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martes, 28 de noviembre de 2023

La rama y el retoño

Mauricio Amster

 

 

 

Venís desde muy lejos… Mas esta lejanía

¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?

 

Rafael Alberti

 

En la retirada de Cataluña nos tocó albergarnos en una rústica posada a pocos kilómetros de Figueras. En el cuarto de arriba encontramos camas limpias y en el rincón había un lavamanos con palangana y jofaina. Era como volver a la vida civilizada, mas por encima de todo queríamos comer algo. Pedimos cena a la posadera, pero nos contestó que nada podía darnos. – No tenemos bastante ni para nosotros mismos– se excusó en catalán.

Bajamos, pues, al zaguán para calentarnos un poco. La chimenea estaba encendida y sobre los leños colgaba un caldero con agua caliente para los huéspedes que traían provisiones propias. En el tosco suelo de tierra apisonada estaban sentadas algunas personas. Esperamos encontrar compañía y conversación y disipar la tristeza de aquellos días. Saludamos a los presentes y estiramos las manos hacia el fuego.

Algunos contestaron a media voz y de mala gana. No parecía ser el momento para trabar amistades. Un hombre muy alto nos sonrió sin decir palabra. Llevaba boina como todos y su ropa, vagamente militar, era la del país. Pero, a juzgar por su corpulencia y sus ojos azules, parecía extranjero. Un “internacional”, pensamos. A su lado tenía un niño.

Nadie hablaba ni se movía. El silencio se prolongaba y llegaba a lo insoportable hasta que algún chisporroteo del hogar, más ruidoso que otros y seguido de una llamarada más viva, lograba aflojar la tensión hasta la vez siguiente. Miré al hombre que nos había sonreído y sentí una súbita simpatía por él y por el niño. No debía ser suyo; era un niño español, de pelo rizado. Tendría unos ocho años y estaba demacrado como todos los niños españoles en la guerra. Sus facciones infantiles eran serias como las de un adulto. Pero había ternura en sus ojos cuando miraba al hombre. Y con la misma ternura miraba el hombre al niño.

Entró un grupo nuevo, ruidoso y seguro de sí. Resultaron ser gente conocida. Llegaban en coche, traían comida y nos invitaban a cenar. La posadera arregló una mesa junto a la pared y sobre el mantel apareció pan blanco y manjares echados de menos durante largo tiempo. Nos sentamos a charlar y tomar vino, de espaldas al hosco grupo junto a la chimenea. Reinaba camaradería y las penas pasaron al olvido. Al presente había algo de comer y el futuro era incierto para todos por igual.

Al tomar el primer bocado me acordé de pronto del internacional y del niño y al punto me volvió toda la congoja anterior. La guerra, ciertamente, nos había curado de sentimentalismos, así que ningún escrúpulo de conciencia atajaba mi apetito. Pero no pude alejar la impresión que me había causado la pareja a mis espaldas. Comer ahora me parecía un atentado a la reciente solidaridad del hambre. Pasar privaciones en común resulta a veces más reconfortante que hartarse uno solo. Me sentía miserable e indeciso. Expuse, pues, la situación a mis anfitriones y les pedí permiso para compartir mi pitanza con los dos refugiados.

Asintieron sin entusiasmo, pero me concedieron más de lo solicitado. Me dirigí al hombre y le hablé.

No sabía castellano, de modo que continué en alemán. Aceptaba la comida agradecido, por el niño. Él podía aguantar. Toda la vida había estado a media ración. Era obrero portuario de Hamburgo, comunista, como era de esperar. Por eso pasó algunos años en prisión. Los nazis volvieron a prenderle y le torturaron hasta que logró escapar a Francia. Trabajó de minero en la región de Lille, tenía mujer e hijo, estuvo de nuevo en la cárcel, volvió a la mina –ya sabes, la vida de un obrero–. Se alisó en las Brigadas Internacionales tan pronto como pudo. La familia quedó en Francia. Pensaba llevarla a España después de ganada la guerra. Ahora había perdido contacto con su grupo de voluntarios. Iba a donde iban todos –camino de la frontera–.

¿Y el niño?

