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lunes, 1 de julio de 2013

Todas las mujeres son iguales

Adolfo Bioy Casares


Adolfo Bioy Casares (1914-1999)



Últimamente el argentino salió a probar mejor suerte en el extranjero, lo que antes no era imaginable, y formó grupos o colonias por todo el mundo, al extremo de que si usted, en sus largos viajes, se halla un tanto perdido y nostálgico, deténgase a oír el rumor de la ciudad, sea ésta cual fuere, como quien escucha un caracol; no tardará en descubrir voces que le probarán cuánto se alargó en estos años la calle Corrientes (porque no es Rivadavia, sino Corrientes, con sus tapes de la catorce provincias, que hoy son no sé cuántas, con su olor a grasa enfriada, de las pizzerías, la que alcanzó los puntos más remotos de Europa y de Norteamérica). En mi tiempo no era así. Había gente en Londres con alguna noticia de nuestro campo y de nuestros ferrocarriles. Los franceses, los de París al menos, tuvieron trato con el tango, con la gomina, con los trasnochadores, y aún es fama que el espíritu curioso desentrañaba, en los aledaños de la Madeleine, un almacén que vendía yerba y dulce de leche. No hablo de Italia, tierra de los mayores, ni de España, donde nunca nadie se creyó lejos de la Avenida de Mayo; pero la verdad es que en el resto del globo la República Argentina no era entonces mucho más que un nombre prestigioso. ¿Qué fue de ese prestigio? Ahora cualquier italiano sentencia: Argentini, taquini.
Otro paraje donde el criollo vio siempre compartida su admirable fe en la realidad de la patria es Pau. En la capital del Bearn –levantada sobre alturas diversas, aun superpuestas, tan hermosa que alguien la reputó, junto a Grenoble, una de las dos ciudades más hermosas de Francia–, el nombre del propietario pintado en el frente de la droguería, de la carpintería, de la panadería, de la herrería, de la peluquería o de la fonda, sugiere que el peregrino se halla de vuelta en el corazón de la República, precisamente en los partidos del Azul, de Olavarría, de Tapalqué y, por cierto, de Las Flores.
En Pau, una noche de fines de otoño de 1937 vi por última vez a Margarita. Yo vagaba un poco perdido, sin saber qué hacer de mi persona, por los salones desvaídos y monumentales del Hotel de France, en un té de beneficencia al que me había arrastrado la belle madame Cazamayou, conocida también como la Hija de la Tienda (porque su padre es dueño de la tienda de la Poste, famosa por los manteles de hilo blancos y grises con escenas de la vida de Enrique IV: Levántate Sully, van a creer que te perdono, Seguid mi penacho blanco, etc.). Como la belle madame –blanca, opulenta, con su descomunal rodete rubio– debía atender a todos y no quería malgastar sus minutos conmigo, retuve, perorando sobre el tiempo, sobre cuánto me gustaba Pau, sobre los méritos relativos de los hoteles de France y Continental, retuve, ahora confieso, hasta donde el decoro y el amor propio lo permitieron, a un escribano amigo y a su familia, para caer muy pronto en una soledad de la que no tenía esperanzas de salir, cuando me hallé entre los brazos rosados, frescos y fragantes de Margarita.
Diríase que desde entonces la luz del mundo cambio para mí. Margarita era la mujer más linda de la reunión. La tomé de la mano por el placer de tocarla y para que todos vieran que yo no estaba tan desamparado y tan huérfano.
Mientras tanto, abriéndose paso entre la muchedumbre, progresaba hacia nosotros, con ceremoniosa lentitud, un caballero alto, canoso, de cara inexpresiva pero hecha de cartón o de madera, vagamente parecido a ese rey de Suecia que logró fama de tenista mediocre. Margarita murmuró:
–Mi marido.
La solté rápidamente, pero ella, retomando mi mano, dijo:
–El vejete no importa.
La aparición de este personaje, que me había alarmado, dio ocasión de una nueva gama de placeres: presentarlo a la belle madame, al escribano y a su familia, demostrarles que tengo por el mundo mi reserva de amigos (no podían saber desde cuándo lo conocía). El caballero se inclinaba un poco, levantaba otro poco la mano de las damas, les besaba los guantes negros o grises con una cortesía quizá lúgubre, pero elegante.
