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Baldomero Lillo (1867-1923)
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Baldomero Lillo
Sentada en la mullida arena y
mientras el pequeño acallaba el hambre chupando ávido el robusto seno, Cipriana
con los ojos húmedos y brillantes por la excitación de la marcha abarcó de una
ojeada la líquida llanura del mar.
Por algunos instantes olvidó la penosa travesía de los arenales ante el mágico
panorama que se desenvolvía ante su vista. Las aguas, en las que se reflejaba
la celeste bóveda, eran de un azul profundo. La tranquilidad del aire y la
quietud de la bajamar daban al océano la apariencia de un vasto estanque
diáfano e inmóvil. Ni una ola ni una arruga sobre su terso cristal. Allá en el
fondo, en la línea del horizonte, el velamen de un barco interrumpía apenas la
soledad augusta de las calladas ondas.
Cipriana, tras un breve descanso, se
puso de pie. Aún tenía que recorrer un largo trecho para llegar al sitio adonde
se dirigía. A su derecha, un elevado promontorio que se internaba en el mar
mostraba sus escarpadas laderas desnudas de vegetación, y a su izquierda, una
dilatada playa de fina y blanca arena se extendía hasta un oscuro cordón de
cerros que se alzaba hacia el oriente. La joven, pendiente de la diestra el
cesto de mimbre y cobijando al niño que dormía bajo los pliegues de su rebozo
de lana, cuyos chillones matices escarlata y verde resaltaban intensamente en
el gris monótono de las dunas, bajó con lentitud por la arenosa falda de un
terreno firme, ligeramente humedecido, en el que los pies de la mariscadora
dejaban apenas una leve huella. Ni un ser humano se distinguía en cuanto
alcanzaba la mirada. Mientras algunas gaviotas revoloteaban en la blanca cinta
de espuma, producida por la tenue resaca, enormes alcatraces con las alas
abiertas e inmóviles resbalaban, unos tras otros, como cometas suspendidas por
un hilo invisible, sobre las dormidas aguas. Sus siluetas fantásticas
alargábanse desmesuradamente por encima de las dunas y, en seguida, doblando el
promontorio, iban a perderse en alta mar.
Después de media hora de marcha, la
mariscadora se encontró delante de gruesos bloques de piedra que le cerraban el
paso. En ese sitio la playa se estrechaba y concluía por desaparecer bajo
grandes planchones de rocas basálticas, cortadas por profundas grietas.
Cipriana salvó ágilmente el obstáculo, torció hacia la izquierda y se halló, de
improviso, en una diminuta caleta abierta entre los altos paredones de una
profunda quebrada.
La playa reaparecía allí otra vez,
pero muy corta y angosta. La arena de oro pálido se extendía como un tapiz
finísimo en derredor del sombrío semicírculo que limitaba la ensenada.
La primera diligencia de la madre
fue buscar un sitio al abrigo de los rayos del sol donde colocar la criatura,
lo que encontró bien pronto en la sombra que proyectaba un enorme peñasco cuyos
flancos, húmedos aún, conservaban la huella indeleble del zarpazo de las olas.
Elegido el punto que le pareció más
seco y distante de la orilla del agua, desprendió de los hombros el amplio
rebozo y arregló con él un blando lecho al dormido pequeñuelo, acostándolo en
aquel nido improvisado con amorosa solicitud para no despertarle.
Muy desarrollado para sus diez
meses, el niño era blanco y rollizo, con grandes ojos velados en ese instante
por sus párpados de rosa finos y transparentes.
La madre permaneció algunos minutos
como en éxtasis devorando con la mirada aquel bello y gracioso semblante.
Morena, de regular estatura, de negra y abundosa cabellera, la joven no tenía
nada de hermoso. Sus facciones toscas, de líneas vulgares, carecían de
atractivo. La boca grande, de labios gruesos, poseía una dentadura de
campesina: blanca y recia, y los ojos pardos, un tanto humildes, eran pequeños,
sin expresión. Pero cuando aquel rostro se volvía hacia la criatura, las líneas
se suavizaban, las pupilas adquirían un brillo de intensidad apasionada y el
conjunto resultaba agradable, dulce y simpático.
El sol, muy alto sobre el horizonte,
inundaba de luz aquel rincón de belleza incomparable. Los flancos de la
cortadura desaparecían bajo la enmarañada red de arbustos y plantas trepadoras.
