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martes, 21 de enero de 2014

Chronicae Germaniae 15




 
Desde el país de los fuegos artificiales



No tengo idea por qué el año comienza el 1º de enero. No hay cambio de luna, no hay cambio de estación, sólo un “uno” arbitrario en medio de algo que nos dice que comienza el año. Para mí éste comienza con el solsticio. Pero como también me gusta el carnaval, cualquier motivo de celebración es bueno. Nada pasó un 1º de enero como para comenzar nuestra cuenta desde ahí, pero sin duda es necesario quebrar la rutina con el rito del fin y el comienzo. Así podemos tener en Chile una fecha que marcar como el término del año escolar o del trabajo. Acá, en el norte del mundo, todo sigue andando, un poco más lento, pero el semestre en la universidad no termina hasta abril. Nada termina realmente el 31 de diciembre. Sólo el papel del calendario.


Como ven, aunque el año comienza para todos el mismo día (excluyendo a las culturas más tradicionales como nuestros indígenas, los chinos, iraníes, entre otros, que sí comienzan su año con uno de los dos solsticios), el tiempo se vive distinto. Y distinto también es el clima. Mientras la mayoría de las veces los abrazos de año nuevo se dan bajo el frío y la nieve, en Chile la gente va en polera por la noche abrazando a quien se le cruce. En la Torre Entel vi más de alguno abrazando carabineros. Acá, mis amigos alemanes me dicen de lejos un “Frohes Neues Jahr!” o un “Die beste Wünsche für dieses Jahr!”. El último no estoy seguro si es así, porque me lo dijo un amigo brandemburgués y eso significa un alemán distinto al que se aprende en los cursos, uno rápido, en voz baja y a tropezones. Sé que es más bien un problema de mi oído que de él, que todo el mundo le entiende, pero así se escucha.


No he visto a nadie todavía comiendo lentejas sin sal o las doce uvas, usando ropa interior amarilla (no lo descarto, pero mi estado civil me impide investigaciones más profundas sin temor a terminar durmiendo en la calle) o paseando una maleta por el barrio. Sí he visto que venden plomo en los supermercados, que los niños derriten con una cuchara y una vela. Cuando el plomo se ha fundido, lo arrojan a un vaso con agua. El plomo toma alguna forma extraña que después, los que saben, interpretan como una señal de lo que vendrá durante el año. Una especie de Test de Rorschach pero tóxico y potencialmente dañino. Probablemente los niños hacen esto más porque es peligroso y entretenido, pero dudo que este “juego” pueda ser vendido en Chile, en donde ya se erradicó el divertido pero venenoso tolueno (¿quién no recuerda los “pegalocos”?).

Alemanes comprando Feuerwerk. Acá están calmados.


Pero si de peligro hablamos, lo primero que llamará la atención de quien pase el Año Nuevo en Alemania, es la gran cantidad de fuegos artificiales. Cuando yo era pequeño en Chile, se podía comprar cohetes en la micro y chispitas en el almacén de barrio. Con mis amigos juntábamos pólvora debajo de una piedra y la hacíamos sonar con un golpe del talón. Hacíamos experimentos mezclando tipos y cantidades de diferentes fuegos artificiales. En ese tiempo éramos científicos locos haciendo bombas sólo porque era divertido. Porque las piedras se rompían, porque salían chispitas, porque a uno le pasaba un cohete rozando la cara. Luego los prohibieron. Cuando crecimos entendimos las razones. Yo sólo entendía en esos años que el mundo se había apagado un poco y ahora había que ir a ver los fuegos artificiales al shopping o a la Torre Entel. Todo más domesticado. Menos salvaje. Más seguro.

 
Caja de Fuegos Artificiales. Una mecha y espectáculo asegurado.

