lunes, 30 de marzo de 2026

Soledad Primera (fragmento)

Luis de Góngora 

 

 



Era del año la estación florida

en que el mentido robador de Europa

(media luna las armas de su frente,

Y el Sol todo los rayos de su pelo),

               luciente honor del cielo,

en campos de zafiro pace estrellas,

cuando el que ministrar podía la copa

a Júpiter mejor que el garzón de Ida,

náufrago, y desdeñado sobre ausente,

lagrimosas de amor dulces querellas

               da al mar; que condolido,

               fué a las ondas, fué al viento

               el misero gemido,

segundo de Arión dulce instrumento.

Del siempre en la montaña opuesto pino

               al enemigo Noto,

               piadoso miembro roto,

breve tabla Delfín no fué pequeño

al inconsiderado peregrino,

que a una Libia de ondas su camino

               fió, y su vida a un leño.

Del Océano pues antes sorbido,

               y luego vomitado

no lejos de un escollo coronado

de secos juncos, de calientes plumas,

               alga todo y espumas,

halló hospitalidad donde halló nido

               de Júpiter el ave.

Besa la arena, y de la rota nave

               aquella parte poca

que le expuso en la playa dió a la roca;

               que aun se dejan las peñas

lisonjear de agradecidas señas.

 

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido

               Océano ha bebido,

Restituir le hace a las arenas;

               y al Sol lo extiende luego,

               que lamiéndolo apenas

su dulce lengua de templado fuego,

lento lo embiste, y con süave estilo

la menor onda chupa al menor hilo.

 

No bien pues de su luz los horizontes,

que hacían desigual, confusamente,

montes de agua y piélagos de montes,

               desdorados los siente,

cuando entregado el mísero extranjero

en lo que ya del mar redimió fiero,

entre espinas crepúsculos pisando,

riscos que aun igualara mal volando

               veloz, intrépida ala,

menos cansado que confuso, escala.

               Vencida al fin la cumbre

               del mar siempre sonante,

               de la muda campaña,

árbitro igual e inexpugnable muro,

               con pie ya más seguro

               declina al vacilante

breve esplendor del mal distinta lumbre,

               farol de una cabaña

que sobre el ferro está en aquel incierto

golfo de sombras anunciando el puerto.

«Rayos, les dice, ya que no de Leda

trémulos hijos, sed de mi fortuna

término luminoso.» Y recelando

de invidïosa bárbara arboleda

               interposición, cuando

de vientos no conjuración alguna,

               cual haciendo el villano

la fragosa montaña fácil llano,

               atento sigue aquella

(aun a pesar de las tinieblas bella,

aun a pesar de las estrellas clara)

               Piedra, indigna Tiara,

si tradición apócrifa no miente,

de animal tenebroso, cuya frente

carro es brillante de nocturno día:

               tal diligente el paso

               el joven apresura,

               midiendo la espesura

               con igual pie que el raso,

fijo, a despecho de la niebla fría,

en el carbunclo, Norte de su aguja,

o el Austro brame, o la arboleda cruja.

               El can ya vigilante

convoca, despidiendo al caminante,

               y la que desviada

luz poca pareció, tanta es vecina,

que yace en ella robusta encina,

mariposa en cenizas desatada.

 

 

 

 

La versión que entregamos de este fragmento de la "Soledad Primera" de Luis de Góngora se basa en la preparada por John Beverly para la editorial Cátedra (2024). 

Créditos:
Imagen 1: (cc) Portada de Las Soledades de la edición de 1636.
Imagen 2: (c) Editorial Cátedra. 

 

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