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lunes, 8 de abril de 2024

El descanso en la escalera N° 4


 

 

Ha aparecido el tercer número de nuestra revista. La costumbre es sacar un numero compilatorio anualmente de los textos que publicamos en el blog. Sin embargo, esta vez nos demoramos, debido a la pandemia de coronavirus y todo lo relacionado con la vida personal de los que llevamos esta revista adelante. Pese a ello, esta demora ha traído un lado de positivo, ya que este número incluye muchos más textos que los anteriores y eso siempre será bueno para aquellos que nos gusta leer.

La revista es de distribución gratuita y así se quedará. Pueden bajarla en este enlace: El descanso en la escalera N° 4

 

martes, 18 de julio de 2023

El pasado siempre vuelve (III)

 Jon Vendon



 

 

     Marisa había llegado a la cervecería de la calle Serrano poco antes de las seis. Se dirigió hacia una de las pocas mesas disponibles, se sentó y pidió una cerveza Mahou de barril, que le sirvieron con unos cacahuetes. Quince minutos más tarde entró Sonia. Parecía más joven que la última vez que se vieron. Se había cambiado el color del cabello, de su moreno original a un castaño oscuro, también se lo había cortado, ahora lucía media melena. Vestía un traje negro compuesto por una chaqueta y una falda a la altura de las rodillas, lo que contrastaba con la camisa blanca. Calzaba unos zapatos negros con tacones de aguja. El conjunto favorecía su esbelta figura.

     Sonia vio a Marisa y esta se levantó.

     —¡Sonia, qué alegría verte! Estás espléndida.

     —Tú tampoco estás nada mal, parece que te ha sentado bien salir de la ciudad.

Las dos se dieron un par de besos y se sentaron. Un camarero se aproximó para tomar nota de lo que quería consumir Sonia.

     —Otra Mahou, Alberto. Bueno, cuéntame qué ha sido de tu vida estos últimos cuatro años.

     —Carlos y yo nos compramos un chalé en una urbanización de Guadarrama. Dejé el trabajo, con la indemnización y la paga que le quedó a Carlos tenemos más que suficiente. Me dedico a las cosas de casa y tengo un jardín que cuido con esmero. Ahora leo más. Ya ves, llevo una vida de lo más anodina. Y tú, ¿qué tal?

     El rictus de Sonia se tornó serio.

     —Me separé de Miguel hace aproximadamente un año —respondió con los ojos vidriosos—. Cambié de empresa y ahora estoy en una asesoría, justo aquí al lado.

     —Lo siento de veras. ¿Y Miguelín? ¿Cómo lo lleva?

     —Como te puedes imaginar: mal. Echa de menos a su padre, con suerte lo ve cada dos semanas. De todas formas, tampoco es que lo viese mucho más antes de separarnos. —Sonia agachó la cabeza, apretó los labios e hizo un gesto negativo con la cabeza. Cuando la volvió a levantar una lágrima corría por su mejilla—. No puedo olvidarlo, lo intento, pero no puedo. Echo de menos su olor, sus caricias, su optimismo, sus bromas…

     —Él no lo está pasando nada bien. Esta mañana ha estado en nuestra casa, ha venido a recoger a Carlos para una misión, y lo he visto mal.

     —¿Carlos en una misión? ¿No lo había dejado definitivamente?

     —Sí, Sonia, ese era el acuerdo al que habíamos llegado, pero supongo que si su país lo necesita él no se va a negar —dejó caer con retintín—. ¿Sabes? Discutimos —continuó Marisa—. Al principio no me lo podía creer, e imagino que Carlos no lo habría aceptado sin mi visto bueno. Vi ese brillo especial en sus ojos, el que a veces tenía antes de retirarse cuando lo mandaban a alguna operación. No me sentía con fuerzas para obligarle a renunciar a sus sueños por mí. No quiero tenerlo como un perrito faldero, y ahora sufro. Tengo miedo de nuevo, como antes.

     Sonia se levantó de su silla y la abrazó.

     —Tengo miedo Sonia, mucho miedo —dijo entre sollozos, mientras algunos de los hombres sentados en la barra las miraban de soslayo.

     —Alberto, por favor. Cóbrate las dos cervezas —solicitó Sonia al camarero—. Ahora vamos a dar una vuelta. Creo que nos vendrá bien tomar el aire.