Me contó su historia. Su unidad internacional, licenciada por el gobierno, acampaba en un pueblo. Allí hizo amistad con una familia. El padre estaba en el frente, de modo que él ayudaba a la mujer y jugaba con el chico. En un ataque aéreo una bomba destruyó la casa y mató a la madre. El padre estaba precisamente de permiso por un día y ahora tenía que regresar a las trincheras. –Dios sabe lo que va a pasar aquí –dijo el padre–. Parece que los fascistas van a ganar. Este chico no tiene ni casa, ni madre, ni padre tampoco, pues yo tengo que irme. Llévale al extranjero y haz de él un hombre libre y que aprenda un oficio. Aquí, con Franco, no sería más que un monaguillo primero y una bestia de carga por el resto de su vida. No hemos luchado para esto. Y si hubiéramos de ganar todavía, ya volverá contigo y con tu mujer y con tu chico, pues habrá en España sitio para todos.

 


El hombre contaba la historia con voz pausada, en dialecto hamburgués, no siempre comprensible para mí. Con su navaja de bolsillo cortaba limpiamente el pan y preparaba gruesos bocadillos para el niño, pero éste no quería comer nada mientras el hombre no se reservara otro tanto. Era un forcejeo sin palabras en que los ojos negros del chico seguían el reparto de la comida y los ojos azules del grande miraban con ternura infinita al pequeño.

Pasamos la noche en la posada y al bajar, a la mañana siguiente, el internacional y el niño se habían ido y no les volvimos a ver más. Años de derrota y amargura han transcurrido desde entonces, pero recuerdo a aquellos dos más vivamente que los grandes acontecimientos con que se teje la historia. Porque en este cariño entre el obrero alemán y el niño español, en esta confianza de un padre hacia un extranjero que no habla su lengua, creo hallar más solidaridad que la que nace en el fragor de las batallas.

 

*

 

El valor incomparable del combate español proviene de que los acontecimientos se formulan en él con nitidez casi simbólica. La licha de un pueblo desprovisto hasta entonces de todos los conocimientos y de todas las técnicas modernas, contra todas las internacionales de opresión, contra todas las potencias europeas y mundiales (cristianismo, capitalismo, pseudodemocracias liberales), reviste una apariencia homérica en que late el nacimiento de un mito. Característica es la llegada espontánea de combatientes de todos los países del orbe; no de los especuladores –ambiciosos los habrá habido ciertamente–, sino de todos los desesperados, de cuantos sufren; estos desdichados habían reconocido en ese drama su propio drama, su última esperanza en la tierra de un vivir a la postre humano.

 

PIERRE MABILLE

 

Texto recopilado en Recuerdos de un Bibliófilo, de Mauricio Amster y publicado por Carbón Libros.


lunes, 17 de julio de 2017

La gente de July


Pamela Uribe Valdés
Bandera de Sudáfrica (desde 1994)

La bandera actual de Sudáfrica fue adoptada recién en 1994 después del fin del apartheid. Sus múltiples colores: rojo, blanco, azul, verde, negro y amarillo oro representan, para muchos, la diversidad cultural coexistiendo en un mismo territorio. Nadine Gordimer aborda esa coexistencia, transformación y problemática histórica en su obra July´s people (La gente de July) publicada en 1981. Una novela en que Gordimer prevé el inevitable fin del apartheid y lo alegoriza por medio de la historia de la familia Smales compuesta por los padres Bam y Maureen, sus tres hijos y uno de sus sirvientes, su fiel criado negro: July.
 
La acción nos transporta a un suburbio en la ciudad de Johanesburgo en pleno levantamiento armado de la población negra. Pese a que los Smales nunca fueron partidarios de ese sistema, se ven enfrentados a la terrible situación de huir de su casa y abandonar sus comodidades para salvar sus vidas. Quien los guía hacia un lugar aparentemente seguro, sorteando parajes salvajes alejados de las carreteras plagadas de civiles armados, es July. A partir de ello vemos cómo la sólida relación entre una buena patrona (pues es Maureen la protagonista indiscutida) – una mujer justa, pero que al final de cuentas representa la autoridad–  y su criado se transforma y toma matices cada vez más inesperados. Una relación que cambia por el escenario y, sobre todo, por las circunstancias históricas, pues los Smales sin sus posesiones y su dinero (éste último pasa a ser solamente papel), son hospedados en el caserío de July, simbolizando la desintegración de ese poder históricamente arraigado en la minoría blanca.

