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lunes, 25 de agosto de 2025

Horas de Sol (Selección)

 Juana Inés de la Cruz

(Winétt de Rokha) 

 


 

 

 

La Frivolidad de las Palabras
 
    Se ha levantado una bruma, fria como la inconmovible monotonia del vivir, triste como mi pensamiento.
    Llega a mí en ecos dolorosos la frivolidad de las palabras. Ha cesado todo murmullo y me pregunto si tocarán a muerto. Cuando la lengua enmudece es porque el pensar se abisma sin comprender.
    Gritar para hacer prevalecer una idea no conduce a nada. ¡Es tan necio aquello de querer parecer comprensivos ante los que no nos comprenden!
 
*     *     * 
 
    Van las horas cayendo sobre el recuerdo como plumilla de nieve.
    Las alas del sentimiento, cargadas de ironía, no pueden tender el vuelo a las exploradas regiones del pasado.
    El fuego ha vuelto cenizas sus últimas palabras de amor y los últimos ecos de mi pensar cristalizado en el papel.
    Tiembla la llama aún viva del posible canto que llegará hasta él.
    Mis anhelos se me figuran pájaros embalsamados. Ojos sin luz, alas sin movimiento. ¡Oh, esos anhelos nunca llegarán hasta él!
    —«Se operará el milagro de las rosas, dice una voz en la bruma; tu alma alcanzará la gloriosa resurrección del Ideal que ha muerto».
    No, voz extrahumana. El milagro de las rosas se ha operado ya y el que yo espero es otro; acaso sea el Amor creado por mi espíritu entristecido; suave como un corazón que lo acojió y fuerte como los brazos que lo levantaron.
    Un milagro de Amor, un sentimiento que no usurpe el gran nombre comprendido tan solo por aquellos que saben sentirlo bajar desde la cima del Calvario hasta el rincón secreto que llevamos en el fondo de nuestro corazón.
    No responde la voz y la bruma, hada buena, humedece mis mejillas ardientes. ¡Cómo evoco lágrimas de las que hace tanto tiempo no puedo derramar!
    Mi perenne dolor seco y tranquilo, nació de un choque rudo con la vida, se nutrió con convicciones fatalistas y con vulgaridades ineludibles. Antes de formarse y ser un completo dolor fué una forma imprecisa de idealidad. ¡Tantas circunstancias, tantas vagas influencias que descomponen los sentimientos en vulgares estados de alma!
    Si yo pudiera desentenderme de las pequeñeces que me rodean y ellas no me hicieran sufrir, mi dolor inicial seria más bello de lo que es, porque dependería sólo del principio que lo formó.
    Estamos tristes porque el sol no ha brillado y nos inducen a que debemos olvidar esta tristeza para pensar en una más vulgar.
    La frivolidad de las palabras deja incompleto el razonamiento de mi meditación.
    Cuando nuestras almas se comprendieron enmudecimos; nos bastaba el solo pensamiento que nos unía, por razón.
    No recuerdo largas frases de sus labios ni de los míos y aún en aquella tarde trágica en que nos despedimos para siempre, muy poco nos dijimos con la palabra.
    La tierra pareció florecer bajo los pantanos, los árboles sin hojas se cubrían de un follaje de ilusión y nosotros, como pájaros asustados, nos cobijamos bajo él.
    Las enredaderas de invierno, las piedrecillas humedecidas por la última lluvia, oyeron el final de una historia que no habré de contarfce a tí, lector curioso, porque la frivolidad de las palabras le quitaría su belleza.
 
 
 
