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lunes, 8 de abril de 2024

El descanso en la escalera N° 4


 

 

Ha aparecido el tercer número de nuestra revista. La costumbre es sacar un numero compilatorio anualmente de los textos que publicamos en el blog. Sin embargo, esta vez nos demoramos, debido a la pandemia de coronavirus y todo lo relacionado con la vida personal de los que llevamos esta revista adelante. Pese a ello, esta demora ha traído un lado de positivo, ya que este número incluye muchos más textos que los anteriores y eso siempre será bueno para aquellos que nos gusta leer.

La revista es de distribución gratuita y así se quedará. Pueden bajarla en este enlace: El descanso en la escalera N° 4

 

lunes, 12 de febrero de 2024

Los tres idiomas

Jacob y Wilhelm Grimm
recopiladores
  

Vivía en Suiza una vez un viejo conde que tenía sólo un único hijo, pero él era tonto y no podía aprender nada. Entonces el padre le dijo: “escucha, hijo mío, nada pongo en tu cabeza y me gustaría empezar a hacerlo como quiero. Debes irte de aquí. Quiero ponerte en manos de un maestro famoso que lo intente contigo.” El joven fue enviado a una ciudad extranjera y permaneció junto al maestro un año entero. Pasado ese tiempo volvió a casa y el padre le preguntó: “ahora, hijo mío, ¿qué has aprendido?”. “Padre, he aprendido lo que ladran los perros”, contestó. “¡Que Dios tenga misericordia” –exclamó el padre– ¿eso es todo lo que has aprendido? Te enviaré a otra ciudad con otro maestro.” El joven fue llevado allí y permaneció junto a ese maestro también un año. Cuando regresó, preguntó nuevamente el padre: “hijo mío, ¿qué has aprendido?” Él respondió: “Padre, he aprendido lo que hablan los pajaritos.” Entonces el padre se enfureció y dijo: “Oh, tú persona extraviada, has perdido tiempo precioso y no has aprendido nada, ¿y no te avergüenzas de asomarte ante mis ojos? Quiero enviarte a un tercer maestro, pero si no aprendes nada tampoco esta vez, entonces no seré más tu padre.” El hijo permaneció junto al tercer maestro igualmente un año entero, y cuando volvió a casa y el padre le preguntó “hijo mío, ¿qué has aprendido?”, respondió así: “querido padre, este año he aprendido lo que croan las ranas.” Entonces el padre se enfureció muchísimo. Se levantó de repente, llamó a su gente y dijo: “este hombre no es más mi hijo, yo lo expulso y les exijo que lo acompañen afuera al bosque y que tomen su vida.” Ellos lo acompañaron afuera, pero cuando debían matarlo, no pudieron por compasión y lo dejaron ir. Cortaron los ojos y la lengua de un ciervo con los que pudieron dar veracidad al anciano.

 


 

El joven se marchó lejos y después de un tiempo llegó a un castillo, en donde pidió albergue nocturno. “Sí, –dijo el Señor del Castillo–, si tú quieres pasar la noche allá abajo en la vieja torre, entonces ve, pero te advierto que es mortalmente peligroso, pues está llena de perros salvajes que ladran y aúllan sin cesar, y a ciertas horas les debe ser entregado un ser humano, al que devoran en seguida.” Todo el lugar estaba cubierto de pesar y sufrimiento, y sin embargo nadie podía ayudar.

 

Pero el joven no tenía miedo y dijo: “sólo déjenme con los perros ladradores y denme algo que yo pueda lanzarles para comer. No debieran hacerme nada.” Porque ahora él mismo no quería otra cosa, entonces le dieron algo de comida para los animales salvajes y lo llevaron a la torre. Cuando entró, los perros no le ladraron, dieron vueltas a su alrededor con las colas totalmente amigables, comieron lo que él les puso y no le tocaron ni un pelo. A la mañana siguiente, para asombro de todos, él salió nuevamente a la luz sano y salvo, y le dijo al Señor del Castillo: “los perros me han revelado en su idioma por qué viven ahí en malas condiciones y traen daños al país. Ellos están encantados y deben cuidar un gran tesoro que yace bajo la torre y no obtendrán descanso hasta que sea levantado y cómo esto debe suceder lo he oído también en su conversación.” Entonces se alegraron todos los que escucharon esto y el Señor del Castillo dijo que quería que él ocupara el lugar de su hijo si felizmente lo conseguía. Bajó nuevamente y, porque sabía lo que tenía que hacer, entonces lo llevó a cabo y trajo hasta arriba un cofre lleno de oro. Los aullidos de los perros salvajes desde ahora no se escucharon más. Desaparecieron y el país fue liberado de la plaga.

