ojos
lucían como dos ascuas.
Era la noche, una noche
húmeda, obscura y cerrada.
 
Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardían
en la selva, a sus espaldas.
 
 
 
                    VI
 
Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda 
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas,
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
¡Padre!, gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco ¡padre!
repitió de peña en peña.
 
 
 
 

 
 
"Los asesinos" es una sección del poema "CXIV (La tierra de Alvargonzález)" dedicado al poeta Juan Ramón Jiménes y que aparece en el libro Campos de Castilla (1912).
 
 

Créditos de las imágenes

Retrato de Antonio Machado: Joaquín Sorolla (1918), (cc) Wikipedia.
Portada de Campos de Castilla: (cc) Wikipedia. 
 
 
 
 
 

lunes, 15 de septiembre de 2025

Carta - Océano

 Alberto Rojas Giménez

 



Hombre del mundo,
ancló en mis ojos la tristeza,
tarde de las tardes, en la tarde de América.
 
Soledad de la infancia
ardida al fondo amarillo de los pueblos.
En aquel tiempo morían mis parientes.
Eran negras las persianas que atraían el día
y opaca la voz de mi madre recordando las cosas.
 
Yo era el poeta vestido de niño,
en el año triste en que los niños rompen las flores.
Ningún hombre me dijo nunca que debía cantar.
Corría la luna por detrás de las nubes.
El sol quemaba los frutos y el lomo de los cerros.
Mis manos buscaban luciérnagas
en la sombría humedad del invierno.
 
Primera canción de las palabras torpes,
simple como el agua, yo no sabía jugar.

Miedoso de la lluvia, orador silencioso,
allé mi primer amigo al fondo de un espejo.

Una mano invisible apagaba los veranos.
Ellos, los hombres tímidos, elegancia del pueblo,
esperaban la novia a la puerta de la iglesia.
Todo cayó de golpe.
Varió el nombre de los periódicos.
Alguien decía que había nuevos edificios.
Aprendió mi memoria el curso de los trenes
y supe que las viejas mujeres de mi país
guardaban sus monedas en la esquina de un pañuelo.

Todo cayó de golpe, comenzaba la edad doliente.
En el viento múltiple,
en el viento que pierde la voz de los náufragos,
esparcí la hoguera rosada de los sueños.
Ahora, junto al Elba y es en Hamburgo,
animo en las palabras el collar de mis años.
Otoño del norte. Anclados en la bruma
son los edificios negros barcos sonámbulos.
 
Distante tierra mía, país de bosques en incendio!
En la noche extranjera que retiene mis pasos,
hombre del jersey, tiendo hacia ti las manos.

En aquel tiempo morían mis parientes.
Infancia de luto a la sombra de las lilas.
Jugaba mi hermana a la luz de las lámparas.
Siempre estaba a mi espalda
el retrato del padre asesinado.
Había un cerro, me acuerdo, sosteniendo una cruz.
Era el mes de mayo y hombres de rostro pintado
bailaban en torno castigando la tierra.
Un río corta el pueblo. Cada mañana traía
el cadáver de una doncella.
Infancia triste rayada de oraciones.
En la noche el galope de los caballos
amedrentaba mi sueño y el sol tardaba en llegar.
Hubo una vez un circo.
Una mujer verde se balancea en mi memoria
colgada de un trapecio.
Admiré los peces dorados en el agua de plata.
Lloraban los campanarios al caer de las tardes
Hay un volantín dormido en el cielo de mi infancia.
Adolescencia acodada al marco de las ventanas,
comenzó por entonces la canción que hoy continúo.
Era la vieja historia del arcoiris y la palabra amor.
Vi cruzar sin asombro el primer aeroplano
y subí sobre mi casa para tomarlo en las manos.
Era la edad doliente del deseo y la espera.
Vestido de negro acompañé el primer funeral.
Entonces vieron mis ojos el retrato de los héroes
adornando las vidrieras de todas las farmacias.
La casa se llenó de convidados.
Escribí la primera carta.
Me llevaron hasta un puerto para mostrarme el mar.