Cartel en una playa de Durban en 1989. Se lee en 3 idiomas: "Según la sección 37 del código de leyes de Durban, esta playa es para uso exclusivo de gente de raza blanca."

Quienes más rápido se adaptan a esa forma de vida son los niños, mientras los padres atesoran una radio a pilas, único lazo con el mundo que ellos conocían, y a través de la cual escuchan cómo ese mismo mundo desaparece tras los saqueos y bombardeos.

Es evidente que además de explorar en las relaciones de poder, esta obra nos da luces sobre la construcción de una identidad que surge de la más profunda de las escisiones, pues la coexistencia entre ambas culturas se produjo gracias a las relaciones asimétricas de poder. En un contexto en que los roles cambiaron abruptamente July deja de pertenecer a la familia de Bam y Maureen. Una apropiación claramente establecida por la madre de Maureen al comienzo de la obra cuando se refiere a su criado como “nuestro Jim”. Ahora son los Smales quienes pasan a ser ante los otros la gente de July.



Imágenes: Wikipedia

lunes, 5 de junio de 2017

Escribo lo que me da la gana

Pamela Uribe Valdés



Steve Biko (1946-1977)




No se puede explicar la lucha contra la segregación racial sin mencionar el nombre de Stephen Bantu Biko (1946-1977), quien fuera un activista político fundador del llamado Movimiento de Conciencia Negra que se creó para luchar y transformar a la comunidad. 

Entre sus escasas publicaciones quisiera destacar I write what I Like traducido al español como Escribo lo que me da la gana. Ésta es una compilación de textos de no ficción escritos entre 1969, cuando Biko era presidente de la Organización de Estudiantes Sudafricanos (SASO), y 1973, fecha en que fue sometido al régimen de “prohibición”, es decir, se le impidió salir de su ciudad natal y, además, se le ordenó no escribir en prensa bajo ninguna circunstancia. En su obra, Biko reflexiona sobre la posibilidad de una liberación tanto mental como física, es decir, expresa que jamás se logrará la tan anhelada libertad si existe el sentimiento de inferioridad ante la comunidad blanca. Para enmendar esa herida en el espíritu y orgullo de la población negra, Biko propone rescatar la autoestima a través de la educación. Sus argumentos se apoyan en hechos elementales y cotidianos como el éxito del soul en la música afroamericana como proyección del sentimiento de la comunidad negra, así como el surgimiento de movimientos artísticos representativos sumado a las recientes independencias de los países africanos.



“El arma más potente en las manos del opresor es la mente del oprimido”, escribió Biko, que posteriormente explica: “si somos libres de corazón, no habrá cadenas hechas por el hombre con fuerza suficiente para sujetarnos”.

El legado de Biko traspasó las fronteras sudafricanas e inspiró la fundación del Instituto Steve Biko en Salvador de Bahía, Brasil, organización que en 1992 comenzó a ofrecer cursos de preparación para el examen de ingreso a la universidad a estudiantes negros de escasos recursos. Así también es homenajeado en la película Cry Freedom y en la canción Biko, compuesta por el músico británico Peter Gabriel.



Las autoridades sostuvieron que Biko murió a los 30 años sin intervención policial. Sin embargo, no fue hasta 1997 que se declaró que después de un interrogatorio de más de 22 horas que incluyó torturas, fue llevado en estado de coma hasta una comisaría y luego trasladado esposado un paradójico 11 de septiembre desde una prisión a otra, en un viaje de más de 12 horas que culminó con su muerte al día siguiente producto de una hemorragia craneal.



Puedes leer el libro I Write What I Like de Steve Biko aquí.


