lunes, 11 de febrero de 2013

"La vela de sebo" de H. C. Andersen



H. C. Andersen (retrato hecho por Christian Albrecht Jensen, 1836)


 
Para Madame Bunkeflod de su devoto H. C. Andersen

Borboteaba y rugía, mientras ardía el fuego bajo la olla. Ésta fue la cuna de la Vela de sebo.  Y afuera de la cálida cuna se deslizó la vela completamente formada, perfectamente fundida, brillando blanca y delgada. Fue hecha de tal manera, que todos quienes la veían pensaban en la promesa de un futuro iluminado y brillante, y que las promesas que todos veían, ella realmente las mantendría y las cumpliría.

La Oveja – una simpática y pequeña oveja – fue la madre de la vela y el Crisol fue su padre. De la madre había heredado el cuerpo deslumbrantemente blanco y un presentimiento de la vida. Del padre, sin embargo, había recibido el gusto por el fuego ardiente, el cual algún día debía llegarle hasta la médula, para iluminarla en la vida.

Sí, así había sido creada y desarrollada, cuando ella con la mejor, la más iluminada esperanza, se lanzó fuera hacia la vida. Ahí encontró a muchas criaturas extrañas con las que se mezcló, pues quería conocer la vida y, quizás con eso, encontrar el lugar en el que mejor encajara. Pero ella creía demasiado en la bondad del Mundo. Éste sólo se preocupaba de sí mismo y de ninguna manera en la Vela de sebo. No podía entender, para qué podría servir ella y, por esto, la buscó para su propio beneficio y la tomó absolutamente mal. Los negros dedos dejaban manchas cada vez más grandes en la pureza del color inocente. Éste poco a poco se desvaneció totalmente y fue cubierto entero por la suciedad, por el entorno, que había entrado en contacto demasiado duro con ella, mucho más estrecho de lo que la Vela podía soportar, porque era incapaz de distinguir lo puro de lo impuro. Pero en lo más interior todavía era inocente y sin corrupción.

Entonces, los falsos amigos vieron que no podían alcanzar su interior, y con ira tiraron la vela como una cosa inútil.

La piel negra del exterior mantenía lejos a todos los buenos. Ellos temían ensuciarse con el color negro, pegarse oscuras manchas, y por eso la mantenían alejada.

Ahora estaba la pobre Vela de sebo tan solitaria y abandonada. No sabía dónde acudir. Se vio expulsada de los buenos y ahora descubría que había sido sólo un instrumento para promover lo malo, y ahí se sintió infinitamente infeliz, pues había pasado su vida en vano, quizás había ennegrecido incluso lo mejor a su alrededor. No podía entender por qué y para qué había sido creada realmente; por qué debía vivir en la tierra, en donde quizás se destruyó a ella misma y a otros.

Cada vez más, más y más profundo, ella cavilaba, y, mientras más reflexionaba, más grande se volvía su descontento, ya que no podía encontrar realmente nada bueno, ningún verdadero contenido para sí misma, o ver el propósito que le había sido entregado en su nacimiento. En cierto modo, era como si la negra envoltura hubiera cubierto también sus ojos.

Pero ahí encontró una pequeña llama, un Mechero. Él conocía mejor a la Vela de sebo de lo que ella misma se conocía, porque el Mechero veía muy claro, a través de la piel exterior, y dentro encontró mucho bien. Por esto se le acercó y claras suposiciones despertaron en la Vela. Ella se encendió y su corazón se derritió.

La llama brillaba clara, como una hoguera de bodas, todo alrededor era brillante y claro, e iluminaba el camino para su entorno, para sus verdaderos amigos, los que ahora con felicidad a la luz de la vela podían encontrar la verdad.

Pero también el cuerpo era suficientemente fuerte para alimentar y llevar al ardiente fuego. Gota a gota corrían como gérmenes de nueva vida y se acumulaban firme alrededor del tronco y con sus cuerpos cubrían la suciedad del pasado.

Ellas no eran sólo el resultado físico, sino también el espiritual de su enlace.

Y así la Vela de sebo había encontrado su lugar correcto en la vida, y había probado que era realmente una vela, que por mucho tiempo iluminó para alegría propia y de sus semejantes.


 Traducción: René Olivares Jara


Sobre el cuento: "La vela de sebo" es un cuento que se encontraba inédito hasta no hace mucho. Esben Brage, un investigador danés halló el manuscrito casualmente en un archivo de la ciudad de Odense en octubre de 2012. Según los especialistas, el texto sería un trabajo temprano de H. C. Andersen y habría sido escrito hace unos 190 años. El manuscrito sería una transcripción de un original ya perdido. Si bien el cuento está dedicado a la "Señora Buneflod", esta "copia" tiene una dedicatoria final para "P Plum" ("Til P Plum fra hans ven Bunkeflod", es decir, "Para P Plum de su amigo Bunkeflod).