 

Con el tiempo se le ocurrió que quería ir a Roma. En el camino pasó por un pantano en el que ranas estaban sentadas y croaban. Se detuvo y cuando oyó lo que hablaban se puso completamente pensativo y triste. Finalmente llegó a Roma. Ahí había muerto recién el Papa y entre los cardenales había una gran duda respecto a quién debían designar como sucesor. Al final acordaron elegir Papa a aquel que revelara una señal milagrosa divina. Y cuando esto se decidió, en el mismo instante que el joven conde entró en la iglesia, volaron de pronto a sus hombros dos palomas blancas como la nieve y permanecieron ahí sentadas. El clero reconoció en esto la señal de Dios y le preguntaron ahí mismo si quería ser Papa. Él estaba indeciso y no sabía si era digno de ello, pero las palomas lo persuadieron para que lo quisiera y dijo finalmente: “Sí”. Entonces fue ungido y consagrado y con ello se cumplió lo que él escuchó de las ranas en el camino y lo que le había puesto tan tan consternado, que él sería el Santo Padre. Luego tuvo que cantar una misa y de eso no sabía ni una palabra, pero las dos palomas se sentaron siempre en sus hombros y le decían todo al oído.

 

 


 

Créditos

"Los tres idiomas" ("Die drei Sprachen") es uno de los cuentos de hadas recopilados por los Hermanos Grimm y aparecidos por primera vez en 1812 con el nombre de Die Kinder- und Hausmärchen (Cuentos de hadas infantiles y caseros), aunque hicieron varias versiones hasta 1858. La versión en español de "El tiempo de vida" que publicamos aquí es una traducción hecha por René Olivares Jara y se basa en el texto aparecido en Grimms Märchen (2015), libro que se basa en las versiones de 1812 y 1815.

La ilustración es una versión coloreadas en acuarela del original monocromo de Otto Ubbelohde.

 

lunes, 8 de enero de 2024

El tiempo de vida

 

Jacob y Wilhelm Grimm
recopiladores

 


 

Cuando Dios hubo creado el mundo y quiso decidir el tiempo de vida de todas las criaturas, vino el burro y preguntó: «Señor, ¿cuánto tiempo debo vivir?» «Treinta años –respondió Dios–, ¿te parece bien?» «¡Ay, Señor! –contestó el burro– Es mucho tiempo. Considera mi ardua existencia: llevar cargas pesadas desde la mañana hasta la noche, remolcar sacos de granos al molino para que otros coman el pan, ser animado y reavivado con nada más que golpes y patadas. ¡Concédeme una parte de este largo tiempo!» Entonces Dios se compadeció y le regaló dieciocho años. El burro se fue consolado y apareció el perro. «¿Cuánto tiempo quieres vivir? –le dijo Dios–. Para el burro treinta años es demasiado, pero tú estarás satisfecho con eso.» «Señor ­–respondió el perro–, ¿es esa tu voluntad? Considera en lo que tengo que andar y que mis pies no soportan tanto tiempo. Y una vez que haya perdido mi voz para ladrar y los dientes para morder, ¿lo que me queda es correr de un rincón a otro y gruñir?» Dios vio que él tenía razón y le concedió doce años. De ahí vino el mono. «Probablemente quieras vivir treinta años?», le dijo el Señor. «Tú no necesitas trabajar como el burro y el perro y siempre estás de buen humor.» «Ay, Señor –respondió–. Así se ve, pero no es así. Cuando llueve papilla de mijo, yo no tengo cuchara. Siempre debo cometer travesuras divertidas, hacer muecas para hacer reír a la gente y cuando me pasan una manzana y la muerdo, entonces está ácida. ¡Cuán a menudo está la tristeza detrás de la diversión! Yo no soporto eso treinta años.» Dios fue misericordioso y le concedió diez años.

 

Finalmente apareció el ser humano. Estaba contento, sano y fresco y Dios le pidió que decidiera su tiempo. «Vivirás treinta años –dijo el Señor–, ¿es suficiente para ti?» «¡Qué poco tiempo!», gritó el ser humano. «Cuando haya construido mi casa y arda el fuego en mi propia cocina; cuando haya plantado árboles que florezcan y den frutos y piense en ser feliz en mi vida, ¡debo morir! ¡Oh, Señor! ¡Alarga mi tiempo!» «Te añadiré los dieciocho años del burro», dijo Dios. «Eso no es suficiente», replicó el ser humano. «Tendrás también los doce años del perro.» «Sigue siendo demasiado poco.» «¡Vaya! –dijo Dios– Te daré también los diez años del mono, pero no obtendrás más.» El ser humano se marchó, pero no estaba satisfecho.

