viernes, 7 de marzo de 2008

Las torres nos miran desde el sur III: Los hombres de ahora






Cuando decimos sur esa palabra no nos sirve para describir esta tierra. El sur para los habitantes de la mayor parte de Chile llega hasta Puerto Montt. Aquí hablamos de un sur absoluto. Chile se interrumpe hacia este lugar en una serie de islas, fiordos, ensenadas, glaciares, ríos, lagos, etc. La única forma más o menos directa de llegar hasta acá es por Argentina o en avión.

Magallanes es una isla. Desprendida del territorio nacional y sacudida por un viento constante, sus habitantes han generado una forma de vivir propia en donde, aunque hay dos países que se han repartido la tierra, no podemos hablar de chilenos o argentinos, sino de -como ellos mismos lo señalan- "magallánicos".

Cultura al margen de capitales distantes y producto de un sincretismo poco común entre la naturaleza y pueblos diversos, han generado una forma de vivir con un acento especial. Vida que se mueve entre distancias extendidas a lo largo de una llanura amplísima, sólo interrumpida por montañas que buscan rasgar el cielo profundamente azul que cubre esta tierra. Las ciudades son los accidentes.





Soledad casi absoluta. Los cerros se roban la atención y las miradas se pierden en la lejanía de un valle que parece sin fin y que puede ser muy verde o muy áspero según donde se vaya.




Glaciares, pampa y desierto. Los hombres que habitan aquí han aprendido a convivir con un terreno que se le ofrece en su inmensidad, pero que a la vez los obliga a estar a la intemperie.











 El cobijo suele ser precario. Los pueblos ancestrales usaron sus canoas dadas vueltas en la tierra, tiendas hechas con varas y pieles de guanaco. Aún así, se le llamó a estas rocas, hogar.



El gaucho es el resultado del mestizaje. Del hombre extranjero con el nativo y con la naturaleza. En sus facciones vive el aonikenk, tal vez el selknam, eco de los hombres de mantas de guanaco y jinetes pampeanos. Sin embargo, no es el vestigio, sino el presente mismo de todas las edades. Cuando el gaucho lleva su boina, sus botas y sus pantalones anchos, no va disfrazado. En medio de los extranjeros, generalmente caucásicos, es habitante donde los demás son visitantes, turistas de un mundo visto en postales. 





Hombre libre, sus ataduras son con la tierra y con los animales que le dan sustento. No hay fronteras acá. Esas son burocracias que poco tienen que ver con los cerros y praderas.











Hombre de tierras hermosas y hostiles, festeja su forma de vida para sentirse vivo en medio de la soledad. Los animales que le dan el sustento son el medio de sus juegos. Probablemente sus ritos y ceremonias parezcan repulsivos para muchos quienes ven en la doma de animales un salvajismo atávico. Pero detrás del ritual está la escenificación de la lucha por sobrevivir. El gesto de decir "existo", en medio de las rocas.





Con las piernas sueltas rodeando el animal montan su lomo casi en el aire mientras éste brinca ofuscado al contacto del peso de un humano y la fuerza del rebenque que le hiere el costado. Diez segundos desde que le sacan al caballo la venda de los ojos y lo empujan del palenque, en donde el hombre es un objeto inestable que casi se cae, que se agarra, que toma con una mano al animal y con la otra lo azota para moverlo y que lo mueva. Probar que se puede ser víctima y victimario al mismo tiempo, y salir airoso.






Entiendo que sea incomprensible para algunos una práctica que catalogarían de maltrato animal, pero sin duda, el verlo sólo desde ese ángulo limita el sentido a una práctica social tan central en la identidad del hombre patagónico. ¿Se trata sólo de golpear con un rebenque a un pobre animal? ¿Es sólo por diversión?






Otra es la duda que me queda. Nosotros en la ciudad, ¿qué tenemos?






Fotografías y video: (c) Nidia Lizama y René Olivares Jara

lunes, 3 de marzo de 2008

Las torres nos miran desde el sur II: Los hombres que se fueron






I



"El hombre es el lobo del hombre." Eso es lo que dijo Hobbes, el autor del Leviatán. Tal vez es una opinión un tanto exagerada, ya que es producto de ver cómo su país, Inglaterra, se desangraba en una guerra civil en la que a él le tocó ser parte del bando perdedor. Pese a ello, no deja de ser ilustrativa de cómo en muchas ocasiones el hombre ha sido el peor enemigo de sí mismo.


En la provincia de Última Esperanza, de donde es capital Puerto Natales, la huella del hombre es frágil, pero antigua. Por sus tierras y ensenadas se desplazaron pueblos antiquísimos cuando allí habitaban milodones y dientes de sable (aunque hay una polémica respecto a esto último). Casi en silencio pasaron por el escenario de la Historia. Aunque no dejaron grandes monumentos y no sabemos sus nombres, se hacen notar en pequeños detalles que conviven con el paisaje gigantesco de la zona. No hablo de los hombres que conocieron los colonizadores, sino los más antiguos.

