lunes, 22 de mayo de 2017

La lucha de Vilakazi en la Babel sudafricana


Pamela Uribe Valdés



Benedict Wallet Vilakazi (1906-1947)


Hay muchas diferencias entre Chile y Sudáfrica, una de ellas y quizá la más significativa desde mi punto de vista son los idiomas. Tanto los chilenos, como la mayor parte de nuestros vecinos sudamericanos, tenemos oficializado el español como lengua materna. En Sudáfrica, por el contrario, existen once idiomas oficiales, de entre los cuales destaco al Afrikáans (lengua de origen holandés), el Zulú y el Xhosa (lenguas originarias más habladas) y el inglés. Esta última si bien es lengua materna de un porcentaje mínimo de habitantes, es considerada un idioma común; es decir, es usada por quienes viven en las ciudades, además de ser la lengua predominante del gobierno y los medios de comunicación.

En consecuencia, nos encontramos con lecturas que son todo un misterio para nosotros. Por ejemplo, Benedict Wallet Vilakazi; religioso quien vivió entre 1906 y 1947. Vilakazi fue un poeta, novelista y educador perteneciente a la etnia Zulú. Además, fue el primer sudafricano de raza negra en alcanzar el grado de Doctor; logro admirable y casi impensado para la época.

Nje nempela fue históricamente la primera novela escrita en lengua Zulú, mientras que Inkondlo kaZulu, la primera obra poética escrita en esta misma lengua que toma la estructura europea tradicional del verso, la estrofa y la rima. De estas obras es difícil encontrar traducciones en inglés, lo que en español creo imposible. 

Quisiera compartir algunos versos del poema "Ngephasika" ("En el Oeste"), que con mucha humildad intentaré traducir desde el inglés: 

“…Por esto, ¡Oh Señor!,
te agradecemos.
Y recordamos también, como tú
deambulabas a través de estas tierras de África,
esta tierra de pueblos negros
…Yo escucho, yo temo que vienen a traicionarte;
Siento mi sangre congelada, mi cuerpo tiembla.
Yo también soy intercambiado en todos los lugares de la Tierra.
Vendido porque mi piel es negra.
Yo no elegí este color, la elección fue tuya;
Y siendo tuyo,
te agradezco, Señor…” 


En este pequeño extracto podemos observar como la voz del hablante establece un diálogo con Dios. Una voz que intenta hablar por su pueblo, por su raza; los zulúes. Vilakazi traslada la tradición religiosa europea hacia el continente africano, recordándonos que Jesús nació y recorrió parte de este territorio, subvirtiendo, de esta manera, la hegemonía del pensamiento eurocéntrico

En este poema Vilakazi, además, nos habla de la opresión y la esclavitud, que si bien ha sido abolida desde hace mucho, actualmente vemos representada en otras formas de segregación como la construcción de muros fronterizos o las extradiciones. Sin querer hacer una apología religiosa, creo que es una ayuda conocer estos humildes versos de Vilakazi que a principios de siglo XX hablaban esencialmente sobre un tema no superado: el respeto ante la diversidad étnica y cultural.



Foto: Originalmente aquí.  

lunes, 15 de mayo de 2017

En torno al Arte II

Edgardo Anzieta




El arte “conquistó” su autonomía –que no su independencia– cuando, en cierto modo, se liberó de los rastros directos, huellas y cicatrices de la religión, el peso estructural de sociedades concentradas en la necesidad, que también arroja fatalidad; su propaganda (in)directa del poder era prestigio y allí falta siempre únicamente un  paso para que se convierta en lujo: su promesa de (omni)potencia se expresa en su contrario, la manifiesta expresión de su (im)potencia que lo hace, incluso, fungible, pero, más que nada, desechable. Fungibilidad astuta, que en sí misma, testimonia límites de la relación arte-poder.


La acusación de inutilidad que se encierra es motivo recurrente –emocionante– de todo artista. El mercado dimensiona y “valora” en dinero (presencia-ausencia) las responsabilidades, culpabilidades, desvelos y desventuras del creador: la autonomía al interior del mercado no es sinónimo de independencia; desde luego, no suele ser siquiera aledaño y sí captor.