–Esto es una droga –suspiró Margarita–. Llévame a bailar a Biarritz.
–De acuerdo –contesté–, pero primero vamos a comer. Verte despierta el hambre.
Yo quería ganar tiempo en la esperanza de salvarme del largo viaje a Biarritz. Mi amiga respondió:
–A mí también.
No sé qué quiso decir.
–¿Habrá que llevar a tu marido?
–¿Estás loco? Gustav no cuenta. Tiene eso de simpático y de práctico: uno puede olvidarlo en cualquier parte.
La llevé a un restaurante de la calle Barthou llamado Chez Pierre. Nos atendió un criado viejo de saco negro; sospecho que se trata de Pierre en persona. Por una mueca de Margarita descubrí que el saloncito del piso alto donde nos metieron, con paredes desnudas, de zócalo pintado, con sillas de esterilla y madera rubia, rodeando una mesa evidentemente destinada a familias burguesas, no la deslumbró. Las mujeres, aunque tienen el vigor del caballo, se deprimen por todo. Un restaurante las deprime; prefieren comer en uno de esos lugares donde suena un piano y donde, al favor de la oscuridad, se besuquean las parejas y tal vez ingieren cucarachas. Yo olvido estas preferencias y, a lo largo del tiempo, con diversas mujeres cometo idénticos errores. En la noche de mi relato, Pierre me reivindicó, exaltó mi fama de hombre conocedor, conquistó (para mi causa, desde luego) a Margarita bajo el peso de un caldo con migas de pan tostado, al que siguieron paté de pato con salsa de uvas y fondos de alcauciles, truchas del gave, ortolans con papas fritas (no indignas del Perosio y del Pedemonte), quesos camembert y del país, omelette surprise y un café que no valía la pena. Pedí un vinito del Jurançon y, por indicación de mi compañera, un vino tinto. En homenaje a Toulet, me mantuve fiel a Jurançon, hasta que trajeron el champagne dulce al promediar el postre. Cuando salimos a la calle miré las personas de la ciudad dormida y anuncié
–Ahora a casita. ¿O quieres todavía dar una vuelta?
–¿Una vuelta? Me llevas a Biarritz a bailar.
–¿Con todo lo comido? Tu cuarto y tu cama te esperan. ¿No te atraen?
–Nunca me atraen. Me deprimen. ¿Conoces mayor depresión que la de un cuarto de hotel? Quizá la de la propia casa. Me gusta que me lleven de paseo. De noche, de madrugada, soy andariega, como los gatos. Lo único que me deprime un poco es el café con leche, con pan y manteca a la mañana temprano en un bar recién abierto, con las sillas patas arriba sobre las mesas y un lavacopas fregando el piso; pero como es una prueba de que pasé la noche fuera de casa, lo tolero bien.
La odié mientras la escuchaba, sobre todo cuando declaró:
–Si me devuelves a casa, ¡te odio!, ¡te odio!, y muero de depresión.
Ya lo dije muchas veces: junto a las mujeres la vida es una milicia, una  milicia que debiera ser obligatoria para la juventud, pues completa la educación u forma el carácter; por ella triunfamos de nuestras debilidades y, lo que es más importante, aprendemos a cuidar el detalle personal, a atender la cama, a preparar el té.
Sintiéndome poco menos que heroico, dirigí mi Ford hacia la carretera que va a Biarritz, por Orthez y por Bayona. No sólo me abrumaba el cansancio; el vinito de Jurançon estaba activo.
Yo he descubierto que es muy peligroso aplicar a la conducta ideas literarias. Uno se retira a una estancia con la intención de llevar una vida natural y con el sueño de convertirse en un gentleman farmer, pero no tarda el corroborar el dicho del viejo Wilde de que el campo embrutece, envejece, empobrece; o para imitar a modelos de la Puerta del Sol o de Montmartre abraza la vida de cafés, duerme poco, pierde la salud, ya no escribe; o para saludar a Toulet, de quien uno es amigo por algún epigrama leído veinte años después de su muerte, bebe copas de Jurançon y, por la ruta de Biarritz, una noche, es el hombre más desdichado del mundo.
