lunes, 11 de agosto de 2025

Los negros

 Federico García Lorca

 


 

 

Norma y paraíso de los negros 

 

Odian la sombra del pájaro
sobre el pleamar de la blanca mejilla
y el conflicto de luz y viento
en el salón de la nieve fría.
 
Odian la flecha sin cuerpo, 
el pañuelo exacto de la despedida,
la aguja que mantiene presión y rosa
en el gramíneo rubor de la sonrisa.
 
Aman el azul del desierto,
las vacilantes expresiones bovinas,
la mentirosa luna de los polos,
la danza curva del agua en la orilla.
 
Con la ciencia del tronco y el rastro
llenan de nervios luminosos la arcilla
y patinan lúbricos por aguas y arenas
gustando la amarga frescura de su milenaria saliva.
 
Es por el azul crujiente,
azul sin un gusano ni una huella dormida,
donde los huevos de avestruz quedan eternos
y deambulan intactas las lluvias bailarinas.
 
Es por el azul sin historia,
azul de una noche sin temor de día,
azul donde el desnudo del viento va quebrando
los camellos sonámbulos de las nubes vacías.
 
Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,
los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles
y queda el hueco de la danza ¡sobre las últimas cenizas!.
 
 
 

 
 
 
El rey de Harlem
 
Con una cuchara de palo
le arrancaba los ojos a los cocodrilos 
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara de palo.
 
Fuego de siempre dormía en los pedernales
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
 
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
 
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
 
Es preciso cruzar los puentes 
y llegar al rumor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
 
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana, y de la arena;
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas,
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas
 ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!.
 
No hay angustia comparable a tus ojos opromidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.


*    *    *
 
Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
 
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes
y tragan pedazitos de corazón por las heladas montañas del oso.
 
Aquella noche el rey de Harlem, con una durísima cuchara,
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el traser de los monos.
Con una durísima cuchara.
 
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro;
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
 
¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de Cáncer.
 
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
 
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos y néctares subterráneos.
Sangre que oxida al alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
 
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas, ante el insomnio de los lavabos,
y estrellarse en una aurora de tabajo y bajo amarillo. 
 
¡Hay que huir!,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.


*    *    *
 
Es por el silencio sapientísimo
cuando los cocineros y los camareros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
 
Un viento sur de madera oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros.
Un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos,
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
 
El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo
El amor, por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos, sin una sola rosa.
 
A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,
se levanta el muro impasible
para el topo y la aguja de agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol de lcentro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa.
El sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
 
¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!.
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula,
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas.
 
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
 
¡Ay, Harlem disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor.
Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises,
donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.
 
 
 
 

Iglesia abandonada
(Balada de la Gran Guerra)  

Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arwcos un viernes de todos los muertos.
Lo vi jugar en las últimas escaleras de la misa,
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la lina, y luego,
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas pero las frutas tenían gusanos
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré ¡corazón mío!
cuando el sacerdote levante la mula y el buey con sus fuertes brazos,
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el sigilo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
Él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo, porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo! 
 
 
 

 
 
Créditos:
 
Los textos pertenecen a la sección "Los negros" deal libro Poeta en Nueva York, publicado póstumamente en 1940, aunque escrito entre 1929 y 1930. Debido a la naturaleza compleja del manuscrito dejado por García Lorca (recortes de periódicos, poemas mecanografiados, manuscritos, textos faltantes pero con una lista en que se indicaba quién tenía el original, etc.) y los problemas de publicación que trajo consigo la Guerra Civil Española, existen distintas versiones de los textos, las que varían en vocabulario, versificación y puntuación. En este caso, nos hemos ceñido en lo fundamental a la versión publicada por Editorial Cátedra.
 
Las dos primeras imágenes pertenecen a esta misma edición, siendo la primera un dibujo hecho por el mismo García Lorca. La tercera imagen se trata de Klosterfriedhof im Schnee (Cementerio del claustro con nieve) del pintor Caspar David Friedrich. 
 
 

lunes, 4 de agosto de 2025

Papiro de Ipuur (Fragmento)

Anónimo

 

Que llegue el día en que la humanidad deje de existir, en que los hombres no engendren, en que ya no nazcan hijos, en que cese todo ruido sobre la tierra y no haya que luchar más.

 

Papiro de Ipuur (s. XII a.C., aunque se supone que la composición es anterior, c. 1850 a 1600 a.C.) 
 

Una traducción de Ángel Sánchez Rodríguez puede leerse aquí.