Cuando la especie reclama con desespero el reino de la libertad, el arte con su autonomía resulta insuficiente, en casos, estéril: conquistada y padecida la autonomía, la producción y el mercado hacen negocio y plusvalía y ubican por delante y en el centro del proceso el consumo –ya no el uso– y el arte desde el trauma se “desvanece” en su propuesta (anti)utilitaria; en otra vuelta de astucia, suele el artista “escoger” ese desvanecerse como herramienta para dar cuenta de lo que (le) sucede. No todo lirismo, en última instancia, hace culpabilidad autosatisfecha, escape frontal. Delicadeza y ternura abren otros espacios y de esas moradas les proviene su imperio.


Nuevos tiempos le piden al arte recuperación de un uso pero ya no desde la concentración necesitada de la sociedad; exigen concentración liberadora que el arte sólo puede rendir o lograr desde un movimiento doble tanto de extrema humildad como de alta conciencia: la (anhelada) correlación de ciencias, artes, filosofía. Concentración distinta de la de su no muy lejano pasado (presente). Si allá  el arte era funcional a la religión, el prestigio y podía devenir (mero) lujo, todo con su cortejo de servilismo, vanidad, angustia, falsificación y dolor, combinados de honda sutileza, personalidad, riesgo, inconsciencia y reclamo, acá y en medio de la feroz plusvalía precisa su propia liberación, hasta independencia, porque ya (se) exige la unidad del fenómeno humano en tanto naturaleza y de la naturaleza en cuanto –ya– fenómeno humano.

Si resultó “familiar” del trabajo – ejemplares y mutuos tormentos – ahora se le propone llegar a una unidad superior que comprenda la especialización general y particular de lo humano, del trabajo advenido; dicha especialización clama por universalizar la comprensión de esa totalización: el arte aporta conciencia en la medida que atrae instantes del devenir humano, en esfuerzo fragmentario y abarcador, porque en ese tal vez que es siempre promesa y angustia, arroja a la misma conciencia – y desde ese momento creciente de la conciencia que es la intuición – todo lo que le adeuda al trabajo, como una gran recuperación y devolución de humanidad y como, por ende, gran recuperación de lo natural, en batalla singular con la escisión de la que en parte emergió pero a la que con desesperada y eficaz pericia refuta.



Para leer  la primera parte, pincha aquí.

Las imágenes pertenecen al artista Guy Laramée. Para ir a su sitio web, pincha aquí.




Edgardo Anzieta (Chillán, 1954), poeta y ensayista chileno. En el año 2012 publicó el libro Antología del Pan más Blanco. El artículo que aquí hoy publicamos es la segunda parte de un ensayo todavía inédito llamado En torno al arte.

lunes, 8 de mayo de 2017

¡En Sudáfrica también se escribe!

Pamela Uribe Valdés


Nadine Gordimer (1923-2014)


Poco o nada se conoce sobre literatura africana en Chile, me atrevo a señalar. Presumo que tampoco en Latinoamérica. Lo mismo debe ocurrir con la gran cantidad de obras procedentes de Asia, Oriente Medio u Oceanía (podría seguir afirmando que tampoco conocemos mucho sobre literatura chilena, pero eso ya es harina de otro costal). Sin ser esto una falta atroz, ni motivo de excomuniones intelectuales, podría señalar que esta omisión es un síntoma que, por una parte, se debe a la existencia de un currículo altamente europeizado y, por otra, a la falta de interés por las manifestaciones de estas partes del mundo, esto último deviene en una escasez de traducciones y, por ende, de ejemplares en el mercado.

Mi intención hoy es sorprenderlos, de manera siempre muy sucinta, con algunos escritores que nacieron en estos alejados, desconocidos y exóticos territorios, porque; sorpresa: ¡En Sudáfrica también se escribe!

Quisiera comenzar con los premios Nobel en Literatura – pues tienen otros cinco laureados en las áreas de Medicina y de la Paz – que son dos al igual que en Chile; Nadine Gordimer y John Maxwell Coetzee, en 1991 y 2003, respectivamente. 


Nadine Gordimer fue una descendiente de inmigrantes judíos nacida en una pequeña localidad minera cercana a Johannesburgo. En la mayoría de sus obras – tanto novelas como relatos breves – se aborda el problema social de Sudáfrica.  Presentando las consecuencias del apartheid (segregación racial institucionalizada que rigió en este país hasta 1992), el exilio y la enajenación del ser humano. Comprometida luchadora contraria al sistema, Gordimer defendió la causa de la liberación de Nelson Mandela, con quien estableció una profunda amistad. Su lucha contra la segregación racial quedó sintetizada en la frase “Yo soy africana y el color de la piel no importa”; sentencia rotunda en el discurso de entrega del Nobel. De sus obras una de las más conocidas es “El conservador”, por la cual obtuvo el Premio Booker en 1974.