 

De este modo, el ser humano vive setenta años. Los primeros treinta son sus años humanos, que pasan volando. Ahí él está sano, sereno, trabaja con ganas y se alegra de su existencia. A continuación, siguen los dieciocho años del burro, pues se le impondrá una carga después de otra: debe llevar el grano, alimenta a otros y golpes y patadas son el pago de su servicio fiel. Entonces vienen los doce años del perro, ahí está echado en los rincones, gruñe y ya no tiene dientes para morder. Y cuando este tiempo se acaba, entonces hacen el cierre los diez años del mono. Ahí el ser humano es débil de cabeza y tonto, hace cosas ridículas y los niños se burlan de él.

 


 

 

 

Créditos

"El tiempo de vida" ("Die Lebenzeit") es uno de los cuentos de hadas recopilados por los Hermanos Grimm y aparecidos por primera vez en 1812 con el nombre de Die Kinder- und Hausmärchen (Cuentos de hadas infantiles y caseros), aunque hicieron varias versiones hasta 1858. La versión en español de "El tiempo de vida" que publicamos aquí es una traducción hecha por René Olivares Jara y se basa en el texto aparecido en Grimms Märchen (2015), libro que se basa en las versiones de 1812 y 1815.

Las ilustraciones corresponden a versiones coloreadas en acuarela de los originales monocromos de Otto Ubbelohde.

 

 


lunes, 20 de noviembre de 2023

El campesino y el diablo

Jacob y Wilhelm Grimm
recopiladores

 


Había una vez un campesino astuto y pillo, de cuyas travesuras habría mucho que contar. Sin embargo, la historia más bonita es cómo atrapó al diablo una vez y lo dejó en ridículo.

Un día, cuando ya había llegado el ocaso, el campesino había labrado su terreno y se preparaba para volver a casa. Divisó, entonces, en medio de su campo, un montón de carbones ardientes y cuando lleno de asombro se dirigió hacia allá, un pequeño diablo negro estaba sentado sobre las brasas. “¿Seguramente estás sentado en un tesoro?”, dijo el campesino. “Ciertamente –respondió el diablo–, sobre un tesoro que contiene más oro y plata de lo que tú has visto toda tu vida.” “El tesoro está en mi campo y me pertenece”, dijo el campesino. “Es tuyo –respondió el diablo– si por dos años me das la mitad de lo que produzca tu campo: tengo suficiente dinero, pero deseo los frutos de esta tierra.” El campesino aceptó el trato. “No me surge ningún conflicto respecto al reparto –dijo–; de este modo, será tuyo lo que esté sobre la tierra y mío lo que esté debajo de la tierra.” Eso le agradó al diablo, pero el astuto campesino había sembrado nabos. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, apareció entonces el diablo y quiso tomar sus frutos, pero no encontró nada más que hojas amarillas y mustias, y el campesino, totalmente alegre, desenterraba sus nabos. “Has tenido la ventaja una vez –dijo el diablo–, pero la próxima eso no valdrá. Lo tuyo será lo que crezca sobre la tierra y, mío, lo que esté debajo.” “Estoy bien con eso también”, respondió el campesino. Pero cuando llegó el tiempo de la siembra, el campesino no sembró nuevamente nabos, sino trigo. El grano maduró, el campesino fue al terreno y cortó los tallos completos hasta el final. Cuando vino el diablo, no encontró nada sino los rastrojos y descendió furioso a una quebrada. “Así debe engañarse a los zorros”, dijo el campesino y fue hacia allá y se quedó con el tesoro.

 


 

Traducido por René Olivares Jara

 

 Ilustración: Otto Ubbelohde (original sin colorear).