     —De acuerdo —contestó Marisa mientras se enjugaba las lágrimas con unas servilletas de papel.

Después de pagar, las dos salieron a la calle, repleta de tiendas de lujo. Se detuvieron en una de ellas, especializada en ropa y accesorios de bebé. Marisa rompió a llorar de nuevo.

     Carlos y ella lo había intentado todo, incluso habían recurrido a la reproducción asistida. Después de seis abortos había perdido toda esperanza. Los especialistas no encontraban el motivo por el que sus embarazos se interrumpían espontáneamente, los dos eran fértiles. Un afamado ginecólogo les comentó que, a veces, había problemas de incompatibilidad, que los dos podrían tener hijos, pero con otras parejas. Ella quería a Carlos, y aunque su marido le había propuesto utilizar la inseminación in vitro con un donante anónimo, Marisa siempre se negaba. Quería un hijo, pero de él.

     El mismo ginecólogo les dijo que, a veces, la obsesión por el embarazo y el miedo al aborto eran los responsables de que algunas parejas no pudiesen tener hijos. Que cuando dejaban de obsesionarse ocurría el milagro, y que, en esos casos, después del primer hijo llegaban los siguientes, como si el cuerpo que los traicionaba de pronto se hubiese convertido en su aliado.

     —Lo siento, Marisa.

     —No te preocupes, no es culpa tuya. No podemos borrar del mapa todas las tiendas para bebés.

     Siguieron caminando, en silencio. Llegaron hasta la avenida de Concha Espina y giraron a la izquierda hasta el parque de Berlín. Se sentaron en un banco, frente a otro ocupado por un anciano que daba de comer a las palomas trozos de pan.

     —Creo que deberíamos vernos de vez en cuando —sugirió Marisa—. ¿Sigues quedando con Carla y Paloma?

     —Hace tiempo que no nos vemos, más o menos desde que me separé de Miguel.

     —Pues es una lástima. Formábamos un buen grupo, ¿verdad? Al menos nos servía para desconectar y echar unas risas.

     —Es cierto, las echo de menos —asintió Sonia, y añadió—: ¿Qué te parece si las llamo yo y concretamos un encuentro en mi casa?

     —Estaría bien.

     Sonia sacó su móvil del bolso.

     —¿Carla? Soy Sonia. ¿A que no imaginas con quién estoy?

     —Ni idea —respondió Carla.

     —Con Marisa. Hemos pensado que estaría bien que nos volviésemos a reunir, como antes.

     —Por mí no hay problema. ¿Has hablado con Paloma?

     —Aún no. ¿Crees que le apetecería?

     —Seguro que sí, cuando nos vemos siempre salís las dos en las conversaciones.

     —Habíamos pensado en quedar mañana por la tarde en mi piso, a eso de las seis y media —dijo mirando a Marisa en búsqueda de su aprobación. Ella asintió—. ¿La llamas tú y me devuelves la llamada en un rato? Ah, y por los niños no hay problema, podéis traerlos.

     —De acuerdo, ahora la llamo y te lo confirmo en un rato.

     Carla colgó y Sonia miró sonriente a Marisa.

     —Creo que nos vamos a poder ver de nuevo las cuatro.

     —Ojalá —afirmó sonriendo Marisa.

     Tras unos minutos, el teléfono de Sonia comenzó a emitir el timbreo de una llamada entrante. Era Carla.

     —Hola, Sonia. ¿Aún estás con Marisa?

     —Sí, está a mi lado.

     —Pues dile que tiene un morro que se lo pisa, pero que mañana nos vemos en tu casa. Las cuatro juntas de nuevo.

     Sonia se giró hacia Marisa.

     —Dice Carla que..., que mañana nos volvemos a reunir las cuatro. Supongo que no te has olvidado de donde vivo.

     —Claro que no. Hay cosas que no se olvidan.

     Sonia retomó la llamada.

     —Hasta mañana, y no os retraséis.

     —Hasta mañana. Dale un beso de mi parte a Marisa.

 

 

Jon Vendon: madrileño afincado en Barcelona, publica su primera novela: El Visitante en 2020. Tras el éxito de ventas y de críticas literarias de El Visitante, publica El Hijo de Caín en abril de 2022, convirtiéndose en una de las novedades literarias más vendidas en Amazon en el día del libro. El texto que aquí publicamos pertenece al cuarto capítulo de esta última novela.