Por fin llegamos. En una esquina pregunté a un transeúnte qué lugar había para bailar.
–El Luna Park –dijo, e indicó el camino.
Encontramos el Luna Park, después de extraviarnos dos o tres veces.
–Esto no es lo que buscamos –declaró Margarita.
Como si hubiera perdido toda la confianza en mí, ella misma interrogó a un chauffeur de taxímetro. Me comunicó después:
–Vamos a La Paiva, en el Casino Bellevue.
Bailamos interminablemente. Yo hubiera querido echarme en un rincón a mil leguas de Margarita y del género humano. En algún momento tomé en el bar dos aspirinas, un vaso de agua, dos tacitas de café. Persuadí luego a mi amiga de que volviéramos. Dijo:
–Perfectamente. Pero volvamos por caminos del interior. Recorreremos el país vasco antes de que amanezca, pero lo fundamental es llegar al Bearn, que es la parte linda del trayecto, con el alba.
Todavía no había amanecido cuando le pregunté:
–¿Por qué te casaste con él?
–Ustedes no entienden eso, pero las mujeres tenemos ansia de seguridad. Como decía la descocada de Rómula, sin ropa de hombre en la casa no es vida. La más aventurada de nosotras clama por un puerto, por un hogar sólido, por un protector. Cuando lo vi a Gustav me dije: Este es el marido que busco: experimentado, tranquilo, varonil. Hay momentos en que la mujer necesita a su lado un hombre de veras. El loco de Julio –eso no es hombre ni es nada– me había dejado medio deshecha, y, lo que es peor, ya sabes cómo, y con la frasecita que me repetía con la cara impávida: «Vieja, es cosa tuya.» Nunca tuve tiempo de preguntarme a quién se lo cuelgo, y ya apareció, tan cortés, el vejete, y no había pasado una semana sin que fuéramos el más flamante matrimonio en Montevideo, eso sí, porque su primera mujer está en Europa y yo de Clemens no me olvidaré mientras viva: debí de tener una venda en los ojos cuando me casé con el monstruo. ¿Sabes que de noche despierto en un mar de lágrimas porque sueño que todavía estoy casada con Clemens? Gustav es otra cosa. Me dio prueba sobre prueba de mi acierto en elegirlo. Con el nacimiento del niño se reveló como un caballero de proporciones considerables. ¿Tú crees que se rebajó a determinar el grupo sanguíneo? Nada de eso. Como tabla reconoció a su hijo. Por su parte, mi padre me había arrancado la promesa formal de que le llevaría al heredero a Lima ni bien naciera. Pero cuando llegó Gustavito me entró una flojera absoluta que le dije al Gordo…
–¿Quién es el Gordo?
–¿Cómo quién? El vejete, Gustav, mi marido. Entre nosotros lo llamo el Gordo.
–No tiene barriga.
–Pero es un hombre como queremos para la casa las mujeres. No está en la pavada como tú, no es frívolo. Tiene los dos pies firmemente enterrados en el piso y piensa en problemas de su casa, de su familia, de mi dinero. Es un burgués. Cuentas con él para lo bueno y para lo malo; a su manera es muy seguro. Los hombres de este tipo generalmente son calvos y barrigones; éste, por casualidad, tiene pelo y no tiene barriga, pero corresponde al tipo. Bueno, me entró tanta flojera que le dije «Que papá se enoje, que Gustavito pierda sus millones, pero yo no viajo a Lima.» Pensé, con lo que le importa el dinero, que Gustav se convertiría en un loco furioso o más bien en un elefante enojado, porque tarda en indignarse, pero cuando se indigna es terrible. No te caigas de espaldas: Gustav se mostró comprensivo, cooperativo, como él dice, lleno de recursos. Consiguió de un medico un certificado de que yo pasaba por una demencia puerperal o algo así, con la cláusula de que viajar en mi estado no era prudente.
–¿Sabe que el hijo no es suyo?