Alumno sin talento, desgracia de las madres,
caían a mis pies pájaros de papel marchito.
Era la fuga del tiempo y yo tenía quince años.
Fui el adolescente de los cinematógrafos;
Lector incansable de las novelas tristes.
Decía a menudo: “Cansado ... quiero irme...”.
Guardaba en mi cartera el retrato de una niña.
Digo todo esto como si estuviera
sentado a mi mesa con un naipe en las manos.
Soy el mismo y entre tu sonrisa
y la sonrisa de aquélla levanto mis años.
Perdido, sediento, insatisfecho.
Extranjero enamorado de las cosas y su canto.

Te sumerjes en el día, mi recuerdo te alcanza.
Un cisne de nieve se ahoga
en el remanso de tu alma.

Aquí estamos. Donde el sol no levanta.
Desvanece la sombra tu clara presencia.
Alta ciudad, vasta ciudad de la vida multánime.
Largas barcas de plata duermen sobre el Sena.
La mala estación acongoja los parques.
Sobre este muro en ruinas, alguien escribe la palabra desamparo.
Asoma la lluvia en la noche profunda
y un pájaro de hielo desciende hasta mis manos.

La multitud enreda tu nombre.
Es nuestra la calle más triste.
Hotel pobre. Vida tan pobre.
Delante de nosotros caen hojas amarillas.

Ah, mujer de pena, dulce mujer mía.
Aviones taciturnos nacen con el día,
y cada día nos trae una flor ya marchita. 

Yo hice los viajes más alegres y los más tristes viajes.
Detrás de mis sueños está la América en flor.
Los marineros danzaban sobre el Mar Caribe.
Tocador solitario
era tu pena y no el viento inflando tu acordeón.

Hangar nocturno. Es entre tus paredes sombrías que mi corazón despierta
Rayo, quemo las horas en la lumbre de mi cigarro. 
Un vaso de vino ahoga toda explicación.
 
Tú mismo, el de entonces, ahora cruzas los bulevares
y el antiguo desaliento te amarra toda acción.

De allá abajo llegan las voces. Las cartas. El periódico de las noticias.
Pablo y Tomás robando a los nativos.
Una casa en abandono. También la revolución.
 
Aquí los hombres tienen un semblante de tiza.
El alma del invierno oculta los infantes.
Automóviles en delirio empujan el crepúsculo.
Y una luna cautiva blanquea las terrazas.
 
Es a la claridad de las lámparas que yo te amo, compañera de esta hora.
 
De nosotros huye la tarde.
Una palabra de pena baja de tus labios
al recordar las guitarras del país de Tarzán.

Ésta es nuestra calle. Hotel Nantes. Aquí te amo.
Eres alta. Hueles a manzanas.
Hay un cigarro muerto junto a la chimenea.
Encierras dentro de ti campanas de Stuttgart.
 
Todo lo he visto y los cementerios.
Voz desconsolada de las fotografías.
Cuantas veces solo frente a los andenes.
Cartas amarillas, abanico de tedio.
Desplegaba en la noche una mala noticia.
Era el insomnio y exprimía en mis versos
la vieja tristeza del poeta romántico.
Siempre estás conmigo y yo todo lo he visto.
Viejos árboles marcaban el límite.
Camino de palabras, hilo del telégrafo,
hilvanando los nombres de las capitales.
Viaje que el olvido conserva.
Trasmundo del espejo a su orilla me inclino.
Más abajo la calle y aquí en el aposento,
pálido, despeinado, escribo y me acompañas.
Es la hora del abandono y vigilas el beso.
Te he llamado en los bosques y a mi lado sonríes.
No recuerdes. Eran rojos los techos.
Árboles de humo. País que me ofrecías
tan sola y tan pobre entre tus hermanas.
Guardo del olvido, aparece en el sueño,
mi mujer pensativa sobre un puente de hierro.
 