 

Crédito de la imagen: Pamela Uribe Valdés

 

martes, 11 de julio de 2023

El pasado siempre vuelve (II)

 Jon Vendon

 

 


     Marisa descolgó el teléfono y marcó el número del móvil de Sonia. Tuvo que esperar varios tonos, pero al final escuchó la voz de su amiga.

     —Si me llama para que me cambie de compañía telefónica o para venderme cualquier cosa, no me interesa. —Ya iba a colgar cuando Marisa le habló.

     —Hola, Sonia. Soy Marisa.

     —¿Ha pasado algo?

     —Han pasado muchas cosas, en mi vida y en la tuya. ¿Qué te parece si quedamos para tomar algo como en los viejos tiempos y hablamos? —propuso Marisa.

     —Pues claro —afirmó Sonia—. ¿Cuándo te va bien que quedemos? ¿Aviso a las demás?

     —Lo antes posible, y no avises de momento a Carla y a Paloma.

     —Como prefieras. Salgo a las seis de trabajar y no tengo que recoger a Miguelín de las actividades extraescolares hasta las ocho. ¿Te va bien si quedamos a las seis y cinco en la cervecería José Luis? Está junto a mi oficina, en el número ochenta y nueve de la calle Serrano. No es la típica cervecería, tienen bastantes mesas.

     —Me parece bien. Quedamos esta tarde. No te entretengo más, debes estar muy atareada.

     —Marisa… me alegro de que me hayas llamado.

     —Y yo de haberte llamado. Hasta esta tarde.

 


 

       Durante el trayecto hasta la base aérea de Torrejón de Ardoz, el móvil de Miguel comenzó a emitir el timbreo típico de una llamada entrante. La pantalla indicaba que la llamada provenía de la sede central del CNI en Pozuelo de Alarcón. Miguel activó el «manos libres» y redujo la velocidad a la que circulaba.

     —¿Miguel? Soy Fernando Sainz de Rozas.

     —Dígame, señor. ¿Ha ocurrido algo?

     «Algo debe haber pasado. No es normal que el director del CNI se ponga en contacto con los agentes momentos antes de partir a una misión», pensó Miguel.

     —Un pequeño contratiempo. ¿Está con usted Carlos Hernández?

     —Sí, lo acabo de recoger de su domicilio.

     —Parece que hay varios casos de viruela en la base Miguel de Cervantes. El general Ramírez, al mando de la base, me lo acaba de confirmar. Tenemos que retrasar el despegue del vuelo. Estamos esperando la llegada de trajes de bioseguridad de nivel 3 y 4, así como de varias carpas de aislamiento, medicación y material para la desinfección. De todo esto se encargan una docena de sanitarios de la UME, que deberían llegar en unas horas y que también viajarán en el mismo vuelo que ustedes. Ya he informado a los otros dos agentes integrantes del operativo de esta circunstancia. ¿Me escucha, Hernández?

     —Sí, alto y claro.

     —Soy el director del CNI.

     —Fernando Sainz de Rozas, ¿verdad?

     —Así es. Le agradezco que haya aceptado colaborar de nuevo con el CNI.

     «Colaborar. ¡Qué cinismo! Voy a trabajar para el CNI, me voy a jugar el cuello», pensó Carlos.

     —He leído su historial y es impresionante. También me han hablado muy bien de usted sus antiguos compañeros.

     —Gracias. He aceptado… trabajar de nuevo para el CNI por sentido de responsabilidad. Espero no arrepentirme. Únicamente exijo que no se me oculte nada durante la operación, absolutamente nada. Es preciso que tenga toda la información de la que se disponga en tiempo real. Puede que además precise de más ayuda material y de efectivos sobre el terreno, en el Líbano, pero también en otros países, así como libertad de movimientos. Si no es así, me retiraré. ¿Me escucha?

     Al otro lado de la línea, y durante unos segundos, solo hubo silencio. El director del CNI no estaba habituado al tono exigente de Carlos, pero no le quedaba más remedio que claudicar. Carlos era imprescindible en la operación.

     —Está bien, Hernández, cuente con ello. Ahora debo colgar, tengo una reunión con el ministro de defensa. Manténganme permanentemente informado sobre los avances en la investigación.

