miércoles, 30 de diciembre de 2009

Ciencia y Religión: Análisis de una querella


No es novedad que entre la ciencia y la religión ha existido una pugna respecto a quién tiene la verdad, o quizás mejor, quién está más equivocado.

Bertrand Russell, filósofo y Premio Nobel de Literatura (1950), no será ni el primero ni el último en escribir sobre el tema, pero sin duda su libro Ciencia y Religión, pese a haber sido escrito en 1935, tiene todavía actualidad y aborda el conflicto de una manera bastante profunda y clara.

Russell analiza la tensa relación entre la religión y la ciencia, basándose en ciertos episodios polémicos que los han enfrentado. Entre ellos, los más conocidos, como el sistema copernicano y la evolución darwinista; pero también otros no menos importantes como ciertas enfermedades que han sido atribuidas a la intervención de demonios, el propósito cósmico de nuestra existencia y la ética, entre otros aspectos.


Si bien estos puntos conflictivos han dejado huella en la cultura occidental, principalmente, Russell no se queda sólo en exponerlos, sino que hace un análisis profundo de la raíz de esa contraposición. No habla él de una oposición "esencial" entre ciencia y religión, sino de una diferencia en la actitud hacia el mundo y, principalmente, de las fuentes de la verdad y el uso del poder. Según él, "el conflicto entre la teología y la ciencia venía a ser un conflicto entre la autoridad y la observación". Por lo tanto, la religión y la ciencia caen en conflicto por partir desde presupuestos distintos, siendo el de la primera, de acuerdo a la perspectiva de Russell, el equivocado.

La consecuencia de lo anterior, es que se configuran dos conceptos distintos de "verdad". Para la religión, la verdad es "eterna y absolutamente cierta", mientras que la ciencia propone una verdad "provicional", siempre abierta a ser revisada, a incorporar nuevos elementos o sencillamente ser descartada y reemplazada por una nueva forma de entender los fenómenos.

Esa diferencia en la comprensión de la verdad explica los errores de la religión respecto a los puntos abordados en el libro. A medida que son expuestos, se va demostrando que la religión estaba equivocada al presumir la verdad de manera ortodoxa, sólo porque la Biblia o una personalidad importante dentro del dogma religioso habían sostenido que era así y que no podía ser de otro modo.

Aunque Russell toma partido entusiasta por la ciencia, está lejos de erigirla como un nuevo dogma, una especie de nueva religión secular que reemplace a la religión. Esta actitud de cientificismo extremo de la que a veces hacen gala ciertos promotores irreflexivos, queda fuera de la mentalidad del autor. Lo que él valora , y es esa una de las virtudes del texto, es la actitud del científico, que adopta una actitud desprejuiciada de la "verdad".

Cabe mencionar que el concepto que Russell maneja de "verdad" no es explicitado. Sin embargo, no es muy difícil hallar que se trate más bien de la "adecuación del concepto al fenómeno observado", por lo que no aborda un concepto más "simbólico" de la verdad, a menos que sea para desmitificarlo (véase el capítulo sobre el Misticismo).

El texto está lejos de criticar la religión sólo por criticarla, en un ejercicio intelectual tal vez entretenido, pero insustancial. Religión y Ciencia es un libro que advierte de los peligros de no ver por no querer hacerlo, de no querer pensar y aceptar una verdad impuesta por la cultura o por mecanismos de poder, de los dogmas que prejuician nuestros ojos. Como cuando ante la evidencia de la antigüedad de la tierra y la incongruencia de esto con su supuesta creación por Dios en seis días, un "investigador" propone para salvar "la verdad" de la Sagrada Escritura que Dios hizo el mundo en el tiempo bíblico, pero "como si fuese más viejo".