Créditos:

Fotografía de Steve Biko: Wikipedia

martes, 23 de mayo de 2017

La lucha de Vilakazi en la Babel sudafricana


Pamela Uribe Valdés



Benedict Wallet Vilakazi (1906-1947)


Hay muchas diferencias entre Chile y Sudáfrica, una de ellas y quizá la más significativa desde mi punto de vista son los idiomas. Tanto los chilenos, como la mayor parte de nuestros vecinos sudamericanos, tenemos oficializado el español como lengua materna. En Sudáfrica, por el contrario, existen once idiomas oficiales, de entre los cuales destaco al Afrikáans (lengua de origen holandés), el Zulú y el Xhosa (lenguas originarias más habladas) y el inglés. Esta última si bien es lengua materna de un porcentaje mínimo de habitantes, es considerada un idioma común; es decir, es usada por quienes viven en las ciudades, además de ser la lengua predominante del gobierno y los medios de comunicación.

En consecuencia, nos encontramos con lecturas que son todo un misterio para nosotros. Por ejemplo, Benedict Wallet Vilakazi; religioso quien vivió entre 1906 y 1947. Vilakazi fue un poeta, novelista y educador perteneciente a la etnia Zulú. Además, fue el primer sudafricano de raza negra en alcanzar el grado de Doctor; logro admirable y casi impensado para la época.

Nje nempela fue históricamente la primera novela escrita en lengua Zulú, mientras que Inkondlo kaZulu, la primera obra poética escrita en esta misma lengua que toma la estructura europea tradicional del verso, la estrofa y la rima. De estas obras es difícil encontrar traducciones en inglés, lo que en español creo imposible. 

Quisiera compartir algunos versos del poema "Ngephasika" ("En el Oeste"), que con mucha humildad intentaré traducir desde el inglés: 

“…Por esto, ¡Oh Señor!,
te agradecemos.
Y recordamos también, como tú
deambulabas a través de estas tierras de África,
esta tierra de pueblos negros
…Yo escucho, yo temo que vienen a traicionarte;
Siento mi sangre congelada, mi cuerpo tiembla.
Yo también soy intercambiado en todos los lugares de la Tierra.
Vendido porque mi piel es negra.
Yo no elegí este color, la elección fue tuya;
Y siendo tuyo,
te agradezco, Señor…” 


En este pequeño extracto podemos observar como la voz del hablante establece un diálogo con Dios. Una voz que intenta hablar por su pueblo, por su raza; los zulúes. Vilakazi traslada la tradición religiosa europea hacia el continente africano, recordándonos que Jesús nació y recorrió parte de este territorio, subvirtiendo, de esta manera, la hegemonía del pensamiento eurocéntrico

En este poema Vilakazi, además, nos habla de la opresión y la esclavitud, que si bien ha sido abolida desde hace mucho, actualmente vemos representada en otras formas de segregación como la construcción de muros fronterizos o las extradiciones. Sin querer hacer una apología religiosa, creo que es una ayuda conocer estos humildes versos de Vilakazi que a principios de siglo XX hablaban esencialmente sobre un tema no superado: el respeto ante la diversidad étnica y cultural.



Foto: Originalmente aquí.  

lunes, 8 de mayo de 2017

¡En Sudáfrica también se escribe!

Pamela Uribe Valdés


Nadine Gordimer (1923-2014)


Poco o nada se conoce sobre literatura africana en Chile, me atrevo a señalar. Presumo que tampoco en Latinoamérica. Lo mismo debe ocurrir con la gran cantidad de obras procedentes de Asia, Oriente Medio u Oceanía (podría seguir afirmando que tampoco conocemos mucho sobre literatura chilena, pero eso ya es harina de otro costal). Sin ser esto una falta atroz, ni motivo de excomuniones intelectuales, podría señalar que esta omisión es un síntoma que, por una parte, se debe a la existencia de un currículo altamente europeizado y, por otra, a la falta de interés por las manifestaciones de estas partes del mundo, esto último deviene en una escasez de traducciones y, por ende, de ejemplares en el mercado.

Mi intención hoy es sorprenderlos, de manera siempre muy sucinta, con algunos escritores que nacieron en estos alejados, desconocidos y exóticos territorios, porque; sorpresa: ¡En Sudáfrica también se escribe!

Quisiera comenzar con los premios Nobel en Literatura – pues tienen otros cinco laureados en las áreas de Medicina y de la Paz – que son dos al igual que en Chile; Nadine Gordimer y John Maxwell Coetzee, en 1991 y 2003, respectivamente. 


