jueves, 6 de diciembre de 2012

Chronicae Germaniae 6




Desde el país donde el sol se va apenas llega


Estudiantes en los pastos de la Universidad de Potsdam

Antes de venir a Alemania era de los que escapaban del sol. En verano, no me interesaba pasear mi cuerpo bronceado por playas llenas de turistas, ni estar al sol por horas como un lagarto en trance. Prefería quedarme en mi pieza durante el día con las cortinas puestas y esperar hasta la noche para salir por el mundo a ver qué ocurría. El verano podía quedarse con su sol asfixiante y la ropa llena de sudor. A mí, que me dejaran el otoño. ¿Qué más bello que esos días nublados en los que llueven hojas y no hay que echarse mil productos en la cara para no morir de cáncer?

De hecho, la mayoría de los días que recuerdo de mi niñez son nublados. Pero eso se lo dejaremos a los psicoanalistas. Lo importante es que yo huía de la luz, no por un vampirismo impostado, sino por la incomodidad total de un sol que parece que te va a caer encima y, antes de hacerlo, te revienta los ojos con su brillo y te derrite lentamente por horas interminables. Así que Alemania parecía un lugar muy cómodo para mí. Pero después de ver cómo el sol se escondía casi apenas había salido, por meses, que sí eran interminables, entenderán mi cambio de parecer.

Hombre leyendo al sol en los Römische Bäder del Parque Sans Souci

Una cosa es el frío. Ya se sabe. Sin sol, no hay calor. Pero eso se soluciona, la mayoría de las veces, con ropa y calefacción. Pero por más que prendas lámparas, una ampolleta no es el sol, y la sombra débil en la habitación, no es la misma que nos persigue por el mundo durante el día.
Escribo esto en pleno otoño. El sol sale casi a las 7 AM y a  las 5 PM ya se ha ido. En plena tarde ya es de noche en este país. El cuerpo cree que dentro de poco hay que ir a la cama y la verdad es que todavía queda mucho por hacer. Pero no hay ganas. En esos 6 meses entre octubre y marzo, la depresión se asoma con cada atardecer.

Mujeres tomando el sol en los Römische Bäder, del Parque Sans Souci (Potsdam)

Quizás este mismo fenómeno es la clave de la tan mencionada puntualidad alemana. No les queda de otra. Hasta el más flojo de ellos (yo lo conocí, era mi vecino de enfrente) se levanta tempranísimo. De otra manera, perdiste el día. Y yo he perdido varios. El tiempo es tan escaso que ni se te ocurra hacer un almuerzo complicado con sobremesa. Por más rica que haya estado la comida, también perdiste el día. Así que tienes que hacer durar las horas, alargarlas, exprimirlas, para que alcancen para todo. Cada gota es necesaria para sentir que hiciste algo y no caer en la languidez de esas tardes vacías. 

El otoño en Alemania comienza con unos días de sol, pero helados. Una primavera invertida y sin calor. Las aves se van. Las plantas se deshojan. Sólo quedan los frutos del castaño acumulados por las veredas. Después se nublará por días y será lo más parecido al invierno de Santiago. Se presienten las nevadas y el arribo de un mundo monocromo que durará meses. Salir de la casa será entonces como entrar a un refrigerador gigante. Los ríos y lagos que tanto abundan por acá, serán rocas de hielo. La vida en los pastos se esconderá. Los árboles serán columnas en una ciudad abandonada. Todo no será más que nieve. Y ella caerá lenta, suave y sin parar. Y antes de que eso suceda, intento atrapar el día sobre cualquier prado en donde el sol aparezca.




Fotografías (c) Nidia Lizama Fica

jueves, 22 de noviembre de 2012

Chronicae Germaniae 5




Desde el país de los piluchos

Playa Freikörperkultur en el Neuer Garten (Potsdam)

 
Por alguna razón no tan desconocida, aunque nacemos desnudos, al poco tiempo nos llenan de ropa y conservamos ese hábito hasta la muerte. Y aunque en un principio esto tiene que ver con mantenerse abrigado y no enfermarse, lo cierto es que la ropa se queda con nosotros como una segunda piel que le indica al mundo –voluntaria o involuntariamente– el sexo, la clase social, la edad y hasta la religión de quien la usa. Incluso, en algunos lugares, no llevar la ropa que te corresponde o no llevarla de una determinada manera no es algo sólo de mal gusto, sino que puede estar penado por la ley. La ropa no es sólo telas de colores. La ropa nos define socialmente. Es parte de lo que somos.



Escultura en el Tiergarten (Berlín)
El primer mes de vivir en Alemania fue un constante descubrimiento de calles, edificios, monumentos, negocios y pequeños lugares. Pero cuando me interné con Nidia en el Tiergarten (Jardín de los animales) de Berlín para capear el calor del verano alemán bajo la sombra de los tilos, se nos apareció una señora completamente desnuda que se refrescaba el cuerpo con una especie de ducha. Alrededor de esta Venus un poco ajada, una horda de piluchos tomando el sol, como gatos satisfechos, ventilando su humanidad con la normalidad del living hogareño. Pero no estábamos en el interior de una sala. Estábamos en un parque en medio de la ciudad que es como si el Parque O’Higgins (aunque con muchos más árboles) estuviera en plena Alameda a la altura del Paseo Ahumada. Me costaba creer que tan cerca de la calle y a unos minutos del Brandenburger Tor (Puertas de Brandenburgo) y del Siegesäule (Columna del Triunfo) uno pudiera empelotarse sin más y a nadie le importara. Porque estar desnudo en Alemania está alejado del erotismo que tanto asociamos al cuerpo. Estar desnudo no es una incitación al sexo. Es una forma de liberarse por momentos de lo que la sociedad nos exige. Además, no son actrices ni modelos lo que se desnudan. Son dueños y dueñas de casa, personas comunes. Estos gatos satisfechos apenas se miran. Sólo quieren atrapar el esquivo sol alemán en su piel marmórea. 

