lunes, 20 de junio de 2016

Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle

René Olivares Jara: Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle
Potsdam: Universitätsverlag Potsdam, 2016, 462 pp.




Hace un tiempo les comentaba que el blog ha estado inactivo por mis actividades académicas. Pero ya llegó el momento de reavivarlo y qué mejor que hacerlo con, precisamente, el causante de todo este silencio. Les presento Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle, libro resultante de mi investigación de doctorado (2010-2014) en la Universität Potsdam en Alemania.

Rosamel del Valle (1901-1965) fue un autor chileno cuya abundante producción literaria abarca poemas, cuentos, novelas, crónicas y obras dramáticas. Sin embargo, parte importante de su obra se encuentra todavía inédita o desaparecida. Afortunadamente, en el último tiempo ha habido un rescate de sus textos y una revalorización de su aporte literario.

El poeta chileno comenzó a escribir siendo muy joven dentro de lo que podría llamarse un modernismo tardío, renegando pronto de su primer libro Los poemas lunados (1920). Después de ello, Rosamel del Valle se centrará fundamentalmente en el desarrollo de los postulados del vanguardismo, siendo influenciado especialmente por el surrealismo. Sus textos se caracterizan por un lenguaje altamente simbólico que intenta expresar la dimensión invisible de la realidad. Precisamente este aspecto central en la obra de Rosamel del Valle es quizás uno de los principales obstáculos para los lectores poco acostumbrados a este tipo de estética.

Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle es un libro que se adentra en los textos del autor chileno para explicar la poética subyacente en ellos, en especial, cómo la poesía es para él una forma de mito dentro de un contexto histórico, la Modernidad, en el que la tendencia intelectual parece ser la contraria: la desmitificación del mundo. O, como lo expone Max Weber, su desencantamiento. Visto así, la poesía de Rosamel del Valle daría cuenta de una forma de resistencia a la época, pero sin rechazarla del todo. En sus textos, pese al lenguaje altamente simbólico, es posible hayar un entrecruzamiento entre lo poético y lo vital, pues se encuentran los restos de un diálogo tenso con su época. La desvalorización de la poesía como discurso y del poeta como sujeto dentro de la sociedad moderna es uno de los conflictos centrales de su obra, moviéndose sus textos entre una confianza absoluta en los poderes de la poesía y el desencanto de sus poderes frente una época que le da la espalda.


El libro pueden encontrarlo siguiendo este enlace de la editorial Universitätsverlag Potsdam. Ahí pueden comprarlo y recibir un ejemplar físico (o sea, un libro “real”) o descargarlo gratuitamente en formato pdf. Espero que sea éste sea una invitación a profundizar en la obra de un autor valioso, aunque escasamente leído y estudiado.

lunes, 1 de febrero de 2016

Pronto volvemos










Aunque este blog es bastante personal, no pretendo que sea un diario de vida. De ahí que en general no me interese hablar de mí, sino de los textos y sucesos que encuentro son relevantes a nivel general. Lo personal está en la selección, en los silencios, en la mirada sobre las cosas. Sin embargo, debido a esta ausencia tan larga, creo que es necesario explicar algunas cosa que pasan por ese nivel personal.

La página ha estado inactiva, pero no muerta. Este último año tuve que dejarla de lado para concentrarme en terminar mi doctorado. Sin embargo, ya ha acabado el tiempo de las lecturas kilométricas en horarios inverosímiles, de la escritura noctámbula y sin parar para cumplir con fechas de entrega. Ahora, con la tesis corregida y con la defensa hecha hace ya un tiempo, puedo retomar este blog dedicado a la literatura.

Consagrar la vida a esta actividad, hacer sacrificios personales que van desde pequeñas renuncias cotidianas a cambios radicales como irse a otro país y adentrarse en lo extraño, han hecho que en este tiempo me pregunte constantemente “¿por qué tanto esfuerzo en dedicarse tan profundamente a algo que algunos consideran una diversión menor (pues hay otras cosas realmente entretenidas), de un dudoso placer o, simplemente, algo inútil?” Es algo difícil de contestar y de seguro habrá tantas respuestas como personas. De todos modos, sería fácil atribuirlo a la vocación. A una especie de destino que nos llama desde ese futuro no acabado y al que vamos simplemente porque sí. Pero esa es la respuesta del que hace las cosas por costumbre.

A mí me fascina descubrir y descubrirme a medida que leo y escribo. Conocer las ideas y la vida de seres que vivieron, ya sea en otras épocas o en la imaginación de otras personas. Ahí hay una forma de entender la vida que, con frecuencia, aunque no sea igual a lo que podríamos pensar o estar de acuerdo, ilumina, en mayor o menor medida, una parte de nosotros. La literatura es un espacio comunitario, que llega incluso a sobrepasar la muerte. Ya decía Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos
vivo con el comercio de difuntos
y con mis ojos oigo hablar los muertos.

La literatura es ese puente o esa ventana hacia otros mundos y hacia nosotros mismos. Es por eso que la literatura no es sólo lo “ficticio”, o una forma de comunicación ociosa o una forma de industria cultural. La literatura es una forma de vida. Sin duda no es la única, pero sí es un camino –y para mí el mejor– para darle un sentido a la vida por medio de la imaginación. De este modo, la literatura salta de la página y se instala en la manera en cómo entendemos el mundo y cómo nos comportamos en él. Es por eso que no podemos entender lo imaginario como algo contrapuesto a la realidad. Por el contrario, es una forma de expandirla. Por eso la literatura es una manera de ver el mundo en que vivimos con un ojo mágico.

Esta es la invitación. A imaginar. Y espero que esta página sea un espacio que ayude a eso.