Hace mucho tiempo ya de eso. Por este motivo, cuando en un supermercado de Potsdam vi una sección completa de cohetes, bengalas y cajas preparadas para que salieran uno detrás de otro, quedé pasmado. No podía creerlo. Es como si mi infancia estuviera realmente frente a mí. Junto a los carros estaba una horda que sacaba de a montones, a cualquier precio, paquetes y cajas de fuegos artificiales. ¿Llevar o no llevar? En Chile ya no se puede hacer esto, pero aquí, sí. Tuve una sensación de atracción y miedo. Pero como en Chile ya no se pueden comprar, lo prohibido fue una invitación al fuego. Ese año nos llevamos una bolsa con cohetes tan grades, que mi yo de niño habría llorado de felicidad. No necesitaría botellas, sino una garrafa, para “posicionar” mi cohete que con un poco de suerte podría llegar a la luna. Cuando los lanzamos revivimos esos tiempos en que todo era posible. Al lado de nosotros, nuestro vecino estaba desatado lanzando cohetes al cielo y petardos a las pozas de agua. Todos éramos niños esa noche.




Este año fue menos movido para nosotros, porque en vez de salir a quemar el mundo, nos quedamos en casa cuidando de nuestra hija. La noche del año nuevo la pasamos abrazados los tres, mientras ella tomaba leche de su madre y yo las veía sonreír en la penumbra de los colores pintados en el cielo. Por la ventana, truenos artificiales que rompen la noche por toda la ciudad. Minutos que no terminan, un año que va naciendo y gatea a fuerza de pólvora y fuego. Y tantos son los cohetes y tanto dura el espectáculo, que por la ventana vemos una bruma que no es niebla, sino humo. No es Londres ni Santiago. Es Potsdam y me pregunto si habrá sido así en otros lados de este país tan lejano. Ya se fue Sylvester. Ein frohes neues Jahr!



 Fotografías: (c) Nidia Lizama Fica y René Olivares Jara

martes, 24 de diciembre de 2013

Chronicae Germaniae 14





Desde el país de los dos Viejos Pascueros




Esta es la cuarta navidad que paso fuera de Chile. Mis amigos extranjeros me preguntan siempre en estas fechas si voy a mi país a pasar las fiestas. Yo les digo también siempre “es muy lejos y sale muy caro”. Cuatro años repitiendo eso. Y ahora me viene la nostalgia por esa navidad chilena que es un simulacro de las películas gringas que veíamos por estas fechas en los ochentas. Antes berreaba por esta fecha impuesta por costumbre en nuestra cultura. Pero a estas alturas, ¿qué es lo propio? No es que me importe la navidad como algo religioso y no es que no tenga mis reparos respecto al consumismo. Sin embargo, para mí, lo propio, lo mío, antes que esa fecha de misas o de compras, es una fiesta familiar y de la imaginación.




Cuando era niño, mi padre intentaba hacer coincidir el turno de su trabajo con la navidad, canjeando fechas futuras y favores concedidos, para estar con nosotros, lo que no siempre ocurría. Pero cuando sucedía, estaba la familia completa esperando la medianoche. Más que el regalo era el ambiente. La gente, la charla, la cena con los ojos pendientes en el reloj y el Viejo Pascuero entrando de alguna manera sin que lo viéramos (cosa difícil, porque vivíamos en un departamento). Mi papá de pronto se levantaba de la mesa y avisaba a los niños por la ventana cuando ya eran las 12 y todos corrían a sus casas a ver si había llegado lo que deseaban y que habían publicado a los cuatro vientos. No se vaya a equivocar el Viejito.


En algún punto de mi infancia, cuando Pinochet era todavía el tirano, importó menos la cena y la conversación y mucho más los paquetes que se acumulaban en el armario (los niños son curiosos). La gente iba más apurada por la calle saliendo de tienda en tienda y se repetía cada año el despacho por televisión sobre las compras de última hora en medio de calles llenas de caras amargadas. Llegó un momento en el que, cuando mi papá gritaba por la ventana que eran las 12 de la noche, nadie corría ya hacia sus casas. Los niños habían crecido y el Viejo Pascuero había muerto bajo las promociones de las multitiendas.

Berlín 2011


Por eso me llama la atención la navidad en Alemania. No es que estén inmunes al consumismo. Hay y mucho. No hay que olvidar que es una economía de mercado. Pero se mantiene la idea de que la navidad es un tiempo especial. Y no hablo sólo de la “Noche Buena”, sino de toda una época diferente al año corriente. Como en el carnaval, el tiempo regular se detiene y entramos en otro, con un ritmo distinto y, por lo mismo, con otra cuenta. Me cuesta mucho todavía ubicarme cuando por televisión se habla del, por ejemplo, “2º de Adviento”. ¿Cómo saber que eso es el 8 de diciembre?


