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lunes, 15 de septiembre de 2025

Carta - Océano

 Alberto Rojas Giménez

 



Hombre del mundo,
ancló en mis ojos la tristeza,
tarde de las tardes, en la tarde de América.
 
Soledad de la infancia
ardida al fondo amarillo de los pueblos.
En aquel tiempo morían mis parientes.
Eran negras las persianas que atraían el día
y opaca la voz de mi madre recordando las cosas.
 
Yo era el poeta vestido de niño,
en el año triste en que los niños rompen las flores.
Ningún hombre me dijo nunca que debía cantar.
Corría la luna por detrás de las nubes.
El sol quemaba los frutos y el lomo de los cerros.
Mis manos buscaban luciérnagas
en la sombría humedad del invierno.
 
Primera canción de las palabras torpes,
simple como el agua, yo no sabía jugar.

Miedoso de la lluvia, orador silencioso,
allé mi primer amigo al fondo de un espejo.

Una mano invisible apagaba los veranos.
Ellos, los hombres tímidos, elegancia del pueblo,
esperaban la novia a la puerta de la iglesia.
Todo cayó de golpe.
Varió el nombre de los periódicos.
Alguien decía que había nuevos edificios.
Aprendió mi memoria el curso de los trenes
y supe que las viejas mujeres de mi país
guardaban sus monedas en la esquina de un pañuelo.

Todo cayó de golpe, comenzaba la edad doliente.
En el viento múltiple,
en el viento que pierde la voz de los náufragos,
esparcí la hoguera rosada de los sueños.
Ahora, junto al Elba y es en Hamburgo,
animo en las palabras el collar de mis años.
Otoño del norte. Anclados en la bruma
son los edificios negros barcos sonámbulos.
 
Distante tierra mía, país de bosques en incendio!
En la noche extranjera que retiene mis pasos,
hombre del jersey, tiendo hacia ti las manos.

En aquel tiempo morían mis parientes.
Infancia de luto a la sombra de las lilas.
Jugaba mi hermana a la luz de las lámparas.
Siempre estaba a mi espalda
el retrato del padre asesinado.
Había un cerro, me acuerdo, sosteniendo una cruz.
Era el mes de mayo y hombres de rostro pintado
bailaban en torno castigando la tierra.
Un río corta el pueblo. Cada mañana traía
el cadáver de una doncella.
Infancia triste rayada de oraciones.
En la noche el galope de los caballos
amedrentaba mi sueño y el sol tardaba en llegar.
Hubo una vez un circo.
Una mujer verde se balancea en mi memoria
colgada de un trapecio.
Admiré los peces dorados en el agua de plata.
Lloraban los campanarios al caer de las tardes
Hay un volantín dormido en el cielo de mi infancia.
Adolescencia acodada al marco de las ventanas,
comenzó por entonces la canción que hoy continúo.
Era la vieja historia del arcoiris y la palabra amor.
Vi cruzar sin asombro el primer aeroplano
y subí sobre mi casa para tomarlo en las manos.
Era la edad doliente del deseo y la espera.
Vestido de negro acompañé el primer funeral.
Entonces vieron mis ojos el retrato de los héroes
adornando las vidrieras de todas las farmacias.
La casa se llenó de convidados.
Escribí la primera carta.
Me llevaron hasta un puerto para mostrarme el mar.

Alumno sin talento, desgracia de las madres,
caían a mis pies pájaros de papel marchito.
Era la fuga del tiempo y yo tenía quince años.
Fui el adolescente de los cinematógrafos;
Lector incansable de las novelas tristes.
Decía a menudo: “Cansado ... quiero irme...”.
Guardaba en mi cartera el retrato de una niña.
Digo todo esto como si estuviera
sentado a mi mesa con un naipe en las manos.
Soy el mismo y entre tu sonrisa
y la sonrisa de aquélla levanto mis años.
Perdido, sediento, insatisfecho.
Extranjero enamorado de las cosas y su canto.

Te sumerjes en el día, mi recuerdo te alcanza.
Un cisne de nieve se ahoga
en el remanso de tu alma.