 
Sed de Ideal
 
    He buscado mi Ideal, fantasma que se transforma a cada instante, como las horas del dia.
    He buscado en los ojos de los humanos, como una obsedida, algo que pudiera fijar mi atención por algún tiempo. He tratado de interpretar la impasible serenidad de algunos y la febril ansiedad de otros. Ojos ha habido que por su verde color no sólo han sido para mí mar, esperanza, sino locura de belleza; ojos negros como la noche que no sólo han sido abismos, sepulcro de ambiciones, sino desesperación de anhelos, cielos infinitos de sin igual pureza, que me han desdoblado trájicamente al obtener en ellos la paz de los sacrificios consumados. En todos ellos ha vagado mi espíritu, brizna pasajera que tiembla al menor soplo, para irse léjos en busca de algo nuevo que lo haga extremecer de placer o de dolor.
    El desasosiego de lo incomprendido, la curiosidad de lo que no se ha vivido: he ahi la vida.
    Cuando pienso que puede llegar un día en que habré de saborear la Belleza encarnada en las humanas pasiones, siento una angustiosa y torturante inquietud.
    Barco sin rumbo es mi existencia que no deja caer el ancla que la fije por un instante. Mañana, me digo, y espero... ¿Llegará un dia en que cruzaré los mares, veré otros ojos y beberé vida?
    Amado mio, ante mis ideales, desapareces, te confundes, eres una cosa tan pequeñita y apénas necesaria, que te comparo a un maletin de viaje que quedara olvidado en un wagon. Me harías falta un instante, pero podría comprar otro mas nuevo y acaso que encerrara muchas cosas que tú no tienes.
    Anoche te miré fijamente y te expresé mi pensamiento. Me llamaste loca, ¡loca! Tienes razon, loca soy porque no puedo seguir viviendo la monotonía del vivir; loca, porque pienso que si me amaras, satisfarías mi capricho, muriendo, para que yo viera tus ojos a través de la inmovilidad trájica de la muerte. Acaso ellos, así como reflejaban anoche las lamparillas eléctricas del salón, reflejarian el mas allá... mejor que aquellos ojos azules que no miran el sol.
    Ya no soy, amor mío, la muñeca que creiste contentar con unos cuantos besos a la caída de la tarde; ya no soi la pequeña mignon que comía bombones en tus rodillas, mientras con sus manecitas ensortijadas te cerraba los ojos; ya no creo en los duendes ni en los espíritus que se empeñan en contarnos cosas de ultra-tumba; pero sí creo en mi fantasía, creo en mi alma que, siempre fiel a esta cabeza de rizos negros con ojos soñadores, tan pronto vaga en las arenas vírgenes de un desierto como en jardines floridos de flores y de fulgores de luna.
 
 
 
 
La Muerte de las Rosas
A Julia Sateler C.
 
    Fué una mañana de Verano. El sol bañaba la carretera y el azul del cielo era tan intenso que atraía como un abismo.
    —Quiero saber lo que encierran en el cáliz las rosas que me has traído, dijo Ivette al poeta que no sabía llorar, al poeta que reia de las doloras de Campoamor, de los pesares del niño y de la juventud, porque no pensaba que el niño siente el mismo pesar cuando rompe un soldadito de plomo, que el que siente un hombre ante su felieidad perdida; porque no pensaba que una mujer de dieziseis años sufre tanto no amando, como sufre un hombre de talento que no encuentra a la vida una razon de ser, despues de haberla mirado intensamente bajo su analítica percepción. El poeta que no tuvo lágrimas cuando su madre cerró los ojos a la luz del día, deshojó las rosas que Ivette amaba y ante el cáliz sin pétalos rió con una risa salvaje. 
    —He ahí lo que encierran las rosas, dijo, polvillo que al menor soplo se esfuma Y rió de la sorpresa trájica de Ivette, ante las rosas deshojadas.
    —Poeta, dijo Ivette, tú que todolo sabes, dime, ¿por qué no te conmueves?
    —Ivette, contestó el poeta, no te preguntes nunca el por qué de las cosas y así te conmoverá la gota de rocío resbalando desde la hoja que la ostenta brillante y frájil a la tierra que la consume.
    —No lo creo, murmuró Ivette, tu sentir no es igual al mio y si tú solo amas los misterios que no puedes descifrar, yo, en cambio, amo en tí la descifración del misterio. Llévame a la cumbre del alto monte del saber y desde allí muéstrame lo que ocultas por temor de que ya no te ame. Quiero vivir la vida que tú vives, aprender lo que aprendes y no temas por esto que me muestre altiva. Mi corazón será siempre el mismo ignorante o sabio.
    —Eres muy niña, dijo el poeta, espera...
    Y rio de la cándida Ivette dejándole en el alma un dejo amargo de ironía... 
 
 
*     *     * 
 
    —Ivette, decia el poeta, muchos años despues de la muerte de las rosas, tu que me has consagrado la vida entera no sabes comprenderme, estoy junto a tí y me encuentro solo. Estos versos míos que han sido el fuego sagrado de mi vida, no me alimentan ya. Tú que has reído conmigo ¿por qué no llenas el vacío que se hace a mi alrededor? ¿por qué no has sabido conservarme una ilusión? ¿por qué no has sido arcano ayer, hoy y siempre? ¡Pobre mujer! acaso me has amado demasiado...
    —Tú has tenido la culpa, jimió Ivette, tú que enmudeciste cuando te interrogué.
    —Acaso tengas razon, pero creí cumplir con mi deber. Ni tú ni yo hemos tenido la culpa, la tuvo...
    —Tu egoismo, dijo Ivette débilmente. Y el poeta que no sabía llorar, por la primera vez lloró arrepentido en brazos de la mujer que no pudo llenar su vida porque él no había sabido crearla para comprenderlo....
 