 

 

 

 

lunes, 21 de agosto de 2023

Los mensajeros de la Muerte

Hermanos Grimm (compiladores)




Antes de los viejos tiempos, vagaba una vez un gigante por la gran carretera, de pronto un hombre desconocido saltó contra él y gritó: “¡Alto! ¡Ni un paso más!” “¿Qué? –dijo el gigante– Tú, duende que puedo aplastar entre los dedos, ¿tú quieres torcerme el camino? ¿Quién eres tú que te permites hablar con tanto descaro?” “Yo soy la Muerte –respondió el otro– nadie me resiste y tú también debes obedecer mis órdenes.” Pero el gigante se negó y comenzó a pelear con la Muerte. Fue una lucha larga y fuerte. Al final el gigante tomó la delantera y derribó a la Muerte con su puño que derrumbó junto a una piedra. El gigante siguió su camino y la Muerte yacía ahí derrotada y tenía tan pocas fuerzas que no podía volver a levantarse. “¿Qué pasaría –decía– si tuviera que permanecer tirada ahí en la esquina? No moriría nadie más en el mundo y se llenaría con tanta gente que no habría más lugar para estar de pie uno al lado del otro.” Por el camino apareció un joven, fresco y sano, cantó una canción y movió los ojos de un lado a otro. Cuando vio a la medio desmayada, se acercó compasivamente, la enderezó, le administró de su botella una fuerte bebida hasta que recuperó sus energías. “¿Sabes acaso –dijo el extraño mientras se levantaba– quién soy y a quién has ayudado a ponerse nuevamente de pie?” “No, – respondió el joven– yo no te conozco.” “Yo soy la Muerte, –dijo– no perdono a nadie y tampoco puedo hacer excepciones contigo. Pero para que veas que soy agradecida, te prometo que no te atacaré de improviso, sino que quiero enviarte primero a mis mensajeros antes de que yo venga y te lleve.” “Bien, entonces, –dijo el joven– siempre es una ganancia el que yo sepa cuándo vienes y por mientras esté al menos a salvo de ti.” Después siguió adelante, estaba divertido y de buen humor y vivió el día. Sin embargo, la juventud y la salud no duraron mucho. Pronto vivieron la enfermedad y los dolores que lo atormentaban de día y le quitaban la tranquilidad de noche. “No moriré –se dijo–, pues la Muerte recién envió a sus mensajeros: sólo quisiera que los malos días de la enfermedad pasaran.” Tan pronto como se sintió sano, comenzó nuevamente a vivir con alegría. Entonces un día, alguien le tocó el hombro: miró a su alrededor y la Muerte estaba parada detrás de él y dijo: “Sígueme, la hora de tu despedida de este mundo ha llegado.” “¿Cómo?” –respondió el humano– ¿quieres romper tu promesa? ¿No me habías prometido que antes de que vinieras tú querías enviarme a tus mensajeros? No he visto a ninguno.” “Calla –respondió la Muerte– ¿No te envié a un mensajero detrás de otro? ¿No vino la Fiebre, te golpeó, te sacudió y te sometió? ¿El Mareo no te ha aturdido la cabeza? ¿La Gota no te ha pellizcado en todos los miembros? ¿No te rugieron los oídos? ¿El Dolor de Dientes no te royó en tus mejillas? ¿No se te oscureció delante de los ojos? Sobre todo, mi hermano biológico, el Sueño, ¿no te recordaba a mí cada tarde? ¿No te acostabas en la noche como si tú ya estuvieras muerto?” El humano no supo qué responder, se entregó a su destino y se marchó con la Muerte.

 

Traducción de René Olivares Jara

 

Ilustración (versión coloreada): Otto Ubbelohde


lunes, 14 de agosto de 2023

La camisita de muerto

Hermanos Grimm (compiladores)

 

Había una mamá de un pequeño de siete años que era tan hermoso y dulce, que nadie podía mirarlo sin ser bueno con él, y ella lo amaba también sobre todas las cosas del mundo. Pues sucedió que de repente el niño se enfermó y el amado Dios se lo llevó. La madre no podía consolarse y lloraba día y noche. Pero poco después de que lo sepultaran, el chico se mostró en la noche en los lugares en donde normalmente se había sentado y jugado. La madre lloraba, así también él lloraba, y cuando vino la mañana, desapareció. Pero cuando no quiso escuchar llorar más a la madre, vino una noche con su camisita blanca de muerto con la que había sido puesto en el ataúd y con la coronita sobre la cabeza, se puso en la cama a los pies de su madre y dijo: “Ay, madre, para de llorar, si no, no puedo dormirme en mi ataúd, pues mi camisita de muerto no se seca por tus lágrimas, que caen todas sobre ella.” Entonces, la madre se asustó cuando escuchó eso y no lloró más. Y en la noche siguiente vino nuevamente el pequeñito, sostuvo una lucecita en la mano y dijo: “Ves, ahora mi camisita estará seca pronto y tengo calma en mi tumba.” Entonces la madre encomendó su pena al amado Dios y la soportó tranquila y pacientemente, y el chico no volvió, sino que durmió en su camita subterránea.

 

Traducción de René Olivares Jara




Ilustración (versión coloreada): Otto Ubbelohde