 

Créditos

Fragmento del papiro de Ipuur: (cc) Wikipedia. 

 

martes, 8 de julio de 2025

Caballos y Libros

Burkhard Spinnen

 

 

Traducción por René Olivares Jara 

 

 


 

Hacia el final del siglo XIX las grandes ciudades de este mundo estaban tan llenas de coches y carruajes como hoy están llenas de autos. Quien era vecino de una calle principal y podía permitírselo, esparcía paja sobre la vía para reducir el ruido de las ruedas con herrajes y de las herraduras sobre los adoquines. En el Manhattan del año 1880 vivían cerca de 80.000 caballos, en el Londres del penúltimo fin de siglo había cerca de 300.000, en Berlín en la misma época tiraban por sí solos 30.000 caballos los omnibuses y coches de plaza. El correo de Berlín mantenía cerca de 1600 caballos. 

 

En las ciudades los caballos eran omnipresentes. Algunos volvían por las tardes a los suburbios rurales, pero muchos pasaban también la noche en la ciudad. Dependiendo del propietario y del uso, vivían en establos separados o en ampliaciones en edificios de departamentos a los que se accedía a través de los patios traseros. El correo y distintas empresas de transporte, como el servicio lechero berlinés de la firma Bolle mantenía establos de varios pisos en medio de la ciudad. En los pisos superiores los animales eran guiados por escaleras anchas con peldaños lisos. 

 

 


 

Junto a la alimentación para la población llegaban diariamente a la ciudad grandes cantidades de comida para caballo. Alrededor de 1900 los corceles londinenses comían diariamente 1200 toneladas de avena y 2000 toneladas de heno. Para eliminar los excrementos acumulados de los caballos, cerca de quince kilos diarios por cada uno, se desarrolló un sistema completo de reciclaje. El excremento era recogido y se usaba como abono, pero también era secado y utilizado como combustible. Sin embargo, ya en los años de 1880 existía el temor de que las ciudades se ahogaran en estiércol de caballo. Por cierto, ellos también morían en las grandes ciudades, docenas por día. Luego, sus congéneres llevaban los cadáveres a los mataderos. En especial las carnicerías los transformaban en alimento. Así es como los caballos eran completamente consumidos por la ciudad. 

 

Por el contrario, alrededor de 1900, e incluso hasta la I Guerra Mundial, los autos eran una excepción y una rareza en las calles de las ciudades. En el campo apenas se veían vehículos motorizados. Si en esos años alguien hubiese profetizado que en un futuro próximo el automóvil y el tractor sustituirían completamente al caballo, probablemente habría generado muchas objeciones e incluso, provocado burlas. Probablemente se habría dicho que la motorización podía tener una que otra ventaja, pero sería un tonto quien creyera que se pudiese prescindir alguna vez del caballo. Si ahora cerrara los ojos y volviera a oír la época alrededor de 1900, escucharía entonces todos los argumentos: el auto es demasiado caro, demasiado peligroso y demasiado complicado; es espantosamente ruidoso y esparce un hedor repugnante. Además, y esto habría sido el argumento más fuerte, a diferencia del caballo, el auto es un aparato absolutamente sin nimbo ni aura. 

 

Y entiendo esta objeción en contra de la motorización. Ella vino con bastante naturalidad, casi desde las profundidades de la experiencia cultural. Alrededor de 1900 la humanidad no podía imaginarse en absoluto su vida sin el caballo. Desde hace siglos, no, milenios, personas de todo el mundo habían crecido con el caballo como su animal de compañía más importante. Sólo con caballos se podían transportar personas y bienes por las grandes rutas terrestres. Los caballos eran la ayuda más importante con el trabajo pesado. Ninguna catedral, ningún palacio, ningún puente habría podido ser construido sin ellos. Y, finalmente, una agricultura sin caballos apenas habría alimentado a la humanidad. 

