martes, 17 de febrero de 2026

Reino de los Andes

David Peralta Valdés 

 


 

Prólogo


Esta historia comienza con un recuerdo.

Tenía cinco años, tres meses y siete días. Lo sé porque todos sabemos la fecha de nuestro cumpleaños y, en el Reino de los Andes, todos recordamos el día del gran terremoto del 85.

El auto del Peter era un Chevrolet 52’. Era verde petróleo y tenía las manillas de las puertas pintadas de plata. Las ruedas eran de sintecaucho negrirojizo, opaco y ultra flexible. A mí me gustaba darles pataditas con la punta del pie y sentir cómo me lo hacían rebotar.

Por dentro el auto tenía dos asientos que eran dos sofás. Eran anchos y estaban forrados por una especie de sintecuero crema brillante, bien antiguo, pero elegantoso. Eran nada que ver con los asientos de los coches más modernos, que son butacas unipersonales y ultraestrechas. Acá uno se podía sentar como quisiera, con las patas abiertas, de lado, recostado, ideal cuando uno es chico.

Como mi papá estaba tan entusiasmado con el viaje, invitó a mi abuelo, a mi abuela, a mi tía e incluso a mi bisabuela, que todavía estaba viva. Con noventa y dos años, la matriarca caminaba apenas y no se le entendía cuando hablaba, pero no se le iba una. La recuerdo con su pañuelito en la cabeza andando, tomada del brazo de mi mamá, pasito a pasito.

Según me contaron en algunas onces familiares, ese viaje lo tenían planeando desde hacía tiempo. Mi vieja se había encargado de guardar comida durante semanas, para el desayuno, la cena, los almuerzos. Serían tres días solamente, tres días en Almirante Cordero, un pequeño balneario en el Marquesado de Valparaíso. Tres días, que mis padres veían como el primer gran paseo de nuestras vidas. Serían las primeras vacaciones.

Cada vez que recordábamos ese viaje, mi papá sonreía. A él le tocó manejar, pese a que tenía cero práctica. Nos contó que le aterraba equivocarse, confundirse con los teraciclos al activar los saltos de marcha y terminar dañando la bobina. Obviamente eso era imposible, si el coche era de los de tecnología antigua y estaba hecho para maltratarlo. Pero qué iba a saber mi viejo de autos si nunca había tenido uno.

Mi papá iba tan asustado que nos fuimos a ciento y treinta por hora, todo el viaje. Los otros vehículos nos pasaban por el costado como manchas, como fogonazos o como destellos de electroarmas. En todo caso, como ninguno de nosotros tenía idea de coches, nos pareció que ciento treinta era una velocidad alucinante, una locura. Todavía recuerdo la alegría, todos gritando en la cabina, palmoteando sobre los asientos, saltando, y mi viejo aferrando el volante medio tratando de reír, pero apretado entero.

Eso es casi lo único que recuerdo de ese trayecto. Mis viejos me contaron que me fui todo el viaje jugando con mi protector de plasticristal. Seguramente lo hice combatir contra otras figuritas, enemigos del Reino. Seguramente lo paré detrás de la ventana y lo hice mirar hacia fuera, hacia el país del pueblo que había jurado proteger.

De Almirante Cordero recuerdo la casa. Recuerdo un pasillo con baldosas negras separadas por rayas blancas. Recuerdo sus paredes de plastimadera, tres bujías amarillentas arriba, como tres llamas de vela, que emitían un fulgor suave y pobre. Recuerdo una alacena café clara cargada de copas de vidrio, vidrio real, y de platos decorados y escritos. Había uno grande en el centro, con un árbol hecho de cables, dibujado en azul y con una caligrafía que remontaba y descendía enmarcándolo entero. Debe haber sido un recuerdo, un souvenir. De todas maneras, era algo que yo nunca había visto. Un adorno, algo prescindible.

