lunes, 31 de julio de 2023

Como los perros de Tíndalos (Fragmento)

 Miguel Acevedo

 

“Yo he visto abrirse el tenebroso universo donde giran sin rumbo los negros planetas, donde giran en su horror ignorado sin orden, sin brillo y sin nombre”

 Némesis

 

 

Y por fin habían estrenado en el cine la película de terror “Los Perros de Tíndalos”, adaptación cinematográfica del cuento del mismo nombre de Frank Belknap Long. Era una tarde fría de invierno cuando Manuel y Patricio fueron a una sala de cine del centro de Santiago a ver el tan anhelado film, el que disfrutaron desde su inicio. Al final, esperaron casi religiosamente a que se acabaran los créditos y abandonaron la sala. Tomaron una micro que los dejó en Macul con Grecia, y caminaron hasta sus casas, hacia la avenida Los Presidentes. Iban comentando animadamente la película que hacía poco rato atrás los había sumergido en su magia. Que buen director es Joe Constanzo, repetía una y otra vez Patricio. Pensar que no se engolosinó con los efectos especiales, aunque igual se atrevió a mostrar los perros flacos y monstruosos, con un hambre de millones de años, viviendo más allá de las estrellas y de nuestro propio universo. A Manuel le habían gustado bastante las actuaciones y lo bien representados que quedaron los protagonistas del relato original, Chalmers y Frank. Y cómo se habían creado a su alrededor otros personajes y situaciones, manteniendo el espíritu de la historia. No podían estar más contentos ambos amigos. Les habían gustado mucho las películas anteriores del mismo cineasta, especialmente “Sawney Beane”, sangrienta y atmosférica, pero los dos estaban de acuerdo en que Constanzo se había superado a sí mismo. A esa hora, la avenida estaba oscura y silenciosa, y les pareció que hasta mal iluminada, lo que le llamó bastante la atención a Manuel. Iban caminando junto a una facultad de la Universidad de Chile, delimitada por altas rejas en esa calle. Y de pronto, notaron que unos perros corrían dentro del campus, en dirección a ellos. Los típicos perros callejeros que prácticamente viven dentro de la universidad, pero que Patricio encontró inusualmente grandes y famélicos. Sorpresivamente, un can asomó la cabeza casi sobre la reja y ladró encima de ellos, y ambos gritaron del susto, y luego se echaron a reír como cuando eran unos adolescentes. Perro de mierda, exclamó Manuel. De pronto, Patricio advirtió que cuatro o cinco perros grandes venían por la calzada, en la calle. Ladraban con fiereza. Estaba a punto de comentárselo a su amigo, cuando este le dijo que corrieran, y ambos comenzaron a arrancar de los animales. Los otros perros que venían corriendo desde dentro del campus universitario, saltaron de forma asombrosa la alta reja, y la jauría comenzó a ladrar y rugir tras de los dos hombres que huían por la avenida. Manuel, Manuel, nos van a alcanzar, decía Patricio, que seguía corriendo sin desfallecer. Se metieron entre los edificios de departamentos ubicados cerca de la facultad, los que se veían grises a esa hora de la noche. No andaba nadie en la calle. Se acercaron a la entrada de unos departamentos y tocaron los timbres del primer piso. Ninguna persona respondía. Una señora se asomó por un segundo piso y les preguntó por qué molestaban  a esa hora, y Manuel le pidió que por favor les abriera la puerta, ya que los estaban persiguiendo, pero la señora se entró y no volvió a asomarse. Corrieron hasta una entrada que estaba abierta y se sentaron en el rellano de la escalera en el primer piso. Ambos amigos estaban sin aliento. Les pareció escuchar los ladridos de los perros. Patricio trató de calmar la situación, pero Manuel señalaba que eran los mismos perros, que los estaban buscando. Nos olieron, Patricio, nos olieron, repetía bastante alterado. A lo mejor entraron por los ángulos de la pantalla del cine, repetía, casi hablando para sí mismo. Patricio lo levantó de los hombros y le exigió que se calmara. Aunque no pudo evitar un estremecimiento cuando sintió a unos perros pasar a la carrera. Vio cuánto dinero le quedaba, y decidió que saldrían de nuevo a Los Presidentes y tomarían un taxi hasta su casa, aunque no estaba tan lejos. Vamos a calmarnos, señaló. La idea era llegar a su casa, y después Manuel se iría a la suya. Caminaron hasta la avenida, con Manuel siguiéndolo no muy convencido. De pronto una silueta se asomó por la ventana de un tercer piso y su amigo salió corriendo, y Patricio fue detrás de él. -¡Era un perro, era un perro!-gritaba Manuel. Patricio lo alcanzó, lo tomó del brazo y lo zamarreó con fuerza. Cálmate, le decía. En eso, vieron las luces de un taxi doblando desde la calle que desembocaba en la avenida, y Manuel tuvo la lucidez de hacerlo parar. Afortunadamente, estaba desocupado. Se subieron a los asientos posteriores, y Patricio vio con el rabillo del ojo unos gigantescos perros flacos moverse a unas cuadras de distancia. El corazón le dio un brinco.