J. M. Coetzee (1940)

Mucho más conocido es J. M. Coetzee, este matemático e informático – formación comparable con la de nuestro Nicanor Parra, lo que nos plantea una reflexión en que la compatibilidad entre la literatura y las matemáticas no es tan descabellada – nació y estudió en la cosmopolita Cape Town. Su obra caracterizada por el estilo austero, simbólico y metafórico, revela una postura en la que cuestiona y se levantan contra las consecuencias negativas del apartheid. A diferencia de sus colegas, evita ser objeto de la atención pública y no es muy proclive a hacer declaraciones o dar entrevistas. La obra de Coetzee, al igual que la de Gordimer es vasta, en este caso mencionaré sus libros más reconocidos “Waiting for the Barbarians” (“Esperando a los bárbaros”), que lleva a los lectores al oscuro corazón del apartheid, y “Disgrace” (“Desgracia”), por el que ganó su segundo Booker Price.



Podría continuar mencionando una gran cantidad de autores, incluso a J.R.R. Tolkien, quien es inglés, pero nació en Bloemfontein. El tema quedará pendiente para una nueva columna. Sólo quisiera que recordaran que en Sudáfrica se escribe y muy bien.


Pamela Uribe Valdés: "A la literatura nunca se llega por azar. Nunca, nunca." Dijo Roberto Bolaño en una entrevista, humildemente creo que no soy una exception a esa regla... Mi nombre es Pamela Uribe Valdés, nací y estudié pedagogía en Santiago de Chile. El azar me llevó a la ciudad de Talca, lugar donde decidí cursar un magíster. Actualmente vivo en Stellenbosch, Sudáfrica y mientras aprendo de la nación del arcoíris, leo y escribo algunos breves comentarios sobre formas literarias que para mí son nuevas y sorprendentes, como todo en este país."



Créditos

Fotografías de los autores y las obras, Wikipedia (Licencia CC).

martes, 18 de abril de 2017

Ludwig Zeller








La obra de Ludwig Zeller (Calama, 1927) se encuentra influida profundamente por el surrealismo y por las ideas de Carl Gustav Jung, en especial por su teoría de los arquetipos y del inconsciente colectivo. Muy cercano poética y personalmente a Humberto Díaz-Casanueva y a Rosamel del Valle, puede considerársele un continuador de esta veta de la poesía chilena.

Los poemas publicados aquí pertenecen al libro Cuando el animal de fondo sube la cabeza estalla (1976), aparecido en Canadá, país en el que Zeller vivió durante mucho tiempo hasta su instalación definitiva en México. Esta obra expresa la profunda unidad entre la experiencia poética y la experiencia vital. En ellos se unen la expresión visual y lingüística de una vivencia profunda y trascendental, asociada muchas veces al mundo onírico. Los textos son acompañados por collages compuestos por imágenes que parecen provenir de libros antiguos de ciencia o aventuras. Ellos complementan y amplían la lectura de los poemas. Además, cada uno de los textos está traducido al inglés y al francés, amplificando la experiencia poética a otras formas de pensamiento. Recordemos la profunda relación entre idea, palabra y ser, que ya tiene una larga tradición. Como dijo Heidegger «El lenguaje es la casa del Ser» («Die Sprache ist das Haus des Seins») y antes de él Wittgenstein: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» («Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt.» Con ello veremos que la diversidad de los medios de expresión nos da la oportunidad de revivir la experiencia poética tanto en la contemplación visual como en las distintas versiones del texto.

En esta oportunidad publicamos los textos en español junto con las imágenes que los acompañan.


PS: Un detalle de la traducción al francés es que pertenece a Thérèse Dulac, viuda del poeta Rosamel del Valle.




Cuando el animal de fondo sube la cabeza estalla





Hoy vienen los fantasmas y en la mesa que gira
Veo crecer las flores bajo el llanto sediento
Del ojo que en el centro del plato está mirando
La alcuza con su aceite y su escorpión.

Los días se cerraron de repente, crecieron grandes hojas
Como piel de leopardos al acecho, preguntaron
Mi nombre en arameo, quebraron las botellas
De centellas heladas, esos restos de amor que pule el mar.