 
 
Los Hjos del Dolor
 
    Después de recibir la bendicidn paterna, una noche de horrible tempestad salieron del hogar con rumbo hacia la vida, tres hijos del Dolor.
    La Pobreza, una muchacha flaca y enfermiza, apenas cubría sus desnudeces con un manto hecho jirones. Era la mayor de todos y sin embargo, hubiera podido tomársele por la más pequeña. Iba de prisa... El viento helado de la noche dejaba adivinar sus piernas flácidas, pegando a ellas sus raídos andrajos.
    La seguia el Deshonor, muchacho huraño y raro. En sus ojos brillaba una reconcentrada crueldad. Iba dispuesto a introducirse en todas partes no encontrando barrera capaz de atajar su paso.
    El último, el más pequeño de todos, era hermoso: su cabecita rubia era un primor; sus manecitas, que el frío no habfa conseguido entumecer, parecían dos azucenas destinadas a calmar mudas heridas profundas. Era este el Amor.
    Veinte siglos hacía a que los tres habían abandonado su hogar y una noche, muy parecida a aquella en que salieron, regresaron a la mísera cabaña del Dolor. Blancos cabellos circundaban la frente del anciano y una sonrisa fría y extraña acariciaba sus labios.
    Uno a uno los hijos relataron a su padre las aventuras que durante tanto tiempo habían corrido en el mundo.
    —Yo, dijo la Pobreza, he sido causa de múltiples sacrificios: he visitado innumerables hogares y en todas partes he dejado huellas indelebles.
    —Sin embargo, es preciso que vuelvas aun al mundo, le aconsejó el Dolor. Tu obra debe ser intensa y hay mucho que hacer todavía. Yo te bendigo nuevamente. Vete.
    Le tocó hablar al Deshonor.
    —Yo, dijo, llevé la desesperación a muchos padres de familia, doblegué el orgullo de las naciones más poderosas e infundí en los espíritus ese algo que amarga y que no hay tranquilidad capaz de ahuyentar.
    —Está bien, dijo el Dolor. Has trabajado con ahinco; más, es preciso que sigas a tu hermana. Vuelve a tu azarosa existencia y, una vez más, lleva mi bendición.
    En la triste cabaña solo quedó el Amor, sentado humildemente a los pies de su padre.
    —Yo, dijo, durante los primeros siglos fuí el predilecto. Por mí las mujeres más hermosas bajaban de sus tronos; los más gallardos mancebos abdicaban en mi favor riquezas y honores. Me paseé con orgullosa
altivez en los palacios de los reyes y en las humildes cabañas. De pronto, un enemigo formidable salió a mi encuentro y me arrojó el guante. A los rayos del sol brilla y deslumbra y, cuando las sombras de la noche caen sobre el mundo, enciende multiples luminarias para que su brillo no se extinga. Ese es el Oro. El ha ocupado mi lugar. Yo soy el último sentimiento; por lo tanto, mi trabajo ha concluido. Dejad, padre mío, que me refujie al calor de tu hogar; que los que quieran buscarme vendrán aquí y tu responderás por mí.
    —Sea, dijo el Dolor y su gran manto envolvió la rubia cabecita del Amor.
    Más de alguno ha llamado a las puertas de la cabaña misteriosa: la puerta se ha abierto para darles paso, pero el Dolor los abraza y los despide, dejándolos vagar a través de la vida como entes fúnebres que llevaran el camino de la Nada...
 
 
 