Aquí estamos. Donde el sol no levanta.
Desvanece la sombra tu clara presencia.
Alta ciudad, vasta ciudad de la vida multánime.
Largas barcas de plata duermen sobre el Sena.
La mala estación acongoja los parques.
Sobre este muro en ruinas, alguien escribe la palabra desamparo.
Asoma la lluvia en la noche profunda
y un pájaro de hielo desciende hasta mis manos.

La multitud enreda tu nombre.
Es nuestra la calle más triste.
Hotel pobre. Vida tan pobre.
Delante de nosotros caen hojas amarillas.

Ah, mujer de pena, dulce mujer mía.
Aviones taciturnos nacen con el día,
y cada día nos trae una flor ya marchita. 

Yo hice los viajes más alegres y los más tristes viajes.
Detrás de mis sueños está la América en flor.
Los marineros danzaban sobre el Mar Caribe.
Tocador solitario
era tu pena y no el viento inflando tu acordeón.

Hangar nocturno. Es entre tus paredes sombrías que mi corazón despierta
Rayo, quemo las horas en la lumbre de mi cigarro. 
Un vaso de vino ahoga toda explicación.
 
Tú mismo, el de entonces, ahora cruzas los bulevares
y el antiguo desaliento te amarra toda acción.

De allá abajo llegan las voces. Las cartas. El periódico de las noticias.
Pablo y Tomás robando a los nativos.
Una casa en abandono. También la revolución.
 
Aquí los hombres tienen un semblante de tiza.
El alma del invierno oculta los infantes.
Automóviles en delirio empujan el crepúsculo.
Y una luna cautiva blanquea las terrazas.
 
Es a la claridad de las lámparas que yo te amo, compañera de esta hora.
 
De nosotros huye la tarde.
Una palabra de pena baja de tus labios
al recordar las guitarras del país de Tarzán.

Ésta es nuestra calle. Hotel Nantes. Aquí te amo.
Eres alta. Hueles a manzanas.
Hay un cigarro muerto junto a la chimenea.
Encierras dentro de ti campanas de Stuttgart.
 
Todo lo he visto y los cementerios.
Voz desconsolada de las fotografías.
Cuantas veces solo frente a los andenes.
Cartas amarillas, abanico de tedio.
Desplegaba en la noche una mala noticia.
Era el insomnio y exprimía en mis versos
la vieja tristeza del poeta romántico.
Siempre estás conmigo y yo todo lo he visto.
Viejos árboles marcaban el límite.
Camino de palabras, hilo del telégrafo,
hilvanando los nombres de las capitales.
Viaje que el olvido conserva.
Trasmundo del espejo a su orilla me inclino.
Más abajo la calle y aquí en el aposento,
pálido, despeinado, escribo y me acompañas.
Es la hora del abandono y vigilas el beso.
Te he llamado en los bosques y a mi lado sonríes.
No recuerdes. Eran rojos los techos.
Árboles de humo. País que me ofrecías
tan sola y tan pobre entre tus hermanas.
Guardo del olvido, aparece en el sueño,
mi mujer pensativa sobre un puente de hierro.
 
Las revistas, el periódico, en el café lo he visto.
Todo estaba, aniversario y los negros caracteres.
Tu nombre mismo al pie de tu retrato,
mariposa dormida al borde de mi vaso.
Se iban las mandolinas y las estrellas estaban.
El bosque se apartaba en la fecha dichosa.
La mano doméstica extinguía la lámpara.
Noche de Walpurgis, Alemania del alma!
 
Entre tus senos el lagarto verde.
No puedo explicar tus pies crepusculares,
amor inconcluso, alcancía de esperanzas,
mujer, vaso conteniendo el día,
vamos en el viaje sin objeto, inmóviles sin embargo.
Corren las diligencias y el humo de los trenes
envejece tu perfil, cae la frente entre mis manos.
 