El sinónimo de prehistoria en la zona para el turista es la Cueva del Milodón. Sin embargo, escondidos de casi todos, se encuentran lugares en los que el pasado vive de una manera precaria, pero auténtica. Sin aspavientos, nos conectan con la vida que existió hace mucho tiempo en ese mismo lugar.


Un poco más al norte de la Cueva del Milodón se encuentra el Lago Sofía. Es lo que queda de un lago mucho más extenso que fue erosionando las rocas y formando cuevas como la anterior, pero un poco más pequeñas, en donde, al bajar el nivel de las aguas, se refugiaron animales salvajes y también el hombre. Por eso no es extraño hallar vestigios en estas cuevas: huesos, dientes, excrementos fosilizados. Por lo mismo se han encontrado en ellas, huesos de animales como el milodón, aves y murciélagos, incluso dientes del famoso "dientes de sable" (smilodon), así como huesos de hombres de la época.




Lo que ven sobre una manga es un hueso dérmico de un milodón. Se supone que los hombres prehistóricos convivieron con estos animales. Incluso se habla de que podrían haberlos utilizado como mascotas. Cierto o no, estos animales parientes de los perezosos nos dejaron sus huesos y piel como huellas de su paso por este mundo. Y el vestigio de los hombres de esa época no es más contundente.

Olvidados por algunas laderas de cerros, en lugares donde los turistas escasamente llegan, se encuentran pinturas rupestres al aire libre. A diferencia de Lascaux o Altamira, las pinturas de esta zona están completamente expuestas por las laderas de algunos cerros y es casi un milagro que todavía se conserven.



Es difícil reconocer qué representan. Tal vez un animal, una mano, quizás la abstracción de un concepto. Su sentido se pierde con la Historia. Porque tal vez podamos ver un guanaco, pero ¿qué significaban para aquellos humanos? La opinión más general es la de una motivación religiosa. ¿Pero qué más podemos decir aparte de eso? Existe en Argentina una cueva llamada Cueva de las manos. Cientos, tal vez miles de manos pintadas en las paredes. ¿Para qué? ¿Con qué motivo? Cualquier respuesta que queramos dar será insuficiente. Tal vez estos dibujos pertenezcan a una misma cosmovisión, respondan al llamado de los mismos dioses o quizás no. Sólo tinta roja a un lado de un cerro remoto. Aunque algo nos queda de aquellos habitantes, todo su mundo, sus creencias, se nos pierde en esas líneas que son el vestigio de un mundo sumergido y tal vez hundido para siempre.






















II



Cuando los colonizadores de la Patagonia llegaron a esa tierra, ya estaba poblada por personas que para ellos apenas lo eran. No se sabe a ciencia cierta si es que son descendientes directos de quienes pintaron en las laderas de los cerros y convivieron con los milodones. Sin embargo, aunque no lo fueran, compartieron la vida en medio del viento, del hielo, de las aguas cercanas al cielo y de una soledad casi absoluta.


Algunos pasaban la mayor parte de su vida en canoas; otros, pasaban las noches en tiendas hechas de piel de animales. La escasa ropa y los rasgos duros de aquellos antiguos habitantes eran prueba suficiente para aquellos colonizadores del atraso físico y moral de esos pueblos. Ya se sabe, la "inferioridad" de los otros da pie a algunos para pensar en que tienen derechos sobre éstos. Sobre su cosas, sus tierras, su cultura, su destino y su vida.


Muchos perecieron simplemente por enfermedades a las que sus cuerpos no estaban acostumbrados. Pero una gran parte fueron diezmados a fuego y en el mejor de los casos, absorbidos por una cultura que sólo los aceptaba como una casta inferior, ya sin el mundo en el que solían moverse.

Hoy ya no queda nada de las ceremonias en las que los hombres se pintaban, ni de las frágiles tiendas hechas con la piel de guanaco. No ha sido el viento quien se los ha llevado. Ha sido el propio hombre quien borró del mundo un mundo.


Todavía puede verse por estos lados los rasgos de aquellos primitivos habitantes. Caminando por alguna vereda, en los juegos de la plaza, con las manos dirigiendo los botes. La sangre aún perdura. Pero los bailes que recreaban la sociedad y el universo, las palabras que abrían el paso a los espíritus, no volverán.

Las torres nos miran desde el sur I: Puerto Natales



La mejor época del año son las vacaciones. Digan lo que digan los predicadores del trabajo como hacedor de dignidades, la verdad es que la mayoría de las veces pasamos más tiempo trabajando que viviendo. Recuerden que la Biblia dice que el trabajo fue una maldición de Dios enviada a los hombres como castigo por haberlo desobedecido (Génesis 3:19).