Dominando el leve zumbido de los insectos y el blando arrullo del oleaje entre
las piedras, resonaba a intervalos, en la espesura, el melancólico grito del
pitío.
La calma del océano, la inmovilidad
del aire y la placidez del cielo tenían algo de la dulzura que se retrataba en
la faz del pequeñuelo y resplandecía en las pupilas de la madre, subyugada a
pesar suyo, por la magia irresistible de aquel cuadro.
Vuelta hacia la ribera, examinaba la
pequeña playa delante de la cual se extendía una vasta plataforma de piedra que
se internaba una cincuentena de metros dentro del mar. La superficie de la roca
era lisa y bruñida, cortada por innumerables grietas tapizadas de musgos y
diversas especies de plantas marinas.
Cipriana se descalzó los gruesos
zapatos, suspendió en torno de la cintura la falda de percal descolorido, y
cogiendo la cesta, atravesó la enjuta playa y avanzó por encima de las peñas
húmedas y resbaladizas, inclinándose a cada instante para examinar las
hendiduras que encontraba al paso. Toda clase de mariscos llenaban esos
agujeros. La joven, con ayuda de un pequeño gancho de hierro, desprendía de la
piedra los moluscos y los arrojaba en un canasto. De cuando en cuando,
interrumpía la tarea y echaba una rápida mirada a la criatura que continuaba
durmiendo sosegadamente.
El océano asemejábase a una vasta
laguna de turquesa líquida. Aunque hacía ya tiempo que la hora de la baja mar
había pasado, la marea subía con tanta lentitud que sólo un ojo ejercitado
podía percibir cómo la parte visible de la roca disminuía insensiblemente. Las
aguas se escurrían cada vez con más fuerza y en mayor volumen a lo largo de las
cortaduras.
La mariscadora continuaba su faena
sin apresurarse. El sitio le era familiar y, dada la hora, tenía tiempo de
sobra para abandonar la plataforma antes que desapareciera bajo las olas.
El canasto se llenaba con rapidez.
Entre las hojas transparentes del luche destacábanse los tonos grises de los
caracoles, el blanco mate de las tacas y el verde viscoso de los chapes. Cipriana
con el cuerpo inclinado, la cesta en una mano y el gancho en la otra, iba y
venía con absoluta seguridad en aquel suelo escurridizo. El apretado corpiño
dejaba ver el nacimiento del cuello redondo y moreno de la mariscadora, cuyos
ojos escudriñaban con vivacidad las rendijas, descubriendo el marisco y
arrancándolo de la áspera superficie de la piedra. De vez en cuando se
enderezaba para recoger sobre la nuca las negrísimas crenchas de sus cabellos.
Y su talle vasto y desgarbado de campesina destacábase entonces sobre las
amplias caderas con líneas vigorosas, no exentas de gallardía y esbeltez. El
cálido beso del sol coloreaba sus gruesas mejillas, y el aire oxigenado que
aspiraba a plenos pulmones hacía bullir en sus venas su sangre joven de moza
robusta en la primavera de la vida.
El tiempo pasaba, la marea subía
lentamente invadiendo poco a poco las partes bajas de la plataforma, cuando de
pronto Cipriana, que iba de un lado para otro afanosa en su tarea, se detuvo y
miró con atención dentro de una hendidura. Luego se enderezó y dio un paso
hacia adelante; pero casi inmediatamente giró sobre sí misma y volvió a
detenerse en el mismo sitio. Lo que cautivaba su atención, obligándola a volver
atrás, era la concha de un caracol que yacía en el fondo de una pequeña
abertura. Aunque diminuto, de forma extraña, parecía más grande visto a través
del agua cristalina.
Cipriana se puso de rodillas e
introdujo la diestra en el hueco, pero sin éxito, pues la rendija era demasiado
estrecha y apenas tocó con la punta de los dedos el nacarado objeto. Aquel
contacto no hizo sino avivar su deseo. Retiró la mano y tuvo otro segundo de
vacilación, mas el recuerdo de su hijo le sugirió el pensamiento de que sería
aquello un lindo juguete para el chico y no le costaría nada.
Y el tinte rosa pálido del caracol
con sus tonos irisados tan hermosos destacábase tan suavemente en aquel estuche
de verde y aterciopelado musgo que, haciendo una nueva tentativa, salvó el
obstáculo y cogió la preciosa concha. Trató de retirar la mano y no pudo
conseguirlo. En balde hizo vigorosos esfuerzos para zafarse. Todos resultaron
inútiles; estaba cogida en una trampa. La conformación de la grieta y lo
viscoso de sus bordes habían permitido con dificultad el deslizamiento del puño
a través de la estrecha garganta que, ciñéndole ahora la muñeca como un
brazalete, impedía salir a la mano endurecida por el trabajo.
