jueves, 13 de agosto de 2009

La carretera


Me acabo de enterar del rodaje de La carretera, de Cormac McCarthy. Tiene sus peligros, es muy probable que resulte decepcionante para los que leímos la novela. A diferencia de No country for old men, de los Coen, La carretera tiene más que ver con la acumulación de sensaciones desoladoras que con una acción desoladora en sí misma, con la monotonía del espacio y la ausencia de lo humano. Difícil de llevar al cine, en un Hollywood que pedirá concesiones después del éxito de taquilla de los Óscares de la brillante adaptación. Para recordar o incitar a la lectura de este novelón de menos de 200 páginas (que se agradece en esta época de novelas abultadas en detrimento de los árboles y del ritmo en algunos casos), y por un tema de respeto para el autor por lo que podría ocurrir, aquí va un fragmento recuperado de por ahí:

"Al atardecer atravesaron un campo tratando de encontrar un sitio seguro donde encender fuego. Tirando del carrito por el terreno. Una región tan poco prometedora. Mañana encontrarían algo que llevarse a la boca. La noche los sorprendió en una carretera embarrada. Se adentraron en un campo y avanzaron despacio hacia un grupo de árboles que se veían pelados y negros en la lejanía contra el poco mundo visible que quedaba. Para cuando llegaron ya era noche cerrada. Cogió al niño de la mano y amontonó con el pie ramas y maleza y encendió lumbre. La leña estaba húmeda pero el hombre rascó la corteza muerta con su cuchillo y puso broza y ramitas a secar junto al fuego. Luego extendió el plástico en el suelo y sacó del carrito las americanas y mantas y se quitaron los zapatos húmedos y embarrados y se sentaron en silencio con las palmas de las manos vueltas hacia la lumbre. Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombre de las cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos”.

Cormac McCarthy. La carretera (2007)

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