–¿Cómo quieres que yo lo sepa? No se lo pregunté; pero tú debes compenetrarte de que no es gente como tú y como yo. Hace planes, piensa en el mañana. ¿Te acuerdas de la fábula de la cigarra y de la hormiga? Cuando era niña la recitaba. Tú y yo somos cigarras, Gustav es la hormiga. Siempre trabaja, siempre esa cabeza está revolviendo algo. Cuando mi padre me escribió para anunciar que había puesto el dinero a nombre del niño, no le dije nada a Gustav, porque tan tonta no soy, pero vaya uno a saber qué hice con la carta, porque debió de leerla. ¡Con lo curioso que es con todo lo que se refiere a mi plata, a la de Gustavito y a la de mi padre! Lo cierto es que poco después de recibir yo esa comunicación, a Gustav le entró la manía de declararme insana –loca de atar–, y un día se me aparecieron en la puerta dos individuos de guardapolvo blanco que pretendían llevarme, pero los conquisté y me dejaron, y otra noche tuve que guarecerme en el Santísimo con Gustavito porque los médicos del loquero me buscaban en serio.
Habíamos llegado a Mauleon. Cargué nafta en la plaza. Indicando el castillo, pregunté:
–¿No te gusta?
–Claro que me gusta –contestó–. Pero si nos quedáramos tú y yo a vivir en él me gustaría más.
¡La subjetividad de las mujeres! Todo lo vinculan a cuestiones personales. Sin ningún amorío adentro, no aprecian este melancólico y digno castillo de provincia.
–En realidad –prosiguió Margarita– si yo tuviera algún seso te obligaría a quedarte conmigo. Pero no temas, cuando estoy resuelta no vuelvo atrás.
Continuamos el camino entre laderas labradas, vivos verdes, ocres de tierra desnuda, caseríos con techo de pizarra y, de tanto en tanto, un castillo. El europeo desdeña este paisaje ordenado; Byron y Lamartine le enseñaron a maravillarse ante la naturaleza feroz del valle de Ossau, hasta el punto de que si en la guía usted lee camino pintoresco descuente que va a serpentear por las alturas entre barrancos y peñascos. Cada uno se admira de lo que no tiene. El criollo prefiere el orden y el trabajo humano, porque el potrero y el cardo, la laguna y el duraznillo, lo aguardan en el primer hueco, a unos pasos de la plaza San Martín. Mientras tanto, Margarita contaba:
–Las peleas arreciaron, hasta que intervino un noviecito mío que es abogado y todo se calmó. Gustav anunció que tenía que irse a Islandia por una temporada. Tan bueno se había puesto, que se excusó de no llevarme y prometió que el próximo viaje lo haríamos juntos. En cuanto se fue, creo que al otro día de la partida, llegó una carta para él de un compatriota suyo que le escribía en su idioma. El noviecito mío, el abogado, la incautó; una vez traducida por otro amigo, el doctor Pulman resultó que reseñaba la dirección de un médico del Open Door de Reykhavic. Después de tres meses de tranquilidad, en que engoré tres kilos, volvió Gustav. Estuvo tan cariñoso que seguí engordando. Hace cosa de veinte días me dijo, de buenas a primeras, que nos íbamos a Islandia. Pusimos pupilo a Gustavito y aquí me tienes, de paso. Mañana salimos para París y Londres; desde allá, el jueves, un avión nos lleva a Reykhavic.
Estábamos entrando en Pau. Le dije:
–No vayas.
–¿Por qué? –preguntó.
–Va a encerrarte el crápula.
–Quizá no sea un crápula. Ya te expliqué: a veces creo que, al verse engañado, juntó rabia, como un animal grande de reacciones lentas.
–Lo cierto es que va a encerrarte. ¿Cómo te defenderás? No hablas el idioma y allá nadie entenderá el español.
–Habrá algún cónsul del Perú que conocerá a mi padre, aunque sea de nombre.
–No creo que en Islandia haya representación del Perú.
–¿Puedo saber por qué? Si no la hay del Perú, tampoco la habrá de la Argentina.