Aprendiendo a contar, no es esto lo que quiero.
Aprendiendo a escribir, tampoco, es lo mismo.
Lengua extranjera, lago, poesía.
La montaña rosada que mi voz acaricia.
Siempre vuelvo hacia ti, razón de mi silencio.
En la larga velada el relato sin tregua.
Un nombre, una fecha y el cabello blanco,
al fin de los días deletreando mi canto.
Dame ese cuaderno, es la ebriedad sin límite.
Caminando encontrarás la geografia cerrada.
Después, el sombrero en el suelo, los vestidos marchitos,
entre el vino y el tabaco los amigos te esperan.
Olvido las historias, canción de las islas.
Todo estaba a tu lado, hechicera nocturna.
Levantabas la mano para detener el curso
de los astros fragantes como frutos maduros.
Aquella noche tu padre cantaba en la taberna.
Si hubiera que decir cómo te quise entonces!
Ibas por el bosque y en tu cabellera,
regalo del bosque, aprisionabas luciérnagas.
Guardaban tus ojos el secreto dichoso
y una palabra tuya libertaba los barcos.
Destruías el maleficio, cambiabas el rumbo del viento,
todo lo podías y te perdí por entonces.
Apoyado en mi fusil, centinela del alba,
atraía el silencio mientras tú te alejabas.
He visto después en los trenes que parten,
agitar el adiós que agitaban tus manos.
 
Si sólo tú volvieras de aquel tiempo disperso
trayéndome el nuevo rostro que has sacado del tiempo!
Se cruzan sobre este lado del mundo las altas oscuras palmeras nocturnas.
Lago sombrío, allí se sumerge un barco cargado de rumores.
Lejos de ayer, lejos aún del día nuevo y repetido
todavía la esperanza, el deseo persistente.
 
En medio de la noche en que toda forma se ahoga,
lluvia impalpable y negra comparable sólo al olvido,
en mitad de la noche, lejos, tierra que sostiene tus pasos,
no te alcanza mi voz, tus lágrimas son distantes.
Imágenes del cine, todo me viene, libro de estampas vivientes.
El río, sus árboles negros, tu palabra, su pasajero asilo.
La multitud que invade el crepúsculo, los trenes,
donde tú vas, presencia mía inapartable,
donde tú vas, silenciosa, ensimismada,
encima del tiempo que la distancia altera.
 
Mi recuerdo te alcanza frente a los días festivos
y en el alba que yergue sus puñales de ceniza.
Apareces en la hora de pobres esperanzas
o levanto tu imagen en la voz de los niños.
Lejos de ti, aún resido en tus ojos.
Agrupo allí la sombra que tu fatiga reclama.
Vigilo el silencio que ahuyentas con mi nombre
y es cierto que mis manos distantes e invisibles
crean, cada noche, un sol bajo tu lámpara.

 

Alberto Rojas Giménez (c. 1920)

 

 

Poema Publicado originalmente en La Opinión, Santiago, 10 de junio de 1934, pág. 3. 

 

Créditos de las imágenes.

Valparaíso de Ladislao Cheney: (c) pinturachilena.cl
Fotografía del poeta: (cc) Memoria Chilena 

viernes, 22 de diciembre de 2023

Alberto Rojas Giménez viene volando

 Pablo Neruda




Entre plumas que asustan, entre noches,
entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del Sur y el Oeste marino,
             vienes volando.

Bajo las tumbas, bajo las cenizas,
bajo los caracoles congelados,
bajo las últimas aguas terrestres,
            vienes volando.

Más abajo, entre niñas sumergidas,
y plantas ciegas, y pescados rotos,
más abajo, entre nubes otra vez,
             vienes volando.

Más allá de la sangre y de los huesos,
más allá del pan, más allá del vino,
más allá del fuego,
             vienes volando.

Más allá del vinagre y de la muerte,
entre putrefacciones y violetas,
con tu celeste voz y tus zapatos húmedos,
             vienes volando.

Sobre diputaciones y farmacias,
y ruedas, y abogados, y navíos,
y dientes rojos recién arrancados,
             vienes volando.

Sobre ciudades de tejado hundido
en que grandes mujeres se destrenzan
con anchas manos y peines perdidos,
             vienes volando.

Junto a bodegas donde el vino crece
con tibias manos turbias, en silencio,
con lentas manos de madera roja,
             vienes volando.

Entre aviadores desaparecidos,
al lado de canales y de sombras,
al lado de azucenas enterradas,
             vienes volando.

Entre botellas de color amargo,
entre anillos de anís y desventura,
levantando las manos y llorando,
             vienes volando.

Sobre dentistas y congregaciones,
sobre cines, y túneles y orejas,
con traje nuevo y ojos extinguidos,
             vienes volando.