Aunque este libro no lo menciona, debido a que fue escrito lejos de los territorios alemanes y rusos de ese entonces y antes de la II Guerra Mundial, no se equivoca sobre los preligros de refrenar la ciencia con ideas preconcebidas cuando tenemos en mente las investigaciones pseudo-científicas nazis sobre los arios, o cuando pensamos en el caso de Trofim Lysenko, que falseó experimentos para que los resultados fueran del beneplácito de los jerarcas de la URSS.

Aunque Religión y Ciencia es un texto escrito en el contexto del autoritarismo de la entreguerra, adquiere gran vigencia aun hoy, cuando pese al desarrollo de la ciencia, todavía existen dogmatismos que imponen verdades más creídas que pensadas, más de élites poderosas que producto del pensamiento libre. Incluso hoy, cuando el postmodernismo procura convencernos del retiro de Dios a lo privado o al mundo de las ideas periclitadas, nos damos cuenta que el dogmatismo religioso es parte de las discusiones diarias y, en particular, de las decisiones que grupos de poder tienen al respecto. Por lo mismo, este texto de Bertrand Russell tiene aún vigencia. Leerlo es más que necesario.

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Foto de Russell sacada del sitio http://blogs.afp.com/?post/2008/12/11/Cautions-Kiss-Kills-Passion

lunes, 24 de agosto de 2009

Carpe Diem

Leyendo unos poemas un tanto antiguos, pero llenos de sentido pese a la distancia de los años, reencontré este poema de Horacio intitulado "Carpe Diem". Sería interesante ver qué entendía él por "atrapa el día" y qué es lo que vulgarmente se entiende como tal.

La traducción que viene a continuación es la que se encuentra en el libro Antología de la poesía Latina (Madrid: 1995), a cargo de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar.

"Carpe Diem"

Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. Vt melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes, seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, uina liques et spatio breui
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

Carminum I, 11



(Traducción)

No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta el breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo.
No fíes del incierto mañana.

viernes, 14 de agosto de 2009

La carretera


Me acabo de enterar del rodaje de La carretera, de Cormac McCarthy. Tiene sus peligros, es muy probable que resulte decepcionante para los que leímos la novela. A diferencia de No country for old men, de los Coen, La carretera tiene más que ver con la acumulación de sensaciones desoladoras que con una acción desoladora en sí misma, con la monotonía del espacio y la ausencia de lo humano. Difícil de llevar al cine, en un Hollywood que pedirá concesiones después del éxito de taquilla de los Óscares de la brillante adaptación. Para recordar o incitar a la lectura de este novelón de menos de 200 páginas (que se agradece en esta época de novelas abultadas en detrimento de los árboles y del ritmo en algunos casos), y por un tema de respeto para el autor por lo que podría ocurrir, aquí va un fragmento recuperado de por ahí:

"Al atardecer atravesaron un campo tratando de encontrar un sitio seguro donde encender fuego. Tirando del carrito por el terreno. Una región tan poco prometedora. Mañana encontrarían algo que llevarse a la boca. La noche los sorprendió en una carretera embarrada. Se adentraron en un campo y avanzaron despacio hacia un grupo de árboles que se veían pelados y negros en la lejanía contra el poco mundo visible que quedaba. Para cuando llegaron ya era noche cerrada. Cogió al niño de la mano y amontonó con el pie ramas y maleza y encendió lumbre. La leña estaba húmeda pero el hombre rascó la corteza muerta con su cuchillo y puso broza y ramitas a secar junto al fuego. Luego extendió el plástico en el suelo y sacó del carrito las americanas y mantas y se quitaron los zapatos húmedos y embarrados y se sentaron en silencio con las palmas de las manos vueltas hacia la lumbre. Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombre de las cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos”.