Este tiempo previo a la Noche Buena da lugar no sólo a las coronas de adviento y a las decoraciones navideñas que brotan en cada casa, en cada balcón y en cada jardín. Aquí se nota también el carnaval, en lo distinto, en el exceso, en esos edificios que parecen pantallas lisérgicas o en las corridas de cientos de personas vestidas de Viejos Pascueros. Sólo porque sí, porque se puede y es divertido. Cerca de mi departamento incluso hay una grúa pluma con un árbol adornado que brilla por la noche a 50 metros del suelo.

Les aseguro que esto es un árbol de navidad arriba de una grúa pluma


También hay calendarios de adviento, que tienen unos casilleros con las fechas. Los niños pueden abrirlos a medida que pasan los días y adentro tienen sorpresas, generalmente dulces. En Chile eso no funcionaría, porque, ¿quién podría aguantar no comerse todos los casilleros en un solo día? Para mí, todavía es un misterio la disciplina de los niños de acá.


Las huellas del consumismo son notarias en la versión alemana de la navidad. Lo más obvio es toda la mercadería asociada con adornos y posibles regalos, como las versiones “adultas” de los mismos calendarios de adviento. Pero el mayor resultado de esta transformación por el consumo, es la aparición de dos “Viejos Pascueros”.

Berlin 2011


El 6 de diciembre llega Nikolaus, el tradicional. Tiene un traje de un invierno de otra época y su bastón de obispo y pastor. Ese día les trae algún regalo pequeño a los niños que se han portado bien. La noche del 24 llega el intruso, igual al otro, pero moderno, capitalista y transnacional. A falta de nombre le han puesto Weihnachtsmann (“el hombre de Navidad”). La confusión en los niños alemanes es mucha, porque no distinguen bien cuál es cuál. Quizás con el tiempo, el Viejo Pascuero consumista y capitalista termine desplazando a su alter ego Nikolaus, religioso y ya viejo.


No negaré esa realidad en la navidad alemana. Pero debo decir que me agrada el sentir ese “otro tiempo”, la cuenta distinta y el paso al invierno señalado por las ferias de navidad, el Glühwein (vino navegado alemán) y, cuando ocurre, la nieve que en Santiago sólo la veía a lo lejos pegada a los cerros y en el color blanco de los árboles plásticos de navidad. Nuestros Viejos Pascueros estarán ahora sudando en esas calles bajo el sol de diciembre. Allí estará mi familia de infancia y abrazaré, entonces, a mi mujer y mi hija en este otro tiempo, el del porvenir.





lunes, 11 de noviembre de 2013

Chronicae Germaniae 13




Desde el país de la confusión (II)



El primer piso es el segundo

Se puede estudiar alemán por mucho tiempo, buscar palabras en el diccionario o aprenderse frases de memoria sacadas de libros de estudio. Se puede ser muy aplicado y pegar los ojos a la página por horas. Todo te prepara para diferenciar el nominativo, del acusativo y éste del dativo. Incluso puedes aprender a utilizar el genitivo (que los alemanes usan escasamente), pero nada te prepara para esto:

Preguntar en la recepción de un edificio (un centro comercial, por ejemplo) dónde puedes hallar algo y que te digan que lo que buscas está en el segundo piso. Subir una escalera y encontrarse con que has llegado al “primer piso”. ¿Cómo pude llegar al primer piso si vengo de allá?

 
Letrero de la Embajada de Chile en Berlín en donde se puede ver la diferencia entre los pisos chilenos y su "traducción" al alemán: 2º piso / 1er. "Piso de arriba" (OberGeschoss)

La primera vez que esto me ocurrió estuve perdido por un momento. Después me quedé pensando en esta “excentricidad” alemana. Comenté mi “descubrimiento” a unos amigos brasileños, que por entonces estaban conmigo en un curso. “Raro que los alemanes tengan el primer piso en el segundo”, les dije. Pusieron una cara como si les hubiera hablado en marciano. Les expliqué nuevamente lo que quería decir y, después de un rato, comprendí que ellos no me entendían, porque en Brasil también el primer piso es el segundo.