El automóvil partió hacia la dirección que le dieron. Al llegar a la esquina donde había un semáforo, les dio rojo. Ambos amigos estaban muy silenciosos y el chofer apenas los había mirado por el espejo retrovisor. Dio la luz verde, y el chofer siguió parado en la esquina. -Señor, ya podemos seguir- le dijo Patricio, pero el hombre ni los miró. -Es uno de ellos- exclamó Manuel y  Patricio abrió la puerta, le pagó al chofer y ambos se bajaron del taxi, que siguió estacionado ahí mientras los dos amigos se alejaban. -Patricio, date cuenta de lo que está pasando- le decía Manuel, especulando con una voz muy nerviosa sobre el paso de los Perros de Tíndalos desde las dimensiones exteriores a nuestro mundo, con su hambre insondable y sus ojos que concentraban todo el vacío de los abismos que hay entre las estrellas. Contrólate, le decía Patricio, cálmate. No podían perder la cabeza. Pero él también estaba visiblemente alarmado. Arriba en el cielo, una larga y solitaria nube atravesaba la luna, como un puñal. (...)


 

Miguel Acevedo (1966) es un escritor e historiador chileno. Desde el 2011 es autor del blog Le dicen poesía, colaborando también en el blog Bblogzine segunda época con sus cuentos, poemas, críticas y crónicas. Gracias a GatoJurel Ediciones ha publicado Cartelera de Cine (2015), Espejos (2016, coescrito con Paz Correa) y Los altares de la locura. Homenaje a Lovecraft (2018). "Como los perros de Tíndalos" pertenece a Los Sicarios Nocturnos y otros relatos, libro aparecido recientemente por Ediciones Pueblo Culto.

lunes, 24 de julio de 2023

La papilla dulce

 Recopilado por Jacob y Wilhelm Grimm

 


 

Había una vez una muchacha pobre y piadosa que vivía sola con su madre y no tenían nada más para comer. Cuando la chica salió al bosque, se encontró ahí con una mujer anciana que ya sabía de su miseria y le regaló una ollita, a la que debía decirle: “Ollita, cocina”. De este modo, cocinaba una buena papilla dulce de mijo, y cuando decía: “Ollita, para”, dejaba de cocinar. La muchacha trajo la olla a casa para su madre y ahora estaban libres de su pobreza y de su hambre y comían papilla dulce tan seguido como querían. Un día la muchacha salió, entonces la madre dijo: “Ollita, cocina”, entonces cocinó y ella comió hasta llenarse. Ahora quiere que la ollita se detenga nuevamente, pero no sabe la palabra. Así es que sigue cocinando y la papilla sobrepasa el borde y sigue cocinando, la cocina y la casa llenas, y la segunda casa y entonces la calle, como si quisiera llenar de comida al mundo entero y es la mayor urgencia y nadie sabe cómo ayudar. Finalmente, como sólo quedaba una casa, la chica volvió al hogar y dice: “Ollita, para”, entonces para y deja de cocinar. Y quien quiera ir nuevamente a la ciudad, debe abrirse camino comiendo.

 

Traducción de René Olivares Jara

 

 

 "La papilla dulce" ("Der süße Brei") es uno de los cuentos de hadas recopilados por los Hermanos Grimm por primera vez en 1812 con el nombre Kinder- und Hausmärchen (Cuentos de hadas infantiles y caseros), aunque hicieron varias versiones hasta 1858. La versión en español de "Papilla dulce" que publicamos aquí es una traducción hecha por René Olivares Jara y original se encuentra en una recopilación de todos los cuentos de hadas de los hermanos Grimm llamada Grimms Märchen (2015) y que se basa en las versiones de 1812 y 1815.


