lunes, 30 de agosto de 2021

"Orfeo. Eurídice. Hermes." y "El poeta" - Dos poemas de Rainer Maria Rilke

 Traducción de René Olivares Jara

 


 

 

Orfeo. Eurídice. Hermes.

 

 

Era la extraña mina de las almas.

Como silenciosas vetas[1] de plata iban

a través de la oscuridad. Entre raíces

brotaba la sangre que iba hacia los hombres

y duro como el pórfido se veía en la oscuridad.

No había nada más rojo.

 

Ahí había rocas

y bosques inmateriales. Puentes sobre el vacío

y aquel gran estanque gris y ciego

que colgaba sobre su lejano suelo

como un cielo de lluvia sobre un paisaje.

Y entre los prados, suave y lleno de indulgencia,

apareció recostado el blanco trazo de un camino

como una larga palidez.

 

Y venían ellos de aquel único camino.

 

Adelante el delgado hombre en manto azul,

que mudo e impaciente ante sí veía.

Sin masticar devoraba su paso el camino

a grandes bocados; sus manos colgaban

duras y cerradas desde la caída del pliegue

y no sabían más de la ligera lira

que a la izquierda estaba incrustada

como un ramo de rosas en la rama del olivo.

Y rotos parecían sus sentidos:

mientras, la mirada se le adelantaba como un perro,

regresaba e iba cada vez más lejos

y se quedaba esperando en la próxima vuelta, —

su oído permanecía atrás como un perfume.

A veces le parecía que llegaba

hasta la marcha de aquellos otros

que debían seguir aquel completo ascenso,

cuando era nuevamente sólo el eco de su marcha

y el viento de su manto lo que detrás de él estaba.

Pero se dijo que sin embargo vendrían;

lo dijo alto y lo escuchó desvanecerse.

Sin embargo vendrían, sólo serían dos

los que irían terriblemente silenciosos. Pudiera

voltearse una vez (no fuera el mirar atrás

estropear todo ese trabajo

que está siendo logrado), debería verlos,

los dos silenciosos, que callando lo seguían.

 

El dios de la marcha y del mensaje lejano,

la capilla de viaje sobre los ojos claros,

portando el delgado bastón delante del cuerpo

y aleteando en los tobillos,

y entregada a su mano izquierda: ella.

 

La tan amada, que de una lira vino más llanto

que jamás de plañideras;

que de la queja fue un mundo, en el que ahí

todo una vez más estaba: bosque y valle

y camino y pueblo, campo, río y animal;

y que alrededor de ese mundo de llanto, completamente

como alrededor de la otra tierra, marchaba

un sol y un silencioso cielo estrellado,

un cielo de llanto con estrellas deformadas —:

Esta tan amada.

 

Pero ella iba de la mano de aquel dios,

el paso limitado por largas mortajas,

insegura, suave y sin impaciencia.

Ella estaba en sí, como una alta esperanza

y no pensaba en el hombre que iba delante

ni en el camino que ascendía hacia la vida.

Ella estaba en sí. Y su estar muerta

la llenaba como abundancia.

Como un fruto de dulzura y oscuridad,

así estaba ella llena de su gran muerte,

que era tan reciente que ella nada comprendía.

 

Ella estaba en una nueva doncellez

y era intocable; su sexo estaba cerrado

como una joven flor hacia la tarde

y sus manos estaban tan desacostumbradas

al enlace matrimonial, que incluso

el más leve roce del ligero dios

la ofendía como demasiado familiar.

 

Ella no era ya más esa mujer rubia

que en las canciones del poeta a veces evocaba,

no más aroma e isla del amplio lecho

y no más propiedad de aquel hombre.

 

Ella estaba ya disuelta como una larga cabellera,

entregada como lluvia caída

y repartida como abundante provisión.

 

Ella era ya raíz.

 

Y cuando de pronto el dios la detuvo

y con dolor en el grito

dijo las palabras: «Él se ha dado vuelta»,

ella no comprendió nada y dijo bajo: ¿Quién?

 

Pero lejos, oscuro ante la clara salida,

alguien estaba de pie, cuyo rostro

no era reconocible. Veía

cómo en el trazo del sendero de un prado

el dios del mensaje con la mirada llena de tristeza

giró silenciosamente para seguir la figura

que ya volvía por el mismo camino,

el paso limitado por largas mortajas,

insegura, suave y sin impaciencia.

 






El poeta

 

 

Te alejas de mí, Hora.

Tu aleteo me hace heridas.

Solo: ¿qué debo hacer con mi boca?

¿con mi noche? ¿con mi día?

 

No tengo amada ni casa,

ni lugar en que vivir.

Todas las cosas a las que me he dado

se hacen ricas y me consumen.

 

 


[1]      El término Adern significa “vena” y “veta”, que alude tanto al concepto de “mina” como al de “sangre” que aparece más adelante. Lamentablemente en castellano no hay un término que mantenga esa doble significación, así que utilizo “veta”, que si bien no alude a la sangre, mantiene en parte la idea original, que se perdería con “venas de plata”.