En el Saloncito Azul
 
    La risa atiplada de Miori se desgrana en notas desafinadas en el saloncito azul de la romántica Ivette.
    Ivette es como una figulina de Tanagra y Mimí como un bibelot de porcelana.
    Ambas se rien mucho: ¿de qué? Talvez del poeta de luenga melena que las miró doliente... desde una butaca de teatro; talvez de la carta en serio del enamorado militar de bigotes rubios y de ojos con pestañas verdes... (según Ivette, la irónica por excelencia.)
    El mundo contempla desde léjos a estas muñequitas de carne sonrosada y las admira.
    Ellas son felices, piensa el vulgo, y yo no sé si tiene razón.
    Ha llegado el momento de las confidencias. Sentadas en un diván a semejanza de las exóticas hijas del pais del Sol, se cuentan sus secretos...
    Y empiezan a caer, primero como gotas de rocío las confidencias blancas y luego como un nubarrón de granizo las confidencias rojas... (aquellas que el confesor de la parroquia cercana habrá de oir horrorizado.)
    —¿Sí?... ¿Y después?
    —Después... ya ves: lo dejé ir porque hube de engañarme a mí misma, porque yo era una señorita y no estaba bien todo aquello...
    —¿Y cómo te has conformado?
    —No sé. Acaso la esperanza de encontrar otro como él...
    —Y lo encontrarás...
    Y dá Mimí una mirada que envuelve a Ivette y acaso en su interior la encuentra bella porque sus ojos parecen reflejar una confirmación a su respuesta.
    Ivette entre tanto baja el cuadrito de la madona de Rafael, quita el carton y de entre este y la cartulina saca un retrato.
    —Vaya que es hermoso, dice con orgullo.
    —Sí, ya lo creo. Y al fin de cuentas ¿cómo es en la intimidad un poeta? ¿cómo habla? ¿qué dice?
    —No seas simple. Un poeta, es un hombre como todos, habla como todos y acaso sea un poquito más falso que el resto de la humanidad...
    — Y así le quieres tú...
    —Es que él no pertenece al rebaño, él es un poeta porque nació poeta así es que en la vida real es tan normal como yo que sueño solo para mí y que para los demás soy tan vulgar como cualquiera. El arte verdadero no necesita de vana exteriorización para surgir de entre la turba que pretende hacer de él un ridículo baluarte.
    —Sin embargo, esas melenas, esos chambergos y esas corbatas que ondulan son sujestivas. Un hombre sin esas cosas no me hace la ilusión de un poeta.
    —Acaso tengas razón, acabo de quitarle en mi imaginación a un amigo mío todas esas bagatelas y ha quedado un simple figurón de teatro.
    —Y ¿cómo distinguiste a tu poeta si no usa tales bagatelas, como tú les llamas?
    —Presintiéndolo y familiarizándome con él, leyendo las hermosas estrofas que ha escrito y que son precisamente las que me han hecho penetrar de lleno en su alma.
    —¡Cómo me gustaría conocerlo! Lo que me has contado se me figura algo así como un encantamiento...
    —Desencantado ¿verdad?
    Y se ríe de nuevo Mimí con la ocurrencia de Ivette que sin querer se ha entristecido... 
 
 
 
Dos Cerebros
 
    El estanque tranquilo y apacible hacía que la superficie de sus aguas reflejaran los nenúfares que crecían a sus orillas.
    Con paso lento, la mirada vaga, con un libro de filosofía bajo el brazo, el sabio marqués caminaba dejando en libertad su pensamiento que, como en espirales de humo, traspasaba quizás los umbrales del misterioso país de los Ensueños.
    Entonando la eterna canción de los bosques la pastora María sueña con castillos encantados y príncipes de réjias vestiduras. Nada sabe del mundo cuando impregnada de místicas ensoñaciones se apodera de ella el éxtasis que embarga a las almas que saben de la contemplación.
    Se encontraron, se acercaron, sus miradas se confundieron, sus espíritus en una muda comunión se elevaron y, sumidos en una idealidad sin límites pasaron algunas horas dignas de ser eternales.
    Las sombras del atardecer caían.
    El adios que separa a la vulgaridad los separó con ironía cruel.
    —¡Si hubiera sido marquesa!
    —¡Si hubiera sido pastor!
    Ni una mirada hacia atrás, ni una lágrima...
    ¡Oh cerebros que aún pensais en las distinciones de cuna! 
    ¡Cuántas veces el alma que nació para comprenderos pasó junto a vosotros y la arrojasteis con desden!...
 
 
 
El Amor y el Olvido 
 
    Fué al morir el verano que daba paso a la estación que desprende la hojarasca marchita, la estación melancólica, la estación del silencio que ahuyenta las avecillas parleras, la que no trae retoños sino nieblas azuladas que como un manto de honda meditación nos envuelve.
    Cierta tarde se encontraron el Amor y el Olvido; ambos iban con distinto rumbo: el uno, iba a dar calor a un corazón que se consumía en una playa lejana; el otro, iba a calmar el ardor de otro corazón que amaba demasiado. Se miraron recelosos. El Amor, por la primera vez le echó en cara su traición y la obra de destrucción con que perseguía su causa. Discutieron acaloradamente. En la lucha, el Amor perdió los ojos y el Olvido las alas.
    Intercedió la Mente Infinita:—Todo sentimiento debe existir, ninguno vale más que otro y sobre todo, todos se necesitan entre sí. Y ahora, en castigo de esta discución, os obligaré a que no podais vivir uno sin el otro. El Amor, que ha quedado ciego, trasportará en sus alas al Olvido, que perdió las suyas.
    Hoy son hermanos, se comprenden y se buscan. El Amor va de aquí para allá: el Olvido lo sigue sin decir una palabra y eternamente se posa donde cae el Amor, que dulcemente le sonríe...  