     El general colgó y Miguel soltó una sonora carcajada.

     —Debe haberle sentado como un tiro que un exagente le hable de esa manera.

     —Son mis condiciones. No sabemos nada. Puede que el caso de la base Miguel de Cervantes tenga ramificaciones inesperadas.

     Cuando llegaron a la base aérea de Torrejón de Ardoz, Miguel le mostró su documentación al soldado de la entrada, quien de soslayo miró a Carlos.

     —¿Y él? —preguntó mientras observaba las condecoraciones que lucía la guerrera blanca de Carlos.

     —Viene conmigo. ¿Algún problema… Herranz? —le interpeló Miguel tras comprobar su apellido en el parche cosido sobre el bolsillo izquierdo de la guerrera.

     —Ninguno, señor —contestó, y se dirigió hacia la garita para alzar la barrera.

     Miguel estacionó el Tiguan en uno de los aparcamientos de la base aérea y los dos agentes salieron del vehículo. Caminaron dejando atrás varios cuarteles, hasta que por fin alcanzaron su objetivo: el hangar donde estaba el Airbus A400M, el avión que los llevaría hasta el Líbano y, bajo una de sus alas, dos soldados. Carlos supuso que eran los compañeros que le mencionó Miguel.

     Cuando se estaban acercando, Carlos se fijó en que uno de los dos agentes tenía rasgos magrebíes.

     —No me gusta el de la derecha —dijo Carlos.

     —¿No te habrás vuelto xenófobo de repente?

     —No es eso.

     —Ahmed es ceutí, y su familia es española —dijo Miguel—. Se alistó en la Legión antes de que lo reclutásemos. Es un excelente tirador, capaz de acertar a un objetivo en movimiento a cien metros con una pistola. Créeme, si hubiese un tiroteo te gustaría tenerlo a tu lado.

     —Da igual, Miguel. Hay algo en él que no me gusta —comentó justo antes de llegar a la posición de los dos agentes.

     —Carlos, te presento a los agentes Ahmed Abdeselam y Marcos Moreno. Ahmed, Marcos, os presento a Carlos Hernández, historia viva del CNI y uno de los mejores agentes de la agencia desde que se fundó.

     Carlos extendió el brazo y le dio un apretón de manos a los nuevos compañeros.

     —Puesto que vamos a tener que esperar un buen rato a los de la UME, ¿qué te parece si nos quitamos los trajes de gala y los sustituimos por los de campaña? —propuso Miguel. Ahmed y Marcos ya lo habían hecho.

     Miguel abrió un baúl metálico y extrajo dos bolsas que contenían uniformes militares de camuflaje en árido pixelado, compuestos cada uno por una chaqueta con cremallera, unos pantalones, un par de botas altas, un par de calcetines, también altos; una camiseta de manga corta beige, un jersey caqui, un casco táctico y una chapa colgante identificativa con un número, el grupo sanguíneo y un falso apellido: Fernández para Carlos y Gómez en el caso de Miguel. Encima del bolsillo de lado izquierdo de la chaqueta había un parche cosido con los falsos apellidos.

     Después de cambiarse de ropa, Miguel extrajo de otro contenedor un par de pistolas de fabricación alemana Heckler & Koch USP Standard del calibre 9 mm Parabellum, con sus respectivos cargadores y las fundas para la pierna. Los dos enfundaron las armas y las ajustaron con correas elásticas en su pierna derecha.

     —¿Imagino que llevamos todas las armas y la munición necesaria? —preguntó Carlos.

     —Llevamos lo habitual para este tipo de operaciones —intervino Miguel—. Hay cuatro fusiles HK G36, un fusil para francotirador M24A3, granadas, equipos de visión nocturna, micrófonos, rastreadores por satélite… No te preocupes, no echarás nada de menos.

     Los agentes introdujeron los contenedores en la bodega del avión y los aseguraron mediante correas y dispositivos de amarre.

     A las doce y diez, dos horas más tarde de la prevista para el despegue, entraron en el hangar dos camiones de la UME. De ellos descendieron los doce militares que había comentado el director del CNI. Uno de ellos se aproximó hasta los cuatro agentes.

     —Buenas tardes. Soy el teniente Miquel Irausti de la UME, en concreto, de la Unidad de Armas Biológicas, y estoy al mando de este equipo sanitario hasta que lleguemos al Líbano.

