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viernes, 11 de septiembre de 2020

René Olivares Jara
 
 

 
 
 
¿Habrá que cantar cada año
las palabras del once?
¿Repetir nuevamente
el horror
el martes perdido en la memoria
y reencontrado por las calles?
 
El diente perdido de mi padre
El abrazo de mi abuelo al encontrar
al hijo arisco salvado del olvido
El miedo de mi madre
de recoger papeles en la calle
de hablar sobre nosotros con extraños
con los amigos
con la familia
 
No hables con nadie de política
No hables de tu padre
No hables
 
No desaparecimos pero
callamos
estuvimos
permanecimos
 
Y aprendí que el afuera es peligroso
aprendí que hay mucha noche en el corazón de las personas
que entre nosotros viven asesinos
que los cuchillos creen tener honor
que las manos acarician
o queman con cigarros
que hay hermanos y hermanos
que la normalidad es frágil
y que el horror siempre está presente
pero que a veces se desata
 
Yo no estuve
pero estuve.
No vi los tanques
pero sentí la bota
No perdí mi diente de una patada
ni dormí en una cama enchufable
pero callamos mucho tiempo
y el once no es un número en el calendario
es la cicatriz en el corazón
la esquina en que dobló la vida.
 
¿Habrá que cantar cada año
las palabras del once?
¿Repetir tal vez
esperanza       horror      memoria?
Habrá que cantar cada año
mientras el once viva
todavía entre nosotros.
 
(11-09-2020)
 
 
 
 
 
Crédito de las fotos: (c) René Olivares Jara
 

lunes, 27 de julio de 2020

Fragmentos de un golpe - El dictador

Pamela Uribe Valdés




Esa cálida tarde de noviembre Mr M estaba solo, no por casualidad, sino por propia e irrevocable opción. Pidió expresamente a sus asesores que fueran a planificar lo que vendría más adelante. Quería enfrentar a sus verdugos –esos mismos que hasta ayer fueron sus aliados con la cabeza en alto como en sus mejores días de la guerrilla. Añoró tener un arma y haberse ido disparando y muriendo como un mártir, pero no lo hizo. Ya era viejo y tenía mucho que perder. Probablemente ni se acordaría cómo cargar o disparar un arma, aunque pensó que las viejas mañas del oficio jamás se olvidan.

Esa tarde los árboles expedían el olor de la naturaleza salvaje contenida por toneladas de concreto. Una naturaleza que le hizo recordar una vaga y luminosa sonrisa resplandeciendo desde el fondo de la oficina. Le hubiese gustado escuchar esa voz ofreciéndole un café o recordándole las citas del día siguiente. Una voz que se había esfumado hace mucho. Era parte de una metamorfosis real que él mismo presenció y de la que probablemente era el primer responsable. Aunque tal vez, pensó por un momento, él habría sido la víctima del engaño. Se sintió inseguro y comenzó a preguntarse si sería así desde el comienzo.

Ni todas sus lecturas tras años de estudio, ni sus experiencias en la guerra, ni sus viajes por el mundo le ayudaron a reconocer la verdad y cayó inocente como un animal salvaje en las trampas de un cazador. Ni las peores experiencias en la guerrilla le ayudaron a dilucidar el engaño desde el comienzo y la realidad explotó en su cara tras más de cuarenta años, como cuando su joven amigo Vatawa, quien lo perseguía cada noche en un bucle interminable, se paró inocente sobre una mina que lo destruyó y lo dejó diseminado en pequeños trozos de carne ahumada por los campos de la alguna vez llamada Rodesia.


¿Cómo reconstruir esta historia? Recordar todo es imposible, pensó. Serían los años los que afectaban de manera implacable los recuerdos añejos o tal vez sería el dinero. Tanto dinero. Cuanto más tienes más fácil es cambiar la realidad a tu antojo, pensó. El dinero se convirtió en mi droga y me confieso un adicto, se repitió a sí mismo mientras esperaba la irrupción de la cuadrilla sublevada del ejército.

Cabizbajo, viejo, somnoliento, apoltronado en su magnífico escritorio recordó a su ex mujer;  una morena fuerte de carácter soberbio, pero incapaz de reconocer sus infidelidades. A tu marido no debes humillarlo, decía la difunta. A tu marido no debes enrostrarle nada, decía la mujer quien vivió como una reina silenciosa hasta el fin de sus días. Es paradójico pensar que una mujer tan fuerte, una verdadera mamba jamás lo enfrentara. Jamás llegó la pregunta: ¿te estás cogiendo a tu secretaria? Lady Z no actuaba de esa manera. No era digno de una persona como ella. Jamás hubiese provocado ese tipo de enfrentamientos. Ella prefería un gobierno silencioso, aunque no menos tiránico, a la sombra de su marido.