 

La propiedad de caballos era, por lo tanto, desde tiempos inmemoriales, una de las primeras pruebas de riqueza, poder e importancia. Los reyes se hacían pintar a caballo. Caballos adornan hasta ahora los escudos de armas de casas nobiliarias y de reinos. Incluso las estructuras de los Estados Democráticos todavía tienen caballos en sus escudos de armas, por ejemplo, los Estados Federados de Baja Sajonia y Renania del Norte-Westfalia. Una persona con caballo no era solamente más fuerte, también era una persona mejor y más noble. Un caballero no era sólo un jinete, sino también un noble.* 

 

 

Escudo del Estado Federado Alemán de Baja Sajonia

 

 

 


Escudo del Estado Federado Alemán de Renania del Norte-Westfalia




Finalmente, en lo que respecta a la guerra, el caballo siempre había sido el mejor garante de fortaleza y superioridad. Todavía en la Guerra Civil Estadounidense de los años de 1860 no se consideraba a la artillería como el arma definitiva, sino un buen ataque organizado de jinetes. Y, aunque entonces ya se comprobó la superioridad del fuego de infantería sobre la fuerza de las masas de caballos a la carga, los líderes del ejército se aferraron incluso hasta la I Guerra Mundial en la antigua doctrina de la superioridad del arma equina. Hasta hoy resuena esta convicción en una metáfora. Quien requiere del ataque con el mayor poder posible, llama todavía a la caballería.

 

 

 

Sin embargo, entretanto nos burlamos de la confianza y la fe al caballo de las personas de alrededor de 1900. Porque no tenían en absoluto la razón. De hecho, el siglo XIX fue el último siglo de los caballos. Ulrich Raulff lo ha descrito en su libro del mismo nombre tan genial y conmovedoramente que al lector le puede despertar el anhelo por esta época. Sin embargo, después de 1900 el caballo desapareció, contemplado en tiempo histórico, en el transcurso de un parpadeo. Dejó las ciudades, el campo y los ejércitos, mientras que simultáneamente autos, camiones, tractores y tanques asumían todas sus funciones. Ya en 1938, más de tres millones de vehículos estaban registrados, en Alemania, entretanto había sobre sesenta millones de caballos. La última unidad de caballería fue disuelta en los años de 1950 en el Ejército Rojo, en donde se había conservado como un fósil histórico. Quien viene hoy a Viena, visita los pocos coches de alquiler en sus puestos como extravagantes obras expuestas en el museo. Si frente a la propia puerta de la casa pasa un coche con un traqueteo de cascos, uno se acerca a la ventana y sacude la cabeza. 

 

 

  

Y, en general: Dondequiera que se ve un caballo que sigue haciendo lo que hizo durante miles de años para servir al hombre, espontáneamente se piensa: ¡Qué encantador! E inmediatamente después: ¿Cómo fue posible? ¿Cómo pudimos fundar el funcionamiento y el mantenimiento de nuestra sociedad en las fuerzas comparativamente modestas de tal ser vivo sensible y arisco? 

 

Caballos, estos seres hermosos y pacientes, sin los cuales nuestra civilización no habría podido alzarse, hoy han encontrado su último refugio en el mundo occidental como aparato viviente de pasatiempo y deporte. Son bien cuidados y bien tratados. A menudo, incluso, amados, en especial por muchachas y mujeres jóvenes, es decir, precisamente por quienes habían estado mayoritariamente excluidas del antiguo mundo del caballo como mundo de hombres. Es como si estuviéramos intentando enmendar en unos pocos ejemplares de la especie caballo lo que les hemos hecho a millones de congéneres, cuando los hemos ocupado, agotado, maltratado, golpeado y, en innumerables guerras con caballos, incluso aniquilado, los hemos matado de hambre y despedazado. Sin embargo, como siempre también: En este país el caballo es historia. 

 

Y ahora, algo de cien años después de que el peligro mecánico comprobara su habilidad de “vencer” al caballo tanto en lo cotidiano como en la guerra, hablamos de esto otra vez: si un invento moderno podrá reemplazar y sustituir a un antiguo acompañante del ser humano. Se trata del libro electrónico. ¿Se liberará el texto de las riendas del papel? ¿La lectura se parecerá al manejo de una terminal digital como un monitor, una tableta o un celular inteligente? 





Con frecuencia escucho en tales debates sobre el futuro un “¡No!”, pronunciado con un profundo tono de convicción. Seguramente, así se dice, el libro electrónico tiene tal o cual ventaja, sin embargo, nunca podría sustituir al libro impreso. El libro sería una expresión tan prominente, quizás incluso la verdadera de nuestra cultura y civilización. El libro tiene tradición y aura, encarna distinción y dignidad. Jamás, así se dice, prescindiríamos de ello. Aunque sólo fuera porque no podríamos hacerlo. 