Seguramente está de más, dijeron. Equivocó el reloj
Sus engranajes, voltearon de revés esas poleas
Y entre animales vago –ser de sangre caliente–
En los caminos, muerdo sobre los frenos, soledad.

¿Se apagó el sol? pregunto. Los niños lloran
Y de las cuatro esquinas siento subir burbujas
Que relamen sin tregua los tablones, los bordes macerados
De aquél Arca, bajo un palio de fiebre va el carbón.

No quiero ver quebrarse la guitarra
No quiero ver subir la marmita
Aquél ojo con garras que pregunta de nuevo
Si dos y dos son cuatro, si las aguas hirvieron de verdad.

¿Dónde estamos queridos? Las arenas de insomnio se levantan,
Juntemos los juguetes del terror, encendamos la mecha
Que parta en dos la luna y esperemos mil años…
                                                                              Mi calamar
Mi madre entre la tinta empieza de repente a sollozar.





Último puerto del Capitán Cook



Escrutando sin pinzas las rocas de su mente
Él cree ver de nuevo los paisajes extraños
Y el barco y las tinajas verdes donde la sangre
Oculta daba gritos en la piel de mujeres ya olvidadas.

Pero, ¿quién se recuerda? ¡No hay salida! Y el viento
No soplará jamás sobre estas jarcias, está solo
Y ya no hay nadie más en las cubiertas donde antaño
Los cautivos empapados de lluvia, de pavor y de herrumbre
Cantaban en su jerga hecha de gritos como licor ardiente
Que él querría de nuevo hoy escuchar.

Pero por fin comprende que no ha salido
Nunca de esta prisión y sólo era leyenda
De marineros ebrios la aventura de explorar
Esos cuatro costados de la tierra en que bullía el polvo.

El orgullo lo tienta y su rostro se enfría
Para toda ternura cuando apoyado en el bastón
Contempla lo que guardó por años en secreto, su escudilla
Con lágrimas, las mismas que a torrentes lo volcaron
En la rada materna.

                                      Y mira aquellos huesos calcinados
Que recorrió cantando o maldiciendo, el viento al fin
Que golpea las jarcias como un ala y el mentido camino
Que lo invita a partir junto a los otros que ahora van
A recorrer el mapa de sus sueños, y se pregunta dónde
Y hay silencio, y grita y enronquece hasta ser el lamento
De aquellos peregrinos que arrastran las mareas
Al abismo sin fondo, y para siempre.

 


Para abrir la mente



Enterrado hasta el cuello en las arenas
Oigo zumbar las hélices del grito,
El cielo está cubierto y para siempre
Veo caer la red sobre las aguas.

Siento entonces mover piedras en lo alto
Y unas manos descienden a mi cráneo pintado
Que abierto en dos, muestra su gajo amargo,
Amargo y sin consuelo.

El cuervo de marfil no tiene plumas
Y las aguas descienden al abismo ignorado.
¿No habrá piel, no habrá mano que se abra en la caída?
Con una brasa ardiente me cegaron.

Ya no tengo recuerdos, me quitaron la luz
De esa memoria, sólo quiero bajar, ser uno con la tierra
Y olvidarme, poder cerrar el ojo que me abrieron
Y ya no ver jamás el sol que hierve. 



Un sueño repetido, ¿es sólo un sueño? 
 



 

“Era de noche. Me encontraba recorriendo un matorral de hojas gruesas y polvorientas, uno de esos lugares desérticos y escondidos donde cualquier cosa puede suceder. Examinaba la vegetación y parecíame que los árboles eran espinos y que a sus flores les crecían como ojos hacia adentro; todo estaba quieto, en silencio y al acecho. De pronto me veía rodeado de gatos y la sensación de peligro se tornaba casi intolerable. Agiles y agresivos, su piel me parecía ahora cubierta de uñas y veíanse sedientos de rencor, amenazantes. Los felinos crecían, eran muchos, amarillos y negros y su tamaño alcanzaba al de los leopardos. Toda fuga me parecía inútil.
                Desesperado cogía un palo de dos o tres metros cuya punta ardía como una antorcha y así armado me enfrentaba a la jauría que ahora era un animal tan sólo, que no atacaba, sino que huía entre las ramas. Con este tizón, pensaba, podré quemar cada intersticio, cada hueco en donde pueda esconderse mi enemigo.
                ¿A dónde voy? ¿A dónde lo persigo? Me veo al borde de un abrupto barranco acosando al felino, pero cuando ya estoy a punto de cogerlo, me doy cuenta de que se ha transformado en la figura del león de Belford y es el soporte de hierro de una pequeña balanza, escaño de un parque donde tiene que ser pesado un día eterno. Me río, al ver esto, a carcajadas, pero ellas no tienen eco. La floresta, las rocas del lugar no tienen eco y su respuesta es tan sólo un largo gemido. Entonces, en mitad del sueño, no sé quién soy yo mismo, si el cazador o el gato.”