Juana Inés de la Cruz (1915)



Juana Inés de la Cruz es el pseudónimo que Luisa Anabalón Sanderson (1892-1951) utilizó en sus primeros dos libros (Lo que me dijo el Silencio y Horas de Sol) y que posteriormente será conocida como Winétt de Rokha. Los fragmentos que publicamos aquí pertenecen a su libro Horas de Sol (1915), el que en cierta medida, con su mezcla de narraciones simbólicas y prosa poética, viene a complementar su volumen de poemas publicado el mismo año.

La versión que presentamos aquí respeta la ortografía original de la época.

Para leer el texto completo en una versión pdf: Horas de Sol

 

Créditos:
Portada del libro: Horas de Sol. Santiago: Imprenta y encuadernación New York, 1915.
Fotografía de la autora. Lo que me dijo el Silencio. Imprenta y encuadernación New York, 1915.



martes, 8 de julio de 2025

Caballos y Libros

Burkhard Spinnen

 

 

Traducción por René Olivares Jara 

 

 


 

Hacia el final del siglo XIX las grandes ciudades de este mundo estaban tan llenas de coches y carruajes como hoy están llenas de autos. Quien era vecino de una calle principal y podía permitírselo, esparcía paja sobre la vía para reducir el ruido de las ruedas con herrajes y de las herraduras sobre los adoquines. En el Manhattan del año 1880 vivían cerca de 80.000 caballos, en el Londres del penúltimo fin de siglo había cerca de 300.000, en Berlín en la misma época tiraban por sí solos 30.000 caballos los omnibuses y coches de plaza. El correo de Berlín mantenía cerca de 1600 caballos. 

 

En las ciudades los caballos eran omnipresentes. Algunos volvían por las tardes a los suburbios rurales, pero muchos pasaban también la noche en la ciudad. Dependiendo del propietario y del uso, vivían en establos separados o en ampliaciones en edificios de departamentos a los que se accedía a través de los patios traseros. El correo y distintas empresas de transporte, como el servicio lechero berlinés de la firma Bolle mantenía establos de varios pisos en medio de la ciudad. En los pisos superiores los animales eran guiados por escaleras anchas con peldaños lisos. 

 

 


 

Junto a la alimentación para la población llegaban diariamente a la ciudad grandes cantidades de comida para caballo. Alrededor de 1900 los corceles londinenses comían diariamente 1200 toneladas de avena y 2000 toneladas de heno. Para eliminar los excrementos acumulados de los caballos, cerca de quince kilos diarios por cada uno, se desarrolló un sistema completo de reciclaje. El excremento era recogido y se usaba como abono, pero también era secado y utilizado como combustible. Sin embargo, ya en los años de 1880 existía el temor de que las ciudades se ahogaran en estiércol de caballo. Por cierto, ellos también morían en las grandes ciudades, docenas por día. Luego, sus congéneres llevaban los cadáveres a los mataderos. En especial las carnicerías los transformaban en alimento. Así es como los caballos eran completamente consumidos por la ciudad. 

 

Por el contrario, alrededor de 1900, e incluso hasta la I Guerra Mundial, los autos eran una excepción y una rareza en las calles de las ciudades. En el campo apenas se veían vehículos motorizados. Si en esos años alguien hubiese profetizado que en un futuro próximo el automóvil y el tractor sustituirían completamente al caballo, probablemente habría generado muchas objeciones e incluso, provocado burlas. Probablemente se habría dicho que la motorización podía tener una que otra ventaja, pero sería un tonto quien creyera que se pudiese prescindir alguna vez del caballo. Si ahora cerrara los ojos y volviera a oír la época alrededor de 1900, escucharía entonces todos los argumentos: el auto es demasiado caro, demasiado peligroso y demasiado complicado; es espantosamente ruidoso y esparce un hedor repugnante. Además, y esto habría sido el argumento más fuerte, a diferencia del caballo, el auto es un aparato absolutamente sin nimbo ni aura. 

 

Y entiendo esta objeción en contra de la motorización. Ella vino con bastante naturalidad, casi desde las profundidades de la experiencia cultural. Alrededor de 1900 la humanidad no podía imaginarse en absoluto su vida sin el caballo. Desde hace siglos, no, milenios, personas de todo el mundo habían crecido con el caballo como su animal de compañía más importante. Sólo con caballos se podían transportar personas y bienes por las grandes rutas terrestres. Los caballos eran la ayuda más importante con el trabajo pesado. Ninguna catedral, ningún palacio, ningún puente habría podido ser construido sin ellos. Y, finalmente, una agricultura sin caballos apenas habría alimentado a la humanidad. 