Ella no necesitaba gritarle su rencor por el engaño y no era porque creyera en la poligamia; para nada. Lady Z se llevó a la tumba el odio en el pecho y él debería vivir con sus miradas de rencor por el resto de sus días. Todavía recordaba su débil cuerpo descansando antes de morir. Allí estaba ella, con su cabello enrollado en un turbante blanco, como un ángel vencido, pálida sobre unos cojines con sus brazos extendidos. Cuando el doctor se acercó para decirle que Lady Z pronto partiría, él se acercó al lecho y estrechó su mano contra su pecho con los ojos húmedos. Los ojos de Lady Z lo miraron con grandeza, para luego girar la vista hacia una pared. Así pasó la tarde hasta que murió; mirando un blanco muro. Prefirió ver la pared que mirar sus ojos antes de morir.

Nunca confíes en la serenidad de una mujer por más silenciosa que parezca; puede contener en su pecho el veneno del mundo, se dijo a sí mismo mientras seguía esperando.

Lady Z había partido hace mucho, probablemente estaría desde el cielo mirando y, tal vez, disfrutando ver su caída. Su actual esposa ya había abandonado el país junto al menor de sus hijos. Según los asesores debía partir por protocolos de seguridad. Lady Gucci se iría a una de sus mansiones en uno de los países vecinos, allí lo esperaría junto a sus otros dos hijos, ambos felizmente solteros. Ese par de muchachotes hermosos; dos dioses de ébano que disfrutaban ostentar su mundo con innumerables listas de amigos desconocidos.

Mr M cerró levemente sus ojos. El calor apenas perceptible desde el exterior lo hizo dormitar. Su mente descontrolada entrelazó múltiples historias de amor, de odio, de muerte y tortura. Sobre ese caos de recuerdos inconexos levitaba como una hoja la nítida figura de Salomón Vatawa. Estaba tal y como lo vio por última vez; alto y delgado. Su camiseta sudorosa traslucía el desgaste de los años y su rostro esbozaba una sonrisa tan grande como el mundo. Vatawa lo miraba sonriente sobre su nube de caos, mientras a sus pies se repetía una y otra vez la imagen de su cuerpo mutilado. La explosión que lo alejaba de este mundo y lo convertía en una lluvia de carne ahumada que salpicaba el rostro de Mr M. Un recuerdo mucho más antiguo que la sonrisa de Lady Gucci, o las fotografías de sus hijos, el desprecio de Lady Z, incluso mucho antes de la ceremonia de investidura.

Vatawa había sido un buen amigo, se dijo Mr M; muy honesto y servicial. Lo recordaba como un muchachito bastante menor, pero con la estatura suficiente como para portar un AK47 o una RPD. En esa época Salomón era considerado un hombre y un soldado útil al ejército. El muchacho que no superaba los catorce años se vanagloriaba de haber matado a tres Selous Scouts británicos mientras éstos intentaban localizar a las guerrillas para luego abrir fuego desde el aire. Pese a la vehemencia con que el muchacho relataba su historia Mr M, en el fondo, tenía la certeza de que gran parte de ese relato había salido de la imaginación de un niño a quien el mundo le exigía comportarse como adulto.



Lo cierto es que las fantasías infantiles de Vatawa lo conmovieron. Probablemente porque veía su espíritu adolescente reflejado en el joven shona que quería pasar a la historia como libertador de su país.

Solamente la inconsciencia de una muerte rápida consolaba el corazón de Mr M cada vez que lo recordaba o lo veía en alguno de sus sueños. Una muerte por explosión sería probablemente mucho mejor que su propia muerte. ¿Qué pensaría ahora el muchacho? ¿Qué diría al verlo sentado en el sillón presidencial tras más de treinta años en el poder? ¿Tal vez sería uno de sus ministros? ¿O tal vez lo combatiría porque se había transformado en el dictador que tanto intentaron combatir? El muchacho sabía y apoyaba sus aspiraciones, pero más que nada soñaba con la libertad de su gente, con luchar por la Unión Nacional Africana para instaurar una república libre.


¿Por qué nos hemos tardado tanto?; le preguntó el muchacho en su última noche de vigilia. Tal vez porque no estábamos preparados, respondió Mr M en esa ocasión. Una respuesta que ninguno de los dos creía, en realidad, nunca o casi nunca se está completamente preparado para algo, eso pensaron, mientras los ecos de las palabras eran tragados por la inmensidad de la sabana.

El día siguiente fue como cualquier otro: pasar revista, asignación de funciones y encargados y comenzar con la primera ronda que, en general, siempre era sin novedad. Lo verdaderamente extraño de ese ataque fue que nadie supo realmente qué fue lo que ocurrió. Nadie siquiera escuchó las hélices del Alouette. En realidad nadie sabe si hubo un helicóptero rondando o si el ejército rodesiano fue el responsable. Tal vez fue un ataque sorpresa del ZAPU que, comandado por Nkikomo, planificó una emboscada para eliminar a sus tropas. Era sabida por todos la rivalidad entre éste y Mr M, no sólo por sus aspiraciones políticas, sino por disputas ancestrales procedentes de sus respectivas etnias: Shona y Ndebele. Ambas aliadas en esta oportunidad contra un enemigo común; la hegemonía blanca de los invasores, pero contrarias ancestralmente por disputas centenarias.