Ahí mi memoria se va, se borra, se hunde en el fondo o se estira por el aire hasta fundirse con el cielo. La siguiente imagen nítida la componen tres conchitas azulinas sobre tierra negra, un coche naranja de juguete, cuatro soldaditos de plastimadera rojiza y los pedazos de baldosa gris que para mí eran edificios en un campo de batalla urbano. Veo mi mano, haciendo volar a mi protector de plasticristal, haciéndolo lanzar andanadas de rayos imaginarios, tirar sablazos, destellos, misiles infalibles. Todo esto apoyado por onomatopeyas de disparos, despegues, detonaciones y gotas de saliva.

Estaba tan secuestrado por el juego que no recuerdo cuando empezó. Solo sé que escuché el estallido múltiple de la vajilla a la distancia, una verdadera cascada de vidrio que nacía de golpe. Adelante, vi un macetero con un helecho bambolear y caer terraza afuera.

Recuerdo que mis soldados se fueron a tierra uno a uno, que todo se sacudía, que un árbol se balanceaba del otro lado de la terraza, que ni yo mismo me podía parar. Recuerdo que no sabía qué pasaba, que estaba asustado y sorprendido. Una grieta trepó la pared dibujando un rayo de tormenta.

Me vi después dentro de una nube de polvo. Recuerdo el sabor reseco, intruso y terroso. Recuerdo el dolor en la pierna, el peso en la cintura. Debo haber gritado, debo haberme puesto a llorar. Debo haber manoteado, pataleado y tironeado para intentar salir.

Entonces, un brillo inesperado. Vi las estilizadas botas de altacerámica blanca descender sostenidas por chorros de chispas azules. Vi las alas, cintas de plata que se agitaban y despedían destellos verdes junto a las grebas y el cinturón. Vi la pechera de iridio con el emblema de Su Majestad en el centro, las hombreras con el diseño curvo suave descendiendo hacia los costados. Vi la cimera de flexiacero reluciente y, adentro, el rostro seguro, claro e irreductible. Recuerdo la piel blanca, los ojos de miel transparente, la tranquilidad infinita allá al fondo. Recuerdo que mi pecho vibró, la alegría inundó mis ojos. Recuerdo mis manos alzadas hacia el protector que descendía para rescatarme.

Era verano y fue la primera y única vez que fuimos de vacaciones. Mi papá consiguió que el Peter, el chistosito en la refinería, le arrendara su coche por un puñado de ciclos. Tienen que haber sido cuatro, cinco, siete ciclos, a todo reventar. Recuerden que antes la plata valía más, eso sí, y que a mis viejos nunca les ha sobrado por lo que tampoco debe haber sido fácil.

 

Fueron las únicas.

 

 





 

Primera parte
El Distrito Metropolitano

 

I

Como la clase me la sabía de memoria, decidí escuchar el Códice.


Abrí mi mochila debajo de la mesa y metí la mano mientras seguía a la profe con la vista. La vieja se paseaba, hablaba y se atragantaba con el Asalto a Valparaíso. Que las Fuerzas de Restauración eran mínimas, solo un puñado de valientes. Que habían lanzado el desembarco por la noche en medio de la niebla, en una operación ultrasecreta, porque la sorpresa era lo único que podían tener a su favor. Que, para mala suerte, los vigías de la República los habían detectado. Que habían activado las sirenas, que el plan se había ido hacia ya saben dónde, pero que los valientes habían continuado porque eran leales a la reina y porque eran valientes. Así, dos mil electrofusileros reales avanzaron entre destellos y detonaciones, y se fueron tomando los cerros uno a uno, metro a metro. El Asalto a Valparaíso había sido la maniobra más audaz de la historia militar del Reino de los Andes. Había sido una victoria sonora en la que los cobardes de la República habían terminado huyendo en desbandada.


Cuando la profe se dio vuelta para dibujar las líneas defensivas, apreté play.


Nada hay más sagrado que su majestad Catalina de los Andes.
Un plebeyo es leal a Su Majestad y, por ello, Su Majestad es leal a él.
Un plebeyo es digno y honesto, un ejemplo en todo momento.