Con el tiempo, al conocer personas de otros lugares, me di cuenta de que la cosa en general era “al revés” de lo que suponía: en Chile el primer piso es el segundo (aunque la frase es igual, es totalmente diferente). Lo que a mí me parecía una rareza alemana resultó ser lo regular y común en gran parte del mundo. “Nosotros” éramos los raros y no lo supe hasta que llegué aquí.

Aprender un idioma o meternos de cabeza en libros que nos hablan de él, no nos salva de la confusión que a menudo se siente al vivir en la cultura cotidiana del país en donde se habla. Se nos olvida que un idioma no es sólo una herramienta para intercambiar ideas, sino que es el reflejo y fuente del mundo de una comunidad que no siempre se expresa de forma transparente. Es por eso que tarde o temprano uno termina perdiéndose aunque sea por un momento en ese mundo ajeno y se busca en ese instante de confusión las marcas de lo propio, de lo conocido. Lo cotidiano puede ser perturbador.

Al mismo tiempo, estamos acostumbrados a la idea de que lo que nos rodea se despliega en todas partes de manera homogénea. Creemos que podemos estar en cualquier lugar como en casa. Lo comunicación global, la televisión, internet, han contribuido a esa ilusión de lo homogéneo. Pero basta un tiempo en otro lugar para entender la profundidad de esa ilusión.

Desde entonces he notado la naturalidad con la que nosotros creemos que en todos lados las cosas son similares. Como si el mundo fuera igual en cada esquina, creemos que el reloj va en la misma dirección, que los niños tienen los mismos juegos, que los rituales diarios son por lo menos parecidos, que la justicia se mueve en los mismos términos morales. El viajero a veces cree que pese a la diferencia de paisajes, llega a la misma cultura que ha dejado. Pero es cosa que camine un poco por las calles nuevas y hable con los habitantes de este “nuevo país” en idioma que ha aprendido en los libros para entender que las cosas pueden ser de otra manera.


Halb neun

La  mayoría de los relojes tienen los mismos números en casi todo el mundo. Algunos son mecánicos con agujas y otros son digitales. Uno asume que el tiempo se mueve hacia el mismo lado. Por eso fue para mí una sorpresa cuando visité Israel y conocí los relojes que iban “al revés”. Como en “El viaje a la semilla” de Carpentier, el tiempo parecía ir hacia atrás. Pero el tiempo seguía ahí escurriéndose mientras me imaginaba que rejuvenecía aunque fuera por un momento.

Concordemos que los números en alemán son difíciles. A la pronunciación tan extraña para nosotros, hay que añadir la posición de las palabras que cambia a partir del “21” (“uno y veinte”, dicen los alemanes). Si no se está atento, un número dado en voz alta puede convertirse en un llamado equivocado, en una edad inverosímil, en unas horas perdido por en una ciudad extraña buscando una dirección que no existe. Pero cuando a veces me decían la hora o tenía que hacer una cita con alguna secretaria, la cosa se ponía todavía más compleja. Cuando escuchaba de su boca “halb neun”, asumía perfectamente que tenía que estar a las “nueve y media”. Sólo la decepción de llegar una hora atrasado me hizo comprender que el reloj se muestra igual a todos, pero el tiempo se interpreta de distintas maneras. Porque acá “halb neuen” son las “ocho y media”, aunque el “ocho” nunca fuera pronunciado.



Problemas de identidad

Una vez superado el problema de la hora, está el de los apellidos. En Alemania son una cosa muy simple. Una vez que en los cursos de idioma te han preparado con que Name no es “nombre”, sino “apellido” y que Vorname es realmente lo que entendemos por “nuestro nombre”, se está listo para dar la información personal a quien lo solicite. Pero cuando se llega al escritorio de la secretaria o del funcionario estatal comienzan las dificultades. Por un lado, si se es latino, no se entiende dónde termina el nombre y cuándo comienza el apellido. Pero si se es casado, los problemas de identidad se complejizan.