Hasta pronto.

martes, 21 de enero de 2014

Chronicae Germaniae 15




 
Desde el país de los fuegos artificiales



No tengo idea por qué el año comienza el 1º de enero. No hay cambio de luna, no hay cambio de estación, sólo un “uno” arbitrario en medio de algo que nos dice que comienza el año. Para mí éste comienza con el solsticio. Pero como también me gusta el carnaval, cualquier motivo de celebración es bueno. Nada pasó un 1º de enero como para comenzar nuestra cuenta desde ahí, pero sin duda es necesario quebrar la rutina con el rito del fin y el comienzo. Así podemos tener en Chile una fecha que marcar como el término del año escolar o del trabajo. Acá, en el norte del mundo, todo sigue andando, un poco más lento, pero el semestre en la universidad no termina hasta abril. Nada termina realmente el 31 de diciembre. Sólo el papel del calendario.


Como ven, aunque el año comienza para todos el mismo día (excluyendo a las culturas más tradicionales como nuestros indígenas, los chinos, iraníes, entre otros, que sí comienzan su año con uno de los dos solsticios), el tiempo se vive distinto. Y distinto también es el clima. Mientras la mayoría de las veces los abrazos de año nuevo se dan bajo el frío y la nieve, en Chile la gente va en polera por la noche abrazando a quien se le cruce. En la Torre Entel vi más de alguno abrazando carabineros. Acá, mis amigos alemanes me dicen de lejos un “Frohes Neues Jahr!” o un “Die beste Wünsche für dieses Jahr!”. El último no estoy seguro si es así, porque me lo dijo un amigo brandemburgués y eso significa un alemán distinto al que se aprende en los cursos, uno rápido, en voz baja y a tropezones. Sé que es más bien un problema de mi oído que de él, que todo el mundo le entiende, pero así se escucha.


No he visto a nadie todavía comiendo lentejas sin sal o las doce uvas, usando ropa interior amarilla (no lo descarto, pero mi estado civil me impide investigaciones más profundas sin temor a terminar durmiendo en la calle) o paseando una maleta por el barrio. Sí he visto que venden plomo en los supermercados, que los niños derriten con una cuchara y una vela. Cuando el plomo se ha fundido, lo arrojan a un vaso con agua. El plomo toma alguna forma extraña que después, los que saben, interpretan como una señal de lo que vendrá durante el año. Una especie de Test de Rorschach pero tóxico y potencialmente dañino. Probablemente los niños hacen esto más porque es peligroso y entretenido, pero dudo que este “juego” pueda ser vendido en Chile, en donde ya se erradicó el divertido pero venenoso tolueno (¿quién no recuerda los “pegalocos”?).

Alemanes comprando Feuerwerk. Acá están calmados.


Pero si de peligro hablamos, lo primero que llamará la atención de quien pase el Año Nuevo en Alemania, es la gran cantidad de fuegos artificiales. Cuando yo era pequeño en Chile, se podía comprar cohetes en la micro y chispitas en el almacén de barrio. Con mis amigos juntábamos pólvora debajo de una piedra y la hacíamos sonar con un golpe del talón. Hacíamos experimentos mezclando tipos y cantidades de diferentes fuegos artificiales. En ese tiempo éramos científicos locos haciendo bombas sólo porque era divertido. Porque las piedras se rompían, porque salían chispitas, porque a uno le pasaba un cohete rozando la cara. Luego los prohibieron. Cuando crecimos entendimos las razones. Yo sólo entendía en esos años que el mundo se había apagado un poco y ahora había que ir a ver los fuegos artificiales al shopping o a la Torre Entel. Todo más domesticado. Menos salvaje. Más seguro.

 
Caja de Fuegos Artificiales. Una mecha y espectáculo asegurado.

Hace mucho tiempo ya de eso. Por este motivo, cuando en un supermercado de Potsdam vi una sección completa de cohetes, bengalas y cajas preparadas para que salieran uno detrás de otro, quedé pasmado. No podía creerlo. Es como si mi infancia estuviera realmente frente a mí. Junto a los carros estaba una horda que sacaba de a montones, a cualquier precio, paquetes y cajas de fuegos artificiales. ¿Llevar o no llevar? En Chile ya no se puede hacer esto, pero aquí, sí. Tuve una sensación de atracción y miedo. Pero como en Chile ya no se pueden comprar, lo prohibido fue una invitación al fuego. Ese año nos llevamos una bolsa con cohetes tan grades, que mi yo de niño habría llorado de felicidad. No necesitaría botellas, sino una garrafa, para “posicionar” mi cohete que con un poco de suerte podría llegar a la luna. Cuando los lanzamos revivimos esos tiempos en que todo era posible. Al lado de nosotros, nuestro vecino estaba desatado lanzando cohetes al cielo y petardos a las pozas de agua. Todos éramos niños esa noche.




Este año fue menos movido para nosotros, porque en vez de salir a quemar el mundo, nos quedamos en casa cuidando de nuestra hija. La noche del año nuevo la pasamos abrazados los tres, mientras ella tomaba leche de su madre y yo las veía sonreír en la penumbra de los colores pintados en el cielo. Por la ventana, truenos artificiales que rompen la noche por toda la ciudad. Minutos que no terminan, un año que va naciendo y gatea a fuerza de pólvora y fuego. Y tantos son los cohetes y tanto dura el espectáculo, que por la ventana vemos una bruma que no es niebla, sino humo. No es Londres ni Santiago. Es Potsdam y me pregunto si habrá sido así en otros lados de este país tan lejano. Ya se fue Sylvester. Ein frohes neues Jahr!



 Fotografías: (c) Nidia Lizama Fica y René Olivares Jara