–Peor todavía. No es cuestión de patriotismo. Si te encierran…
–No te preocupes. Me arreglaré de algún modo. Una mujer debe seguir a su marido, a menos que…
–¿A menos que encuentre a otro? Quédate conmigo.
–Para eso me hubiera quedado con el noviecito. Por lo menos trabaja en su estudio.
–Como no te quedaste con él, lo damos por eliminado. Yo soy la última tabla de salvación…
Me apretó la mano, me besó la mejilla y bajó en su hotel. Con pena en el corazón la vi alejarse, pero la verdad es que a esa hora yo sólo podía pensar en mi cuarto y en mi cama.



El cuento "Todas las mujeres son iguales" está sacado del libro del autor titulado Historias de amor (Buenos Aires: Emecé Editores, S. A., 1995, pp. 29-37). Es una especie de contraparte del cuento "Todos los hombres son iguales" que publicamos la semana anterior.

Fotografía del autor: Wikipedia.










lunes, 24 de junio de 2013

"Todos los hombres son iguales"





Adolfo Bioy Casares (1914-1999)



Todavía hoy lamento que mi madre no me diera una hermana. Si yo pudiera convertir en hermana a cualquiera de las mujeres que trato, elegiría a Verónica. Admiro en ella la aptitud para tomar decisiones (qué tranquilidad vivir al lado del alguien así), la condición de buena perdedora, la muy rara de mantener en las mayores tristezas la urbanidad, el ánimo para descubrir detalles absurdos, aun para reír, y una ternura tan diligente como delicada. Creo que siempre la he conocido –yo diría que los inviernos de mi infancia pasaron en casa de Verónica, en el barrio de Cinco Esquinas, y los veranos en la quinta de Verónica, en Mar del Plata–, pero la belleza de mi amiga guarda intacto el poder de conmoverme. En sus ojos verdes brilla por momentos una honda luz de pena que infunde en su rostro insólita gravedad; un instante después la luz que reflejan esos mismos ojos es de alegre burla. Con Verónica uno se habitúa a estos cambios y, con otras, los extraña. Como ocurre con las mujeres que nos gustan, todo me gusta de ella, desde el color oscuro del pelo hasta el perfume que sus manos dejan en las mías. En la época de este relato, con veintiocho años y cuatro hijos, Verónica parecía una adolescente.

Durante mucho tiempo, todos los domingos, comí en su casa, pero la vida, que nos aparta de nuestros hermanos de sangre y de elección, rompió ese rito. No sé cuántas veces determiné reanudarlo el próximo domingo; otras tantas olvidé o diferí el propósito. Luego Verónica se casó; se rodeó de hijos y de hijas; fue feliz. Alguna tarde vi la familia de paseo en Palermo en un largo automóvil, un Minerva, que ya entonces tenía algo de anticuado. Aunque no la olvidé, debí de pensar que mi amiga me necesitaba menos que antes. Su marido, un tal Navarro, era lo que se llama un caballero culto; en círculos refinados y prominentes de la sociedad lo reputaban escritor, en mérito, sin duda, a que poseía una notable biblioteca, cuyo catálogo, impreso por Colombo, él había redactado personalmente. En dos o tres oportunidades los visité en la casa de la calle Arcos, frente a la plaza Alberti; nunca dejó el hombre de poner en mis manos por unos instantes, como quien ofrece una caja de bombones, alguna edición de lujo de Las flores del mal, de Afrodita o de Las canciones de Bilitis, envuelta en papel de seda y con ilustraciones en color. Me he preguntado con frecuencia si el arbitrario encono que yo sentía contra Navarro no provenía de que él descontaba mi admiración por esos volúmenes. La verdad era otra: yo lo hallaba (como, por lo demás, al resto del  mundo) indigno de su mujer.