Brandenburger Tor

Siegesäule (detalle de la parte superior)

Para sorpresa mía, ésta es una costumbre centenaria entre los alemanes. Mientras en la Inglaterra Victoriana los súbditos apenas asomaban sus muñecas y mostrar un tobillo era altamente recriminado, en esta tierra había clubes en donde tomar sol desnudos. Como todo totalitarismo, los nazis recelosos de cualquier muestra de libertad, censuraron este tipo de actividades. Pero las prohibiciones no son hábitos. Y el cuerpo es más que las leyes. Vamos siempre desnudos, aunque intentamos mentirnos usando trapos encima.

Schloß Cecilienhof

Cada verano, apenas se asoma el sol entre nube y nube, aparecen los piluchos en algún lugar de las ciudades destinados para ellos. Les llaman FKK, es decir, Freikörperkultur (cultura del cuerpo libre). En Potsdam, donde vivimos con Nidia, hay una playa en el Neuer Garten (Jardín Nuevo) en una orilla del Heiliger See (Lago Sagrado) y muy cerca del afamado Palacio Cecilienhof. Los turistas van a ver el hermoso edificio de estilo inglés donde se hizo la Conferencia de Potsdam, en el que las potencias ganadoras de la II Guerra Mundial decidieron el futuro de la vencida Alemania, y después siguen sacando fotos por el parque. Pocos saben, porque pocos descubren en realidad donde están, que a unos escasos metros del palacio, toman sol los piluchos. No hay cámaras para ellos. Aunque es posible que no les importe. A ellos sólo les interesa el sol y refrescarse de cuando en cuando en las aguas del pequeño lago. Ahí están las familias todas desnudas con sus niños jugando al sol. Los amigos bebiendo cerveza y comiendo un bretzel. Ahí están los jóvenes cambiándose el traje de baño sin taparse con toallas o pensando que alguien los mira con un deseo hiriente. La maldad está en el ojo del que mira, no en la desnudez del otro. Y aunque no se puede andar desnudo a toda hora y en toda ocasión, por unos momentos, no nos mentimos y nos sentimos un poco más libres.



FOTOS (c) Nidia Lizama Fica

jueves, 14 de junio de 2012

Victor Hugo y la Quimera


Victor Hugo, pintado por Leon Bonnat


 "Mientras la pata del hombre esgrima la pluma del ganso, las tonteras frívolas engendrarán las tonteras atroces. Los libros hacen los crímenes. La palabra quimera tiene dos sentidos: significa sueño y significa monstruo y quizás esto no tenga remedio".

Victor Hugo


Quimera, ca. 350–340 A. de C. Museo del Louvre


  Nota: Las imágenes están sacadas de Wikipedia.

miércoles, 13 de junio de 2012

Leyenda de los Soles


Piedra del Sol


El primer Sol que hubo, signo de 4 Agua, se llama Atonatiuh, Sol de Agua. En este sucedió que todo se lo llevó el agua, todo desapareció, y las gentes se volvieron peces.

El segundo Sol que hubo, signo de 4 Jaguar, se llama Ocelotonatiuh, Sol de Jaguar. En el sucedió que se hundió el cielo. Entonces el sol no caminaba de donde es mediodía y luego se oscurecía. Y cuando se oscureció, las gentes eran comidas. En este Sol vivían gigantes. Dicen que al saludarse decían, “no se caiga”, porque el que cayó, cayó para siempre.

El tercer Sol que hubo, signo de 4 Lluvia, se dice Quiyauhtonatiuh, Sol de Lluvia. En el cual sucedió que llovió fuego [s]obre los moradores, que por eso ardieron. Y dicen que en él llovieron piedrazuelas, y que entonces se esparcieron las piedrazuelas que vemos, que hirvió el tezontli (piedra liviana, llena de agueritos [sic]), y que se enroscaron los peñascos, enrojecidos.

El cuarto Sol, signo de 4 Viento, es Ecatonatiuh, Sol de Viento. En éste todo se lo llevó el viento; todos se volvieron monos, y fueron a esconderse en la selva.

El quinto Sol, signo de 4 Movimiento, se dice Olintonatiuh, Sol de Movimiento, porque se movió, caminando. Según dejaron dicho los viejos, en éste habrá terremotos y hambre general, con que hemos de perecer.



Nota: De Los Anales de Cuauhtitlan, sacado del artículo de Gordon Brotherson "Mito y Mundo Nuevo: Caminos Milenarios que quedan por andar", en Huellas del mito prehispánico en la literatura latinoamericana, p. 118.

La fotografía de la "Piedra del Sol" está sacada de Wikipedia.

lunes, 12 de marzo de 2012

Ante la Casa de la Tristeza

 "Y si no es entendido por los Príncipes de los pueblos, les dirá estas palabras:
- ¡Tristísima estrella adorna el abismo de la noche! ¡Enmudece de espanto en la Casa de la Tristeza" Pavorosa trompeta suena sordamente en el vestíbulo de la casa de los nobles: los muertos no entienden. Los vivos entenderán."

Fragmento del Chilam Balam de Chumayel