A los pocos segundos, yo ya estaba en otra. Estaba alucinando, embebido escuchando el Códice. Disfrutaba la voz de la relatora, como pronunciaba cada palabra, cada sílaba, como hacía brillar cada verso de la ley del Reino. Arriba, en el cielo de nuestra sala, estaba el bajorrelieve con Su Majestad. Tenía el yelmo de ultracero blanco, con los penachos que crecían hasta bien arriba. En los costados, el cabello le caía en dos torrentes cubriendo las hombreras. En su brazo derecho, la reina llevaba un brazal con dibujos de araucarias, y en su mano sostenía una electrolanza que superaba largamente su altura. En la otra, la soberana cargaba una rodela pequeña con espinas y colmillos. Aquel era un mensaje claro:
incluso defendiéndose, Su Alteza era peligrosa.

Nada hay más sagrado que su majestad Catalina de los Andes —murmuré.

La clase ya había terminado hacía rato, cuando la voz que declamaba el Códice se apagó con un tirón de los audífonos en mis orejas. Vi los cables estirarse y enroscarse en el aire, y luego dar un latigazo hacia atrás. Recién ahí caché al Colorado con mi reproductor en las manos. Me levanté más que rápido. 

—¿Qué estabas escuchando, polvoriento? —me dijo. Disparé mi mano para tratar de quitarle el aparato, pero alcanzó a esquivarla. Problemas.

—El Códice de Su Majestad, obvio. Dale, escuchemos juntos. Podemos compartir los audífonos.
 
Mientras había hablado, había analizado la situación. No solo tenía al Colorado al frente, sino que estaba rodeado por su grupo. Miré de nuevo al compadre que ahora apretaba una ceja y examinaba más de cerca mi reproductor.
 
—Ni una banca de estadio compartiría contigo, polvoriento de mierda. ¿Sabes cuánto me darán por esto en la feria?
 
—Un ciclo, con cuea.
 
El Colorado sonrió en una mueca de desprecio. Luego se puso a analizar mi dispositivo mirándolo por arriba, por abajo, volteándolo. Era obvio que no tenía cresta idea de cómo funcionaba. Menos iba a
saber cuánto valía.
 
—Bueno, lo que sea que me den…
 
Antes de que el tipo alcanzara a hacer otra cosa, me abalancé contra él. Lo pillé por sorpresa y alcancé a agarrar el reproductor con la mano izquierda. El Colorado respondió girando sobre sí mismo, bloqueándome con la espalda, por lo que el aparato se me soltó. Supe que esa había sido mi última oportunidad para conservarlo y que la había perdido. En cualquier momento me caerían sus amigotes.
 
Entonces me piqué, reconozco que me piqué. Tiré mis manos un par de veces haciendo como que quería agarrar el reproductor hasta que el Colorado cometió el error que yo esperaba. Bajó la guardia.
 
Ahí le crucé la nariz de un mangazo.
 
Le pegué con todo. Lancé el brazo, agaché la cabeza, metí el hombro y giré la cadera poniéndole toda la fuerza y toda el alma, les juro. Sentí la nariz del Colorado aplastarse debajo de mis nudillos como si fuera masa de sopaipillas. Sin mentirles, yo creo que ese fue lejos el mejor derechazo que puse en mi vida, en serio. El problema es que se lo pegué al Colorado, tipo duro como él solo.
 
Después alcancé a parar unos golpes que vinieron de vuelta, pero, entre medio, me llegó un combo en la pera que me movió todo. Luego de eso, solo atiné a levantar las manos para tratar de cubrirme. Ya no cachaba nada.
 
—¡Te estaba weando, conchetumadre!
 
Entonces sentí que me agarraban de los brazos. Luego, tres golpes como tres mazazos que me vaciaron de aire. De reojo, alcancé a ver los nudillos del Colorado acercándose, creciendo, agigantándose. Entonces, el milagro.
 
El golpe me llegó deforme, sin fuerzas, y el cuerpo del Colorado chocó contra el mío. Ambos caímos al suelo en una maraña de brazos y piernas que desarmamos en dos tiempos. Ahí caché que se había metido Dante, el norteño. Se levantaba entre nosotros tan grande como el Aconcagua. Le había dado al Colorado el tremendo empujón.
 
