lunes, 3 de junio de 2013

Chronicae Germaniae 12



Desde el país del Carnaval de las Culturas






Los niños se divierten recogiendo papel picado de la calle. Concentrados en su tarea, intentan llenar sus pequeñas manos antes que lo hagan los demás. Y cuando sus dedos no pueden más de papelitos, los lanzan nuevamente al aire sin importar quien pase. Al aire, con una sonrisa que sigue los pequeños trozos de color hasta que caen otra vez al suelo. El tiempo se ha detenido en esa sonrisa. Por hoy, los autos no pasarán por esta calle. Llevarán su ruido a otros lados de la ciudad. Por hoy, esta zona es de los niños y de los adultos que quieren jugar.

Abundan las pelucas rosadas, las caras pintadas, collares de colores hechos de papel, lentes de sol que podrían parar un cometa, además de trajes de fantasía o de tierras muy lejanas. Hoy es el día en que se puede ser alguien más o ser uno mismo, alguien distinto pero igualado en medio de la diversidad.

Por esta misma calle, en que quizás desfilaron las camisas pardas de los tiempos nazis, ahora las familias de todos los colores y combinaciones posibles, ven pasar un desfile muy distinto, uno en donde la gente de todos los lugares imaginables, en procesiones hechas de todas las formas posibles de imaginar: camiones adornados con flores, otros empujados por pedales o sillones tirados con elásticos. Hay gente que baila, desfila, hace acrobacias o sólo camina. Todo está permitido para ser feliz, aunque sea por hoy.


Desde una ventana, una pareja de hombres sostiene a su hijo pequeño. Le muestran el río de personas distintas, que va de allá para acá y que poco a poco se acumula y pronto parece desbordarse. No importa qué digan algunos en Chile. En algún punto de Berlín, hay un niño con dos hombres que se aman y que lo aman a él.

Una serpiente cobra vida...

En la vereda, una mujer mira a su hijo autista correr entre el desfile que comienza. Va de un lado a otro fotografiando lo que le interesa. Aprieta el botón y ríe. Mira a su madre y vuelve a correr detrás de algún disfraz. Él no es un espectador detrás del lente. Él es parte del carnaval. Ahí van primero los brasileños y sus desfiles de garotas con plumas. Detrás, los tambores de la samba que comienza a inundar el barrio. Una serpiente de papel cobra vida. Corre, se contorsiona, se yergue y luego nos mira. Se retuerce y se congela por un momento. Pide nuestro aplauso y vuelve a moverse. Nos saluda y nos dice adiós, mientras suenan los platillos y los tambores de los antepasados orientales. Mariposas gigantes aletean sobre nosotros buscando alguna flor perdida entre la multitud. Pasan anunciando a un grupo de cosacos que bailan como si el piso estuviera con hielo. Se resbalan de allá para acá como las bailarinas de las cajas de música, pero con más vida. Hay algo mágico en la sonrisa que van contagiando en quienes los ven. Un hombre negro lleva pintura en su cuerpo y podría venir de Brasil o de África o de cualquier otro lugar. Sólo los carteles que anteceden cada grupo dan alguna señal. ¿Pero qué importa de dónde venga? Está ahí agitándose con los tambores y quiere que nos movamos con él. Otro toma a su hijo en brazos y lo alza sobre su cabeza hasta que éste se pone de cabeza. Se mueven como un solo cuerpo reflejándose en un espejo hacia el infinito. Una niña en zancos se complace en ser por unas horas más alta que su mamá. De pronto, un Oficial Prusiano aparece por la calle. Él es un punto aparte en todo el carnaval. Mientras la mayoría suelta su cuerpo al ritmo de los tambores, él camina lento y parsimonioso. Y si en el desfile todos van en grupo, él va solitario con su casco y sus medallas. Se detiene y saluda al público, llevando su mano a la frente como con un sentimiento de honor y deber hacia quienes lo ven. Una mujer joven lo encuentra tan solo que se le acerca por detrás e imita su gesto. Él se da cuenta y se ríe a destajo. Ha perdido por un momento la compostura y el personaje nos ha devuelto a la persona, para luego de unas fotos, volver a ocupar su lugar en ese río en que se mezcla el disfraz y lo auténtico. El pasado nos visitó por un momento y se va más contento que cuando cayó el Imperio.


Una niña en zancos se complace en ser por unas horas más alta que su mamá.

...un solo cuerpo reflejándose en un espejo hacia el infinito

...el personaje nos ha devuelto a la persona

Más allá, un hombre se contorsiona sin polera ni zapatos, como una bestia desatada de sí misma. Va de un lado a otro. Salta y grita frenético junto a los Hare Krishna. Y aunque él pueda ser perfectamente un nieto o bisnieto de algún soldado de la Wehrmacht o de las SS, su locura es muy distinta a la del nazismo. Lejos de la violencia, la suya es en realidad el éxtasis que nos toma, nos mueve, nos hace alzar los brazos por estar vivos y nos saca, aunque sea unos momentos, de las reglas del mundo gris del “lunes a viernes”.



Un niño lleva en su piel, en su pelo, en sus ojos, la marca del amor de todas las culturas. Difícil saber si es un poco negro, un poco blanco, un poco árabe, un poco turco. ¿Quién puede saberlo realmente? Es todos ellos y se ríe con las mulatas bailando samba y con los malabaristas. Es la imagen del nuevo Berlín. Es verdad que hay problemas con la inmigración, que la tolerancia, en particular de las autoridades políticas, se queda a veces sólo en eso, en aguantarnos lo necesario para que ojalá nos vayamos pronto. Pero también es cierto que la convivencia de todas las culturas en una ciudad que no hace mucho era la capital mundial del odio racial, es algo que debe celebrarse. Y el Carnaval de las Culturas lo hace todos los años al comenzar la primavera y quiere mostrar que la convivencia entre todos es algo en que cada uno gana algo del otro: ante todo, conocernos, a “ellos” y a nosotros.



Fotografías: (c) Nidia Lizama Fica, excepto la última que la tomé yo.

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