En Montevideo, donde me habían llevado asuntos de familia, me enteré del accidente en que murió el pobre Navarro. Creo que mandé un telegrama de pésame. En todo caso, resolví que ni bien llegara a Buenos Aires visitaría a Verónica. Recuerdo que una noche, en el hotel Alhambra, pensé –porque la distancia y la noche imitan la locura– que yo debía consolarla, que obstinarme en tratarla como hermana tenía algo de estupidez y que para ciertas penas el único remedio era el amor. Una fotografía de Verónica, tomada años atrás, que siempre llevo entre mis documentos, afloró por unos días a la mesa de luz. Cuando volví a Buenos Aires olvidé mis intenciones. Meses después alguien me habló de lo dolorosa que la muerte del marido fue para Verónica. Al entrar en casa, esa misma tarde, la llamé por teléfono.
–¿Me permites comer contigo? –pregunté.
–Salgo a buscarte –contestó.
La espere junto a la ventana. Al ver el Minerva recordé los paseos de otros tiempos, cuando el coche repleto parecía un símbolo de que no cabía nadie más en la vida de Verónica.
Durante el trayecto la miré embelesado: era notable la gracia con que manejaba el carromato. Reflexioné: «Con igual gracia lleva su dolor. Lo adivino, es imposible dudar de que está ahí, pero Verónica no me agobia con él; jamás pide nada; siempre da.»
Comimos agradablemente, mirando la plaza. Servía la mesa una muchacha rubia, una suerte de walkiria alegre, fresca y vulgar, de manos y piernas toscas, de abundante pecho, que trataba a su patrona con familiaridad ingenua.
–Parece buena –comenté en un momento en que la muchacha estaba en el antecomedor.
Mi amiga me respondió:
–¿Berta? Menos mal que me ha quedado Berta. Sin ella no sé qué hubiera sido de mí.
Estoy seguro de que en esa frase no había intención de reprocharme nada, pero me avergoncé. No abandonaría otra vez a Verónica. Todos los domingos comería con ella.
Como me mimaron, me dieron excelente comida y divirtieron, el propósito de enmienda no era demasiado meritorio; lo olvidé, sin embargo. Pasé un año y medio sin volver; cuando lo hice, llegué sorpresivamente. Nos encontramos en la calle, frente a su casa. Mientras ponía en marcha el Minerva, Verónica me gritó con suavidad:
–Perdóname, salgo.
Tan floreciente hallé su belleza, que dije:
–Tú andas en algún amor.
Se ruborizó como una chica.
–¿Cómo lo adivinaste? –preguntó, sorprendida. Echó a reír y agregó–: Otro día nos contamos todo.
Agitó una mano y se alejó en el automóvil. Confío que el episodio no sugiera al lector cínicas reflexiones contra las mujeres. Pretender que una persona que enviuda a los veintisiete años, después de haber sido feliz en el matrimonio, quede sola para el resto de la vida me parece ilógico.
La verdad es que reclamamos la lógica para los demás, y nosotros prescindimos de ella. Yo había pensado: «De nuevo Verónica no me necesita.» Yo descontaba que si la visitaba me hablaría de su amor; preveía el tono portentoso, la historia trillada, el tedio. Pues bien, antes de que hubiera corrido el mes volvía a entrar en su casa.
Ahora recuerdo: esa noche ocurrió un percance con el vino.
–Está agrio –exclamó Verónica–. Yo quería que lo probaras y está agrio. Es un vino nuevo…
Me sorprendí a mí mismo, declarando sentenciosamente:
–Suelen los vinos nuevos agriarse pronto.
Verónica me miró perpleja. Me conoce demasiado para que yo finja ante ella algún conocimiento sobre vinos. Quizá avergonzada de mi presunción, rápidamente cambió de tema.
–Una mañana me llamó Salomé Uribe –dijo–, la amiga de mis hermanas. Cuando tú y yo éramos chicos, ella era una persona grande. Ahora la hemos alcanzado. Somos todos de la misma generación. Lo increíble es que esta persona de nuestra generación tiene un hijo en la Facultad. Salomé está muy orgullosa de él; me dijo: «Juan vive para el estudio, y si no le sale al camino alguna gran tentación, dentro de poco es medalla de oro.»
El muchacho necesitaba un libro para un trabajo que le pidió un profesor; lo buscó inútilmente por todos lados, hasta que lo descubrió en el famoso catálogo impreso por Colombo, que el marido de Verónica había repartido entre sus relaciones.
