lunes, 5 de diciembre de 2016

domingo, 23 de octubre de 2016

Sobre el poema - William Carlos Williams

El poema es la cápsula donde encerramos nuestros secretos punibles. Y si adquieren su virtud específica es porque encubren el único germen de vida, la facultad de desarrollar su estructura secreta hasta en los detalles ínfimos de nuestros pensamientos. Es por eso que escribimos, para que el grano se levante y de esta manera el poema se convierta en la prueba más sólida de la permanencia de la vida que puede reconocer la experiencia.


William Carlos Williams (1883-1963)


Fragmento de El poeta en el manicomio, texto sobre Ezra Pound.

Fotografía sacada de www.poets.org 

domingo, 25 de septiembre de 2016

La raíz de la mandrágora


René Olivares Jara

Grupo Mandrágora (1943)



Nuestra poesía aspira, ante todo, a ser una voz de protesta, una voz de alarma. Ella está signada por la exageración. Seguramente que hoy por hoy muchas de nuestras experiencias no serán comprendidas. Pero, tarde o temprano, las veremos ser aceptadas plenamente. Nosotros serviremos de punto de visión.
Mandrágora, nº 4


La mandrágora crece al pie de los cadalsos. Nace del semen de los ahorcados y su magia se concentra en la raíz, que tiene forma humana. Cuando es blanca, parece un hombre; si es negra, mujer. Esta última es la más poderosa. Se dice que sólo puede ser desenterrada de noche por una doncella acompañada de un perro, pues la mandrágora opondrá resistencia y con un grito fulminará a quien quiera arrancarla. El perro estará ahí para dar su vida y salvar la de su ama. Teniendo la mandrágora se tendrá también su poder. La anterior, será la leyenda que seducirá y perseguirá por mucho tiempo a los poetas chilenos Braulio Arenas (1913-1988), Enrique Gómez-Correa (1915-1995) y Teófilo Cid (1914-1964).

Mandrágora (Tacuinum Sanitatis, c. 1390)

 
Estando aún en el colegio Gómez-Correa conoce el relato “Isabel de Egipto” de Achim von Arnim y, ya en los tiempos universitarios, los tres amigos quedarán fascinados con la película Alraune (1928), dirigida por Henrik Galeen. Ya con la convicción de un destino, estos autores fundarán en 1938 un movimiento poético cuyas ideas serán sintetizadas por esta planta mágica de la que toman su nombre.




«Aquel nombre foráneo –explica Teófilo Cid– tenía además el mérito de revelar en parte nuestro pensamiento central. Nosotros también estábamos dispuestos a emprender una romántica aventura en busca del poder, el poder supremo, el que concede el don de la palabra.»[1] Este poder supremo de la palabra, que como la mandrágora es arrancado con peligro en la oscuridad de la noche, es lo que ellos llamarán Poesía Negra. En el primer número de la revista Mandrágora (1° de diciembre de 1938) Braulio Arenas, quien oficiará como la cabeza del grupo, escribe a modo de declaración de principios: «He aquí el nombre repentino de POESÍA con su fugacidad desgarrante. Ella es NEGRA como la noche, como la memoria, como el placer, como el terror, como la libertad, como la imaginación, como el instinto, como la belleza, como el conocimiento, como el automatismo, como la videncia, como la nostalgia, como la nieve, como la capital, como la unidad, como el árbol, como la vida, como el relámpago.»[2] La Poesía Negra intentará trascender los límites de todo tipo para mostrar el lado maravilloso de la realidad y así cambiar la vida por medio de la poesía. Esta visión mágica es la que estaría detrás de ciertas anticipaciones, como la de Teófilo Cid en su poema “Madrugadoras” (1938) que parece referirse al posterior viaje espacial de la perra Laika (1957): «Perdida en un hemisferio de cristal / En una curva sin dibujos / a la intemperie / Como una perra famosa / Lamida por el éter».

Teófilo Cid

 
Será esta visión mágica de la poesía basada en el surrealismo la que atraerá a un adolescente Jorge Cáceres (1923-1949), quien poco después de escuchar uno de los recitales del grupo, solicita su incorporación con el poema “Collage”:

A la llegada de los pájaros ellas son víctimas del sol
Ese sol que tú respetas sol de la costa
Que yo he sabido gobernar vedme aquí junto a la llama
La llama de fuego de tempestad
Donde se miran las arcillas lamparistas

Estar entre las fieras de gritos de nieve
Ellas me saludan
Ellas son la llegada del océano de un gran día
El más bello y el más orgulloso pájaro de uvas.[3]