Sobre tu cementerio sin paredes
donde los marineros se extravían,
mientras la lluvia de tu muerte cae,
             vienes volando.

Mientras la lluvia de tus dedos cae,
mientras la lluvia de tus huesos cae,
mientras tu médula y tu risa caen,
             vienes volando.

Sobre las piedras en que te derrites,
corriendo, invierno abajo, tiempo abajo,
mientras tu corazón desciende en gotas,
             vienes volando.

No estás allí, rodeado de cemento,
y negros corazones de notarios,
y enfurecidos huesos de jinetes:
             vienes volando.

Oh amapola marina, oh deudo mío,
oh guitarrero vestido de abejas,
no es verdad tanta sombra en tus cabellos:
             vienes volando.

No es verdad tanta sombra persiguiéndote,
no es verdad tantas golondrinas muertas,
tanta región oscura con lamentos:
             vienes volando.

El viento negro de Valparaíso
abre sus alas de carbón y espuma
para barrer el cielo donde pasas:
             vienes volando.

Hay vapores, y un frío de mar muerto,
y silbatos, y mesas, y un olor
de mañana lloviendo y peces sucios:
             vienes volando.

Hay ron, tú y yo, y mi alma donde lloro,
y nadie, y nada, sino una escalera
de peldaños quebrados, y un paraguas:
             vienes volando.

Allí está el mar. Bajo de noche y te oigo
venir volando bajo el mar sin nadie,
bajo el mar que me habita, oscurecido:
             vienes volando.

Oigo tus alas y tu lento vuelo,
y el agua de los muertos me golpea
como palomas ciegas y mojadas:
             vienes volando.

Vienes volando, solo solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
             vienes volando.





 


Este poema de Neruda está dedicado al escritor e ilustrador chileno Alberto Rojas Giménez (1900-1934). Ambos fueron parte de la vida literaria chilena de comienzos de los años 20, que se caracterizó por los movimientos sociales y el desarrollo del vanguardismo. Es así como es posible encontrar a Rojas Giménez como firmante de algunos de los documentos fundacionales de las vanguardias en Chile, como el "Primer manifiesto Agú" y la "Rosa Náutica". En 1923 viaja a Europa gracias a que su amigo pintor Abelardo Bustamante había ganado una beca y lo invita a viajar con él. Ahí vive una temporada en París y luego en Berlín. El resultado de esa estadía es su libro Chilenos en París. Ya de vuelta en Chile muere debido a una neumonía, luego de que dejara su abrigo en un local, según algunas versiones, a modo de prenda y se mojara en esa noche de lluvia. 

La muerte del amigo poeta encuentra a Neruda lejos del país, en sus labores como Cónsul de Chile en España. Escribe este poema en su homenaje y lo publica en la segunda parte de Residencia en la Tierra (1935).
 
 
Créditos 
 
La versión que seguimos aquí del poema es la que se encuentra en el sitio de la Universidad de Chile sobre Pablo Neruda. El nombre del poeta homenajeado varía en otras versiones e incluso en algunas biografías, encontrándose "Giménez" o "Jiménez". Esta última parece ser una "modernización" del apellido, pues el poeta firmó muchos de sus textos como "Giménez" y así aparece en el poema de su amigo Neruda, por lo que preferimos dejarlo así.

La primera imagen es parte de la ilustraciones que Hernán Castellano Girón (1937-2016) hizo de este poema estrofa por estrofa en el año 2000. Nos hemos permitido publicar esta ilustración con algunas modificaciones (no aparecen los versos escritos a mano por Castellano Girón). Lamentablemente no pudimos contactar con los herederos de la obra para pedir permiso, pero hacemos mención de que todo el crédito de la imagen es de él. Esperamos también que se pueda editar en un buen formato esta versíon ilustrada. La imagen la hemos tomado de Memoria Chilena.
 
La segunda imagen está tomada directamente de la primera edición de Chilenos en París (1930, página 6). En una versión de Memoria Chilena aparece como "dibujo" y "autorretrato". Sin embargo, la imagen parece ser una xilografía y está firmada por "Huelén", seudónimo de Juan González, mismo ilustrador de la portada del libro.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El chileno en Berlín



 
Alberto Rojas Giménez (1900-1934)


A Joaquín Edwards Bello


En París causaba el asombro de algunos compatriotas conocedores de mi brillante pobreza, invitándolos cada domingo a mis tés de la rue Vaugirar.