—¡Déjenlo, los mierdas! —tronó. Hay que reconocer que mi compadre desde chico que tenía voz de PDR.

Cuando el norteño llegó al instituto, cayó parado. Era lento de movimientos, seguro, siempre respetuoso. Era como un adulto ultraeducado y maduro, un caballero chico. Caminaba derechito y era el único del curso que usaba corbata. Su sueño era entrar a la PDR, la Policía de la Reina, y se preparaba con el alma para ello.

Al principio, mi compadre trataba de llevarse bien con los chiquillos. Prestaba los termotalladores cuando alguien lo necesitaba, compartía la bahía de carga de su banco e incluso, a veces, su comida. Cuando lo weviaban, sonreía y asentía, sumándose a la talla, bajándole el perfil. Pero las tallas aumentaron, se hicieron más comunes y más odiosas. Dante continuaba sonriendo y asintiendo, seguramente confiado en que en algún momento pararían, como quizás ocurría en Puerta Norte, su tierra natal, pero en el Distrito Metropolitano era distinto. En la capital, los chicos eran perversos.

Bueno, no solo los chicos.

Fue así hasta que un día Carrillo, que también quería entrar a la PDR, le sacó la madre.

Fue un insulto común, casi al paso. Una cosa medio entre comentario e insulto “el conchesumadre del Dante” o “puta que es weón este conchesumadre”, una frase que cualquiera habría dejado pasar. El punto es que ese insulto en el norteño tuvo un efecto distinto.

Diametralmente distinto.

Dante le dijo a Carrillo que “se había excedido”, que le exigía “una disculpa inmediata”. Carrillo apretó el ceño y lo miró de arriba abajo, mucho más sorprendido que intimidado. Dante, imperturbable, repitió su solicitud. “Este, además de conchesumadre, es aweonao”, fue la respuesta de Carrillo. “Arreglaremos este asunto a la salida”, sentenció mi compadre.

Supongo que saben a qué se refería, ¿no? Apenas levantaron el portalón que anunciaba el fin de la jornada, nos desbordamos fuera del instituto. Todo el curso se fue con Carrillo, y Dante se fue solo por el otro lado de la vereda. Nos encontramos en la antigua estación del ferrocarril subterráneo: esa era nuestra arena.

Recuerdo que saltamos la verja, que los que llegaron primero al edificio removieron las dos planchas amarillas de plastifort y que reptamos bajo los fierros de la reja uno a uno. Después, bajamos al trote por la escalera de concreto y saltamos los torniquetes. Cuando llegamos al andén, formamos un círculo y esperamos. En las vías, estaban los cascarones oxidados y decrépitos de dos vagones que ya no funcionaban.

Dante se demoró en llegar. Lo vimos bajar la escalera del andén por el centro, con la mochila al hombro, como si nadie lo estuviera mirando, como si no existiéramos. Recuerdo que me llamó la atención verlo con la corbata ordenada y bien puesta después de un largo día de clases.

Bueno, cuento corto. Decir que Dante le sacó la conchesumadre es poco. Al principio, Carrillo movió las manos, levantó las piernas y acosó a Dante por derecha, por izquierda, pero el norteño esquivó y bloqueó
dando pasos precisos, dibujando un círculo, analizando. De pronto, Carrillo saca una combinación furiosa que termina con un combo ancho como una volea. Dante, medio segundo antes de que lo impactara, pasó por abajo como haciendo magia. Hasta yo alcancé a ver a Carrillo regalado.

Lo de Dante ahí fue un estallido. Metió uno, dos, tres combos abajo que sacudieron a Carrillo como si fuera un monigote. El tipo se fue hacia atrás, intentando recuperarse, pero el norteño dio unos pasos, como que amagó y sacó un gancho hacia arriba que, les juro, levantó al pobre Carrillo un metro del suelo. El tipo cayó seco. Dos veces intentó levantarse, dos veces se desmoronó. Para cuando alguien fue a ayudarle,
Dante ya subía las escaleras de vuelta con las manos en los bolsillos silbando “Y Alondra era guerrera”, el himno de la PDR.