Cuando los alemanes ven los pasaportes en los que el nombre tiene ¡cuatro palabras! (por  lo menos), se quedan con una cara de estupefacción. “¿Qué hago con esto?”, parecen decir con una expresión de desconfianza. “¿Será falsificado?” “¿Cuál de todas estas cosas es el apellido?” Tuve una charla muy extensa una vez intentando explicar que en Chile usábamos un segundo nombre (¿para qué dos nombres para una sola persona?), que después venía el apellido del padre y luego el de la madre. Ellos, más simples en la cosa de los nombres, tienen su identidad sintetizada en dos palabras. Nosotros, en cambio, llevamos inscrita toda nuestra historia familiar.

Y una vez que queda más o menos claro cuál es mi apellido, viene la explicación de que mi esposa está legalmente casada conmigo, aunque no tenemos el mismo Familienname. En Alemania, las personas que se casan adoptan el “nombre” de alguna de las dos familias. Un investigador dominicano, que conocí hace poco,  me contó que en Berlín vio a un trabajador que en su ropa de trabajo tenía escrito su apellido latino. Muy contento de encontrarse con uno de “nosotros”, se le acercó y le habló en español. El hombre, sorprendido que un desconocido lo saludara como amigos de toda la vida, le dijo en alemán, que lo sentía, pero que no entendía nada de español. Este amigo dominicano tuvo que hacer uso de su alemán para preguntar la causa de tanta extrañeza. Ahí le explicó el otro sujeto que el apellido cosido a la ropa era en realidad el de su esposa.

Si bien lo anterior es posible actualmente en Alemania, por tradición es la mujer quien adopta el apellido del marido. Es así como puede leerse en los documentos de identidad y en las lápidas de los cementerios “Maria Schultz (geb. Schwabe)” (Maria Schulz, nacida Schwabe, su nombre de soltera). La misma Angela Merkel toma el apellido de su primer esposo y de soltera se llamaba Angela Kasner. Como todavía es la costumbre en Alemania que la mujer sea la que cambia de apellido, los habitantes de este país asumen que es así en otros lados del mundo. Es por eso que cuando una mujer casada le da sus datos a alguien, se asume que ese apellido no es el original, sino el de su marido. El que ambos compartan el mismo nombre familiar, en Chile y en otros lugares de Latinoamérica es algo que hacen los hermanos. Pero en Alemania es lo normal. Por eso, a pesar de que soy René Olivares, cuando acompaño a mi esposa a algún trámite, se refieren a mí como Herr Lizama. Después de tres años en este mundo ajeno, ese nombre es casi mi nueva identidad.


Para ver la crónica sobre la Confusión (I), haz click aquí.

Fotografía: (c) René Olivares Jara

lunes, 3 de junio de 2013

Chronicae Germaniae 12



Desde el país del Carnaval de las Culturas






Los niños se divierten recogiendo papel picado de la calle. Concentrados en su tarea, intentan llenar sus pequeñas manos antes que lo hagan los demás. Y cuando sus dedos no pueden más de papelitos, los lanzan nuevamente al aire sin importar quien pase. Al aire, con una sonrisa que sigue los pequeños trozos de color hasta que caen otra vez al suelo. El tiempo se ha detenido en esa sonrisa. Por hoy, los autos no pasarán por esta calle. Llevarán su ruido a otros lados de la ciudad. Por hoy, esta zona es de los niños y de los adultos que quieren jugar.

Abundan las pelucas rosadas, las caras pintadas, collares de colores hechos de papel, lentes de sol que podrían parar un cometa, además de trajes de fantasía o de tierras muy lejanas. Hoy es el día en que se puede ser alguien más o ser uno mismo, alguien distinto pero igualado en medio de la diversidad.

Por esta misma calle, en que quizás desfilaron las camisas pardas de los tiempos nazis, ahora las familias de todos los colores y combinaciones posibles, ven pasar un desfile muy distinto, uno en donde la gente de todos los lugares imaginables, en procesiones hechas de todas las formas posibles de imaginar: camiones adornados con flores, otros empujados por pedales o sillones tirados con elásticos. Hay gente que baila, desfila, hace acrobacias o sólo camina. Todo está permitido para ser feliz, aunque sea por hoy.


Desde una ventana, una pareja de hombres sostiene a su hijo pequeño. Le muestran el río de personas distintas, que va de allá para acá y que poco a poco se acumula y pronto parece desbordarse. No importa qué digan algunos en Chile. En algún punto de Berlín, hay un niño con dos hombres que se aman y que lo aman a él.