Después de haberle hipotecado mi vida a ciertas instituciones educacionales, me fui lo más al sur que pude. Unos amigos me invitaron a pasar un tiempo en su casa en Puerto Natales. Arriba del avión, pasando Chiloé, cada segundo de vuelo era lo más al sur que había estado jamás.
Tierra de un cielo azul profundo, de un viento que te estremece y de un mar que más parece un lago, Puerto Natales es una de las pocas ciudades chilenas transandinas. Sí, Puerto Natales es una ciudad que se encuentra al otro lado de la cordillera. A ésta puede vérsela a simple vista "un poco más allá" como una procesión de penachos aislados cubiertos de nieve. Digo "un poco más allá", porque aquí en la Patagonia las distancias se distorsionan. Todo lo que parece estar "ahí no más" se encuentra a kilómetros de distancia, y cuando los habitantes de estas tierras te dicen cerca, puede que se trate de un viaje más largo de lo acostumbrado.



Puerto Natales es la capital turística de este lado del mundo. Es la entrada de un monumento natural que ojalá todos pudieran apreciar en su enormidad: Las torres del Paine. Se encuentra a unos 250 kms. aproximadamente de la ciudad. Así de cerca queda.


Ciudad nueva, apenas tiene historia. Aunque por milenios ha vivido el hombre ahí, su huella es apenas un suspiro al lado de las montañas que se alzaron del agua y los fiordos hechos por los glaciares. Fue fundada recién en el año 1911. Hay quienes podrían pensar que esto es una desventaja respecto a otras urbes con más historia, llenas de monumentos y donde cada piedra es digna de apreciarse. Pero en realidad, eso es lo que le da mucho de su encanto a esta ciudad. Casi abandonada del mapa, convive tranquilamente con la naturaleza. Lejos ya del tiempo del apogeo del carbón de Río Turbio y de las grandes industrias ovejeras, su contacto cercano con los elementos la llena en abundancia.

Esta lejanía del propio hombre es la gracia y el cuchillo de sí misma. Europeos hastiados de su propia cultura son los mayores visitantes de estas tierras que invitan, pero que exigen también respeto. Porque todo es frágil aquí. Los fósiles, las pinturas rupestres, los árboles que a veces un desprevenido o inconciente incinera.

A diferencia de otros lugares, la muerte está lejos de aquí. Pareciera que todo está por hacerse.






Fotos: (c) Nidia Lizama y René Olivares Jara

jueves, 27 de diciembre de 2007

Ya no hay más excusas


El año está a punto de terminar. La mayor parte de las cosas que nos reclamaban atención y consumían nuestra sangre han terminado o nos han dado un respiro por un tiempo. Es increíble a veces el trecho entre lo que se desea y lo que se hace producto, precisamente, del tiempo que se dispone. Si fuera por mí, hace rato habría leído la ruma de libros que se acumulan en mi velador, habría ido a ver a unos cuantos amigos que parecen olvidados cuando son todo lo contrario, habría terminado de traducir unos poemas que me fascinan, pero que hasta ahora no he podido compartir o habría terminado mi libro.

Hay quienes dicen que el tiempo no existe o, si es que existe, es relativo, o -dándole una vuelta de tuerca más- su misma relatividad es la prueba de su inexistencia. No seré yo quien diga la última palabra, pero sin duda son muy reales las 40 horas cronológicas de mi vida que le vendí semanalmente al colegio y sin duda también creo que para ellos fue algo totalmente relativo. Es que las cosas son según el cristal con que se mire y, cuando el tiempo falta, generalmente ese cristal suele estar algo más que turbio.

Pero seamos sinceros. Muchas veces el reloj marcha y lo vemos avanzar embobados por su regularidad sin ningún apuro. Dejamos que las horas o los días se vayan, sin apuro, pero que se vayan. No importa la urgencia del caso ni las oportunidades que se mueren mientras estamos recostados y con los ojos abiertos o haciendo como que están cerrados. Aunque el mundo nos reclame, la vida está en otra parte. Tal vez no sepamos dónde, pero de seguro no a donde nos piden que vayamos.




domingo, 4 de noviembre de 2007

Un descanso para seguir: Los elegidos del sol


Hace tiempo que tengo cosas en el tintero y no las he podido publicar por tiempo. A veces el reloj puede llegar a atraparte y las cosas quizás no tan urgentes, pero de todos modos necesarias, van quedando postergadas hasta nuevo aviso. De todos modos, por mientras, dejo este pequeño presente de Vicente Huidobro, que tiene un poco que ver con lo que les digo:

Éramos los elegidos del sol
Y no nos dimos cuenta
Fuimos los elegidos de la más alta estrella
Y no supimos responder a su regalo
Angustia de impotencia
El agua nos amaba
La tierra nos amaba
Las selvas eran nuestras
El éxtasis era nuestro espacio propio
Tu mirada era el universo frente a frente
Tu belleza era el sonido del amanecer
La primavera amada por los árboles
Ahora somos una tristeza contagiosa
Una muerte antes de tiempo
El alma que no sabe en qué sitio se encuentra
El invierno en los huesos sin un relámpago
Y todo esto porque tú no supiste lo que es la eternidad
Ni comprendiste el alma de mi alma en su barco de tinieblas
En su trono de águila herida de infinito