lunes, 4 de mayo de 2026

El país de los tontos (cuento tradicional persa)


 

 

Hubo una vez, en un tiempo en que no existía nadie sino Dios, un hombre que se casó y llevó a su esposa a su hogar. En esa casa también vivía su madre y, entre los pocos bienes que poseían, había una cabra.

Un día el marido salió y la joven esposa se quedó sola en la casa con su suegra. La recién casada estaba ocupada barriendo cuando tropezó con algo y cayó entre las tinajas de agua, rompiendo una de ellas. Al ver lo que había hecho, se avergonzó muchísimo: recogió los pedazos y los escondió.

Luego fue hasta la cabra y le dijo:

—Oh, cabra, no le digas a mi marido que he roto la tinaja, ¿quieres? Y te daré lo que desees.

La cabra baló. Entonces la esposa fue al cofre donde guardaba su dote, sacó uno de sus vestidos y se lo echó encima a la cabra, diciendo:

—¡Esto es para ti!

La cabra volvió a balar y ella imaginó que eso significaba que no era suficiente, así que fue y sacó otra prenda y la puso sobre la primera. Como la cabra siguió balando, la mujer continuó sacando artículos de su dote, hasta que hubo echado sobre el lomo de la cabra todo su ajuar y todas sus pertenencias y, aun así, la cabra seguía balando.

Al oír el alboroto, la suegra preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo?

—Me ha ocurrido un accidente —respondió la mujer. Le contó lo sucedido a su suegra y terminó diciendo:

—Tengo miedo de que la cabra se lo cuente a mi marido.

Justo en ese momento, mientras las mujeres seguían hablando con la cabra, regresó el esposo. Oyó voces y se detuvo a escuchar. Cuando comprendió de qué se trataba y vio qué par de tontas eran, se dio la vuelta diciendo:

—Han traído deshonra sobre las tumbas de sus padres. Debo irme; realmente no puedo quedarme aquí. ¡Son unas tontas espantosas!

Dicho esto, abandonó el pueblo y siguió caminando hasta llegar a una tribu de nómadas. Sediento, se acercó a la entrada de una de sus tiendas negras y preguntó:

—¿No tienen algo que puedan darme de beber?

Las personas le llenaron un cuenco de madera con suero de leche y le trajeron dos panecillos, de los cuales comió y bebió.

Entonces vio que el cuenco estaba tan cubierto de suciedad que casi no quedaba espacio dentro, así que puso una piedra en él para hundirlo y lo dejó en un arroyo. Después de dejarlo en remojo un rato, lo sacó y lo rascó. Cuando la suciedad se desprendió, el cuenco parecía mucho más grande. Los dueños regresaron para recuperarlo y pensaron que lo había agrandado.

—¡Eh! ¿Cuál es tu oficio? —le preguntaron.

—Soy raspador de cuencos —respondió él.

Así que regresaron con el resto de la tribu y anunciaron que había llegado un raspador de cuencos. Todos los nómadas se reunieron y, uno por uno, le llevaron sus cuencos para que los raspara. Él los sumergió en el arroyo, los hizo parecer más grandes y cobró por el trabajo. Ahorró bastante dinero allí y, después de un tiempo, se marchó.

Luego siguió viajando hasta llegar a un pueblo con plantaciones de algodón. Vio que había una multitud reunida y una gran disputa. Se acercó y preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Plantamos algodón —respondieron ellos— y ahora ha brotado un espino del algodón en nuestros campos y no sabemos qué hacer.

—Déjenme verlo —dijo él.

Se lo mostraron desde lejos, y vio que solo se trataba de una planta de sandía. Alguna semilla debía haber caído en medio del algodón y había crecido hasta convertirse en una planta enorme.

—¿Qué me darán si la destruyo por ustedes? —preguntó.

—Lo que quieras pedir.

Entonces pidió una gran suma de dinero y dijo:

—Denme un arco y flechas.

Cogió el arco, puso la flecha en la cuerda y apuntó justo al centro de la sandía. La flecha hizo brotar un chorro de jugo rojo. Los aldeanos huyeron gritando:

—¡El verde del espino de algodón está manchado de sangre, y ahora viene a matarnos a todos!