–Salomé –añadió Verónica– quería que le prestara el libro a su hijo. «De acuerdo, si viene a buscarlo», contesté.
Verónica me explicó que nunca tuvo paciencia para descifrar el sistema de letras de clasificación de los estantes que había ideado el marido, y que la mañana en que habló Salomé hacía tanto calor que ella no se resignaba a buscar un libro por toda la biblioteca. Esa misma tarde apareció el muchacho.
–¿Te acuerdas los días de calor espantoso que hubo el último verano? –preguntó Verónica. En el peor de todos llegó Juan. Como yo no tenía ánimo para salir de mi cuarto, le pedí a Berta que lo atendiera. Dos horas más tarde entró Berta y me dijo que Juan se iba. ¿Había pasado ese tiempo buscando el libro? «Lo halló en seguida –me dijo Berta–. Estuvo leyendo y tomando notas. Mañana vuelve. No le vamos a permitir que se lleve el libro a su casa.»
Según su experiencia, declaró Verónica, las bibliotecas eran una invención inútil.
–Por lo menos, la que yo conozco siempre lo fue. Mi marido, que era el hombre más generoso del mundo, había descubierto un verbo para defender la biblioteca: «Lo siento –decía cuando le pedían un libro–, pero no puedo descabalar la colección.» Ahora yo sigo defendiéndola de los lectores para que Berta y la familia entera  no me acusen de falta de respeto o de algo peor. «Hay que preguntarle si no quiere tomar algo. Si no va a creer que somos unas viejas avaras», le dije a Berta.
Esta contestó:
–Le preparé un mazagrán.
–Parece que el niño cayó en gracia –comentó Verónica.
Cuando ella entró en la biblioteca, lo que había caído en gracia –una suerte de insecto con anteojos, un insecto repelentemente joven–, tropezó con el mazagrán, salpicó la alfombra y ofreció una mano sudorosa. El muchacho era (según las palabras de mi amiga) por momentos penosamente tímido, por momentos desaforadamente atrevido. O callaba para siempre o no callaba nunca. Si hablaba, mantenía la boca demasiado abierta, de modo que las palabras fluían como una baba.
Esa primera entrevista fue breve. Juan volvió al otro día. Volvió todos los días.
–Examina, por favor, el libro que leyó durante un mes.
Verónica me alargó un librito, de tapa gris y azul, con letras blancas, que decían, Otis Howard Green: Vida y obra de Lupercio Leonardo de Argensola. Hacia la derecha del anaquel donde había estado el volumen de Howard Green divisé una vitrina rococó.
–¿Qué es eso? –pregunté.
–Todos los hombres son iguales –respondió, moviendo la cabeza–. Mi pobre marido llamaba a esa vitrina su botiquín espiritual.
Me acerqué a mirar. Traduzco de memoria los títulos de algunos libros que allí había: El jardín perfumado, Obras escogidas de Louis Prolat, Justina o las desventuras de la virtud, Preludios carnales, Ciento veinte jornadas de Sodoma.
–Son libros pornográficos –exclamé.
–No hay duda de que no tienes alma de bibliófilo. Son libros caros y curiosos. Pero ¿viste el que te di? No alcanza a doscientas páginas. ¿Cómo puede alguien tardar un mes en leerlo?
–Estudiar lleva más tiempo que leer.
–No soy zonza, che. No venía solamente para leer ese libro –me miró en los ojos e hizo una pausa para indicarme que recapacitara–. Tardé en sospechar que el motivo de tanta asiduidad era yo misma. Confieso que la idea me divirtió. Por curiosidad me dejé arrastrar. Simulé interés en el trabajo de Juan.
Al principio el resultado de la maniobra fue humillante. Diríase que el muchacho no advertía nada; pero luego, con audacia un tanto brutal, acometió.
–Yo aflojé en seguida –reconoció Verónica.
Cuando Juan se retiró empezaron los remordimientos. Ella cavilaba: «Soy la gran tentación de que habló Salomé. Qué gran tentación ni gran tentación. Soy una vieja obscena.» Como no lo vería más, escribió una carta de ruptura, pero antes de que echara la carta al buzón estaba Juan de vuelta; antes de que ella protestara estaban abrazados.