Las revistas, el periódico, en el café lo he visto.
Todo estaba, aniversario y los negros caracteres.
Tu nombre mismo al pie de tu retrato,
mariposa dormida al borde de mi vaso.
Se iban las mandolinas y las estrellas estaban.
El bosque se apartaba en la fecha dichosa.
La mano doméstica extinguía la lámpara.
Noche de Walpurgis, Alemania del alma!
 
Entre tus senos el lagarto verde.
No puedo explicar tus pies crepusculares,
amor inconcluso, alcancía de esperanzas,
mujer, vaso conteniendo el día,
vamos en el viaje sin objeto, inmóviles sin embargo.
Corren las diligencias y el humo de los trenes
envejece tu perfil, cae la frente entre mis manos.
 
Aprendiendo a contar, no es esto lo que quiero.
Aprendiendo a escribir, tampoco, es lo mismo.
Lengua extranjera, lago, poesía.
La montaña rosada que mi voz acaricia.
Siempre vuelvo hacia ti, razón de mi silencio.
En la larga velada el relato sin tregua.
Un nombre, una fecha y el cabello blanco,
al fin de los días deletreando mi canto.
Dame ese cuaderno, es la ebriedad sin límite.
Caminando encontrarás la geografia cerrada.
Después, el sombrero en el suelo, los vestidos marchitos,
entre el vino y el tabaco los amigos te esperan.
Olvido las historias, canción de las islas.
Todo estaba a tu lado, hechicera nocturna.
Levantabas la mano para detener el curso
de los astros fragantes como frutos maduros.
Aquella noche tu padre cantaba en la taberna.
Si hubiera que decir cómo te quise entonces!
Ibas por el bosque y en tu cabellera,
regalo del bosque, aprisionabas luciérnagas.
Guardaban tus ojos el secreto dichoso
y una palabra tuya libertaba los barcos.
Destruías el maleficio, cambiabas el rumbo del viento,
todo lo podías y te perdí por entonces.
Apoyado en mi fusil, centinela del alba,
atraía el silencio mientras tú te alejabas.
He visto después en los trenes que parten,
agitar el adiós que agitaban tus manos.
 
Si sólo tú volvieras de aquel tiempo disperso
trayéndome el nuevo rostro que has sacado del tiempo!
Se cruzan sobre este lado del mundo las altas oscuras palmeras nocturnas.
Lago sombrío, allí se sumerge un barco cargado de rumores.
Lejos de ayer, lejos aún del día nuevo y repetido
todavía la esperanza, el deseo persistente.
 
En medio de la noche en que toda forma se ahoga,
lluvia impalpable y negra comparable sólo al olvido,
en mitad de la noche, lejos, tierra que sostiene tus pasos,
no te alcanza mi voz, tus lágrimas son distantes.
Imágenes del cine, todo me viene, libro de estampas vivientes.
El río, sus árboles negros, tu palabra, su pasajero asilo.
La multitud que invade el crepúsculo, los trenes,
donde tú vas, presencia mía inapartable,
donde tú vas, silenciosa, ensimismada,
encima del tiempo que la distancia altera.
 
Mi recuerdo te alcanza frente a los días festivos
y en el alba que yergue sus puñales de ceniza.
Apareces en la hora de pobres esperanzas
o levanto tu imagen en la voz de los niños.
Lejos de ti, aún resido en tus ojos.
Agrupo allí la sombra que tu fatiga reclama.
Vigilo el silencio que ahuyentas con mi nombre
y es cierto que mis manos distantes e invisibles
crean, cada noche, un sol bajo tu lámpara.

 

Alberto Rojas Giménez (c. 1920)

 

 

Poema Publicado originalmente en La Opinión, Santiago, 10 de junio de 1934, pág. 3. 

 

Créditos de las imágenes.