El viajero avanzó, metió la mano en el agujero dejado por la flecha, desgarró la sandía y bebió parte de su jugo. Los aldeanos horrorizados gritaron:

—¡Qué horrible bebedor de sangre es! ¡Si se queda aquí nos matará!

Así que le ofrecieron todavía más dinero para que se fuera.

Mientras reunían el dinero, un vendedor ambulante dijo que iba a partir hacia otro pueblo. Tenía su burro preparado, con la mercancía cargada y listo para salir.

—¿Adónde piensas ir? —preguntó el asesino de sandías.

—Quiero ir a los pueblos del norte —respondió.

—Hay un paso por la montaña ante ti.

—Sí, lo sé —dijo el mercader.

—Cuando llegues al pie del paso, tu burro te mostrará los dientes; cuando hayas subido hasta la mitad, rebuznará; y cuando llegues a la cima, se revolcará en el polvo. En cuanto haga eso, morirás.

El mercader, sorprendido, partió de todas maneras, tal como lo había planeado. Cuando llegó a la cima del paso, observó que todo había ocurrido exactamente como el hombre había profetizado, y allí estaba el burro revolcándose en el polvo. Entonces se recostó como si fuera a dormir y dijo:

—Ahora estoy muerto.

Como se creyó muerto, soltó al burro y, después de yacer un rato, un lobo que merodeaba en la montaña vio en el animal una presa fácil y lo devoró rápidamente, ante el hombre que seguía tendido en el suelo.

—¡Oh, tú, hijo de un padre quemado! —exclamó—. ¡Si no estuviera muerto, jamás habría dejado que te comieras mi burro!

Un viajero que venía más atrás, en cuanto vio al mercader tendido, notó que los lobos se habían comido al burro.

—¡Hola! —exclamó—. ¿Estás muerto?

—Sí, ciertamente —respondió el comerciante.

—¿Qué me darás para devolverte la vida?

—Te regalaré todo lo que queda —y con eso le entregó sus alforjas y toda su mercancía.

—Gracias. Ahora estás vivo. ¡Levántate!

Entonces el mercader se levantó y siguió su camino. El viajero tomó todos los bienes y descendió el paso hasta otro pueblo, donde justamente se celebraba una boda.

Al caer la noche trajeron a la novia para llevarla a la habitación nupcial. Pero la puerta era baja y la novia alta, y los aldeanos estaban muy confundidos.

—¿Qué haremos? —decían.

Unos proponían cortarle los pies para hacerla pasar; otros querían cortarle la cabeza; y algunos pensaban que lo mejor sería derribar la puerta.

Entonces llegó nuestro viajero y preguntó:

—¿Qué me darán si no hago ninguna de esas cosas y, aun así, introduzco a la novia en su alcoba?

Le dieron una gran suma de dinero. Él se acercó a la novia, le hizo inclinar la cabeza y así la condujo al interior.

A estas alturas se había hecho dueño de una gran riqueza. Así que reunió su dinero y regresó a su propio pueblo para ver qué noticias había. Cuando llegó a su casa, encontró a las dos mujeres todavía discutiendo por la cabra. Había caído una fuerte lluvia y el agua permanecía estancada dentro de la casa; un cesto flotaba sobre el agua. La esposa, apenada por su marido, se había sentado en el cesto, que giraba sin parar, mientras lloraba y decía:

“Me hice una barca para navegar sobre la espuma,

me hice un ancla para no vagar lejos,

pero mi marido, mi marido, no ha vuelto a casa.”

Cuando el marido vio y oyó todo esto, se dio la vuelta diciendo:

—La verdad es que no me quedaré en este país.

Y salió nuevamente de la ciudad, se adentró en el desierto y siguió su propio camino.

 

 

Ahora mi historia a su fin ha llegado,

mas el gorrión a casa no ha regresado.

 

 


 

Traducción y adaptación de Pamela Uribe Valdés 

 

Crédito de las imágenes

Persian Wheatear (Oenanthe chrysopygia): Edición digital sobre el original de © Rajkumar Das (https://birdsoftheworld.org/bow/species/retwhe2/cur/introduction). 

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