En un principio Cipriana sólo
experimentó una leve contrariedad que se fue transformando en una cólera sorda,
a medida que transcurría el tiempo en infructuosos esfuerzos. Luego una
angustia vaga, una inquietud creciente fue apoderándose de su ánimo. El corazón
precipitó sus latidos y un sudor helado le humedeció las sienes. De pronto la
sangre se paralizó en sus venas, la pupilas se agrandaron y un temblor nervioso
sacudió sus miembros. Con ojos y rostro desencajados por el espanto, había
visto delante de ella una línea blanca, movible, que avanzó un corto trecho
sobre la playa y retrocedió luego con rapidez; era la espuma de una ola. Y la
aterradora imagen de su hijo, arrastrado y envuelto en el flujo de la marea, se
presentó clara y nítida a su imaginación. Lanzó un penetrante alarido, que
devolvieron los ecos de la quebrada, resbaló sobre las aguas y se desvaneció
mar adentro en la líquida inmensidad.
Arrodillada sobre la piedra se
debatió algunos minutos furiosamente. Bajo la tensión de sus músculos sus
articulaciones crujían y se dislocaban, sembrando con sus gritos el espanto en
la población alada que buscada su alimento en las proximidades de la caleta;
gaviotas, cuervos, golondrinas del mar, alzaron el vuelo y se alejaron
presurosos bajo el radiante resplandor del sol.
El aspecto de la mujer era terrible:
las ropas empapadas en sudor se habían pegado a la piel; la destrenzada
cabellera le ocultaba en parte el rostro atrozmente desfigurado; las mejillas
se habían hundido y los ojos despedían un fulgor extraordinario. Había cesado
de gritar y miraba con fijeza el pequeño envoltorio que yacía en la playa,
tratando de calcular lo que las olas tardarían en llegar hasta él. Esto no se
hacía esperar mucho, pues la marea precipitaba ya su marcha ascendente y muy
pronto la plataforma sobresalió algunos centímetros sobre las aguas.
El océano, hasta entonces tranquilo,
empezaba a hinchar su torso, y espasmódicas sacudidas estremecían sus espaldas
relucientes. Curvas ligeras, leves ondulaciones interrumpían por todas partes
la azul y tersa superficie. Un oleaje suave, con acariciador y rítmico susurro,
comenzó a azotar los flancos de la roca y a depositar en la arena albos copos
de espuma que bajo los ardientes rayos del sol tomaban los tonos cambiantes del
nácar y del arco iris.
En la escondida ensenada flotaba un
ambiente de paz y serenidad absolutas. El aire tibio, impregnado de las acres
emanaciones salinas, dejaba percibir a través de la quietud de sus ondas el
leve chasquido del agua entre las rocas, el zumbido de los insectos y el grito
lejano de los halcones de mar.
La joven, quebrantada por los
terribles esfuerzos hechos para levantarse, giró en torno sus miradas
imploradoras y no encontró ni en la tierra ni en las aguas un ser viviente que
pudiera prestarle auxilio. En vano clamó a los suyos, a la autora de sus días,
al padre de su hijo, que allá detrás de las dunas aguardaba su regreso en el
rancho humilde y miserable. Ninguna voz contestó a la suya, y entonces dirigió
su vista hacia lo alto y el amor maternal arrancó de su alma inculta y ruda,
torturada por la angustia, frases y plegarias de elocuencia desgarradora:
-¡Dios mío, apiádate de mi hijo;
sálvalo; socórrelo…! ¡Perdón para mi hijito, Señor! ¡Virgen Santa, defiéndelo…!
¡Toma mi vida; no se la quites a él! ¡Madre mía, permite que saque la mano para
ponerlo más allá…! ¡Un momento, un ratito no más…! ¡Te juro volver otra vez
aquí…! ¡Te juro volver aquí…! ¡Dejaré que las aguas me traguen; que mi cuerpo
se haga pedazos en estas piedras; no me moveré y moriré bendiciéndote! ¡Virgen
Santa, ataja la mar; sujeta las olas; no consientas que muera desesperada…!