     El teniente estrechó la mano de los cuatro agentes, que se presentaron con sus verdaderos nombres y sus falsos apellidos, mientras el resto de los integrantes de la UME cargaban el material en la bodega del avión. Dos pilotos del ejército del aire entraron en el hangar charlando amistosamente. Uno de ellos le preguntó al teniente de la UME por el tiempo que tardarían en cargar y asegurar los contenedores y saludó con la mano al resto de los componentes del vuelo antes de acceder a la cabina con su compañero y encender los motores. El avión despegó de la base aérea a las 12:35 h.

 

 

 

Jon Vendon: madrileño afincado en Barcelona, publica su primera novela: El Visitante en 2020. Tras el éxito de ventas y de críticas literarias de El Visitante, publica El Hijo de Caín en abril de 2022, convirtiéndose en una de las novedades literarias más vendidas en Amazon en el día del libro. El texto que aquí publicamos pertenece al cuarto capítulo de esta última novela.

 

Crédito de imágenes:

Ilustraciones 1 y 2: Pamela Uribe Valdés
"Militares conversando": Imagen generada por inteligencia artificial (Dall-E).


 

lunes, 26 de junio de 2023

El pasado siempre vuelve (I)

 Jon Vendon




Día 4. 20 de diciembre. Base Miguel de Cervantes, el Líbano.

 

     El capitán Martínez se despertó con escalofríos y dolor de cabeza. Miró su reloj de pulsera, eran las 05:47 h. Se levantó de la cama con dificultad y se acercó a la mesa, iluminada tenuemente por la lámpara de techo nocturna. Se colocó el termómetro de mercurio —una reliquia, pero lo consideraba más fiable que los electrónicos— y esperó unos minutos. 39,5 ºC era la temperatura que marcaba el termómetro. Cogió una linterna clínica y, como pudo, se aproximó hasta las camas de los otros ocho ocupantes de la improvisada habitación para tomarle uno a uno la temperatura. Todos tenían fiebre, y algunos, aquellos que enfermaron antes, mostraban erupciones en la lengua y la boca. A pesar de los retrovirales que les habían administrado el día anterior, la enfermedad avanzaba inexorable. Caminó con dificultad hasta la entrada, abrió la puerta y se encontró con el soldado de guardia de la UME.

 

     —Tengo que hablar con el teniente. Es urgente.

     El interfono sonó a las siete menos dos minutos. Marisa observó por la pequeña pantalla incorporada el rostro inconfundible de Miguel. Estaba igual que cuatro años atrás, con su perenne sonrisa, aunque con menos pelo en la cabeza y alguna arruga más en el rostro.

     —Buenos días —saludó Miguel mostrando a la cámara del interfono una bolsa de la chocolatería San Ginés.

Situada en el pasadizo que le daba nombre, San Ginés era la chocolatería preferida de Marisa en Madrid. Su chocolate con churros le había granjeado fama mundial, aunque a ello también había contribuido que, «La Escondida», como se la conocía durante la segunda república, hubiese sido escogida por los bohemios y los eruditos de las artes y las letras.

     —Si no me abrís se van a enfriar los churros y el chocolate.

     —Buenos días, Miguel. Anda entra —contestó Marisa mientras presionaba el botón de apertura del portón de acceso al jardín y abría la puerta de entrada al chalé.

     Vestido impecablemente con su uniforme militar, Miguel traía además un ramo de rosas. Echó un vistazo a su alrededor y se dirigió hacia las escaleras de acceso al porche.

     —Estás preciosa, como siempre. Ten —dijo, entregándole el ramo de rosas—, ponlas en un jarrón con agua, pero antes dame un par de besos, no los guardes todos para el engreído de tu marido.

     Ambos se besaron en la mejilla y, en la proximidad, ella percibió el olor característico de la crema de afeitar de Miguel, aquella que a Marisa siempre le había gustado.

     —¿Dónde está el señor de la casa? —preguntó Miguel.

     —Aquí —respondió Carlos mientras salía de la cocina y se dirigía hacia la mesa del comedor, donde depositó la bandeja con el desayuno, consistente en galletas caseras, tostadas, su mermelada de arándanos, tres tazas grandes, una cafetera humeante y dos jarras: una de cerámica con leche y otra de vidrio transparente con zumo de naranja recién exprimido.