A mediados de semana, bien podía yo carecer de domicilio, pero al llegar la tarde del Domingo, a costa de un poco de ingenio, podía darme el honesto placer de reunir en una pieza, ofrecerles una taza de té, cigarrillos y hasta una copa de champagne a las personas que distinguía mi aprecio.

La historia era sencilla. El apartamento, situado en un sexto piso, con balcones sobre el Luxembourg y pesados cortinajes, pertenecía a la marquesa de Epardaillant. Ella suministraba además, un anafe, tazas y un gramófono. Tristán Tzara, el poeta dadaísta y Mohgadam, príncipe y pintor persa, que paseaba sin sombrero por el boulevard, contribuían con los cigarrillos. Los pasteles quedaban a cargo de Sonia, “la rusa más hermosa de las rusas viajeras”, y se servía el champagne cuando mi destreza en el juego de lanzar las argollas ganaba algunas botellas en la feria de Lyon Denfert.

Montparnasse, c. 1920


Los personajes más pintorescos del Principado de Montparnasse presidían aquellas reuniones.

Gilbertte, una modelo que hizo la gloria del malogrado Modigliani, aparecía envuelta en sus velos de viuda eterna y tocada con su eterno turbante plateado. Karis, el holandés-islamita, una de las atracciones del café “La Rotonde”, vendía entre los asistentes su autorretrato con el honesto fin de reunir fondos para la adquisición de una nueva levita, que diera a su figura un tono menos verdoso e invernal, y Dena Munroe amenizaba la hora con sus canciones de la vieja Francia.

El comentario de estas reuniones se esparció luego en la colonia de mis compatriotas y se formó la leyenda inevitable. Aquello costaba dinero y era reconocido el corto alcance de mi fortuna. En mi conversación se escuchaba con frecuencia el uso de palabras germánicas, y era bien posible que estuviera en relaciones con los espías.

O más bien con el Soviet. Muchos aseguraban haberme visto en un cabaré ruso de Montmartre, hablando con hombres de largas y erizadas barbas y yo aparecía envuelto en amplio gabán de pieles cuya procedencia de la estepa era indudable.

Mi viaje a Alemania debe haber favorecido la primera hipótesis. Y aquí en Alemania, en este Berlín de calles rectas y flamantes, yo he venido, a mi vez a caer en el asombro que produce la vida inexplicable y misteriosa de ciertos hombres. Y esta vez el hombre se llama Rafael Silva de la Cuadra.

* * *


Statdschloss de Berlín en los años 20's


Hace cuatro o cinco años, Rafael Silva paseaba por las calles de Santiago su figura flacuchenta, pálida, encorvada, de grandes ojos oscuros y de pantalones demasiado anchos, colgantes, que le daban el aspecto de vivir como suspendido de una percha.

En aquel entonces, estudiaba el piano. Un día desapareció de Santiago. Alguien habló de un viaje. Muchos creímos en su muerte. Era tan delgado, tan agachado, tan pálido…

Y he aquí que, después de varios años, paseando una tarde por las avenidas del Tiergarten, un hombre de luenga barba rubia y estirada figura rematada por el monóculo, se detiene frente a mí, abre los brazos con estupefacción y exclama:
–¡Menschenkind! ¿Sind sie Rojas Giménez?
–Ja wohl, mein Herr. ¿Und ihnen?
–¡Hombre, qué alegría! ¿No me reconoces?

En verdad, no lo reconocía. Aquella barba, aquel monóculo…

–¡Rafael, hombre, Rafael Silva!

Le di un abrazo, como el abrazo que debe darse a un resucitado. Hilvanamos la conversación, llena de preguntas atropelladas que hilvanan siempre dos hombres a quienes el tiempo y la distancia han mantenido largamente separados.