Cormac McCarthy. La carretera (2007)

viernes, 17 de julio de 2009

Los desamparados


"Lo que pasa es que a primera vista no se los advierte, o porque por lo menos resulta que buena parte de ellos no lo parecen a primera vista, o porque en muchos casos no lo quieren parecer. Y porque, al revés, grandes cantidades de seres que pretenden serlo contribuyen a confundir aun más el problema y hacer que uno crea al final que no hay desamparados verdaderos.
Porque claro, si a un hombre le faltan las piernas o los dos brazos, todos sabemos, o creemos saber, que ese hombre es un desvalido. Y en ese mismo instante ese hombre empieza a serlo menos, pues lo hemos advertido y sufrimos por él, le compramos peines inútiles o fotos de colores de Carlitos Gardel. Y entonces, ese mutilado al que le faltan las piernas o los brazos deja de ser parcial o totalmente la clase de desamparado total en que estamos pensando, hasta el punto de que lleguemos a sentir luego un oscuro sentimiento de rencor, quizá por los infinitos desamparados absolutos que en ese mismo instante (por no tener la audacia o la seguridad y hasta el espíritu de agresión de los vendedores de peines y de retratos en colores) sufren en silencio y con dignidad suprema su suerte de auténticos desdichados"
Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas. El dragón y la princesa. V

[desde Plátanos Orientales]

domingo, 12 de julio de 2009

Un par de poemas en el aniversario del natalicio de Pablo Neruda

Pablo Neruda, de joven.


De Pablo Neruda se pueden decir muchas cosas. Que fue una figura mediática, más que literaria en algunos momentos; que a veces se lo ganó el partidismo, en vez de escribir buena poesía; que fue un buen poeta, más que una buena persona; o simplemente que ha sido inflado por la historia. Pero algo es innegable: aunque haya tenido muchos "bajos" en su carrera, existen momentos memorables en su producción.

Hoy aprovechamos el aniversario de su nacimiento para recordarlo con dos poemas que se salen del cliché de los poemas de amor o de su imagen de iluminado indigenista. Dos poemas que tal vez los disfruten.



SÓLO LA MUERTE

HAY cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma.
Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.
Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.
A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.
Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.
Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.
Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.
La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.


GALOPE MUERTO

Como cenizas, como mares poblándose,
en la sumergida lentitud, en lo informe,
o como se oyen desde el alto de los caminos
cruzar las campanadas en cruz,
teniendo ese sonido ya aparte del metal,
confuso, pesando, haciéndose polvo
en el mismo molino de las formas demasiado lejos,
o recordadas o no vistas,
y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra
se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.
Aquello todo tan rápido, tan viviente,
inmóvil sin embargo, como polea loca en sí misma,
esas ruedas de los motores, en fin.
Existiendo como las puntadas secas en las costuras del árbol,
callado, por alrededor, de tal modo,
mezclando todos los limbos de sus colas.
Es que de dónde, por dónde, en qué orilla?
El rodeo constante, incierto, tan mudo,
como las lilas alrededor del convento,
o la llegada de la muerte a la lengua del buey
que cae a tumbos, guardabajo, y cuyos cuernos quieren sonar.
Por eso, en lo inmóvil, deteniéndose, percibir,
entonces, como aleteo inmenso, encima,
como abejas muertas o números,
ay, lo que mi corazón pálido no puede abarcar,
en multitudes, en lágrimas saliendo apenas,
y esfuerzos humanos, tormentas,
acciones negras descubiertas de repente
como hielos, desorden vasto,
oceánico, para mí que entro cantando
como una espada entre los indefensos.
Ahora bien, de qué está hecho ese surgir de palomas
que hay entre la noche y el tiempo, como una barranca húmeda?
Ese sonido ya tan largo
que cae listando de piedras los caminos,
más bien, cuando sólo una hora
crece de improviso, extendiéndose sin tregua.
Adentro del anillo del verano
una vez los grandes zapallos escuchan,
estirando sus plantas conmovedoras,
de eso, de lo que solicitándose mucho,
de lo lleno, obscuros de pesadas gotas.



Fotografía de Pablo Neruda: (c) Retablo de Literatura Chilena de la Universidad de Chile.