     —Yo he traído chocolate y churros de San Ginés —dijo Miguel mientras alzaba la bolsa cual trofeo—. Y lo mejor de todo, están calientes. No sé con qué material fabrican estos recipientes para que mantengan la temperatura el chocolate y los churros —comentó mientras extraía de la bolsa tres vasos de plástico y otra bolsa de papel de la que sobresalían una docena de churros—, pero antes dame un abrazo.

     Miguel dejó la bolsa junto a la bandeja y se fundió en un abrazo con Carlos, con palmaditas en la espalda incluidas. A Marisa, que acababa de colocar las rosas en un jarrón de barro, le parecía que ambos competían por ver quién las daba más ruidosas.

     —Coño, Carlos. Estás igual, parece que no hayan pasado ya cuatro años.

     —Cuatro años, dos meses y dieciséis días —concretó Carlos.

     —Lo que digo, no has cambiado un ápice. Ese supercomputador que tienes por cerebro está en perfectas condiciones.

     —¿Desayunamos? —sugirió Marisa.

     —Por supuesto, tengo un hambre canina —respondió Miguel.


 

      Los tres dieron buena cuenta del ágape, comenzando por los churros con chocolate.

     La conversación durante el desayuno fue banal, centrándose en la exquisitez de los alimentos. Cuando ya habían finalizado de comer, Marisa hizo una pregunta que la inquietaba:

     —¿Y Sonia y Miguelín? ¿Cómo están?

     Un día, más de cuatro años atrás, cuando la relación entre los dos matrimonios era algo habitual, Sonia, la mujer de Miguel, le había contado que su matrimonio zozobraba.

     La sempiterna sonrisa de Miguel desapareció. Se limpió los labios con una servilleta y con gesto serio dijo:

     —Sonia y yo nos hemos dado un tiempo, hace meses que nos separamos. Ahora vivo solo en una buhardilla de La Latina, cerca de la basílica de San Francisco.

     —Lo siento mucho —se lamentó Marisa.

     —No te preocupes. Son cosas que pasan, sobre todo en nuestra profesión.

     Nada más decir la frase, Miguel se arrepintió. Poco antes del atentado de Irak, Marisa y Carlos habían atravesado una crisis que casi acaba con su matrimonio. Paradójicamente, ver la muerte tan cerca los unió.

     —Miguelín ha crecido mucho, está así de alto. —Extendió el brazo a la altura de su tórax para orientarles sobre la estatura de su hijo—. Lo veo cada dos semanas si mis obligaciones me lo permiten. Me lo quedo el fin de semana que me corresponde, siempre que puedo, claro. 

 


     Los ojos de Miguel se tornaron vidriosos y Marisa sintió lástima del hombretón. Miguel siempre había sido la felicidad personificada, irradiaba optimismo y era el gracioso de las reuniones, pero también se sentía mal consigo misma. Poco antes de retirarse a su chalé de la sierra madrileña, ella y Carlos ya habían decidido empezar una nueva vida, una en la que no tuviesen cabida las amistades de la agencia, lo que incluía a las esposas o las parejas de los compañeros de su marido. Ahora era consciente de que había cometido un error. Sonia, Marisa, Carla y Paloma habían congeniado muy bien. Se reunían en la casa de alguna de ellas o salían de compras cuando alguno de sus maridos estaba en una misión. Compartían sus alegrías, pero también sus penas. Hacían de dique de contención cuando la marea del miedo crecía en alguna de las cuatro. Y ahora hacía más de cuatro años que no sabía nada de ninguna de las tres. La embargó una profunda sensación de tristeza y arrepentimiento. Ellas, especialmente Sonia, le habían dado ánimos para darle una oportunidad a su relación con Carlos cuando esta pasaba por sus peores momentos. Sentía que las había traicionado, que había sido una egoísta, y se consideraba, en parte, responsable de la ruptura de un matrimonio. Tenía que volver a hablar con ellas, de momento empezaría con Sonia.

     —Miguel, si no te importa, ¿puedes darme el número de teléfono de Sonia? Es que al trasladarnos perdimos el contacto y no sé si sigue manteniendo el mismo número.

     —Sigue teniendo los mismos números telefónicos, tanto de la línea fija como del móvil, pero te los facilito, por si acaso.