Sobre la traducción: Para la presente traducción de “La vela de sebo” (Tællelyset, en danés) me basé en la versión alemana, Die Talgkerze, publicada en el periódico Potsdamer Neueste Nachrichten (viernes 14/12/2012) y realizada por Richard Ostwald desde el danés, contrastándola con la versión en este idioma aparecida en el periódico Politiken. Intenté respetar lo más posible el texto original, pese a que existen reiteraciones evidentes y que podrían haber sido solucionadas, por ejemplo, con sinónimos. Sin embargo, el carácter de "documento" del cuento de Andersen lo ameritaba. Sólo corregí algunos aspectos ortográficos relacionados con el uso de guiones, que resultaban muy artificiales en la versión en español, así como el de los "punto y coma" (;), que, en la mayoría de los casos, no aportaban nada que un punto seguido no pudiera otorgar de mejor forma. De todos modos, la versión está abierta a sugerencias que puedan hacer ustedes.


martes, 5 de febrero de 2013

Octavio Paz y la lectura

Octavio Paz


Es indudable que hoy se lee más que antes. ¿Se lee mejor? Lo dudo. La distracción es nuestro estado habitual. No la distracción del que se aleja del mundo para internarse en el secreto y movedizo país de su fantasía, sino la de aquel que está siempre fuera de sí, perdido en la mediocre e insensata agitación cotidiana. Mil cosas solicitan a la vez nuestra atención y ninguna de ellas logra retenernos; así la vida se nos vuelve arena entre los dedos y las horas humo en el cerebro. Si tuviéramos el valor de hacer un diario examen de nuestros actos y pensamientos, confesaríamos que somos culpables no de crímenes sin expiación sino de incontables y montáneos deseos y apetitos, seguidos de mínimas abjuraciones y traiciones a nosotros mismos y a los otros. Pero ¿somos capaces de recordar siquiera lo que hicimos ayer? Si nuestro pecado se llama disipación, nuestro castigo se llama olvido. Leer es lo contrario de esa diespersión; leer es un ejercicio mental y moral de concentración que nos lleva a internarnos en mundos desconocidos que poco a poco se revelan como una patria más antigua y verdadera: de allá venimos. Leer es descubrir insospechados caminos hacia nosotros mismos. Es un reconocimiento. En la era de la publicidad y la comunicación instantántea, ¿cuántos pueden leer así? Muy pocos. Pero en ellos no en las cifras de las estadísticas, está la continuidad de nuestra civilización.



Fragmento del artículo "Los pocos y los muchos" del libro La otra voz (Barcelona: Seix-Barral S. A., 1990), pp. 79-80.

Fotografía: Wikipedia

lunes, 28 de enero de 2013

Chronicae Germaniae 7






Desde el país de la nieve (I)



Neues Palais, Potsdam


Aunque Chile está cruzado por la Cordillera de Los Andes y pese a que en Santiago es posible ver las alturas blancas de los cerros que pasan por él, la verdad es que mucha gente de mi tierra no conoce la nieve o no ha visto nevar.

Probablemente, si naciste en el extremo sur de Chile, o de pueblos más cercanos a las alturas, la nieve es un elemento más del paisaje anual. Pero como santiaguino que soy y de familia lotina (Lota es una ciudad al lado del mar), la nieve, como para muchos otros, me es algo nuevo, casi inventado, misterioso y mágico.

Cuando era niño, un panorama de fin de semana era ir al Cajón del Maipo a conocer la nieve. Sin dinero como para ir a los centros de esquí, además del cocaví para el viaje y lo necesario para hacer un asado, llevábamos bolsas de basura para deslizarnos por alguna ladera ya cubierta de blanco.

Más adelante, cuando estudiaba literatura en la Universidad de Chile, un día nevó por poco tiempo, muy poco. Eso bastó para que muchos compañeros salieran al ágora de la Facultad a ver esta rareza natural y que algunos de ellos comenzaran a girar y a bailar para sentir cómo caían los copos en sus caras. Si bien no todos teníamos esa “personalidad” (o como quieran llamarlo), de todos modos compartíamos la sensación de algo excepcional. Por más que una amiga de la ciudad de Los Andes se esmerara en decir que eso no era nieve, sino aguanieve. Santiaguinos nosotros, poco sabíamos de esa diferencia.

Mi acercamiento más real y profundo con la nieve fue acá en Alemania. Si bien este país no es ese desierto de hielo parecido al Polo Norte que algunos se imaginan, sí es normal que con el frío llegue también la nieve.

Después de un primer verano en el que casi me derretí y fui atacado por mosquitos como si estuviera en una selva tropical, vino mi primer invierno nevado. De esos que nos prometen las películas navideñas, mientras las vemos asándonos bajo el sol estival del sur del mundo. Y si bien no morí de frío, fue vivir algo desconocido por mí durante mucho tiempo.