 

A mí también me gustaría pensar en eso. Sin embargo, entonces, siempre se me viene a la memoria lo fácil y lo rápido que pudimos prescindir del caballo. La tecnificación y la movilización de nuestra vida eran procesos incontenibles en los siglos XIX y XX, hoy lo son la digitalización y la computarización, cuyo hijo, relativamente tardío, es el libro electrónico. En muchas áreas de nuestra comunicación cotidiana la lectura de textos en monitores estacionarios o movibles, sin utilizar papel impreso, es ya la regla. ¿Quién escribe cartas todavía, cuando los correos electrónicos, apenas redactados, ya están junto a su destinatario, quien los lee rápidamente desde la pantalla? La comunicación empresarial, el intercambio de datos en la ciencia, todo esto es apenas concebible sin las vías digitales de transmisión. 

 

Como era de esperar, el mundo de la literatura es el que se opone con más fuerza a su digitalización definitiva. Aquí viven, así quizás podría decirse, los últimos caballeros del Mundo del Texto. Sin embargo, hay razones importantes para eso, de por qué aquí también podría finalizar la Época de Gutenberg. Después de todo, el auto y el tractor, por no hablar del tanque, no habrían sustituido al caballo ni mucho menos, sino por su fuerza, su resistencia y su cierta frugalidad. También hay buenos argumentos para el libro electrónico. 

 

No obstante, quisiera dejar eso a otros, la descripción de las ventajas de la lectura digital o las ventajas ecológicas de la publicación sin papel. Estoy demasiado apegado a los libros para eso. Desde que puedo leer, los libros me han abierto el mundo, no los datos. Los libros fueron mis acompañantes, mis compañeros de departamento, mis ayudantes, mis amigos y lo son hasta hoy. Lograr escribir libros por mí mismo, fue y sigue siendo el cumplimiento de mi sueño más atrevido. 

 

Por eso quisiera, sin pretensiones de exhaustividad, detallar una vez en este libro, lo que perderé, en caso de que el libro deba dejarme alguna vez. Con ello no deseo extraer argumentos “pro libro” hasta ahora desconocidos. Más bien me dedicaré a todas las cosas maravillosas que yo y todo los que vivimos en la cultura del libro, damos por sentado. Todo aquello que resulta tan familiar que sólo lo reconoces plenamente cuando lo echas de menos. 

 

 

 

 

 Nota

* En el original: “Ein Ritter war ein Reiter, ebenso ein Chevalier. Literalmente es "Un caballero era un jinete, asüi como un caballero." Debido a que en español "Ritter" y "Chevalier" se confunde, he preferido una versión menos literal. (Nota del Traductor.)



El presente texto es una traducción del primer capítulo de Das Buch (El libro) del autor alemán Burkhard Spinnen (1956). Le damos las gracias a él y a la Editorial Schöffling & Co. por permitirnos traducir parte de este libro que todavía no circula en español.

 

 


Créditos de las imágenes

(cc) Wikipedia, excepto por la portada de los libros Das Buch (c) Schöffling & Co. y Der letzte Jahrhundert des Pferdes, (c) Editorial C. H. Beck. 


lunes, 12 de mayo de 2025

El descanso en la escaleran N° 5


 

Ya apareció el quinto número de nuestra revista El descanso en la escalera. Como es la costumbre, sacamos un numero compilatorio anualmente basado en los textos que publicamos en el blog. En este número, como siempre rescatamos algunas joyitas ocultas de algunos autores consagrados y mostramos también el trabajo de otros no tan conocidos. Los invitamos a ver este nuevo número en el siguiente enlace: El descanso en la escalera N° 5


lunes, 5 de mayo de 2025

 El Anticristo es un juego de niños

Sobre El día de la bestia (Álex de la Iglesia)

Pamela Uribe Valdés



Hace unos días nos sentamos a ver en familia El día de la bestia, de Álex de la Iglesia. Una película hilarante que sigue a un cura que, tras descifrar un mensaje oculto en el Apocalipsis, decide consagrarse al mal para acercarse al Anticristo y eliminarlo. Se constituye así una triada de personajes insólitos: un rockero satánico de gran nobleza, un vidente charlatán y él mismo, un sacerdote que ha hecho un pacto con el Demonio. Esta extraña trinidad profana, espejo invertido de la triada divina -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, se lanza a una cruzada alucinante para salvar al mundo del nacimiento del Anticristo, siguiendo señales confusas y padeciendo toda clase de golpes, abusos y desventuras.



A mi hijo le decepcionó el final: después de todo lo que pasaron, los sacrificios, las palizas, las muertes… ¿para qué? Nada cambió, no hubo gloria, ni revelación, ni recompensa. Pero acaso, ¿no es así de absurda la vida? Le respondí. Hay que vivir pensando que la mayoría de las cosas que nos pasan y que hacemos no tienen mucho sentido ni tampoco un final glorioso.