 

martes, 18 de julio de 2023

El pasado siempre vuelve (III)

 Jon Vendon



 

 

     Marisa había llegado a la cervecería de la calle Serrano poco antes de las seis. Se dirigió hacia una de las pocas mesas disponibles, se sentó y pidió una cerveza Mahou de barril, que le sirvieron con unos cacahuetes. Quince minutos más tarde entró Sonia. Parecía más joven que la última vez que se vieron. Se había cambiado el color del cabello, de su moreno original a un castaño oscuro, también se lo había cortado, ahora lucía media melena. Vestía un traje negro compuesto por una chaqueta y una falda a la altura de las rodillas, lo que contrastaba con la camisa blanca. Calzaba unos zapatos negros con tacones de aguja. El conjunto favorecía su esbelta figura.

     Sonia vio a Marisa y esta se levantó.

     —¡Sonia, qué alegría verte! Estás espléndida.

     —Tú tampoco estás nada mal, parece que te ha sentado bien salir de la ciudad.

Las dos se dieron un par de besos y se sentaron. Un camarero se aproximó para tomar nota de lo que quería consumir Sonia.

     —Otra Mahou, Alberto. Bueno, cuéntame qué ha sido de tu vida estos últimos cuatro años.

     —Carlos y yo nos compramos un chalé en una urbanización de Guadarrama. Dejé el trabajo, con la indemnización y la paga que le quedó a Carlos tenemos más que suficiente. Me dedico a las cosas de casa y tengo un jardín que cuido con esmero. Ahora leo más. Ya ves, llevo una vida de lo más anodina. Y tú, ¿qué tal?

     El rictus de Sonia se tornó serio.

     —Me separé de Miguel hace aproximadamente un año —respondió con los ojos vidriosos—. Cambié de empresa y ahora estoy en una asesoría, justo aquí al lado.

     —Lo siento de veras. ¿Y Miguelín? ¿Cómo lo lleva?

     —Como te puedes imaginar: mal. Echa de menos a su padre, con suerte lo ve cada dos semanas. De todas formas, tampoco es que lo viese mucho más antes de separarnos. —Sonia agachó la cabeza, apretó los labios e hizo un gesto negativo con la cabeza. Cuando la volvió a levantar una lágrima corría por su mejilla—. No puedo olvidarlo, lo intento, pero no puedo. Echo de menos su olor, sus caricias, su optimismo, sus bromas…

     —Él no lo está pasando nada bien. Esta mañana ha estado en nuestra casa, ha venido a recoger a Carlos para una misión, y lo he visto mal.

     —¿Carlos en una misión? ¿No lo había dejado definitivamente?

     —Sí, Sonia, ese era el acuerdo al que habíamos llegado, pero supongo que si su país lo necesita él no se va a negar —dejó caer con retintín—. ¿Sabes? Discutimos —continuó Marisa—. Al principio no me lo podía creer, e imagino que Carlos no lo habría aceptado sin mi visto bueno. Vi ese brillo especial en sus ojos, el que a veces tenía antes de retirarse cuando lo mandaban a alguna operación. No me sentía con fuerzas para obligarle a renunciar a sus sueños por mí. No quiero tenerlo como un perrito faldero, y ahora sufro. Tengo miedo de nuevo, como antes.

     Sonia se levantó de su silla y la abrazó.

     —Tengo miedo Sonia, mucho miedo —dijo entre sollozos, mientras algunos de los hombres sentados en la barra las miraban de soslayo.

     —Alberto, por favor. Cóbrate las dos cervezas —solicitó Sonia al camarero—. Ahora vamos a dar una vuelta. Creo que nos vendrá bien tomar el aire.

     —De acuerdo —contestó Marisa mientras se enjugaba las lágrimas con unas servilletas de papel.

Después de pagar, las dos salieron a la calle, repleta de tiendas de lujo. Se detuvieron en una de ellas, especializada en ropa y accesorios de bebé. Marisa rompió a llorar de nuevo.

     Carlos y ella lo había intentado todo, incluso habían recurrido a la reproducción asistida. Después de seis abortos había perdido toda esperanza. Los especialistas no encontraban el motivo por el que sus embarazos se interrumpían espontáneamente, los dos eran fértiles. Un afamado ginecólogo les comentó que, a veces, había problemas de incompatibilidad, que los dos podrían tener hijos, pero con otras parejas. Ella quería a Carlos, y aunque su marido le había propuesto utilizar la inseminación in vitro con un donante anónimo, Marisa siempre se negaba. Quería un hijo, pero de él.