–Y bien, dime qué haces en Berlín.
–Hombre es historia larga. No me preguntes. Vivo, estudio el piano… Llevo aquí cuatro años sin ganar un pfennig. Hago gimnasia…

Yo lo observaba. ¡Cuánto había cambiado en cuatro años! Ya no era el débil adolescente de las calles de Santiago. Ahora andaba erguido, con paso seguro y firme. Y la barba, rubia, rizada, le daba un aspecto de Juan Bautista, que no le estaba mal.

De pronto se detuvo y se despidió.

–Perdóname. Un asunto urgente. Te dejo. Ven a verme mañana temprano; seguiremos charlando.

Me anotó su dirección y se fue. A la mañana siguiente fui a verle. La dirección, según mis pensamientos, debía corresponder a alguna elevada buhardilla en la que el piano y la cama no dejarían espacio para más de un visitante. Por una ventana alta y pequeñísima entraría el aire estrictamente necesario para los pulmones del morador. Y alguna mesa, de dudoso equilibrio, haría las veces de comedor y despacho. La vida difícil de los artistas en las grandes capitales me ha mostrado con frecuencia habitaciones de esta traza: el cuarto de Acario Cotapos en New York; el taller de Lipschitz y la vivienda de Marius André en París.

Friedrichstrasse con Unter den Linden, Berlín, 1925.


Pero esta vez debía equivocarme. Rafael Silva vivía en un primer piso, en una de las calles más céntricas de Berlín. Él mismo acudió a recibirme.

–Qué bien que hayas venido. Pasa…

Me introdujo en un salón. Era el estudio. Divanes, estantes colmados de libros, cuadros, lámparas de enormes pantallas, bibelots, retratos de indescifrable dedicatoria. Preparó té, encendimos cigarrillos y conversamos.

Del muchacho débil de Chile no queda en él sino el idioma. Y hasta el idioma va transformándose, llenándose de vocablos extranjeros, haciéndose más objetivo y preciso. En cuatro años en Berlín han variado sus fisonomías espirituales y físicas. Como todos los latinos que se radican en tierra sajona, ha pagado, primero, el tributo del choque de la raza. Luego, en la lucha por la vida, entre estos hombres de vida fuerte, ha encontrado el provecho de una escuela.

“¿Y quieres que te diga algo de mi vida?, dice. Como tú sabes, salí de Chile hace cuatro años. Llegué a Alemania en plena inflación. Entonces, tener un dólar en el bolsillo equivalía a poseer una fortuna. La existencia era atrozmente difícil para os alemanes. En cambio los extranjeros se daban vida de grandes duques. Con un peso chileno se podía pagar el arriendo de un mes en un lujoso apartamento. Mis primeros quince días de Berlín los viví en un palacio. Escalera de mármol, lacayos de librea buena mesa… todo, todo lo que la holgura económica pueda proporcionarnos. Era el tiempo en que las vírgenes se ofrecían al transeúnte por un puñado de monedas o por una invitación a comer…

“Una noche en un café de Unter den Linden, puse un dólar en las manos de una niña de sorprendente belleza. ¡Si tú la hubieras visto! Se me echó al cuello y me besaba las manos de alegría, loca de felicidad. Se llamaba Lenchen, y hemos continuado siendo amigos.

“Las cosas cambiaron de la noche a la mañana; las finanzas germanas se enderezaron, pero aquel dólar oportuno selló entre nosotros la amistad de una vida.

“La inflación, la miseria, el hambre… Tú no podrías imaginarte el aspecto de Berlín por aquellos días. Se especulaba con el cambio hasta en las letrinas. Pero ya te digo, de la noche a la mañana todo varió de golpe. Gentes que habían acumulado marcos papel en la esperanza de una alza repentina, y que se creían multimillonarias, se encontraron de pronto con que no tenían un solo pfennig.