Y entonces, en medio de la conversación nos surgió otra: ¿quiénes son realmente los malos y los buenos en esta historia? Porque el grupo que supuestamente salva el mundo está compuesto por pecadores, marginados, tipos rotos: un metalero que parece feroz, pero tiene una ternura y lealtad inquebrantable; un farsante que no cree ni en los poderes que predica; y un cura que intenta romper todas las reglas de su fe para hacer el bien a través del mal. En cambio, los verdaderos villanos se esconden tras discursos de pureza: los que quieren “limpiar” Madrid de la suciedad y la pobreza, los que proclaman orden y moralidad… son ellos quienes asesinan al supuesto Anticristo, creyendo actuar en nombre del bien. Pero el cura, en su visión final, los ve transfigurados: ellos son la verdadera maldad. El mal disfrazado de virtud.



Si miramos lo que ocurre en la actualidad, es difícil no pensar que los verdaderos villanos de El día de la bestia —los que querían "limpiar Madrid" con violencia— tienen hoy un eco fuerte en muchos líderes políticos internacionales. Han ganado terreno en sus propios países con discursos similares, aunque más elaborados, envueltos en patriotismo, crecimiento económico, fe o seguridad nacional. Pero el núcleo es el mismo: "limpiar", expulsar, aniquilar lo diferente, lo pobre, lo ajeno.

Hoy ya no se trata solo de un vagabundo quemado en la calle. Se trata de migrantes convertidos en amenaza, de minorías racializadas que son criminalizadas, de adversarios políticos demonizados. Todos ellos deben ser "eliminados", simbólica o literalmente, para que el país vuelva a ser grande. ¿Grande cómo? Económicamente, territorialmente, culturalmente… como si ese pasado idealizado por el discurso que ellos mismos han construido no fuera una representación de sus propuestas radicales.

Estos líderes se presentan como víctimas incluso cuando cometen crímenes horrendos. Bombardean, encarcelan, suprimen, deportan y al menor cuestionamiento se atrincheran: dicen estar haciendo justicia por los suyos. Se apropian del dolor colectivo y lo manipulan. Y cuando alguien los critica, levantan escudos discursivos para acallar la disidencia: etiquetas sacadas de contexto, como "antipatriota", "antidemócrata", incluso "antisemita", cuando ni siquiera se está hablando de religión.

Sin ser una persona religiosa, me temo que aquel demonio bíblico superó la iconografía medieval; ya no necesita cuernos ni rituales satánicos. Viste traje, habla con convicción, aparece en cadena nacional, y tiene millones de seguidores que lo aplauden convencidos de que la “limpieza” es necesaria.

Ahora, a nivel nacional, en Chile, se avecinan nuevas elecciones. Y aunque el discurso de “limpiar” suene levemente más suave que en otras latitudes, la disconformidad se hace latente, sobre todo en una clase política que, en mi opinión, está compuesta casi enteramente por la burguesía dominante: alta o baja, capitalina o regional, pero burguesía al fin. Muchos de ellos parecen convencidos de que es necesario "limpiar Chile": de migrantes, de delincuentes, de desempleo, de todo lo que no encaje en su idea de orden.

Pero, ¿quién define qué debe ser limpiado? ¿Y a qué costo? ¿Qué discursos se activan cuando se vuelve aceptable ver al otro - al pobre, al extranjero, al distinto - como una amenaza a erradicar?

En este momento no puedo sino volver al final de El día de la bestia. No necesitamos un Anticristo sobrenatural que exhiba sus cuernos y cola en nuestra sociedad. La verdadera esencia de la maldad está entre nosotros: viste trajes caros, ofrece promesas exacerbadas, agita temores con elocuencia. Al lado de ellos, el Anticristo es casi un juego de niños. Al menos él tenía un destino inevitable. Ellos, en cambio, eligen ser lo que son. Y lo más inquietante: son producto y consecuencia de nuestras propias decisiones.



Créditos de las imágenes:

Figura 1: Wikipedia contributors. (s.f.). Portada de El día de la bestia [Imagen 1]. (cc) Wikipedia.
Figura 2: de la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Fotograma]. Sogetel / Canal+.
Figura 3: de la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Fotograma]. Sogetel / Canal+.
Figura 4: de la Iglesia, Á. (Director). (1995). El día de la bestia [Fotograma]. Sogetel / Canal+.Sogetel / Canal+.