Lentamente, sin prisa, a veces como si el tiempo se hubiese detenido, caen los copos de nieve. Sin previo aviso, desde una altura indeterminada, aparecen sobre nosotros y nos tocan con un beso helado. Algunos, antes de llegar al suelo, suben nuevamente y se van más lejos. Otros, lo alcanzan, pero no se quedan en su sitio. Bailan por un buen rato antes de amontonarse sobre el pasto, sobre los lagos y los ríos congelados, sobre el pavimento y los peatones que vamos o venimos de nuestras casas. Si está muy helado, los copos no se deshacen y permanecen como la arena. Se forman dunas con el viento y el paso de los vehículos. La nieve pronto se volverá hielo, y los padres pasearán con sus hijos en trineos de madera, y en más de algún lugar habrá hombres de nieve en medio de un silencio profundo esperando por algún aburrido que los derribe de una patada.

"Schneemann" frente al Kolonnade en la Universidad de Potsdam


Con el tiempo, la magia se transformará en lo cotidiano y no será el misterio lo que bese nuestra frente, sino la incomodidad del frío, la suciedad pegada a las botas y que entra a la casa manchando el piso o las alfombras, el hielo negro al costado de los caminos, esperando por hacer resbalar a los caminantes desprevenidos, la espera en algún paradero y la molestia de no llegar a la hora. Cuando pienso en esto, sólo recuerdo lo lejos que se veía la nieve en Santiago y lo cerca que la tengo en estos momentos.



Fotos: (c) René Olivares Jara

miércoles, 23 de enero de 2013

Nuevo año: más y mejores cosas




Queridos amigos,


el año comienza y con él empezaremos una reactualización de la página, en especial con el ritmo de publicación. Intentaremos ser más regulares para que no se pierdan las cosas que les ofrecemos por este medio. Es por eso que a contar del 28 de febrero comenzaremos a publicar lunes por medio, es decir, cada dos semanas, que es lo humano para sacar algo de calidad, que es lo que ustedes merecen. 

Comenzaremos con una crónica sobre la nieve en Alemania y después vendrá una exclusividad total: una traducción de un cuento inédito de un escritor muy famoso. No entraré en detalle para que no se me adelanten. Sólo podrán verlo por este medio. Así que estén atentos que se vienen más y mejores cosas. Y ante todo, más regularmente.

Los invito a suscribirse como "seguidores" del blog para que les lleguen las actualizaciones.

Quedan avisados y nos vemos el lunes 28 de enero con las novedades. ¡Hasta entonces!

jueves, 20 de diciembre de 2012

Desde el fin del mundo



Nadie sabe muy bien por qué el mundo comenzó, en primer lugar. Pero ya que lo hizo, no dejamos de pensar en su fin. Una y otra vez, generación tras generación, creemos que seremos nosotros los elegidos para vivir el final. A nuestro alrededor, pareciera que todos los signos son evidentes y que el “ya no más” está próximo.
No sabemos por qué comenzó el mundo, pero sí, que estamos aquí. Y ante el silencio del universo permanecen siempre las mismas preguntas: ¿por qué? ¿para qué? Del esbozo de una respuesta construimos seguridades. Sin embargo, hay una sola cosa cierta, aparte de que vivimos: que vamos a morir. Con mayor o menor dilación dejaremos de respirar un día cualquiera. Y hay a quienes les aterra tanto la perspectiva de eso, que repiten una rutina, multiplicando el mismo día durante años. Un mantra que no busca confrontar la muerte, sino olvidarla hasta el último día. Hasta cuando sea inevitable.
Y de pronto, después de unos cuantos reportajes, la seguridad de una fecha y la sensación de un final ineludible y próximo. Muchos, que no han sabido de los mayas en toda su vida, temen experimentar en carne propia lo que han visto en las películas apocalípticas, lo que han leído en sus libros “sagrados”, lo que ha estado ahí en sus mentes llenas de miedo. No saben maya, no leen maya, no han visto documentos mayas, dudo que puedan ubicar en un mapa donde viven (porque todavía hay mayas). Muy bien podrían ser personajes de un libro de cuentos. Y pese a que varios de estos apocalípticos siguen al “señor” o a otro dios más o menos seguro de sí mismo, sólo creen lo que quieren creer: que el mundo se acaba. Pues sí. Se acabará en algún momento. Pero dudo que lo haga con tanta parafernalia y de una sola vez.
Tal vez por vivir en el fin del mundo, nos salvemos, porque el apocalipsis no llegará tan lejos o porque ya ocurrió y no nos hemos dado cuenta.

Si usted cree que el mundo se acabará: viva. Y si el  mundo no se acaba, siga viviendo, que es la única forma de vivir.


Fotografía: (c) Nidia Lizama Fica