lunes, 11 de noviembre de 2013

Chronicae Germaniae 13




Desde el país de la confusión (II)



El primer piso es el segundo

Se puede estudiar alemán por mucho tiempo, buscar palabras en el diccionario o aprenderse frases de memoria sacadas de libros de estudio. Se puede ser muy aplicado y pegar los ojos a la página por horas. Todo te prepara para diferenciar el nominativo, del acusativo y éste del dativo. Incluso puedes aprender a utilizar el genitivo (que los alemanes usan escasamente), pero nada te prepara para esto:

Preguntar en la recepción de un edificio (un centro comercial, por ejemplo) dónde puedes hallar algo y que te digan que lo que buscas está en el segundo piso. Subir una escalera y encontrarse con que has llegado al “primer piso”. ¿Cómo pude llegar al primer piso si vengo de allá?

 
Letrero de la Embajada de Chile en Berlín en donde se puede ver la diferencia entre los pisos chilenos y su "traducción" al alemán: 2º piso / 1er. "Piso de arriba" (OberGeschoss)

La primera vez que esto me ocurrió estuve perdido por un momento. Después me quedé pensando en esta “excentricidad” alemana. Comenté mi “descubrimiento” a unos amigos brasileños, que por entonces estaban conmigo en un curso. “Raro que los alemanes tengan el primer piso en el segundo”, les dije. Pusieron una cara como si les hubiera hablado en marciano. Les expliqué nuevamente lo que quería decir y, después de un rato, comprendí que ellos no me entendían, porque en Brasil también el primer piso es el segundo.

Con el tiempo, al conocer personas de otros lugares, me di cuenta de que la cosa en general era “al revés” de lo que suponía: en Chile el primer piso es el segundo (aunque la frase es igual, es totalmente diferente). Lo que a mí me parecía una rareza alemana resultó ser lo regular y común en gran parte del mundo. “Nosotros” éramos los raros y no lo supe hasta que llegué aquí.

Aprender un idioma o meternos de cabeza en libros que nos hablan de él, no nos salva de la confusión que a menudo se siente al vivir en la cultura cotidiana del país en donde se habla. Se nos olvida que un idioma no es sólo una herramienta para intercambiar ideas, sino que es el reflejo y fuente del mundo de una comunidad que no siempre se expresa de forma transparente. Es por eso que tarde o temprano uno termina perdiéndose aunque sea por un momento en ese mundo ajeno y se busca en ese instante de confusión las marcas de lo propio, de lo conocido. Lo cotidiano puede ser perturbador.

Al mismo tiempo, estamos acostumbrados a la idea de que lo que nos rodea se despliega en todas partes de manera homogénea. Creemos que podemos estar en cualquier lugar como en casa. Lo comunicación global, la televisión, internet, han contribuido a esa ilusión de lo homogéneo. Pero basta un tiempo en otro lugar para entender la profundidad de esa ilusión.

Desde entonces he notado la naturalidad con la que nosotros creemos que en todos lados las cosas son similares. Como si el mundo fuera igual en cada esquina, creemos que el reloj va en la misma dirección, que los niños tienen los mismos juegos, que los rituales diarios son por lo menos parecidos, que la justicia se mueve en los mismos términos morales. El viajero a veces cree que pese a la diferencia de paisajes, llega a la misma cultura que ha dejado. Pero es cosa que camine un poco por las calles nuevas y hable con los habitantes de este “nuevo país” en idioma que ha aprendido en los libros para entender que las cosas pueden ser de otra manera.


Halb neun

La  mayoría de los relojes tienen los mismos números en casi todo el mundo. Algunos son mecánicos con agujas y otros son digitales. Uno asume que el tiempo se mueve hacia el mismo lado. Por eso fue para mí una sorpresa cuando visité Israel y conocí los relojes que iban “al revés”. Como en “El viaje a la semilla” de Carpentier, el tiempo parecía ir hacia atrás. Pero el tiempo seguía ahí escurriéndose mientras me imaginaba que rejuvenecía aunque fuera por un momento.

Concordemos que los números en alemán son difíciles. A la pronunciación tan extraña para nosotros, hay que añadir la posición de las palabras que cambia a partir del “21” (“uno y veinte”, dicen los alemanes). Si no se está atento, un número dado en voz alta puede convertirse en un llamado equivocado, en una edad inverosímil, en unas horas perdido por en una ciudad extraña buscando una dirección que no existe. Pero cuando a veces me decían la hora o tenía que hacer una cita con alguna secretaria, la cosa se ponía todavía más compleja. Cuando escuchaba de su boca “halb neun”, asumía perfectamente que tenía que estar a las “nueve y media”. Sólo la decepción de llegar una hora atrasado me hizo comprender que el reloj se muestra igual a todos, pero el tiempo se interpreta de distintas maneras. Porque acá “halb neuen” son las “ocho y media”, aunque el “ocho” nunca fuera pronunciado.