“Mis economías habían desaparecido y la vida empezó a serme difícil. Recuerdo haber pasado todo un invierno junto a las estufas del “Romanische Café”, con el estómago vacío y mordiéndome las uñas. Tú sabes, la necesidad aguza el ingenio y ms actividades se multiplicaron. Vendí gramófonos, por cuenta de una casa mayorista. Vendí máquinas de escribir, cuadros antiguos, cintas para sombreros, calcetines. Hice el intérprete para turistas españoles en un hotel central. Por las noches leía las líneas de la mano entre los clientes de los primeros cabarés que reabrían sus puertas pasada la tormenta de la guerra. Y así, haciendo el vendedor ambulante, el comisionista, el mago… me sostuve dos años. Ya en posesión del idioma, logré que me aceptaran como comparsa en los talleres cinematográficos. ¡Cuántas veces, vestido de frac, con el estómago vacío, tuve que sentarme frente a una mesa en la que humeaban viandas de utilería! ¡Cuántas noches de inverno, después de haber posado ante el objetivo, envuelto en suntuosos gabanes, salía del estudio sin tener un sobretodo o una bufanda que me protegiera del hielo cortante de las calles, camino de mi cuarto!

“¿Pensar en Chile? Sí, pensaba en Chile, pero no en el regreso. Para mí la cosa es sencilla. O se queda uno en América bien alimentado el estómago y el cerebro muriendo de inanición, o se templa el espíritu para correr todos los riesgos en Europa a cambio de una vida intensa y verdadera. Yo he preferido esto último, y tú también…

“Yo no volveré jamás a Chile, si no es por paseo. Chile es un país hermosísimo. Pero los chilenos… Los chilenos tenemos dos características bien definidas: el modito de andar “a lo pato” y la mala lengua, la intriga, la maledicencia. Hace dos años reuní gente en mi casa para pasar la Noche de Navidad. Cada uno trajo lo que pudo para presentar el inevitable árbol de Pascua. Tuve que robar algunas ramas de pino en el Tiergarten. La noche se pasó alegremente. Tótila Albert había traído su cítara y nos ofreció un concierto estupendo. Entre los invitados había un solo chileno, un profesor que había venido aquí en comisión gubernativa. Toda la noche se la pasó averiguándome cómo hacía yo para vivir en un apartamento tan bien puesto. Tuve que confesarle el secreto: el apartamento pertenecía a un amigo que andaba de viaje y yo cuidaba la casa durante su ausencia. ¡Dos meses más tarde se decía en Chile que yo me daba vida de príncipe, gracias a que mantenía un garito clandestino!”.

En el estudio de Rafael Silva he conocido a interesantes personalidades del mundo artístico berlinés. Y en Chile a Rafael Silva nadie lo conocía, nadie lo estimulaba, y para salir tuvo que reunir el dinero de su pasaje a costa de grandes esfuerzos.

En los últimos dos años, ya asimilado a la vida de actividades incesante que le rodea, ha podido dedicarse plenamente a sus estudios musicales. Ha dado conciertos, en los que se le ha aplaudido y se le ha atacado. Es uno de tantos, en fin, que estuvo a punto de ahogarse en nuestro ambiente rarificado, en el que se pide a gritos a los concertistas que toquen el Danubio Azul, en el que se silba a Eric Satie, se desconoce a Acario Cotapos, y se escucha con placer la verborrea de conferencistas más o menos árabes o de poetas ramplones que recorren América dedicando sonetos a las sociedades de beneficencia. Saliendo de Chile, Rafael Silva ha ganado un ciento por ciento. Es el fenómeno constante. Hay otros que salen y pierden la travesía, la aureola de latón que lleva grabadas estas palabras: GRANDE HOMBRE, MUY PREPARADO. Frasecita que les hizo fácil la existencia en la patria.

He conocido a muchos de estos últimos que pasean por Europa, de capital en capital, de hotel en hotel, su aburrimiento y su vaciedad.

A los primeros, a los del viaje heroico, a los que han tenido largos paseos desesperados a orillas del Sena, del Támesis o del Spree, les está asegurado, cuando menos, el cielo ilimitado de la inteligencia. Y a los otros, vueltos al marco dorado que aquí no encontraron, sólo les queda el comienzo del cuento, a la hora del humo y de la digestión.

–“Una vez en Europa…” y no tienen qué contar.

Berlín, 1925




Esta crónica fue publicada en Chilenos en París en 1930. Esta versión está tomada de la reedición hecha en 2001 con prólogo de Jorge Teillier y que editara la Editorial Universitaria.

Las ilustraciones corresponden a: 
- Retrato del autor: Memoria Chilena
- Stadtschloss de Berlín: Wikipedia
- Friedrichstrasse con Unter den Linden: www.croniknet.de