Valparaíso de Ladislao Cheney: (c) pinturachilena.cl
Fotografía del poeta: (cc) Memoria Chilena 

lunes, 18 de agosto de 2025

Lo que me dijo el Silencio (selección)

 Juana Inés de la Cruz
(Winétt de Rokha) 

 

 


 

 

Amor, que vas por la vida
calladamente amargando
i las rosas del ensuefio
deshojando...

Ya no llegaras a donde
me he quedado analizando
la vida, donde vivla
sonando...

Amor, que vas por la vida,
te he quedado contemplando..
 
 
*     *     *
 
Yo no escribo mis versos
para el vulgo que escruta,
ni para los que quieren
buscar literatura:

yo escribo para aquellos
que han leído en mi alma
i para los que handado
plumajes de sus alas;
 
para aquellos que acierten
comprender mi alma enferma
de belleza, de hastío
al vivir la existencia

y, por fin, para aquellos
que han vivido un momento
la vida de mi vida
con sus remordimientos... 
 
 
 
*     *     *
 
 
Ha podido juzgarme
su cerebro glacial
ha podido decirme
que soi artificial.

Mi obra habrá de salvarme
la sinceridad flota
aquella que él no tiene
ni aun con él a solas.
 
Trató a mi alma vilmente
por el motivo único
de haber por él!.. sentido
un cariño profundo.

Puedo arrojarle el guante:
mi frente esta elevada;
la suya, hacia el Supremo
Tribunal, va inclinada.
 
 
*     *     *
 
 
Para que él la comprenda
mi alma es muy infinita;
la suya le ha legado
al cerebro sus fibras,

i este cerebro solo
sabe de la analítica
i en la vara que él mide
no se mide la mía.
 
Yo sé que en el Invierno
el vendaval se enfría
yo sé que el sol sus rayos
los despide de día.

Pero eso... ¿quién lo ignora?
mas, leer en las almas,
lo que nunca han escrito,
es la gloria más alta.
 
 
*     *     *
 
 
Ante los blancos ídolos,
esculturas de carne,
en donde nuestras fuerzas
desorientadas caen,

nos hacemos artistas
para admirar la estatua
que el molde caprichoso
del pensamiento acaba.
 
Y ciegos... siempre ciegos,
nos inclinamos mudos
ante los blancos idolos
de carne de este mundo.
 
 
 
*     *     *
 
 
 
Te he visto de mi mente
salir en raudo vuelo
i he querido seguirte
pero ya no te veo.

En vano te he llamado,
cerrando los resquicios
donde podía entrarse
la razon del olvido.
 
Te has ido... no se cómo, 
talvez a, donde anidan
los que no son ni buenos
ni malos en la vida;

a la fosa comun
de las vulgaridades
i te has mezclado tanto
que ya no puedo hallarte... 
 
 
 
*     *     *

 
Impregnada de efluvios
de un desaliento; irónica,
lloraba, revolcándome
en mi dolor a solas...

Revivían sus mofas
i (extraño sentimiento)
el sufrir era grato
a mi cerebro enfermo.
 
Me sentía mas grande
i el alma arrodillacla
media el pensamiento
en su estension mas cara.

Creí de la conquista
libar el vaso de oro
que me ofreció el análisis
de su mezquino encono.

Vanamente... hoi sus ojos
me miraron sin ira...
i me sentí pequeña
juzgándome yo misma!... 
 

 
*     *     *
 
 
Siento un santo respeto
hacia aquellos pesares
que una pura inconsciencia
fué magnánima en darme.

Hoi día, que un desprecio
por todo siento en mi alma
solo mi fé primera
logra ser apreciada.
 
Esa fé que arrastraron
con crueldad por el suelo
i que ha dado, amargándome,
vuelo a mi pensamiento.

Era tan buena ¡tanto!
i así fuí iucomprendida
acaso hoi que he cambiado
me imploren de rodillas. 
 