Partió Juan y de nuevo se encontró avergonzada y arrepentida. Creyó que debía pedir consejo.
–Yo no podía ser juez y parte –dijo–. Necesitaba a alguien que viera las cosas desde afuera.
Eligió a Berta, la criada, como confidente.
–¿Qué hay de malo? –preguntó Berta, con una inopinada vehemencia, que la volvía casi bella y casi feroz; en tono tranquilo agregó luego–: Juan es un muchacho que me gusta, y ¿qué más quiere que tener una historia con una señora como usted?
Verónica atinó a decir:
–Nunca me perdonaré si por mí no es medalla de oro.
–Si no cae con la señora –afirmó Berta–, caerá con alguna otra arrastrada. Es la ley de la vida. El amor es como el biógrafo: al salir de la sala usted está cambiada. A usted misma la sentará distraerse con un amor inocente.
El amor, me aseguró Verónica, entre personas honestas nunca es inocente, ni parece cuerdo que lo sea; de modo que para ver a Juan sin causar un escándalo que perjudicara a los chicos, ella alquiló un departamento. Me dijo:
–Queda en Juncal al 3000. Cuando quieras te lo muestro: creo que lo arreglé bastante bien. Lo que es incomprensible es la reacción de la gente. Tan furiosa estaba Berta que no me hablaba. Un día me interpeló: «¿Andan paseando por las calles? ¿O ya se cansó del pobre muchacho?» Casi debo asegurarle que lo veía en otra parte. Con Juan, desde el primer día, fuimos felices. Tuve una preocupación, es verdad: el automóvil. Si algún conocido pasaba por Juncal, al ver el Minerva en la puerta se preguntaría: ¿Qué hará Verónica en este barrio? Lo que es más grave, podría preguntarse: ¿Qué hará Verónica en este barrio todas las tardes? Entonces tuve la gran idea de que Juan llevara el coche a un garage. Al principio no tardaba demasiado en volver, pero cada día tardaba más. Por último, no volvió.
–¿No volvió? –pregunté.
–Cuando volvió yo no estaba. Me había cansado de esperar –contestó Verónica.
–Entre el garage y el departamento –seguí  preguntando–, ¿la distancia es considerable?
–Quinientos metros, más o menos. Esperé una hora y me fui.
–Después ¿lo viste?
–Es claro.
–¿Tardó siempre lo mismo?
–Lo mismo no. Alguna tarde volvió en seguida.
–¿Y las otras?
–Las otras lo seguí en un automóvil de alquiler.
–¿No me dirás que recogía mujeres?
–No.
–Ni que visitara a las mujeres de otros departamentos de la casa.
–No.
–Ya sé. ¿Iba a la calle Arcos a recrearse con esos libros raros y curiosos?
–No. Tampoco iba a abrazar a Berta. No hay nada que hacer. Tu mente no está menos depravada que la mía. Somos de otra generación. Somos viejos. No podemos entender a la juventud de ahora. Lo que descubrí…
–¿Qué descubriste? –pregunté, bajando la voz y la mirada.
–Me cuesta confesarlo. Es tan horrible, tan deprimente para mi amor propio. Descubrí que Juan salía a manejar el automóvil. Nada más que manejar el automóvil.
Levanté los ojos con alivio, seguro de encontrar una sonrisa; Verónica parecía tristísima. Estuve a punto de lanzar la exclamación. ¡Esa juventud mecanizada!, pero dudé por un momento de su originalidad y me contuve.
Faltaba el aire en ese cuarto.
–Salgamos –dije.
–Es tarde para ir al teatro, y en el cinematógrafo no dan nada.
Yo anuncié:
–Esta noche inauguran el Salón del Automóvil.
Verónica me miró enigmáticamente y replicó en un tono por demás desabrido:
–Vamos donde quieras.




El cuento "Todos los hombres son iguales" está sacado del libro del autor Historias de amor (Buenos Aires: Emecé Editores, S. A., 1995, pp. 19-27).

Fotografía: Wikipedia.