 

La propiedad de caballos era, por lo tanto, desde tiempos inmemoriales, una de las primeras pruebas de riqueza, poder e importancia. Los reyes se hacían pintar a caballo. Caballos adornan hasta ahora los escudos de armas de casas nobiliarias y de reinos. Incluso las estructuras de los Estados Democráticos todavía tienen caballos en sus escudos de armas, por ejemplo, los Estados Federados de Baja Sajonia y Renania del Norte-Westfalia. Una persona con caballo no era solamente más fuerte, también era una persona mejor y más noble. Un caballero no era sólo un jinete, sino también un noble.* 

 

 

Escudo del Estado Federado Alemán de Baja Sajonia

 

 

 


Escudo del Estado Federado Alemán de Renania del Norte-Westfalia




Finalmente, en lo que respecta a la guerra, el caballo siempre había sido el mejor garante de fortaleza y superioridad. Todavía en la Guerra Civil Estadounidense de los años de 1860 no se consideraba a la artillería como el arma definitiva, sino un buen ataque organizado de jinetes. Y, aunque entonces ya se comprobó la superioridad del fuego de infantería sobre la fuerza de las masas de caballos a la carga, los líderes del ejército se aferraron incluso hasta la I Guerra Mundial en la antigua doctrina de la superioridad del arma equina. Hasta hoy resuena esta convicción en una metáfora. Quien requiere del ataque con el mayor poder posible, llama todavía a la caballería.

 

 

 

Sin embargo, entretanto nos burlamos de la confianza y la fe al caballo de las personas de alrededor de 1900. Porque no tenían en absoluto la razón. De hecho, el siglo XIX fue el último siglo de los caballos. Ulrich Raulff lo ha descrito en su libro del mismo nombre tan genial y conmovedoramente que al lector le puede despertar el anhelo por esta época. Sin embargo, después de 1900 el caballo desapareció, contemplado en tiempo histórico, en el transcurso de un parpadeo. Dejó las ciudades, el campo y los ejércitos, mientras que simultáneamente autos, camiones, tractores y tanques asumían todas sus funciones. Ya en 1938, más de tres millones de vehículos estaban registrados, en Alemania, entretanto había sobre sesenta millones de caballos. La última unidad de caballería fue disuelta en los años de 1950 en el Ejército Rojo, en donde se había conservado como un fósil histórico. Quien viene hoy a Viena, visita los pocos coches de alquiler en sus puestos como extravagantes obras expuestas en el museo. Si frente a la propia puerta de la casa pasa un coche con un traqueteo de cascos, uno se acerca a la ventana y sacude la cabeza. 

 

 

  

Y, en general: Dondequiera que se ve un caballo que sigue haciendo lo que hizo durante miles de años para servir al hombre, espontáneamente se piensa: ¡Qué encantador! E inmediatamente después: ¿Cómo fue posible? ¿Cómo pudimos fundar el funcionamiento y el mantenimiento de nuestra sociedad en las fuerzas comparativamente modestas de tal ser vivo sensible y arisco? 

 

Caballos, estos seres hermosos y pacientes, sin los cuales nuestra civilización no habría podido alzarse, hoy han encontrado su último refugio en el mundo occidental como aparato viviente de pasatiempo y deporte. Son bien cuidados y bien tratados. A menudo, incluso, amados, en especial por muchachas y mujeres jóvenes, es decir, precisamente por quienes habían estado mayoritariamente excluidas del antiguo mundo del caballo como mundo de hombres. Es como si estuviéramos intentando enmendar en unos pocos ejemplares de la especie caballo lo que les hemos hecho a millones de congéneres, cuando los hemos ocupado, agotado, maltratado, golpeado y, en innumerables guerras con caballos, incluso aniquilado, los hemos matado de hambre y despedazado. Sin embargo, como siempre también: En este país el caballo es historia. 

 

Y ahora, algo de cien años después de que el peligro mecánico comprobara su habilidad de “vencer” al caballo tanto en lo cotidiano como en la guerra, hablamos de esto otra vez: si un invento moderno podrá reemplazar y sustituir a un antiguo acompañante del ser humano. Se trata del libro electrónico. ¿Se liberará el texto de las riendas del papel? ¿La lectura se parecerá al manejo de una terminal digital como un monitor, una tableta o un celular inteligente? 