Después de los sucesivos enfrentamientos financiados y apoyados, como en casi toda la época por los dos grandes bloques del hemisferio contrastante, la lucha finalizó con el bando de Mr M al mando. Mientras el pueblo de Nkikomo terminó siendo masacrado por los nuevos líderes. Es así como se inició el nuevo gobierno con Mr M a la cabeza, electo y reelecto una y otra vez hasta hoy. Porque hoy era un día importante, por eso Vatawa se aparecía en sus sueños. Vatawa venía por él y no Lady Z. Ella aún le guardaba rencor. Vatawa venía a su encuentro como un hermano o un hijo para acompañarlo en su último viaje como un Vadzimu1.



El reloj seguía su monótona marcha y el personal del ejército sublevado aún no aparecía. Mr M pensó que con esa velocidad de seguro hubiesen perdido su guerra. No se suponía que ahora las tropas estaban compuestas por profesionales. Más parecían un grupo de perezosos sin espíritu sólo interesados en cobrar la paga a fin de mes. Nosotros teníamos espíritu, nosotros fuimos héroes e hicimos historia, se decía mientras dormitaba.

Ahora podría huir sin problemas, pensaba, ya estaría en Sudáfrica si hubiese querido. Estaba tan sumido en sus cavilaciones que no escuchó los golpes a la puerta. Sólo reaccionó ante la patada final que rompió la cerradura.

- Llegan tarde les dijo–, ya estaba a punto de echarme una siesta.

 

Notas

1 Espíritu de un antepasado que espera junto al fallecido hasta que su familia celebre su “Bienvenida de regreso”.

 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La Ciudad (Poema 48), Gonzalo Millán





Gonzalo Millán (1947-2006) fue un poeta chileno que como tantos otros de su generación vivió el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Durante su exilio en Canadá publicó la primera versión de La Ciudad, libro que describe la opresiva vida diaria del país durante la Dictadura Militar. Publicamos hoy este poema como un breve homenaje a los muertos, torturados y desaparecidos durante esta época, así como para los ciudadanos comunes que tuvieron que sobrevivirla.

jueves, 11 de septiembre de 2008

4 TRES CIENTOS SESENTA Y CINCOS Y UN 366 DE ONCES

dada la continuidad de la ausencia de tibieza
considerando la permanencia de las carencias y
las ansiedades que se perpetran cotidianamente
y el frío sobre todo en especial o solo
o el frío completo en salchicha con mayonesa viscosa
seminal y esteril
la sábana sucua que cubre monstruosos ayuntamientos
la escasez de radiación solar
(lo poco que alcanza a llegar a través del monóxido de
carbono, el humo de chimeneas pastizales que se queman en febrero cigarrillos
chimeneas tubos de escaoe tubos chimeneas humo)
de la que tiene que atravesar además esa sucia sábana
que cubre apenas -como mera sábana polucionada-
esas teratológicas cóulas, esos coitos de ahítos
esas violaciones y estupros
y las ondas
de radio en amplitud o frecuencia modulada
las largas y las cortas ondas
de radio televisión o télex
las ondas que emiten las antenas emisoras
y las receptoras, que también reciben
esas ondas que la luz solar debe atravesas
lo inconcebiblemente banal y eficazmente hipnógeno
de lo que se radiodifunde y televe
lo opaco de los critales
"color humo por dentro
espejo color bronce hacia el exterior"
los cristales que dispersan los que refractan
los que cromatizan la luz lo exiguo de la tasa de luz que alcanza
a corresponder per cápita, por cabeza
lo gachas que se encuentra estas últimas
(lo desigual de la tasa de luz de cabeza a cabeza)
lo sucio de la sábana que lo cubre todo
o casi todo
o hartas cosas
(la sucia sábana no se cubre a sí misma)
considerando también los olores a añejo, a podrido a quemado o
infectado
parece que como que hubiera que hacer alguna cosa.
Aunque cabe la posibilidad de que sea mejor
no hacer nada
nada hacia la izquierda
nada
hacia
la
derecha
nada hacia adelante tampoco, más aún,
especialmente, nada hacia adelante -estpa la incercia
nada hacia atrpas, no se puede,
trate usted de nadar hacia atrás, no se puede la historia
no retrocede
-esta la historia
-están las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historia
-está la sangre en las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historiacoagulada ya, reseca, más bien como yesca
yesca de sangre sobre las bayonetas de la hisoria bajo las banderas de la
historia -de lo que queda atrás
(no fumar, peligro grave de incendios, demasiada yesca
-sangre seca- atrás)
Nada tampoco ni hacia arriba ni hacia abajo ni hacia adentro ni hacia afuera
nada hacer, no hacer nada
-cruzarse de brazos- sentarse en posición del loto -tirarse boca arriba y
-mirar el cielo
(nada hacia rriba; no pensar en escalar el cielo)
-tirarse boca abajo, la mejilla pegada al suelo
o hundida en el barro
(no pensar en hundirse; no evitar hundirse)
al menos cabe la posibilidad de que eso fuese: alejarse de la acción
con las manos en los bolsillos
o con las manos tomadas a la espaldao con las manos enlazadas en la nuca
o levantadas mirando el suelo
a patadas con las piedras
aplastando descuidadamente
eventuales caracoles cuncunas, lombrices o cucarachas distraídos-as?
-jamás tomarán venganza-
alejarse de la acción: irse despacio a ninguna parte
pues no hay dónde irse
pero hay que irse
-tal vez, digo yo, como que habría que irse -a ninguna parte
-tal vez haya donde esconderse, no sé
en todo caso sería preciso
no salir a la calle:
los sujetos que en París rayaron las murallas de mayo
graficaron las palabras francesas que traducidas al idioma español dicen:
la/ acción/ está/ en/ la/ calle
y si hay que alejarse de la acción
sería inconsecuente tomar una micro
tomar el metro, una liebre, un bus urbano o interurbano,
tomar
bebidas alcohólicas o de cola o cafecitos