Una serpiente cobra vida...

En la vereda, una mujer mira a su hijo autista correr entre el desfile que comienza. Va de un lado a otro fotografiando lo que le interesa. Aprieta el botón y ríe. Mira a su madre y vuelve a correr detrás de algún disfraz. Él no es un espectador detrás del lente. Él es parte del carnaval. Ahí van primero los brasileños y sus desfiles de garotas con plumas. Detrás, los tambores de la samba que comienza a inundar el barrio. Una serpiente de papel cobra vida. Corre, se contorsiona, se yergue y luego nos mira. Se retuerce y se congela por un momento. Pide nuestro aplauso y vuelve a moverse. Nos saluda y nos dice adiós, mientras suenan los platillos y los tambores de los antepasados orientales. Mariposas gigantes aletean sobre nosotros buscando alguna flor perdida entre la multitud. Pasan anunciando a un grupo de cosacos que bailan como si el piso estuviera con hielo. Se resbalan de allá para acá como las bailarinas de las cajas de música, pero con más vida. Hay algo mágico en la sonrisa que van contagiando en quienes los ven. Un hombre negro lleva pintura en su cuerpo y podría venir de Brasil o de África o de cualquier otro lugar. Sólo los carteles que anteceden cada grupo dan alguna señal. ¿Pero qué importa de dónde venga? Está ahí agitándose con los tambores y quiere que nos movamos con él. Otro toma a su hijo en brazos y lo alza sobre su cabeza hasta que éste se pone de cabeza. Se mueven como un solo cuerpo reflejándose en un espejo hacia el infinito. Una niña en zancos se complace en ser por unas horas más alta que su mamá. De pronto, un Oficial Prusiano aparece por la calle. Él es un punto aparte en todo el carnaval. Mientras la mayoría suelta su cuerpo al ritmo de los tambores, él camina lento y parsimonioso. Y si en el desfile todos van en grupo, él va solitario con su casco y sus medallas. Se detiene y saluda al público, llevando su mano a la frente como con un sentimiento de honor y deber hacia quienes lo ven. Una mujer joven lo encuentra tan solo que se le acerca por detrás e imita su gesto. Él se da cuenta y se ríe a destajo. Ha perdido por un momento la compostura y el personaje nos ha devuelto a la persona, para luego de unas fotos, volver a ocupar su lugar en ese río en que se mezcla el disfraz y lo auténtico. El pasado nos visitó por un momento y se va más contento que cuando cayó el Imperio.


Una niña en zancos se complace en ser por unas horas más alta que su mamá.

...un solo cuerpo reflejándose en un espejo hacia el infinito

...el personaje nos ha devuelto a la persona

Más allá, un hombre se contorsiona sin polera ni zapatos, como una bestia desatada de sí misma. Va de un lado a otro. Salta y grita frenético junto a los Hare Krishna. Y aunque él pueda ser perfectamente un nieto o bisnieto de algún soldado de la Wehrmacht o de las SS, su locura es muy distinta a la del nazismo. Lejos de la violencia, la suya es en realidad el éxtasis que nos toma, nos mueve, nos hace alzar los brazos por estar vivos y nos saca, aunque sea unos momentos, de las reglas del mundo gris del “lunes a viernes”.



Un niño lleva en su piel, en su pelo, en sus ojos, la marca del amor de todas las culturas. Difícil saber si es un poco negro, un poco blanco, un poco árabe, un poco turco. ¿Quién puede saberlo realmente? Es todos ellos y se ríe con las mulatas bailando samba y con los malabaristas. Es la imagen del nuevo Berlín. Es verdad que hay problemas con la inmigración, que la tolerancia, en particular de las autoridades políticas, se queda a veces sólo en eso, en aguantarnos lo necesario para que ojalá nos vayamos pronto. Pero también es cierto que la convivencia de todas las culturas en una ciudad que no hace mucho era la capital mundial del odio racial, es algo que debe celebrarse. Y el Carnaval de las Culturas lo hace todos los años al comenzar la primavera y quiere mostrar que la convivencia entre todos es algo en que cada uno gana algo del otro: ante todo, conocernos, a “ellos” y a nosotros.



Fotografías: (c) Nidia Lizama Fica, excepto la última que la tomé yo.