Con frecuencia escucho en tales debates sobre el futuro un “¡No!”, pronunciado con un profundo tono de convicción. Seguramente, así se dice, el libro electrónico tiene tal o cual ventaja, sin embargo, nunca podría sustituir al libro impreso. El libro sería una expresión tan prominente, quizás incluso la verdadera de nuestra cultura y civilización. El libro tiene tradición y aura, encarna distinción y dignidad. Jamás, así se dice, prescindiríamos de ello. Aunque sólo fuera porque no podríamos hacerlo. 

 

A mí también me gustaría pensar en eso. Sin embargo, entonces, siempre se me viene a la memoria lo fácil y lo rápido que pudimos prescindir del caballo. La tecnificación y la movilización de nuestra vida eran procesos incontenibles en los siglos XIX y XX, hoy lo son la digitalización y la computarización, cuyo hijo, relativamente tardío, es el libro electrónico. En muchas áreas de nuestra comunicación cotidiana la lectura de textos en monitores estacionarios o movibles, sin utilizar papel impreso, es ya la regla. ¿Quién escribe cartas todavía, cuando los correos electrónicos, apenas redactados, ya están junto a su destinatario, quien los lee rápidamente desde la pantalla? La comunicación empresarial, el intercambio de datos en la ciencia, todo esto es apenas concebible sin las vías digitales de transmisión. 

 

Como era de esperar, el mundo de la literatura es el que se opone con más fuerza a su digitalización definitiva. Aquí viven, así quizás podría decirse, los últimos caballeros del Mundo del Texto. Sin embargo, hay razones importantes para eso, de por qué aquí también podría finalizar la Época de Gutenberg. Después de todo, el auto y el tractor, por no hablar del tanque, no habrían sustituido al caballo ni mucho menos, sino por su fuerza, su resistencia y su cierta frugalidad. También hay buenos argumentos para el libro electrónico. 

 

No obstante, quisiera dejar eso a otros, la descripción de las ventajas de la lectura digital o las ventajas ecológicas de la publicación sin papel. Estoy demasiado apegado a los libros para eso. Desde que puedo leer, los libros me han abierto el mundo, no los datos. Los libros fueron mis acompañantes, mis compañeros de departamento, mis ayudantes, mis amigos y lo son hasta hoy. Lograr escribir libros por mí mismo, fue y sigue siendo el cumplimiento de mi sueño más atrevido. 

 

Por eso quisiera, sin pretensiones de exhaustividad, detallar una vez en este libro, lo que perderé, en caso de que el libro deba dejarme alguna vez. Con ello no deseo extraer argumentos “pro libro” hasta ahora desconocidos. Más bien me dedicaré a todas las cosas maravillosas que yo y todo los que vivimos en la cultura del libro, damos por sentado. Todo aquello que resulta tan familiar que sólo lo reconoces plenamente cuando lo echas de menos. 

 

 

 

 

 Nota

* En el original: “Ein Ritter war ein Reiter, ebenso ein Chevalier. Literalmente es "Un caballero era un jinete, asüi como un caballero." Debido a que en español "Ritter" y "Chevalier" se confunde, he preferido una versión menos literal. (Nota del Traductor.)



El presente texto es una traducción del primer capítulo de Das Buch (El libro) del autor alemán Burkhard Spinnen (1956). Le damos las gracias a él y a la Editorial Schöffling & Co. por permitirnos traducir parte de este libro que todavía no circula en español.

 

 


Créditos de las imágenes

(cc) Wikipedia, excepto por la portada de los libros Das Buch (c) Schöffling & Co. y Der letzte Jahrhundert des Pferdes, (c) Editorial C. H. Beck. 


lunes, 5 de mayo de 2025

 El Anticristo es un juego de niños

Sobre El día de la bestia (Álex de la Iglesia)

Pamela Uribe Valdés



Hace unos días nos sentamos a ver en familia El día de la bestia, de Álex de la Iglesia. Una película hilarante que sigue a un cura que, tras descifrar un mensaje oculto en el Apocalipsis, decide consagrarse al mal para acercarse al Anticristo y eliminarlo. Se constituye así una triada de personajes insólitos: un rockero satánico de gran nobleza, un vidente charlatán y él mismo, un sacerdote que ha hecho un pacto con el Demonio. Esta extraña trinidad profana, espejo invertido de la triada divina -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, se lanza a una cruzada alucinante para salvar al mundo del nacimiento del Anticristo, siguiendo señales confusas y padeciendo toda clase de golpes, abusos y desventuras.