Jorge Cáceres

Con este ingreso se conformará el núcleo del movimiento más reconocible del surrealismo chileno, responsable de una serie de actividades a contrapelo del contexto cultural de entonces, dominado por el criollismo y el incipiente realismo socialista. Alrededor de ellos girarán otros autores, que más o menos cerca de sus propuestas catalizarán sus esfuerzos en transformar la poesía de ese momento, como Gonzalo Rojas (1916-2011), Carlos de Rokha (1920-1962) y el poeta venezolano Juan Sánchez Peláez (1922-2003). Por otro lado, sus contactos con el surrealismo europeo tendrán como resultado colaboraciones en revistas y exposiciones de arte dentro y fuera de Chile. La visión de la poesía como una forma de vida, se encarnaba así en una actividad efervescente que desborda los géneros y disciplinas, en especial en el caso de Jorge Cáceres, quien destacó además como artista visual y como bailarín en el ballet de la Universidad de Chile.
Si bien Mandrágora no es la primera manifestación del surrealismo en la literatura chilena o en la latinoaméricana,[4] si representa la primera vez que se conforma un movimiento organizado y que adhiere sustancialmente a lo expresado por André Bretón en sus manifiestos. Los poetas mandragóricos fueron surrealistas militantes. En sus textos es posible hallar huellas del dictado automático, del azar, del elogio a la locura. Una visita a un manicomio de Santiago inspiró, por ejemplo, los siguientes textos:

Braulio Arenas


A las alucinadas (Braulio Arenas, fragmento)

Ellas nombraron el oro de la pantera la escarcha
Ellas soplan con intensidad sobre cualquiera ruta
Detrás de su amor se fijan los delirios
Y un palangrero rueda con anticipación de eco.

Ellas piden sonrientes el olvido y reclaman
A veces con furia la piedad para sus actos
Solicitan la muerte a voluntad a cuero de rey
Agotadas inmóviles aves de la edad de oro.

*   *   *
Pero nada ecolálica de camisa de fuerza
Erotomanía ideas fijas tribadismo chacales
Buscad con furia pasad por el tamiz
Hechas trizas la muerte mueren desvaloricen.

Grandes comecabellos con aire cercenado
Pálida ajusticiada a quien un susurro hiere
Sigue con más atención que un sabio sus descargas
Que susurran el nombre que piensa despistar.


Enrique Gómez Correa retratado por René Magritte


Las Perezosas (Enrique Gómez-Correa, fragmento)

IV
Las tibias las turbias las viciosas
Las envenenadoras las adorables
Las adúlteras, las coléricas, las raptadas
Estáis ahí todas en vuestros residuos en vuestras almas
Os amo
Marcáis vuestras huellas digitales en la carne
Levantáis los pómulos las arrugas el vientre
Seguid caed moved la lengua
Yo os amo yo caigo yo miro caedme
Yo puente yo muro yo soledad
Yo en este castillo adorable
Salvadme.[5]


Si bien la excesiva ortodoxia hacia el surrealismo bretoniano es el origen de las características más distintivas del grupo, también lo es de muchas de las críticas que se le hacen. Para 1938 las propuestas del surrealismo estaban ya en crisis. Las tensiones del movimiento europeo con el Partido Comunista sobre el rol del arte en la revolución social fueron importadas por Mandrágora a Chile. Este hecho explicaría también las polémicas con Pablo Neruda, en donde hubo críticas estéticas, pero también insultos y golpes. Sus ataques al medio cultural fueron tan extremos que prácticamente el grupo se agotó a sí mismo. El último número de Mandrágora (1943) es un furibundo reclamo de Gómez-Correa a los poetas mayores de Chile y a sus propios compañeros, quienes ya estaban en un proceso de búsquedas más personales. Esto y, posteriormente, la temprana muerte de Jorge Cáceres debilitarán el grupo hasta disolverlo. Sin embargo, Mandrágora nos dejará como legado las huellas de un trabajo fugaz, pero profundo. Testimonio de esto son los siete números de la revista Mandrágora (entre 1938 y 1943), tres números de la revista Leit Motiv (entre 1942 y 1943), su trabajo editorial mediante el cual publicaron libros, ponencias y traducciones, así como la organización de lecturas y exposiciones de arte. Si bien en su momento estas actividades no tuvieron gran impacto, con el tiempo, es gracias a ellas que las nuevas generaciones de escritores han ido redescubriendo a estos autores marginados del canon literario. Más allá de las polémicas y los juicios categóricos, equivocados o no, Mandrágora fue un agente cultural que animó las letras y el arte desde otras perspectivas, preparando el camino para nuevas propuestas y nuevos lectores; pues, como dirá Braulio Arenas: «Ellos exigirán / la entrega del misterio.»[6]




Este texto fue publicado originalmente en una versión bilingüe (español/alemán) en la revista Alba 08, pp. 155-159. Alba es una revista alemana que se centra en difundir la literatura latinoamericana en el ámbito cultural alemán. Pueden vistar su pagia web pinchando aquí. También pueden leer el número 8 aquí.