(Noche, 10 de febrero de 1972, Toronto.)

Repetición del sueño

Hay que entender de tigres, hay que amarlos
Para clavarlos sólo en cruz cuidando de doblar
Sus bramidos hacia los cuatro puntos cardinales,
Se les hunde hasta el fondo de la oreja el tizón
Y si no hablan en un inglés correcto, se repiten
Las sílabas en un sentido inverso, se les mata de a poco,
Por error, por costumbre, como se hace con todo,
Tan sólo por fastidio.

Ya despierto me angustia aquel recuerdo
De un ser que me habla en sueños, me interroga
Y no entiendo.
                        El paisaje se apaga, no hay un eco,
Quizás sea yo el tigre y sea otro el que juega
Persiguiéndome con carbones ardientes.
Los muñones golpean contra el vidrio, no comprendo
Por qué caen las plumas y en los días cegados,
Entre flores de hielo veo un rostro que brota
Todo cubierto de ojos y de espinas.



Poesía y verdad




Hastiado de proverbios, acodado en un nudo
Que crece cual raíz desde su cuerpo,
Ve transcurrir los días, los fragmentos de vidrio
Que ensordecen al sol con sus bramidos.

Un gran garfio tatuado se levanta
Pegado a su esqueleto, anzuelo en lo profundo,
Sin paz, sólo por agua, Un Rostro
Que es su rostro, lo contempla y no entiende.

Extraviado en el humo, siguiendo el hilo
Del carbón recuerda cómo se alza la luz en dos
Mundos distintos: sobre el Rano-Raraku cambia
Su piel la esfinge, las tormentas de piedras venidas
De lo hondo, las cabezas-enigmas que el mar roen
Con su fija mirada, el antiguo grabado que se mustia
En su mano y, adelante, aquella flor de lava, su pregunta.



La Esfinge en Toronto






…Y para esto anduve cuarenta y tantos años,
Tropezando en los muebles, quebrándome en los filos
De todas las murallas que sin párpados
No tienen agua aquí, sólo carbón sediento, sólo ceniza
Polvo que nos lleva…

                                    Y el viento allá en mi infancia
O aquí las ráfagas que rebanan el rostro con su fría
Mirada, y andar y preguntarse adónde en tanto que alguien
Cose en nuestra espalda la sentencia ignorada.

¡Tantos años! Las máscaras se repiten al fondo
De una hoguera en donde arden las últimas abejas;
Mi madre en el balcón movía al viento sus anillos de pelo,
¿Éramos niños hoy, ayer o siempre? Las cifras
Se repiten sobre el tímpano en lenguajes extraños,
Como quien ve en sus palmas crecer aquella estrella
Que entre graznidos se alza, surca el azul y es ave.

Y ahora aquí, desnudo ante la Esfinge
Sin piedad, sin temores como el que se pregunta
Por el curso de un desastre olvidado en los latines
De Plinio el Joven, ese que sin alardes contaba a otros
Su huída bajo el torrente negro que venía en cascadas
Desde el fondo. “No veía el Vesubio, dice, sino esa cicatriz
De fuego y la noche total que había descendido.

Se apagó el sol e indiferente yo leía las páginas de Livio.
Porque así es la vida y el precio verdadero, la arrogancia.”
Y surcamos un túnel y otro y otro, en donde a cada paso
Sólo veo estaciones de mi mente, fragmentos que he vivido,
Cuerpos en los que he sido sólo el alma.

Pero aquí estoy. Tres años bastan para que el sol
Cambie de nuevo cáscaras y alumbre cual huevo
De serpiente a los humanos; llamaradas lascivas nos rodean,
Recuerdo que hay en toda mujer que fué quimera,
Unos zapatos negros en la arena, y el humo azul que canta
En su mirada…
                          Pero, ¿no he adivinado? ¿Estoy a salvo?
En sus ojos diviso la tormenta, ese ramo de lágrimas que caen.

Afuera, rompe el mar. Dentro murmura el viento.
¿He llegado tal vez? ¿Estoy despierto?