 
 
 
 
*     *     *
 
 
Desconocida fuiste
porque has hecho de tu alma
un altar i no dejas
que profanen la entrada.

Alimentan el fuego
de tus hondos sentires
virtudes que no se hacen
cenizas i las vives.
 
Eres grande en tu espíritu
porque sabes sentirte
pequeña ante los grandes
arcanos que entreabriste.
 
Has abierto tu alma
a los hondos pasados
el presente te espera
para enclavarte acaso.
 
Mas veo hacia lo léjos
tu porvenir florido.
Celebraré en tu altar
extrahumanos ritos. 

 
 
 
*     *     *
 
 
Ha volado mi espíritu
a su mansión de nubes;
juega con las estrellas
y de brumas se cubre...

Lo empuja una corriente
de aire viciado. Busca
pureza e ideales
en los claros de luna...
 
Irradia en los confines
de su esperanza trunca
falsas resignaciones
al renacer las dudas.
 
Morir, siempre callando...
sin decir... he vivido
la vida intensamente...
cansada me retiro,
 
es una vuelta amarga
al país de los soles...
Conocer, es vivir
aunque el hastio llore. 
 

 
 
*     *     *
 
 
Estas páginas hondas
surcada de pesares
que destilan de un alma
un sombrío desastre

pudieron ser un día,
por el sol inundadas
tejidas en los aires
silbadas en las cañas
 
por todos los pastores
que saben de románticos
ensueños, que se mecen
al paso del remanso...
 
Pero se cortó el hilo
que encadenó mi vida
a la de quien ha muerto...
i con é1 mi alegría.

Por eso es que son frías
estas pájinas hondas
i destilan, por eso,
tanta hiel mis estrofas. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Se levanta un altar
lo derrumba un ateo,
las cenizas calientes
lo levantan de nuevo.

El amor en mi alma
santo fuego encendía,
de un soplo lo apagaron
sus desdenes un día.
 
Hoi un alma ha vertido
nuevo aceite en la lámpara
i con una sonrisa
se ha encendido la llama. 
 

 
 
 
*     *     *
 
 
 
 
Vamos aparejados
con los lazos azules,
con los que se sostienen
los astros i las nubes.

Somos dos vagabundos
sobre un mismo camino
dos almas que nacieron
para unir sus destinos.
 
Vamos hacia el Calvario
de nuestras desventuras,
con una cruz a cuestas
saturada de brumas

no sentimos el peso
porque en nuestras cabezas
el amor se ha posado
como una recompensa. 
 
 
 

 
*     *     *
 
 
Espirando va el plazo
que tracé aquella tarde
para volver al mismo
placer que anoto al marjen

de inútiles esperas...
¿Encontraré su alma
vencida como entonces
i a mi amor desplegada?
 
Me ha cegado la noche;
se paraliza el viento;
el silencio ensordece
i voi emnudeciendo...

Solo el mutismo mio
encuentra eco en todo...
Se interpuso la vida,
cruelmente, entre nosotros. 
 

 
 
*     *     *
 
Ante la mar sin límites
a la que, tantas veces,
cruzó en peregrinaje
mi soñadora mente

me entrego sin reserva
para decirle: hermana,
eres tú de mi pena
que como tú es amarga.
 
Eres fría, he palpado
tu frialdad que comparo
a aquellas sensaciones
que en mi vida dejaron,

aquella tarde, su alma...
i la mañana aquella
que palpe las mejillas
de mi amiguita muerta.

¡Oh mar!, abre tus ondas
deja que el alma mia
se recueste en tu seno
i se quede tranquila
 
i que, tambien, se enfrie
como tus aguas buenas
i como las mejillas
de mi amiguita muerta. 
 
 

 
 

 
 
 
Sin rumbo voi siguiendo
por un ancho camino,
sobre las candideces
de las horas que han sido...

Sentí batir de alas
cuando emprendí la fuga;
la explicación ansiaba
de una hipótesis única.
 