     El mismo ginecólogo les dijo que, a veces, la obsesión por el embarazo y el miedo al aborto eran los responsables de que algunas parejas no pudiesen tener hijos. Que cuando dejaban de obsesionarse ocurría el milagro, y que, en esos casos, después del primer hijo llegaban los siguientes, como si el cuerpo que los traicionaba de pronto se hubiese convertido en su aliado.

     —Lo siento, Marisa.

     —No te preocupes, no es culpa tuya. No podemos borrar del mapa todas las tiendas para bebés.

     Siguieron caminando, en silencio. Llegaron hasta la avenida de Concha Espina y giraron a la izquierda hasta el parque de Berlín. Se sentaron en un banco, frente a otro ocupado por un anciano que daba de comer a las palomas trozos de pan.

     —Creo que deberíamos vernos de vez en cuando —sugirió Marisa—. ¿Sigues quedando con Carla y Paloma?

     —Hace tiempo que no nos vemos, más o menos desde que me separé de Miguel.

     —Pues es una lástima. Formábamos un buen grupo, ¿verdad? Al menos nos servía para desconectar y echar unas risas.

     —Es cierto, las echo de menos —asintió Sonia, y añadió—: ¿Qué te parece si las llamo yo y concretamos un encuentro en mi casa?

     —Estaría bien.

     Sonia sacó su móvil del bolso.

     —¿Carla? Soy Sonia. ¿A que no imaginas con quién estoy?

     —Ni idea —respondió Carla.

     —Con Marisa. Hemos pensado que estaría bien que nos volviésemos a reunir, como antes.

     —Por mí no hay problema. ¿Has hablado con Paloma?

     —Aún no. ¿Crees que le apetecería?

     —Seguro que sí, cuando nos vemos siempre salís las dos en las conversaciones.

     —Habíamos pensado en quedar mañana por la tarde en mi piso, a eso de las seis y media —dijo mirando a Marisa en búsqueda de su aprobación. Ella asintió—. ¿La llamas tú y me devuelves la llamada en un rato? Ah, y por los niños no hay problema, podéis traerlos.

     —De acuerdo, ahora la llamo y te lo confirmo en un rato.

     Carla colgó y Sonia miró sonriente a Marisa.

     —Creo que nos vamos a poder ver de nuevo las cuatro.

     —Ojalá —afirmó sonriendo Marisa.

     Tras unos minutos, el teléfono de Sonia comenzó a emitir el timbreo de una llamada entrante. Era Carla.

     —Hola, Sonia. ¿Aún estás con Marisa?

     —Sí, está a mi lado.

     —Pues dile que tiene un morro que se lo pisa, pero que mañana nos vemos en tu casa. Las cuatro juntas de nuevo.

     Sonia se giró hacia Marisa.

     —Dice Carla que..., que mañana nos volvemos a reunir las cuatro. Supongo que no te has olvidado de donde vivo.

     —Claro que no. Hay cosas que no se olvidan.

     Sonia retomó la llamada.

     —Hasta mañana, y no os retraséis.

     —Hasta mañana. Dale un beso de mi parte a Marisa.

 

 

Jon Vendon: madrileño afincado en Barcelona, publica su primera novela: El Visitante en 2020. Tras el éxito de ventas y de críticas literarias de El Visitante, publica El Hijo de Caín en abril de 2022, convirtiéndose en una de las novedades literarias más vendidas en Amazon en el día del libro. El texto que aquí publicamos pertenece al cuarto capítulo de esta última novela.

 

Crédito de la imagen: Pamela Uribe Valdés

 

martes, 11 de julio de 2023

El pasado siempre vuelve (II)

 Jon Vendon

 

 


     Marisa descolgó el teléfono y marcó el número del móvil de Sonia. Tuvo que esperar varios tonos, pero al final escuchó la voz de su amiga.

     —Si me llama para que me cambie de compañía telefónica o para venderme cualquier cosa, no me interesa. —Ya iba a colgar cuando Marisa le habló.

     —Hola, Sonia. Soy Marisa.

     —¿Ha pasado algo?

     —Han pasado muchas cosas, en mi vida y en la tuya. ¿Qué te parece si quedamos para tomar algo como en los viejos tiempos y hablamos? —propuso Marisa.

     —Pues claro —afirmó Sonia—. ¿Cuándo te va bien que quedemos? ¿Aviso a las demás?