habría que morirse de hambre, pienso
secarse en una esquina poco frecuentada o en un sótano oscuro, digo yo
porque las torres Santa María podrán ser los edificios más altos de Chile
pero haga usted la prueba de subir
-tendrá que ir bien vestido-
tomar uno de esos ascensores que adivinan el pensamiento o poco menos
y que son tan veloces como altas son esas torres
y llegue lo más arriba que pueda, hasta la terraza, si es posible
actúe hacia arriba para después tirarse y no hacer nada
abastecido de libertad por lo libre de la caída
que te hace abrir los brazos y planear, acercándose a u reflejo
que se acerca hacia arriba desde los espejos de agua
con tu imagen multiplicada por los vidrios que por fuera son espejos
que reflejan tu imagen cayendo de modo que tú no alcanzas a ver adentro
pero que no les impide verte desde dentro pasar volando en caída libre
-y creerían que pasó in ángel y habrá un momento de silencio...-


No podrás: alguien sujetará a usted el brazo justo a tiempo
alguien o algo, algún robot, por ejemplo
y alguien -o algo- llamará a una ambulancia
a través de un citófono a un teléfono que llamará a una central que pasará
el mensaje a otro teléfono etcétera
todo a velocidad escasamente menor que la de la luz o la de tu cuerpo
en la frustrada caída
probablemente el radio del radiopatrullas no será necesario
habrá una sirena o tal vez no, habrá en todo caso un silencio eléctrico
de terapia de choque tac/
un vacío
y un hueco para ti en una terapia
de grupo
de un grupo cualquiera
y sean cuales fueren los cuentos que te cuenten, desgraciado
la cuenta que te pasen
saldrás del hospital clínica o centro médico
tarareando gracias a la vida
motivado por los avisos y consejos de la publicidad que nos ayuda a vivir mejor
desde la radio o el televisor
que tanto habrán contribuido a tu curación
rumbo al local más cercano
en que se pueda jugarle una cartilla a la
Polla Gol a cambio de un templo donde sacrificar un
gallo a Esculapio que ya no se usan esas cosas, pues hombre
para despues entretenerse un rato mascando
chicle de un sabor predilecto
en la máquina de pinbol o pingpong electrónico


O sea que en resumen habría que morirse sin alharaca
sin pánico cundiendo ni cúnico pandiendo ni púnico candi endo
suave, callado el loro
morirse
o quedarse en la vereda como un pedazo más grande que el promedio
de basura
saboreando algo asi como un candi masticable o un goyak
y hasta incluso un caramelo bueno, de Serrano, o fino,
de Ambrosoli,
pero muriéndose,
muriéndose sin alharaca,
muriéndose.



Este extenso texto pertenece al poeta chileno Rodrigo Lira, quien se suicidó el año 1981 en el día de su cumpleaños número 32. Este poema, que ganó el concurso de la desaperecida revista cultural La Bicicleta, refleja los años de la Dictadura Militar chilena situado a finales de los setenta. De ahí el título exótico que hace alusión a la cantidad de "onces" que habían transcurrido hasta el momento de su escritura y también el lenguaje sibilino que refleja al mismo tiempo el intento de evadir la censura y la desesperación del momento en donde se ve incluso a la muerte como único destino.