A mi hijo le decepcionó el final: después de todo lo que pasaron, los sacrificios, las palizas, las muertes… ¿para qué? Nada cambió, no hubo gloria, ni revelación, ni recompensa. Pero acaso, ¿no es así de absurda la vida? Le respondí. Hay que vivir pensando que la mayoría de las cosas que nos pasan y que hacemos no tienen mucho sentido ni tampoco un final glorioso.

Y entonces, en medio de la conversación nos surgió otra: ¿quiénes son realmente los malos y los buenos en esta historia? Porque el grupo que supuestamente salva el mundo está compuesto por pecadores, marginados, tipos rotos: un metalero que parece feroz, pero tiene una ternura y lealtad inquebrantable; un farsante que no cree ni en los poderes que predica; y un cura que intenta romper todas las reglas de su fe para hacer el bien a través del mal. En cambio, los verdaderos villanos se esconden tras discursos de pureza: los que quieren “limpiar” Madrid de la suciedad y la pobreza, los que proclaman orden y moralidad… son ellos quienes asesinan al supuesto Anticristo, creyendo actuar en nombre del bien. Pero el cura, en su visión final, los ve transfigurados: ellos son la verdadera maldad. El mal disfrazado de virtud.



Si miramos lo que ocurre en la actualidad, es difícil no pensar que los verdaderos villanos de El día de la bestia —los que querían "limpiar Madrid" con violencia— tienen hoy un eco fuerte en muchos líderes políticos internacionales. Han ganado terreno en sus propios países con discursos similares, aunque más elaborados, envueltos en patriotismo, crecimiento económico, fe o seguridad nacional. Pero el núcleo es el mismo: "limpiar", expulsar, aniquilar lo diferente, lo pobre, lo ajeno.

Hoy ya no se trata solo de un vagabundo quemado en la calle. Se trata de migrantes convertidos en amenaza, de minorías racializadas que son criminalizadas, de adversarios políticos demonizados. Todos ellos deben ser "eliminados", simbólica o literalmente, para que el país vuelva a ser grande. ¿Grande cómo? Económicamente, territorialmente, culturalmente… como si ese pasado idealizado por el discurso que ellos mismos han construido no fuera una representación de sus propuestas radicales.

Estos líderes se presentan como víctimas incluso cuando cometen crímenes horrendos. Bombardean, encarcelan, suprimen, deportan y al menor cuestionamiento se atrincheran: dicen estar haciendo justicia por los suyos. Se apropian del dolor colectivo y lo manipulan. Y cuando alguien los critica, levantan escudos discursivos para acallar la disidencia: etiquetas sacadas de contexto, como "antipatriota", "antidemócrata", incluso "antisemita", cuando ni siquiera se está hablando de religión.

Sin ser una persona religiosa, me temo que aquel demonio bíblico superó la iconografía medieval; ya no necesita cuernos ni rituales satánicos. Viste traje, habla con convicción, aparece en cadena nacional, y tiene millones de seguidores que lo aplauden convencidos de que la “limpieza” es necesaria.

Ahora, a nivel nacional, en Chile, se avecinan nuevas elecciones. Y aunque el discurso de “limpiar” suene levemente más suave que en otras latitudes, la disconformidad se hace latente, sobre todo en una clase política que, en mi opinión, está compuesta casi enteramente por la burguesía dominante: alta o baja, capitalina o regional, pero burguesía al fin. Muchos de ellos parecen convencidos de que es necesario "limpiar Chile": de migrantes, de delincuentes, de desempleo, de todo lo que no encaje en su idea de orden.

Pero, ¿quién define qué debe ser limpiado? ¿Y a qué costo? ¿Qué discursos se activan cuando se vuelve aceptable ver al otro - al pobre, al extranjero, al distinto - como una amenaza a erradicar?

En este momento no puedo sino volver al final de El día de la bestia. No necesitamos un Anticristo sobrenatural que exhiba sus cuernos y cola en nuestra sociedad. La verdadera esencia de la maldad está entre nosotros: viste trajes caros, ofrece promesas exacerbadas, agita temores con elocuencia. Al lado de ellos, el Anticristo es casi un juego de niños. Al menos él tenía un destino inevitable. Ellos, en cambio, eligen ser lo que son. Y lo más inquietante: son producto y consecuencia de nuestras propias decisiones.



Créditos de las imágenes:

Figura 1: Wikipedia contributors. (s.f.). Portada de El día de la bestia [Imagen 1]. (cc) Wikipedia.
Figura 2: de la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Fotograma]. Sogetel / Canal+.
Figura 3: de la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Fotograma]. Sogetel / Canal+.
Figura 4: de la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Fotograma]. Sogetel / Canal+.Sogetel / Canal+.