Problemas de identidad

Una vez superado el problema de la hora, está el de los apellidos. En Alemania son una cosa muy simple. Una vez que en los cursos de idioma te han preparado con que Name no es “nombre”, sino “apellido” y que Vorname es realmente lo que entendemos por “nuestro nombre”, se está listo para dar la información personal a quien lo solicite. Pero cuando se llega al escritorio de la secretaria o del funcionario estatal comienzan las dificultades. Por un lado, si se es latino, no se entiende dónde termina el nombre y cuándo comienza el apellido. Pero si se es casado, los problemas de identidad se complejizan.

Cuando los alemanes ven los pasaportes en los que el nombre tiene ¡cuatro palabras! (por  lo menos), se quedan con una cara de estupefacción. “¿Qué hago con esto?”, parecen decir con una expresión de desconfianza. “¿Será falsificado?” “¿Cuál de todas estas cosas es el apellido?” Tuve una charla muy extensa una vez intentando explicar que en Chile usábamos un segundo nombre (¿para qué dos nombres para una sola persona?), que después venía el apellido del padre y luego el de la madre. Ellos, más simples en la cosa de los nombres, tienen su identidad sintetizada en dos palabras. Nosotros, en cambio, llevamos inscrita toda nuestra historia familiar.

Y una vez que queda más o menos claro cuál es mi apellido, viene la explicación de que mi esposa está legalmente casada conmigo, aunque no tenemos el mismo Familienname. En Alemania, las personas que se casan adoptan el “nombre” de alguna de las dos familias. Un investigador dominicano, que conocí hace poco,  me contó que en Berlín vio a un trabajador que en su ropa de trabajo tenía escrito su apellido latino. Muy contento de encontrarse con uno de “nosotros”, se le acercó y le habló en español. El hombre, sorprendido que un desconocido lo saludara como amigos de toda la vida, le dijo en alemán, que lo sentía, pero que no entendía nada de español. Este amigo dominicano tuvo que hacer uso de su alemán para preguntar la causa de tanta extrañeza. Ahí le explicó el otro sujeto que el apellido cosido a la ropa era en realidad el de su esposa.

Si bien lo anterior es posible actualmente en Alemania, por tradición es la mujer quien adopta el apellido del marido. Es así como puede leerse en los documentos de identidad y en las lápidas de los cementerios “Maria Schultz (geb. Schwabe)” (Maria Schulz, nacida Schwabe, su nombre de soltera). La misma Angela Merkel toma el apellido de su primer esposo y de soltera se llamaba Angela Kasner. Como todavía es la costumbre en Alemania que la mujer sea la que cambia de apellido, los habitantes de este país asumen que es así en otros lados del mundo. Es por eso que cuando una mujer casada le da sus datos a alguien, se asume que ese apellido no es el original, sino el de su marido. El que ambos compartan el mismo nombre familiar, en Chile y en otros lugares de Latinoamérica es algo que hacen los hermanos. Pero en Alemania es lo normal. Por eso, a pesar de que soy René Olivares, cuando acompaño a mi esposa a algún trámite, se refieren a mí como Herr Lizama. Después de tres años en este mundo ajeno, ese nombre es casi mi nueva identidad.


Para ver la crónica sobre la Confusión (I), haz click aquí.

Fotografía: (c) René Olivares Jara

5 comentarios:

Carlos Labraña A. dijo...

"halb neun"

Rene Olivares dijo...

Corregido! A veces tengo la oreja de tarro. Muchas gracias.

María Angélica dijo...

Me encantó tu artículo, me gusta tu fluidez en la escritura y es tan cierto todo lo que escribes, sólo que al cabo de tantos años en estas tierras, lo que al principio me parecía tan sorprendente, ahora es parte de mi vida cotidiana. Y mira lo de los apellidos puede ser más complicado aún, yo soy divorciada y casada por segunda vez en Alemania, volví a cambiar de apellido. Ahora mis documentos oficiales, por ejemplo títulos profesionales que he obtenido en mi vida en Alemania, figuran con diferentes apellidos, dependiendo si fue durante el primer o el segundo matrimonio y créeme que es una locura explicarlo en el CV, en cual siempre acabo poniendo mi nombre de casada, entre paréntesis mi nombre de soltera y mi nombre de divorciada. Mi familia en Chile lo toma con buen Humor y me preguntan: con que apellido vienes esta vez? Asi que mi consejo, lo mejor es quedarse con su apellido de soltera y no camabiarlo por mucho que las costumbres sean que uno adopte el nombre del esposo, para efectos prácticos, todo se puede enredar bastante, sie el matrimonio no dura para toda la vida.

Rene Olivares dijo...

Gracias por el comentario, María Angélica. Creo que aterriza hacia algo que es más personal la cosa de los apellidos. Es interesante ver la reacción también de los alemanes cuando uno les dice que en Chile, cuando nos casamos, no tenemos que cambiar de apellido. Pareciera que siempre uno extrapola la realidad del propio país a todo el mundo.

Eduardo Gallardo dijo...

Interesante la reflexión sobre la globalización a propósito de lo descrito. Se advierten así las formas de resistencia conscientes e inconscientes a lo aparentemente homogéneo que se percibe todo, incluso para quienes están inmersos en el llamado "primer mundo".
Saludos de un vecino.