     —Lo antes posible, y no avises de momento a Carla y a Paloma.

     —Como prefieras. Salgo a las seis de trabajar y no tengo que recoger a Miguelín de las actividades extraescolares hasta las ocho. ¿Te va bien si quedamos a las seis y cinco en la cervecería José Luis? Está junto a mi oficina, en el número ochenta y nueve de la calle Serrano. No es la típica cervecería, tienen bastantes mesas.

     —Me parece bien. Quedamos esta tarde. No te entretengo más, debes estar muy atareada.

     —Marisa… me alegro de que me hayas llamado.

     —Y yo de haberte llamado. Hasta esta tarde.

 


 

       Durante el trayecto hasta la base aérea de Torrejón de Ardoz, el móvil de Miguel comenzó a emitir el timbreo típico de una llamada entrante. La pantalla indicaba que la llamada provenía de la sede central del CNI en Pozuelo de Alarcón. Miguel activó el «manos libres» y redujo la velocidad a la que circulaba.

     —¿Miguel? Soy Fernando Sainz de Rozas.

     —Dígame, señor. ¿Ha ocurrido algo?

     «Algo debe haber pasado. No es normal que el director del CNI se ponga en contacto con los agentes momentos antes de partir a una misión», pensó Miguel.

     —Un pequeño contratiempo. ¿Está con usted Carlos Hernández?

     —Sí, lo acabo de recoger de su domicilio.

     —Parece que hay varios casos de viruela en la base Miguel de Cervantes. El general Ramírez, al mando de la base, me lo acaba de confirmar. Tenemos que retrasar el despegue del vuelo. Estamos esperando la llegada de trajes de bioseguridad de nivel 3 y 4, así como de varias carpas de aislamiento, medicación y material para la desinfección. De todo esto se encargan una docena de sanitarios de la UME, que deberían llegar en unas horas y que también viajarán en el mismo vuelo que ustedes. Ya he informado a los otros dos agentes integrantes del operativo de esta circunstancia. ¿Me escucha, Hernández?

     —Sí, alto y claro.

     —Soy el director del CNI.

     —Fernando Sainz de Rozas, ¿verdad?

     —Así es. Le agradezco que haya aceptado colaborar de nuevo con el CNI.

     «Colaborar. ¡Qué cinismo! Voy a trabajar para el CNI, me voy a jugar el cuello», pensó Carlos.

     —He leído su historial y es impresionante. También me han hablado muy bien de usted sus antiguos compañeros.

     —Gracias. He aceptado… trabajar de nuevo para el CNI por sentido de responsabilidad. Espero no arrepentirme. Únicamente exijo que no se me oculte nada durante la operación, absolutamente nada. Es preciso que tenga toda la información de la que se disponga en tiempo real. Puede que además precise de más ayuda material y de efectivos sobre el terreno, en el Líbano, pero también en otros países, así como libertad de movimientos. Si no es así, me retiraré. ¿Me escucha?

     Al otro lado de la línea, y durante unos segundos, solo hubo silencio. El director del CNI no estaba habituado al tono exigente de Carlos, pero no le quedaba más remedio que claudicar. Carlos era imprescindible en la operación.

     —Está bien, Hernández, cuente con ello. Ahora debo colgar, tengo una reunión con el ministro de defensa. Manténganme permanentemente informado sobre los avances en la investigación.

     El general colgó y Miguel soltó una sonora carcajada.

     —Debe haberle sentado como un tiro que un exagente le hable de esa manera.

     —Son mis condiciones. No sabemos nada. Puede que el caso de la base Miguel de Cervantes tenga ramificaciones inesperadas.

     Cuando llegaron a la base aérea de Torrejón de Ardoz, Miguel le mostró su documentación al soldado de la entrada, quien de soslayo miró a Carlos.

     —¿Y él? —preguntó mientras observaba las condecoraciones que lucía la guerrera blanca de Carlos.

     —Viene conmigo. ¿Algún problema… Herranz? —le interpeló Miguel tras comprobar su apellido en el parche cosido sobre el bolsillo izquierdo de la guerrera.

     —Ninguno, señor —contestó, y se dirigió hacia la garita para alzar la barrera.

     Miguel estacionó el Tiguan en uno de los aparcamientos de la base aérea y los dos agentes salieron del vehículo. Caminaron dejando atrás varios cuarteles, hasta que por fin alcanzaron su objetivo: el hangar donde estaba el Airbus A400M, el avión que los llevaría hasta el Líbano y, bajo una de sus alas, dos soldados. Carlos supuso que eran los compañeros que le mencionó Miguel.