Nadine Gordimer fue una descendiente de inmigrantes judíos nacida en una pequeña localidad minera cercana a Johannesburgo. En la mayoría de sus obras – tanto novelas como relatos breves – se aborda el problema social de Sudáfrica.  Presentando las consecuencias del apartheid (segregación racial institucionalizada que rigió en este país hasta 1992), el exilio y la enajenación del ser humano. Comprometida luchadora contraria al sistema, Gordimer defendió la causa de la liberación de Nelson Mandela, con quien estableció una profunda amistad. Su lucha contra la segregación racial quedó sintetizada en la frase “Yo soy africana y el color de la piel no importa”; sentencia rotunda en el discurso de entrega del Nobel. De sus obras una de las más conocidas es “El conservador”, por la cual obtuvo el Premio Booker en 1974.

J. M. Coetzee (1940)

Mucho más conocido es J. M. Coetzee, este matemático e informático – formación comparable con la de nuestro Nicanor Parra, lo que nos plantea una reflexión en que la compatibilidad entre la literatura y las matemáticas no es tan descabellada – nació y estudió en la cosmopolita Cape Town. Su obra caracterizada por el estilo austero, simbólico y metafórico, revela una postura en la que cuestiona y se levantan contra las consecuencias negativas del apartheid. A diferencia de sus colegas, evita ser objeto de la atención pública y no es muy proclive a hacer declaraciones o dar entrevistas. La obra de Coetzee, al igual que la de Gordimer es vasta, en este caso mencionaré sus libros más reconocidos “Waiting for the Barbarians” (“Esperando a los bárbaros”), que lleva a los lectores al oscuro corazón del apartheid, y “Disgrace” (“Desgracia”), por el que ganó su segundo Booker Price.



Podría continuar mencionando una gran cantidad de autores, incluso a J.R.R. Tolkien, quien es inglés, pero nació en Bloemfontein. El tema quedará pendiente para una nueva columna. Sólo quisiera que recordaran que en Sudáfrica se escribe y muy bien.


Pamela Uribe Valdés: "A la literatura nunca se llega por azar. Nunca, nunca." Dijo Roberto Bolaño en una entrevista, humildemente creo que no soy una exception a esa regla... Mi nombre es Pamela Uribe Valdés, nací y estudié pedagogía en Santiago de Chile. El azar me llevó a la ciudad de Talca, lugar donde decidí cursar un magíster. Actualmente vivo en Stellenbosch, Sudáfrica y mientras aprendo de la nación del arcoíris, leo y escribo algunos breves comentarios sobre formas literarias que para mí son nuevas y sorprendentes, como todo en este país."



Créditos

Fotografías de los autores y las obras, Wikipedia (Licencia CC).

martes, 21 de enero de 2014

Chronicae Germaniae 15




 
Desde el país de los fuegos artificiales



No tengo idea por qué el año comienza el 1º de enero. No hay cambio de luna, no hay cambio de estación, sólo un “uno” arbitrario en medio de algo que nos dice que comienza el año. Para mí éste comienza con el solsticio. Pero como también me gusta el carnaval, cualquier motivo de celebración es bueno. Nada pasó un 1º de enero como para comenzar nuestra cuenta desde ahí, pero sin duda es necesario quebrar la rutina con el rito del fin y el comienzo. Así podemos tener en Chile una fecha que marcar como el término del año escolar o del trabajo. Acá, en el norte del mundo, todo sigue andando, un poco más lento, pero el semestre en la universidad no termina hasta abril. Nada termina realmente el 31 de diciembre. Sólo el papel del calendario.


Como ven, aunque el año comienza para todos el mismo día (excluyendo a las culturas más tradicionales como nuestros indígenas, los chinos, iraníes, entre otros, que sí comienzan su año con uno de los dos solsticios), el tiempo se vive distinto. Y distinto también es el clima. Mientras la mayoría de las veces los abrazos de año nuevo se dan bajo el frío y la nieve, en Chile la gente va en polera por la noche abrazando a quien se le cruce. En la Torre Entel vi más de alguno abrazando carabineros. Acá, mis amigos alemanes me dicen de lejos un “Frohes Neues Jahr!” o un “Die beste Wünsche für dieses Jahr!”. El último no estoy seguro si es así, porque me lo dijo un amigo brandemburgués y eso significa un alemán distinto al que se aprende en los cursos, uno rápido, en voz baja y a tropezones. Sé que es más bien un problema de mi oído que de él, que todo el mundo le entiende, pero así se escucha.