¡Misericordia, Señor! ¡Piedad, Dios mío! ¡Óyeme, Virgen Santísima! ¡Escúchame,
madre mía!
Arriba la celeste pupila continuaba
inmóvil, sin una sombra, sin una contracción, diáfana e insondable como el
espacio infinito. La primera ola que invadió la plataforma arrancó a la madre
un último grito de loca desesperación. Después sólo brotaron de su garganta
sonidos roncos, apagados, como estertores de moribundo.
La frialdad del agua devolvió a
Cipriana sus energías, y la lucha para zafarse de la grieta comenzó otra vez
más furiosa y desesperada que antes. Sus violentas sacudidas y el roce de la
carne contra la piedra habían hinchado los músculos, y la argolla de granito
que la aprisionaba pareció estrecharse en torno de la muñeca.
La masa líquida, subiendo
incesantemente, concluyó por cubrir la plataforma. Sólo la parte superior del
busto de la mujer arrodillada sobresalió por encima del agua. A partir de ese
instante los progresos de la marea fueron tan rápidos que muy pronto el oleaje
alcanzó muy cerca del sitio en que yacía la criatura. Transcurrieron aún
algunos minutos y el momento inevitable al fin llegó. Una ola, alargando su
elástica zarpa, rebalsó el punto donde dormía el pequeñuelo, quien, al sentir
el frío contacto de aquel baño brusco, despertó, se retorció como un gusano y
lanzó un penetrante chillido.
Para que nada faltase a su martirio,
la joven no perdía un detalle de la escena. Al sentir aquel grito que desgarró
las fibras más hondas de sus entrañas, una ráfaga de locura fulguró en sus
extraviadas pupilas, y así como la alimaña cogida en el lazo corta con los
dientes el miembro prisionero, con la hambrienta boca presta a morder se
inclinó sobre la piedra; pero ese recurso le estaba vedado; el agua que la
cubría hasta el pecho obligábala a mantener la cabeza en alto.
En la playa las olas iban y venían
alegres, retozonas, envolviendo en sus pliegues juguetonamente al rapazuelo.
Habíanle despojado de los burdos pañales, y el cuerpecillo regordete, sin más
traje que la blanca camisilla, rodaba entre la espuma agitando desesperadamente
las piernas y brazos diminutos. Su tersa y delicada piel, herida por los rayos
del sol, relucía, abrillantada por el choque del agua y el roce áspero e
interminable sobre la arena.
Cipriana con el cuello estirado, los
ojos fuera de las órbitas, miraba aquello estremecida por una suprema
convulsión. Y en el paroxismo del dolor, su razón estalló de pronto. Todo
desapareció ante su vista. La luz de su espíritu azotada por una racha
formidable se extinguió y mientras la energía y el vigor aniquilados en un
instante cesaban de sostener el cuerpo en aquella postura, la cabeza se hundió
en el agua, un leve remolino agitó las ondas y algunas burbujas aparecieron en
la superficie tranquila de la pleamar.
Juguete de las olas, el niño lanzaba
en la ribera vagidos cada vez más tardos y más débiles que el océano, como una
nodriza cariñosa, se esforzaba en acallar, redoblando sus abrazos, modulando
sus más dulces canciones, poniéndolo ya boca abajo o boca arriba, y
trasladándolo de un lado para otro, siempre solícito e infatigable.
Por último los lloros cesaron: el
pequeñuelo había vuelto a dormirse y aunque su carita estaba amoratada, los
ojos y la boca llenos de arena, su sueño era apacible; pero tan profundo que,
cuando la marejada lo arrastró mar adentro y lo depositó en el fondo, no se
despertó ya más.
Y mientras el cielo azul extendía su
cóncavo dosel sobre la tierra y sobre las aguas, tálamos donde la muerte y la
vida se enlazan perpetuamente, el infinito dolor de la madre que, dividido
entre las almas, hubiera puesto taciturnos a todos los hombres, no empañó con
la más leve sombra la divina armonía de aquel cuadro palpitante de vida, de
dulzura, de paz y amor.
Este cuento, aunque con el mismo nombre del libro de 1907, sólo fue publicado en ediciones posteriores. También es conocido como "La mariscadora" y es quizás uno de los mejores textos del escritor de Lota. Hoy que se cumple un año más de su nacimiento, lo publicamos en "El descanso en la escalera".
Créditos de las imágenes:
- Baldomero Lillo: Memoria Chilena
- Portada de Sub Sole: Wikimedia