     Cuando se estaban acercando, Carlos se fijó en que uno de los dos agentes tenía rasgos magrebíes.

     —No me gusta el de la derecha —dijo Carlos.

     —¿No te habrás vuelto xenófobo de repente?

     —No es eso.

     —Ahmed es ceutí, y su familia es española —dijo Miguel—. Se alistó en la Legión antes de que lo reclutásemos. Es un excelente tirador, capaz de acertar a un objetivo en movimiento a cien metros con una pistola. Créeme, si hubiese un tiroteo te gustaría tenerlo a tu lado.

     —Da igual, Miguel. Hay algo en él que no me gusta —comentó justo antes de llegar a la posición de los dos agentes.

     —Carlos, te presento a los agentes Ahmed Abdeselam y Marcos Moreno. Ahmed, Marcos, os presento a Carlos Hernández, historia viva del CNI y uno de los mejores agentes de la agencia desde que se fundó.

     Carlos extendió el brazo y le dio un apretón de manos a los nuevos compañeros.

     —Puesto que vamos a tener que esperar un buen rato a los de la UME, ¿qué te parece si nos quitamos los trajes de gala y los sustituimos por los de campaña? —propuso Miguel. Ahmed y Marcos ya lo habían hecho.

     Miguel abrió un baúl metálico y extrajo dos bolsas que contenían uniformes militares de camuflaje en árido pixelado, compuestos cada uno por una chaqueta con cremallera, unos pantalones, un par de botas altas, un par de calcetines, también altos; una camiseta de manga corta beige, un jersey caqui, un casco táctico y una chapa colgante identificativa con un número, el grupo sanguíneo y un falso apellido: Fernández para Carlos y Gómez en el caso de Miguel. Encima del bolsillo de lado izquierdo de la chaqueta había un parche cosido con los falsos apellidos.

     Después de cambiarse de ropa, Miguel extrajo de otro contenedor un par de pistolas de fabricación alemana Heckler & Koch USP Standard del calibre 9 mm Parabellum, con sus respectivos cargadores y las fundas para la pierna. Los dos enfundaron las armas y las ajustaron con correas elásticas en su pierna derecha.

     —¿Imagino que llevamos todas las armas y la munición necesaria? —preguntó Carlos.

     —Llevamos lo habitual para este tipo de operaciones —intervino Miguel—. Hay cuatro fusiles HK G36, un fusil para francotirador M24A3, granadas, equipos de visión nocturna, micrófonos, rastreadores por satélite… No te preocupes, no echarás nada de menos.

     Los agentes introdujeron los contenedores en la bodega del avión y los aseguraron mediante correas y dispositivos de amarre.

     A las doce y diez, dos horas más tarde de la prevista para el despegue, entraron en el hangar dos camiones de la UME. De ellos descendieron los doce militares que había comentado el director del CNI. Uno de ellos se aproximó hasta los cuatro agentes.

     —Buenas tardes. Soy el teniente Miquel Irausti de la UME, en concreto, de la Unidad de Armas Biológicas, y estoy al mando de este equipo sanitario hasta que lleguemos al Líbano.

     El teniente estrechó la mano de los cuatro agentes, que se presentaron con sus verdaderos nombres y sus falsos apellidos, mientras el resto de los integrantes de la UME cargaban el material en la bodega del avión. Dos pilotos del ejército del aire entraron en el hangar charlando amistosamente. Uno de ellos le preguntó al teniente de la UME por el tiempo que tardarían en cargar y asegurar los contenedores y saludó con la mano al resto de los componentes del vuelo antes de acceder a la cabina con su compañero y encender los motores. El avión despegó de la base aérea a las 12:35 h.

 

 

 

Jon Vendon: madrileño afincado en Barcelona, publica su primera novela: El Visitante en 2020. Tras el éxito de ventas y de críticas literarias de El Visitante, publica El Hijo de Caín en abril de 2022, convirtiéndose en una de las novedades literarias más vendidas en Amazon en el día del libro. El texto que aquí publicamos pertenece al cuarto capítulo de esta última novela.

 

Crédito de imágenes:

Ilustraciones 1 y 2: Pamela Uribe Valdés
"Militares conversando": Imagen generada por inteligencia artificial (Dall-E).