No he visto a nadie todavía comiendo lentejas sin sal o las doce uvas, usando ropa interior amarilla (no lo descarto, pero mi estado civil me impide investigaciones más profundas sin temor a terminar durmiendo en la calle) o paseando una maleta por el barrio. Sí he visto que venden plomo en los supermercados, que los niños derriten con una cuchara y una vela. Cuando el plomo se ha fundido, lo arrojan a un vaso con agua. El plomo toma alguna forma extraña que después, los que saben, interpretan como una señal de lo que vendrá durante el año. Una especie de Test de Rorschach pero tóxico y potencialmente dañino. Probablemente los niños hacen esto más porque es peligroso y entretenido, pero dudo que este “juego” pueda ser vendido en Chile, en donde ya se erradicó el divertido pero venenoso tolueno (¿quién no recuerda los “pegalocos”?).

Alemanes comprando Feuerwerk. Acá están calmados.


Pero si de peligro hablamos, lo primero que llamará la atención de quien pase el Año Nuevo en Alemania, es la gran cantidad de fuegos artificiales. Cuando yo era pequeño en Chile, se podía comprar cohetes en la micro y chispitas en el almacén de barrio. Con mis amigos juntábamos pólvora debajo de una piedra y la hacíamos sonar con un golpe del talón. Hacíamos experimentos mezclando tipos y cantidades de diferentes fuegos artificiales. En ese tiempo éramos científicos locos haciendo bombas sólo porque era divertido. Porque las piedras se rompían, porque salían chispitas, porque a uno le pasaba un cohete rozando la cara. Luego los prohibieron. Cuando crecimos entendimos las razones. Yo sólo entendía en esos años que el mundo se había apagado un poco y ahora había que ir a ver los fuegos artificiales al shopping o a la Torre Entel. Todo más domesticado. Menos salvaje. Más seguro.

 
Caja de Fuegos Artificiales. Una mecha y espectáculo asegurado.

Hace mucho tiempo ya de eso. Por este motivo, cuando en un supermercado de Potsdam vi una sección completa de cohetes, bengalas y cajas preparadas para que salieran uno detrás de otro, quedé pasmado. No podía creerlo. Es como si mi infancia estuviera realmente frente a mí. Junto a los carros estaba una horda que sacaba de a montones, a cualquier precio, paquetes y cajas de fuegos artificiales. ¿Llevar o no llevar? En Chile ya no se puede hacer esto, pero aquí, sí. Tuve una sensación de atracción y miedo. Pero como en Chile ya no se pueden comprar, lo prohibido fue una invitación al fuego. Ese año nos llevamos una bolsa con cohetes tan grades, que mi yo de niño habría llorado de felicidad. No necesitaría botellas, sino una garrafa, para “posicionar” mi cohete que con un poco de suerte podría llegar a la luna. Cuando los lanzamos revivimos esos tiempos en que todo era posible. Al lado de nosotros, nuestro vecino estaba desatado lanzando cohetes al cielo y petardos a las pozas de agua. Todos éramos niños esa noche.




Este año fue menos movido para nosotros, porque en vez de salir a quemar el mundo, nos quedamos en casa cuidando de nuestra hija. La noche del año nuevo la pasamos abrazados los tres, mientras ella tomaba leche de su madre y yo las veía sonreír en la penumbra de los colores pintados en el cielo. Por la ventana, truenos artificiales que rompen la noche por toda la ciudad. Minutos que no terminan, un año que va naciendo y gatea a fuerza de pólvora y fuego. Y tantos son los cohetes y tanto dura el espectáculo, que por la ventana vemos una bruma que no es niebla, sino humo. No es Londres ni Santiago. Es Potsdam y me pregunto si habrá sido así en otros lados de este país tan lejano. Ya se fue Sylvester. Ein frohes neues Jahr!



 Fotografías: (c) Nidia Lizama Fica y René Olivares Jara