     Miguel le dijo los números telefónicos de Sonia y Marisa los introdujo en la agenda de su móvil. A ella le resultaban familiares, lo que indicaba que Miguel tenía razón y, por tanto, los debía tener anotados en la agenda telefónica de papel.

     —Sonia ha cambiado de trabajo —continuó Miguel—, ahora está en una gestoría de la calle Serrano. No suele llegar a casa antes de las seis de la tarde, pero la puedes llamar al móvil a cualquier hora.

     —Gracias —dijo Marisa.

     —Supongo que le hará ilusión hablar contigo. Erais buenas amigas, ¿no?

     —Sí que lo éramos —contestó ella con una inflexión de tristeza en su voz.

     —Creo que ya es hora de que nos vayamos —comentó Carlos mientras se levantaba y la luz matutina que atravesaba las ventanas del comedor se reflejaba en las condecoraciones de su traje de oficial de la marina.

     Miguel retomó su sonrisa y le dio un par de besos de despedida a Marisa.

     —Te prometo que lo cuidaré y te lo traeré enterito.

     —Más te vale —le dijo Marisa.

     Miguel se dirigió hacia el porche de la casa dejándolos un momento a solas para que se despidiesen. Marisa agarró las solapas de la chaqueta de Carlos, se puso de puntillas y le besó.

     —Cuídate y llámame a menudo. Ah, y cuida también de Miguel. Os quiero a los dos de vuelta.

     Él la miró a los ojos antes de hablar.

     —Te quiero más que a nada en el mundo, y no voy a dejar que nada ni nadie nos separe. Ahora me tengo que ir, ya sabes lo poco que me gustan las despedidas. Te llamaré —le dijo mientras se encaminaba hacia la puerta y ella se quedaba de pie, aguantando las lágrimas hasta que los dos amigos partiesen hacia un incierto destino.

     Los dos uniformados se calaron las gorras y avanzaron hasta el portón de la valla, fue en ese momento cuando Carlos se giró y vio a Marisa en el porche del chalé. Ella se llevó los dedos de la mano a la boca para lanzarle un beso de despedida que Carlos le devolvió. Marisa se giró, entro en el salón y cerró la puerta. De pronto, le asaltó una sensación de tremenda soledad, de miedo, algo que hacía años que no sentía. Las lágrimas comenzaron a correr por sus pecosas mejillas y los sollozos a brotar de su boca.

     —Es nuevo, ¿no? —preguntó Carlos ante el gesto de desconcierto de Miguel—. Me refiero al coche.

     —Ya tiene dos años. Lo compré de segunda mano. Desde que lo vi circulando me enamoré de él —respondió Miguel.

     Los dos se subieron al coche, Miguel en el asiento del conductor y Carlos en el del acompañante. El Tiguan derrapó sobre la gravilla de la entrada, pero en cuanto pisó el asfalto salió disparado propulsado por un motor diésel de dos litros.

     —En menos de media hora estamos en Torrejón de Ardoz —afirmó Miguel.

     —Tampoco es necesario correr. Aún queda hora y media para que despegue el avión.

     —Lo sé, pero me gusta notar los 150 caballos del «bicho» —dijo Miguel.

     —Por cierto, ¿cuál es el nombre de la misión?

     —Cervantes, operación Cervantes —respondió Miguel—. En la guantera tienes tu acreditación como agente del CNI.

     Carlos abrió el compartimento del salpicadero y cogió la tarjeta plastificada del ejército. Le llamó la atención que hubiesen utilizado la fotografía que había empleado para renovar el Documento Nacional de Identidad unos meses atrás. «Si el CNI quiere algo lo consigue», pensó.

 

 

Jon Vendon: madrileño afincado en Barcelona, publica su primera novela: El Visitante en 2020. Tras el éxito de ventas y de críticas literarias de El Visitante, publica El Hijo de Caín en abril de 2022, convirtiéndose en una de las novedades literarias más vendidas en Amazon en el día del libro. El texto que aquí publicamos pertenece al cuarto capítulo de esta última novela.


 

Crédito de las imágenes:
Mapa del Líbano: Carte du Liban (1862). En David Rumsey Map Collection
Ilustraciones: Pamela Uribe Valdés
Portada de Hijo de Caín: Amazon.