Cánticos plañideros
me traia la brisa;
perfumes, versos suaves
que nunca se recitan.

Palpé el amor inmenso
que tenía a la vida,
con sus llantos sus quejas
i bellezas perdidas.

Conocí que es mui grande
el alma en el silencio,
que sabe mas que todos
los librajos de peso;

i me lancé al estudio
de la psicolojía,
clarobscuro misterio
traducido en mi misma. 
 
 
 

 
*     *     *
 
 
 
Se posó el desencanto
sobre mis ilusiones,
una noche en que mi alma
hilvanaba rencores.

Me habló mal de la luna,
me dijo que mis versos
eran palabras huecas,
que el soñar era feo...
 
que el amor era un mito,
estúpida la vida,
i que en su vasta frente
no había sello artístico.

Sonreía en la mesa,
con sarcasmo oportuno,
la calavera exótica
que me habla de otro mundo. 


 
 
*     *     *
 
 
Llevas en el sereno
mirar de tus pupilas
un pasado tranquilo,
que mi älma adivina.

Tu frente, quebrajada
por el pensar, ostenta
surcos que envidiarían
mis hermanos poetas.
 
Tú, nunca en una rima
lo que sientes has dicho;
no conoces los versos
de Verlaine ni Dario

Pero, en cambio, es tan puro
tu corazon de niño
que sabe del lenguaje
acariciante i rico

de Romeo i Julieta...
No lo aprendiste en libros
i por eso te canto
i te amo así, sencillo... 
 

 
*     *     *
 
 
Una ilusión cruelmente
desorientada, triste,
me arrojó bajo el ala
de un amor imposible.
 
I hoi que ante ti florece
el porvenir me encuentro
mui vieja a los veinte años
i seguirte no puedo 
 
Es la vida, la eterna
victimaria que lanza
mi alma sobre el pasado
sola i desencantada... 
 
 
 
 
*     *     *
 
 
Quise bordar con rosas
mis estériles rimas,
olvidando que mueren...
Junto a la losa fria

donde cayó su sombra
sólo altos cipreses
melancólicos, mudos,
me dicen que lo espere...
 
Mis rosas... ya no alegran
su pensativa frente!...
¿Duerme?... Entonces, silencio!...
no quiero que despierte...
 
¡Oh el silencio absoluto
en que esta sumerjido!...
He llorado en la tumba
de lo desconocido... 
 
 

 
 
*     *     *
 
 
Todas mis inquietudes
audazmente sinceras
en estos versos, hijos
de mis buenas quimeras,

dirán como he cambiado
de aquel ayer... a hoi
amé, lloré, reí,
canté a un justo dolor,
 
i hoi voi a la conquista
de un nuevo Vellocino.
Te espero en el cercano
recodo del camino... 


 

 

  

Juana Inés de la Cruz (1915)

 

Juana Inés de la Cruz es el pseudónimo que Luisa Anabalón Sanderson (1892-1951) utilizó en sus primeros dos libros (Lo que me dijo el Silencio y Horas de Sol) y que posteriormente será conocida como Winétt de Rokha. Los versos que aquí publicamos pertenecen al libro Lo que me dijo el Silencio, que comprende 3 secciones: "Lo que me dijo el Silencio", "El jardín en la sombra" y "Psicolojía pesimista". Los textos se encuentran todavía dentro de lo que podría llamarse un "modernismo tardío", pero adelantan en parte las preocupaciones que desarrollará posteriormente en su obra y le permitieron ser considerada dentro de la gran compilación de autores "de calidad" de la literatura chilena dentro de la perspectiva modernista: Selva Lírica (1916).

La versión que presentamos aquí respeta la ortografía original de la época.

Para leer el texto completo en una versión pdf: Lo que me dijo el Silencio

 

Créditos:
Todas las imágenes pertenecen a la edición de 1915 de Lo que me dijo el Silencio