Ese show de boxeo, en todo caso, le costó al norteño dos semanas de suspensión.

Pero la cosa no terminó ahí, no crean.

Cuando Dante regresó de su castigo, lo primero que hizo en el recreo fue buscar a Carrillo. Lo encontró con sus compinches, en el kiosco, bolseando, como siempre. Dante se le acercó, lo saludó con un movimiento de cabeza y le cruzó la cara de un zurdazo que te lo encargo. Carrillo nuevamente se fue a tierra ¡y ahora dentro del colegio!

Entonces Dante se puso a hablar. Dijo que él iba ser un oficial de la PDR para enderezar a gente como Carrillo: gente sin honor, que no respetaba al Orden ni al Códice, y ni siquiera el honor de una madre.
Dijo que los peores enemigos del Reino no estaban en el Exterior, sino dentro, y eran los que despreciaban las tradiciones, el respeto y la ley. “¡Yo me encargaré de ellos!”, remató furioso.

Así era Dante. Ahora volvamos a mi historia.

—¿Y qué te metes tú, norteño de mierda? —dijo el Colorado poniéndose de pie de un salto. Yo me levanté más que rápido.

—Déjalo en paz y ándate —le dijo Dante—. ¿Te estaban robando algo?

—Mi reproductor de microdiscos.

—Ok. Cambio de planes. Le devuelves su reproductor ahora y me acompañas a la dirección a autodenunciarte.

—¿¡Qué te pasa, loco de mierda!?

—Harás lo que te digo.

—¡Bájate de la nube, pobre weón! Todavía no estás en la PDR.

—Por segunda vez: entrégale su reproductor ahora.

—¿Porque tú lo dices?

—No, porque le pertenece.

Los amigos del Colorado comenzaron a rodearlo.

—¿También querís una sacá de cresta, norteño mermelá de wea?

En eso yo ya estaba al lado de Dante, listo para repartir aletazos.

—Si no le devuelves su reproductor ahora —dijo Dante con lentitud—, te voy a trasmutar la cara a charchazos a ti y a todos estos payasos.

El Colorado sonrió y balanceó la cabeza negando incrédulo. Luego, dio un paso atrás y comenzó a arremangarse la camisa. Dos de sus compadres se sacaron el chaleco, otro también se arremangó. La suerte estaba echada.

Dante se quitó el chaleco. Se ajustó los suspensores y también se arremangó la camisa. Yo estaba más nervioso que perro en bote, debo reconocerlo, pero no me iba a achunchar. Estaba al lado de Dante, el gran Dante.

—Vigílame la espalda —me dijo el norteño entre dientes—. Cuida que nadie me gane la espalda, ¡nada más! Pega empujones, arañazos, patadas, mete la cabeza, lo que sea, pero que no me ganen la espalda—. Dante ya tenía voz de PDR, ya les dije. Solo le faltaba la armadura, el casco y el electrofusil.

Me gustaría contarles que con Dante fuimos un muro, que nos paramos en nuestros pies y que aguantamos las oleadas del grupo del Colorado como la Fuerza de Defensa aguantando al Exterior. Lamentablemente no fue así. Ni siquiera sé cómo fue en realidad. El cuento es que todo se hizo borroso de repente, que sentí que me faltaba el aire y ahí, en medio de todos, me desmayé.




 


David Peralta Valdés (1980) es escritor, profesor, editor e investigador. Combina la escritura con la docencia universitaria y sus estudios de doctorado, en los que investiga la creación literaria desde una perspectiva interdisciplinaria. Ha ganado en dos ocasiones el Fondo del Libro y la Lectura, en la Línea de Creación. Reino de los Andes es su primera novela.

 

 

Créditos

Portada del libro: (c) Loba Ediciones Ltda.
Imagen de Santiago: (cc) Wikipedia (imagen intervenida desde el original). 
Foto del autor: (c) David Peralta Valdés