Notas

[1] Teófilo Cid: “Mandrágora en su generación”. En: Teófilo Cid: Soy leyenda. Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 2004, p. 407.
[2] Mandrágora, Nº 1, p. 4.
[3] Citado en Luis de Mussy: Cáceres. Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 2005, p. 23.
[4] Según Cedomil Goic: «La referencia más remota a un movimiento surrealista en Hispanoamérica parece corresponder al argentino Aldo Pellegrini.» Cedomil Goic: “El surrealismo y la literatura iberoamericana”. Revista Chilena de Literatura, Nº 8 (Abril, 1977), pp. 21-22. Según Pellegrini él habría fundado el primer grupo surrealista de habla española en 1926 y se expresó en la revista Que, fundada en 1928, desapareciendo con el fin de esta publicación en 1930.
[5] Esta versión es la de Mandrágora Nº 7, septiembre de 1943. Existe otra con importantes modificaciones en Enrique Gómez-Correa: Las cosas al parecer perdidas. Santiago de Chile: Ediciones Tertulias Medinensis, 1990, pp. 18-20.
[6] Braulio Arenas: “La llave maestra”.

Las fotos fueron sacadas de Memoria Chilena (grupal, Teófilo Cid, Braulio Arenas y Enrique Gómez Correa) y de http://www.mandragora.uchile.cl/caceres/poemasfram.html (Jorge Cáceres).

lunes, 20 de junio de 2016

Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle

René Olivares Jara: Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle
Potsdam: Universitätsverlag Potsdam, 2016, 462 pp.




Hace un tiempo les comentaba que el blog ha estado inactivo por mis actividades académicas. Pero ya llegó el momento de reavivarlo y qué mejor que hacerlo con, precisamente, el causante de todo este silencio. Les presento Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle, libro resultante de mi investigación de doctorado (2010-2014) en la Universität Potsdam en Alemania.

Rosamel del Valle (1901-1965) fue un autor chileno cuya abundante producción literaria abarca poemas, cuentos, novelas, crónicas y obras dramáticas. Sin embargo, parte importante de su obra se encuentra todavía inédita o desaparecida. Afortunadamente, en el último tiempo ha habido un rescate de sus textos y una revalorización de su aporte literario.

El poeta chileno comenzó a escribir siendo muy joven dentro de lo que podría llamarse un modernismo tardío, renegando pronto de su primer libro Los poemas lunados (1920). Después de ello, Rosamel del Valle se centrará fundamentalmente en el desarrollo de los postulados del vanguardismo, siendo influenciado especialmente por el surrealismo. Sus textos se caracterizan por un lenguaje altamente simbólico que intenta expresar la dimensión invisible de la realidad. Precisamente este aspecto central en la obra de Rosamel del Valle es quizás uno de los principales obstáculos para los lectores poco acostumbrados a este tipo de estética.

Mito y Modernidad en la obra de Rosamel del Valle es un libro que se adentra en los textos del autor chileno para explicar la poética subyacente en ellos, en especial, cómo la poesía es para él una forma de mito dentro de un contexto histórico, la Modernidad, en el que la tendencia intelectual parece ser la contraria: la desmitificación del mundo. O, como lo expone Max Weber, su desencantamiento. Visto así, la poesía de Rosamel del Valle daría cuenta de una forma de resistencia a la época, pero sin rechazarla del todo. En sus textos, pese al lenguaje altamente simbólico, es posible hayar un entrecruzamiento entre lo poético y lo vital, pues se encuentran los restos de un diálogo tenso con su época. La desvalorización de la poesía como discurso y del poeta como sujeto dentro de la sociedad moderna es uno de los conflictos centrales de su obra, moviéndose sus textos entre una confianza absoluta en los poderes de la poesía y el desencanto de sus poderes frente una época que le da la espalda.


El libro pueden encontrarlo siguiendo este enlace de la editorial Universitätsverlag Potsdam. Ahí pueden comprarlo y recibir un ejemplar físico (o sea, un libro “real”) o descargarlo gratuitamente en formato pdf. Espero que sea éste sea una invitación a profundizar en la obra de un autor valioso, aunque escasamente leído y estudiado.